La muerte de Goliat

III

 

 

 Jerahmeel, heraldo de Saúl, rey de Israel y de Judá, ha pasado una noche entera – y para él eterna – en la tienda de campaña del Gran Goliat, una noche que nunca olvidará. Cuando cantan los gallos del amanecer en el campamento de los ejércitos de la Confederación de Ascalón, Asdod, Ecrón, Gaza, Gat …   Jerahmeel hace horas que ha perdido la consciencia. No puede ver, sumido en una especie de estado catatónico, cómo Menandros y Anacletos, los escuderos de Goliat, bajo la supervisión de Karolos, el edecán, el hombre con el que ayer mismo estaba negociando en nombre de su rey una tregua prolongada o un duradero acuerdo de paz … lo alzan por las axilas sobre su caballo enjaezado con la enseña real, intentando que su cuerpo se mantenga erguido a horcajadas sobre el lomo del animal … Jerahmeel ha sido despojado de los ricos ropajes que resaltaban su rango y diplomática dignidad, pues siendo estos del gusto del coloso – y aunque no pueda vestirlos por la gran diferencia en estatura y corpulencia – se han quedado  como trofeo en la tienda del Gran Goliat, igual que el anillo de oro con la verde esmeralda, como prenda de una perdida virginidad que nunca - ¡por tan inmunda parte! - pensó que alguien le pudiera jamás arrebatar. Jerahmeel no es, sin embargo, un guerrero vencido en batalla al que despojar, sino un alto funcionario de la Casa Real de Israel y de Judá, víctima de un acto de bandidaje y violencia sexual. El heraldo, casi desnudo, lleva tan sólo un camisón de lino blanco que le cubre hasta un poco por debajo de las rodillas y que estorba un poco a Menandros y Anacletos cuando a horcajadas sobre el lomo del caballo lo pretenden incorporar: Karolos supervisa la operación – que lleva su tiempo y trabajo porque en su flacidez el cuerpo de Jerahmeel rinde inestable tributo a la ley de la gravedad – y apoya a su vez una mano en la espalda del heraldo procurando que por su peso no se venza hacia atrás. Menandros y Anacletos refunfuñan un poco porque el faldón del camisón de Jerahmeel les estorba los movimientos para aposentar el cuerpo del heraldo a horcajadas sobre el lomo del animal. Karolos hace descender entonces su mano hasta la pelvis de Jerahmeel y con la otra saca de su funda un cuchillo con el que comienza a cortar, por detrás, desgarrándolo, el lino del camisón. Mientras descubre el culo de Jerahmeel, Karolos sonríe, burlón, mirando de reojo a los auxiliares del heraldo, que bajan los ojos avergonzados, testigos mudos, acobardados, de la humillación que se inflige a su señor … al llegar a un punto, Karolos aprecia que la prenda está ensangrentada, y el cuchillo se desliza con mayor rapidez: es la sangre del desfloramiento anal de Jerahmeel. Cuando descubre completamente el culo del heraldo del rey de Israel y de Judá, Karolos parece notar, por primera vez, con una brusca bofetada olfativa, que Jerahmeel se ha cagado encima: la sangre desciende mezclada con fluida fecalidad, y la blanda plasta de materia inmunda mancilla la montura con la enseña real. Karolos ríe de buena gana al comprobar cómo el Gran Goliat le ha destrozado el culo al heraldo del rey de Israel y de Judá. No será una señal de buena voluntad, cuando a su campamento, y después a su capital, vean al emisario de su rey así llegar. Karolos, hombre bien informado, conoce esa historia que los hebreos cuentan en su libro sagrado de los dos ángeles que enviados por su dios – sólo tienen uno, estos tipos tan extraños – llegaron a la ciudad de Sodoma para poner a prueba a los sodomitas y justificar la destrucción de la ciudad inmunda por ese tal Yahvé, en permanente tensión emocional nunca resuelta con su propio Pueblo Preferido. Dicen que un tal Lot, un anciano de la ciudad, alojó a esas dos celestiales criaturas de indeterminado sexo en su casa pero que esa misma noche los sodomitas la rodearon gritando como posesos con la inmunda intención de que el viejo se los entregara, para violarlos. El viejo – dice ese curioso libro de esta gente tan extraña – les suplicó que no cometieran aquella maldad con sus jóvenes invitados, diciéndoles que sus culos celestiales debían respetar, llegando a ofrecerles a sus propias hijas vírgenes para que a tan bellas criaturas no fueran a desvirgar. Justo cuando estaban a punto de cometer su crimen aquellos dos ángeles cegaron con su luz divina a la turba de los potenciales perpetradores del múltiple estupro impidiendo así la consumación de su canallada. Después, por voluntad de Yahvé – y para salvarlos de la Quema – le dijeron al viejo justo que tomara a su mujer y a sus hijas y con ellas abandonara la ciudad, que finalmente el tal Yahvé destruyó con un diluvio de fuego y azufre, abrasando vivos a todos sus malvados y perversos habitantes. Eso, al menos, dicen en su libro sagrado estos hebreos tan extraños.

