FBI Blues

 

 

VII

 

La atenazante garra de acero de Morimoto Kenzo presionaba el músculo contra las vértebras cervicales en la nuca del agente del FBI capturado Daniel di Lorenzo: una presión de una fuerza tan contundente, tan descomunal, que el dolor intensísimo y las lágrimas casi cegaban al joven policía, impidiéndole ver con claridad hacia dónde le dirigía aquella mano colosal. Danny era totalmente consciente, sin embargo, de que un solo movimiento al efecto de los enormes dedos del oyabun – “just a twist of his wrist”, como él mismo le había advertido – sería suficiente para fracturarle el cuello y darle así una muerte rápida, prácticamente instantánea. ¿No sería eso preferible, en todo caso, a sufrir todo lo que estaba por venir, teniendo en cuenta que en cualquier caso su vida estaba sentenciada?  Tal vez con una simple sacudida de resistencia Danny podría provocar ese movimiento fatal de la mano del oyabun en su cuello atrapado y poner fin a todo, acabar así con todo ulterior sufrimiento. Danny, sin embargo y a pesar de todo no quería morir, no en este momento al menos, y es por ello que estaba dispuesto a soportar – o intentarlo al menos – todo lo que Morimoto Kenzo tenía dispuesto para él.

Las lágrimas y el dolor que nublaban su vista le impidieron en un primer momento apreciar cómo Beom Seok Kim, con su cámara de vídeograbación en mano, iba tomando las primeras imágenes de su particular via crucis, a pesar de que el lente de la cámara estaba tan cerca de su rostro que pudo captar excelentes primeros planos de esas lágrimas, de ese sudor agónico en sus hermosas facciones contraídas, retorcidas por ese dolor. Danny di Lorenzo no era aún consciente de que la grabación de su violación por el oyabun Morimoto Kenzo había ya comenzado. Pronto, sin embargo, lo sería.

-            Climb the steps.  

El gigante yakuza volvía a hablar en inglés. Le daba sus instrucciones con su voz de trueno profundo, imperativamente, y sus palabras, añadidas a la abrumadura presión de la tenaza de los dedos colosales en su delicado cuello, aniquilaban cualquier posibilidad de resistencia, de no cumplimentación de sus órdenes.

El joven policía, en la húmeda neblina de su lacrimoso aturdimiento, pudo entrever los peldaños tapizados en terciopelo negro del pequeño estrado que la voz imperante del gran oyabun le compelía a subir. Era el mismo terciopelo negro que cubría la pared de la que colgaban las fotografías de los hombres que Beom Seok Kim le había mostrado, y Danny pudo sentir la suavidad de su tacto en la planta desnuda de su pie cuando la colocó en el primer peldaño. Tres, en total, en breve ascenso hasta la plataforma superior donde la garra poderosa del oyabun lo posó.

-            Stay here.

Morimoto Kenzo desprendió entonces su garra de la nuca del joven agente del FBI capturado; al hacerlo, la cámara videograbadora de Beom Seok Kim pudo captar las concavidades dejadas por los enormes dedos prensores del oyabun en la delicada nuca de su presa: el cuello de Danny parecía incluso ligeramente deformado, y el corrupto superintendente de la policía surcoreana pensó que tal vez alguna de las cervicales estaba afectada. La cámara registró la mueca de dolor y el fluir de la saliva por la mejilla de la joven víctima.

Danny, obediente, no se movió del lugar exacto de la plataforma superior del estrado en el que Morimoto Kenzo lo había colocado. El gran oyabun, entonces, supervisó la posición en la que el joven agente se encontraba: ajustó desde atrás la apertura de sus piernas, separándole los muslos desnudos, se colocó entonces frente a él, sin ascender al estrado, tomando ventaja de la gran diferencia de estatura con el hombre que se disponía a violentar sexualmente.