 A Karolos esa historia o leyenda – no es él quién para dilucidarlo, la Teología no es lo suyo, su misión es estrictamente militar: luchar contra estos tipos arrogantes, estos descendientes de pastores, estos debeladores de dioses que se creen en posesión del Único Dios Verdadero – le ha venido a la mente al comprobar lo que el Gran Goliat de Gat ha hecho con este Jerahmeel, este malhadado heraldo del rey de Israel y de Judá. Se puede decir, de alguna forma – piensa Karolos – que Goliat ha “sodomizado” a Jerahmeel, y al pensarlo su verga se empalma imaginando la magnífica masculinidad del coloso en el culo de este hombre con el que ayer mismo negociaba – ante un planisferio en pergamino y delante del mismo gigante que lo iba a envergar – mutuas concesiones territoriales en un armisticio de la guerra interminable entre Israel y Judá y la Confederación de Ascalón, Asdod, Ecrón, Gaza, Gat … está excitado el edecán porque piensa que de alguna manera este Jerahmeel, este joven heraldo del anciano rey Saúl de Israel y Judá, es como esos ángeles que los suyos imaginan que los sodomitas quisieron violar, un hombre hermoso y como ellos un alma noble – hasta donde puede serlo un hombre – que verdaderamente buscaba la Paz, en absoluto un guerrero que imaginara alguna vez él mismo guerrear … su cuerpo no es el de un guerrero – el sedentarismo de su labor funcionarial en palaciegas estancias y su gusto por golosinas y otras culinarias delicias en regalados banquetes han alimentado ciertas curvas y un poco de fofa flacidez en el pecho, el vientre, las caderas … pero no por eso Jerahmeel deja de ser un joven de hermosa constitución … su rostro, casi del color de la ceniza, ahora, en esta especie de estado catatónico tras la violación, era de una tonalidad de lirio rosáceo, que reflejaba tal vez una particular pureza de su alma, una cierta inocencia tal vez no en consonancia con sus tareas diplomáticas – que tanto requieren la astucia, el disimulo y la doblez – sus rasgos agraciados, la suave piel levemente moteada en los pómulos y la nariz de una constelación de pequeñas pecas de adolescente agrandado – Jerahmeel es alto, de estatura superior a la mayoría de los hombres de estas tierras, pero evidentemente pequeño al lado – ¡o debajo, ay! – del Gran Goliat … pese a la relativa repugnancia que le produce la descomposición intestinal por envergamiento del estuprado heraldo del rey de Israel y de Judá, Karolos, edecán de la Confederación de Ascalón, Asdod, Ecrón, Gaza, Gat … acaricia con suavidad, con cierta ternura incluso – que no implica piedad – la parte no ensuciada del culo cagado de Jerahmeel … el olor de la mierda es fuerte, penetra profundamente por su ofendido olfato, pero el delicado tacto de la piel de las nacaradas nalgas de Jerahmeel compensa de ese inconveniente al edecán … las yemas de sus dedos se deslizan deleitadas por la piel completamente desprovista de pilosidad, ascienden despacio por las curvas de las caderas, palpándole y apretándole un poco la adiposa flacidez en la zona de los riñones, descienden después despaciosas a la carnosa  convexidad del culo descubierto y destrozado – de globular geometría por fuera pero por dentro definitivamente desinflado – del estuprado heraldo del rey de Israel y de Judá … y Karolos, edecán de la Confederación de Ascalón, Asdod, Ecrón, Gaza, Gat … suspira silenciosamente … envidia, de alguna manera, al Gran Goliat, por haber poseído a este emisario con el que él ayer mismo estaba en función de parlamentar – y al que en absoluto le hubiera importado él mismo envergar … Karolos, como Menandros, como Anacletos, como la casi totalidad de los filisteos, como el mismo Goliat de Gat … procede de unas tierras donde el nefando pecado de Sodoma no tiene lugar en parte perceptible de sus politeístas pamemas, donde ninguno de sus dioses – y en algunos casos dando más bien el ejemplo contrario, de la manera más natural, como el Supremo Zeus con Ganimedes – condena el acoplamiento copular con algún efebo que no se haya empezado a depilar siempre que no se produzca violento estupro o no sea el hombre con pelo en el pecho el que se deje encular … eso en cuanto a los códigos civiles … ¿y en cuanto a los militares? … bueno, el sagrado batallón de Tebas lo puede explicar … Karolos tiene un amante adolescente, el hermoso Anastasios, con el que comparte su lecho en su tienda de oficial – al que ha dejado durmiendo pues el extenuado muchacho precisa descansar – pero el edecán se ha levantado al alba para supervisar la partida de Jerahmeel del campamento de los filisteos y eso es lo que a su manera está haciendo mientras, silenciosamente suspirando, sus dedos se deleitan concupiscentes en la contextura del culo del heraldo del rey de Israel y de Judá … hasta que escucha la risotada sarcástica y la voz tronante del Gran Goliat …

-            ¿Te gusta su culo, verdad, edecán? …

 Karolos vuelve la vista y se queda mirando al Gran Goliat … balbucea un poco, cuando le dice:

-            Sí … tiene un buen culo este emisario, la verdad …

  Goliat mira desde su altura a Karolos, mientras termina de abrocharse el cinturón con el que se ciñe el faldellón de cuero negro con incrustaciones de bronce en torno a su cintura, y sonríe con socarronería …   

-            ¿Te hubiera gustado, a ti también, envergarlo? …

 Karolos vacila un poco, antes de contestar:

-            Sí … no me hubiera importado … pero él no es un soldado, es un emisario del rey de Israel y de Judá …

 Goliat suelta una correosa carcajada, y dice:

-            ¿Y qué, edecán? … ¿acaso no se puede encular, si tiene un buen culo, a un emisario del rey de Israel y de Judá?! …  

 Karolos parece un poco preocupado:

-            Sí … pero él vino enviado por su rey, en son de paz, a parlamentar … acordamos una tregua, él entró en nuestro campamento con sus auxiliares con la condición de que la respetaríamos, de que respetaríamos la dignidad de su función ministerial … son normas entre nosotros desde tiempo inmemorial … los heraldos del enemigo tienen protección especial …

 Goliat bosteza ruidosamente, abriendo mucho la boca, descubriendo sus colmillos de fiera, y después, gruñendo, escupe al suelo un gargajo grande, verde y viscoso, que permanece entre las piedras como una especie de sapo globular, gelatinoso …

-            ¡Basta ya, me aburres, edecán!  ¡Vuestras normas, ahora, son mis normas, las de Goliat!

 Karolos se queda mudo, visiblemente amedrentado.     Goliat, viendo el efecto de sus palabras en el oficial, vuelve a reír, con una risa rijosa, retumbante, y cuando cesan sus carcajadas, dice, con semblante de severidad: 

-            ¿Escuchaste, anoche, sus gritos, edecán? … Chillaba como un cerdo acuchillado cuando lo empecé a envergar … Lo tenía muy cerradito, como me gustan a mí, je, je, je … sí, me gusta abrir cerraduras, ja, ja, ja … ninguna otra llave parecía haber entrado antes por ahí … enseguida empezó a sangrar … en realidad, fue mejor para él, porque así mi Verga fue entrando con mayor facilidad … gritó durante toda la noche … durante toda la noche me suplicó piedad, yo creo que pensaba que lo iba a matar … sus chillidos sólo cesaban cuando perdía la consciencia … entonces yo paraba un poco, sin extraerle la Verga, le dejaba descansar … cuando sentía que iba volviendo en sí … al oír sus gemidos, sus sollozos … volvía a comenzar … y él volvía a chillar … como un cerdo, sí, como un cerdo al que no terminan de acuchillar … sus manos agarraban las sábanas como si fueran el borde de un abismo por el que se iba a despeñar … comenzó a vomitar … vomitó muchas veces, parecía que se iba a asfixiar … lo echó casi todo, creo que no quedó en su barriga nada que no fuera mi Verga, al final … se la saqué, poco a poco, cuando él ya no parecía reaccionar … cubierta de sangre y de mierda … todos se cagan cuando los envergo, todos comienzan a sangrar … toqué su cuerpo … estaba frío … pensé que lo había matado, la verdad … pero está vivo, creo, y preparado para llevarle mi mensaje a Su Majestad, el rey de Israel y de Judá …  

 Goliat se acerca al caballo de Jerahmeel y se acuclilla para observar mejor al hombre que ha violado, lo sujeta por los cabellos y lo incorpora un poco más, mientras Menandros y Anacletos pasan unas cuerdas en torno a su cuerpo inconsciente para – mediante una serie de lazos expertamente ejecutados - mantenerlo enhiesto después, por sí solo, a horcajadas sobre el lomo del animal. Goliat es, ahora, quien supervisa la operación, Karolos se limita a mirar. Jerahmeel no parece reaccionar. Goliat, entonces, con su mano libre, muy abierta, enorme, le da una fuerte palmada en el culo a Jerahmeel, que al instante, abriendo mucho los ojos, suelta un grito estridente, agudísimo, de insoportable dolor. El caballo se sacude inquieto, con un relincho asustado, pero Goliat lo sujeta por las riendas, y el animal queda paralizado, tal vez de terror. Goliat ha dejado – como rojas laceraciones – la impronta de su mano magnífica en el culo temblequeante, parcialmente despellejado, del malhadado heraldo del rey de Israel y de Judá. Jerahmeel, que ha vuelto en sí, al ver de nuevo a Goliat, tan cerca de él, se empieza a orinar … el líquido que su vejiga desaloja empapa la parte delantera del camisón de lino bajo el vientre y en su fluir adhiere la mojada tela a los muslos abiertos a cada lado del lomo del animal. Goliat, consciente del definitivo descontrol de esfínteres de Jerahmeel, sonríe socarrón y susurra al oído del emisario:

-            Sé que me tienes mucho miedo, Cabellos de Miel, pero debes tranquilizarte un poco, porque matarte no es mi intención: no eres un guerrero – ya lo sé – tan sólo un heraldo de tu rey … te necesito vivo para que le lleves el mensaje que contigo le voy a enviar; para eso viniste: tú me trajiste el suyo, y ahora mi respuesta le vas a entregar. Me has hecho gozar mucho esta noche … sí, sé que estás agotado, que no te he dejado descansar … sólo cuando perdías el sentido te dejaba de follar … pero tienes que comprenderlo … un culo como el tuyo no es para desaprovechar … te he hecho daño, ya lo sé, mucho daño, pero eso era de esperar … lo tenías tan cerrado … por ahí, hacia dentro, nada antes ha debido pasar … pero ya lo tienes abierto, de par en par, tras ser traspasado por la Verga del Gran Goliat …  

 Mientras le habla al oído, en presencia de todos, juntando su cabeza a la suya, como si de alguna forma lo cortejara, le hiciera el amor, los enormes dedos de Goliat – que aún lo agarran por los cabellos – se destensan y comienzan a acariciárselos, enredándose con delicadeza en sus largos mechones acaracolados del color de la miel – así comenzó a llamarlo el coloso: Cabellos de Miel, cuando quedaron a solas para su noche nupcial en la tienda de campaña del Gran Goliat – apartándole de los ojos los que en su frente se apelmazan sudorosos, peinándoselos un poco con parsimonia mientras le platica:

-            Si no fueras el emisario de tu rey, te quedarías conmigo, te caparía y te haría mi mujer, tu cuerpo es ya un poco como el de una mujer: tienes ahora un coño en el culo, y ya hasta que mueras lo vas a tener, pero ahora a tu país debes volver y cumplir con la función que tu rey te encargó … ¡edecán! … ¿está preparado el mensaje, ya? …

 Karolos asiente, y extiende el pergamino, enrollado, a Goliat:

-            Aquí está …

 El coloso mira, con severidad, al edecán:

-            ¡Léelo!  Con voz alta y clara, para que todos lo puedan, aquí, escuchar …

 Karolos desenrolla el pergamino –  con el mensaje que él mismo ha escrito, al dictado o interpretando las palabras del ágrafo Goliat – y comienza a leer:

 

-            “Mensaje de respuesta de la Confederación de Ascalón, Asdod, Ecrón, Gaza, Gat … al rey de Israel y de Judá … en el nombre de todos nosotros, nuestro Comandante Supremo, el Gran Goliat de Gat, os dice que no hay nada que negociar, que hemos venido aquí para a muerte luchar y todas estas tierras conquistar, y así podéis estar seguros de que esta guerra hasta el final se ha de librar … sabemos, oh Saúl, rey de Israel y de Judá, que eres viejo, que ya no tienes fuerzas para luchar, para en campo de batalla, en combate cuerpo a cuerpo, morir o matar … pero el Gran Goliat de Gat a uno de los vuestros – un hombre joven y fuerte de Israel y de Judá – desafía para un combate singular contra él afrontar. Si ese guerrero  puede en la contienda al Gran Goliat derrotar y matar, todos nosotros, los hombres de Ascalón, Asdod, Ecrón, Gaza, Gat … con nuestras mujeres, nuestros hijos y nuestras hijas … seremos vuestros esclavos y os serviremos … pero si, por el contrario, el Gran Goliat derrota y mata a vuestro Campeón, todos vosotros, los hombres de Israel y de Judá … con vuestras mujeres, vuestros hijos y vuestras hijas … seréis nuestros esclavos y nos serviréis … Este es el desafío que, en nombre de todos nosotros, os lanza nuestro Comandante Supremo, el Gran Goliat de Gat …”

   

 Una vez que el edecán ha terminado de leer, el coloso permanece en silencio unos instantes, como si en su mente repasara, sopesándolas, cada una de las palabras que acaba de escuchar. Finalmente asiente con la cabeza, con grave gesto, y con una uña se saca de entre dos dientes, enseñando la encía, un pedazo de carne del cabrito que acaba de desayunar: mira la tira del tendón entre sus dedos, y la arroja al suelo, gargajea con crudo crepitar en su garganta, y escupe un nuevo sapo verde y gelatinoso al suelo rocoso. Después dice:

-            Eso es, edecán … enrolla ahora el pergamino, enfúndalo en su estuche, y después … dámelo …

 Karolos obedece al Comandante Supremo: extrae de una caja un cilindro de cuero – casi cuarenta centímetros de longitud – y en él envasa el enrollado pergamino, como le ha ordenado Su General, el Gran Goliat. Después, se lo da.

 El cilíndrico continente de cuero tiene en su interior un tubo de bronce donde el edecán ha depositado el mensaje de respuesta de la Confederación de Ascalón, Asdod, Ecrón, Gaza, Gat … al Soberano Saúl, rey de Israel y de Judá. El extremo inferior del objeto es casi llano, cubierto por una especie de tapón circular, pero en la parte superior, coronando sus casi cuarenta centímetros, una gruesa cúpula de cuero convexo concede al conjunto una apariencia de algo que enseguida el edecán puede adivinar. Karolos sonríe, adivinando, en efecto, las intenciones de Goliat. Una sacudida sacude la verga del edecán …

 Goliat olfatea de nuevo, sosteniendo en su mano el cilíndrico objeto de cuero coronado por esa cúpula copiosa, los cabellos de Jerahmeel: aún permanece en ellos ese aroma que antes apreció …

-            Mmmm … huele bien, aún, tu pelo perfumado … permanece el perfume, después de todo lo que has sudado … se mezcla su aroma con el olor de tu mierda, pero me gusta así … ahora, sin embargo, debemos despedirnos, Cabellos de Miel … debes entregarle a tu rey el mensaje que le voy a enviar … ¡edecán, dame un paño, no me quiero, más de la cuenta, ensuciar! …

 Goliat, con mano enorme, separa, entonces, abriéndole mucho el surco que las separa, las nacaradas nalgas de Jerahmeel. Al hacerlo, la mierda del estuprado emisario desciende, abundante, ensuciando aún más la montura con el enjaezado emblema de la Casa Real de Israel y de Judá. Jerahmeel, en efecto, parece haberse vaciado por completo, la fluida fecalidad desciende, con la sangre de su desvirgamiento, por los lomos del animal … y aún queda una plasta copiosa sobre la montura adornada con la enseña real. Karolos tiende un paño blanco, inmaculado, al coloso, con el que va a limpiarle, un poco, el culo a Jerahmeel.

-            Se vé que ayer comiste bien, Cabellos de Miel, pero lo has cagado todo, te has ensuciado hasta las patas, y ahora tengo que quitar un poco de esta mierda de aquí: no es propio de tu rango y dignidad que te presentes, así, ante tu rey de Israel y de Judá …  y además … tengo que despejar un poco el camino, para que este mensaje le puedas llevar …  

 Goliat comienza a limpiarle el culo a Jerahmeel. Al hacerlo, va descubriendo, entre las separadas nalgas nacaradas, el estrago causado por su Verga en la entrada estuprada del emisario … un coño se ha abierto, en efecto, en el culo destrozado de Jerahmeel: sus distendidos labios, sanguinolentos, se abren boqueantes, pero ya sin pulso, como carne catatónica, al borde de un amplio agujero negro … entonces el coloso, como si quisiera comprobar si queda ahí un poso de sensibilidad, comienza a introducir, por la cupular cabeza, el cilindro de cuero de casi cuarenta centímetros …

 Jerahmeel, al principio, no reacciona, pero cuando su carne lacerada, casi prolapsada, comienza a sentir el paso de este nuevo pasajero, abriendo mucho los ojos y la boca, el heraldo comienza a emitir de nuevo su canto …

 

-            Aaaaaaiiiiiiiiiiiieeeeeeeeeeeeee … aaaaaiiiiiieeeee … aaaaaaaiiiiiiiiiieeeeeeee … aaaaaaaaaiiiiieeeeee …

   El cilindro de cuero se va abriendo paso, decididamente, en el cuerpo de Jerahmeel. El malhadado heraldo boquea repetidamente, como si le faltara el aire, a medida que el enorme envase va siendo envasado, a su vez, en un cuerpo que parecía extenuado, pero que aún reacciona al dolor. Los casi cuarenta centímetros de cuero, siguiendo el trayecto previamente trazado por la Verga del Gran Goliat, van penetrando, inclementes, en el vientre de Jerahmeel hasta que, al llegar al estómago, presionando, provocan un nuevo vómito - de verdosa bilis, esta vez – que cae, en torrente, por la parte delantera del camisón de blanco lino, de color ya casi indefinible, innombrable. Entonces, Jerahmeel vuelve a quedar insensible, otra vez. Cuatro centímetros, apenas, una leve presión de la yema de un dedo del coloso, y el objeto queda, con su mensaje, definitivamente, albergado en el cuerpo del emisario.

 El colosal cilindro mantiene, por sí solo, erguido en su montura a Jerahmeel. Casi no serían necesarias las cuerdas que, enlazadas con mano experta, mantienen sobre el lomo de su inquieto caballo al emisario del Soberano Saúl, rey de Israel y de Judá, doblemente enculado, tan a su pesar, por el Gran Goliat, primero con su Verga, y ahora … ya veis …

       

 

 

 

 

 

 

 

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