Daniel di Lorenzo pudo ver entonces, cara a cara, al gigante que lo había capturado y bajo cuyo dominio se encontraba; lo que más le impresionó, en ese momento, fue la representación del Averno tatuado en su piel: el torso excelso, sobresaliente, del Gran Oyabun de la Yakuza mostraba una panorámica del espanto: en rojo de sangre, azul cianótico y púrpura satánico lenguas de fuego y flores carnívoras, cabezas de tigres, leones, lobos, serpientes de fauces abiertas y colmillos sangrantes, espadas de samurai, afilados cuchillos, cráneos de mueca macabra … desplegados en fresco dantesco y barroquismo extremado sobre la piel que cubría los músculos vigorosos, de una potencia contra la que hubiera sido verdaderamente suicida oponer resistencia. Danny sintió sus piernas temblar, parecía mareado, como si en cualquier momento fuera a perder el equilibrio y caer desplomado. Sus ojos, en cambio, descendieron por el abdomen de piedra esculpida del oyabun y se encontraron, de nuevo, con el arma terrible que Morimoto Kenzo iba a emplear contra él …

-            Oooohh … ooohh … ooh, help me God … YOU´LL KILL ME WITH THAT … I´ll n-never … n-never … YOU´LL RIP ME APART… p-pleeesee … d-don’t do this … I´ll do anything for you … anything … jus´ d-don´t do this … d-don´t hurt me … oh please, pleeasseee …  

El gran oyabun sonreía de nuevo, de aquella manera suya tan particular, con aquella leve contracción de sus labios de cuchillo que descubría apenas sus dientes, la sonrisa contenidamente sarcástica de un hombre de gran poder que presencia cómo otro hombre de constitución física y mental muy inferior se humilla ante él intentando evitar lo inevitable: el principio de su destrucción. Morimoto Kenzo ya ha hecho esto con otros hombres, en otros lugares y en este mismo lugar, con la presencia de este testigo – Beom Seok Kim, el funcionario de más alto rango de la policía de Corea del Sur – grabándolo todo con su cámara de vídeo para el deleite particular de personas especiales; pero ninguna de sus anteriores víctimas aquí violentadas mostraron este grado de cobardía, este nivel de autodegradación, lo que no significa que supieran mantener el tipo ante lo que les tocó recibir: en absoluto, pues también ellos se descompusieron, pero no de esta manera, y sin haber apenas empezado. Es cierto que  fueron hombres – esos seis anteriores cuyas fotografías colgaban como trofeos en la pared de terciopelo negro – de una constitución física y mental muy diferentes a las de este Danny di Lorenzo: sin llegar a ser colosales como el gran oyabun sí se aproximaban mucho más a él en cuanto a características corporales y psicológicas; podría decirse que mientras que estos eran rivales dignos de Morimoto Kenzo, el joven agente del FBI estadounidense fue sin duda alguna su víctima más fácil, un simple cordero sacrificial: pero para los grandes predadores, no lo olvidemos, la carne de cordero es de las más deliciosas ...

-            Lift your leg up and put it over the barre …

Al principio Danny no comprendió. ¿Una barra?¿dónde? … Fue entonces cuando la vio, justo delante de él: aquella barra de ballet – eso le pareció – en realidad dos barras de superficie redondeada, paralelas, de madera fuerte, bien pulida, sotenidas por un soporte metálico colocado sobre el terciopelo negro de la plataforma. A Danny le pareció, en el flash de un segundo, que se hallaba en un altar, o ante el reclinatorio de una iglesia y por un instante su mente le devolvió imágenes de su primera comunión, cuando era un niño vestido con su pequeño uniforme blanco y tenía que arrodillarse ante el sacerdote católico, en la iglesia de su parroquia de Brooklyn, para recibir de su mano la pequeña oblea blanca que – le habían dicho papá y mamá – contenía el cuerpo del Señor, y que por eso tenía que evitar morder, dejándolo disolverse lentamente en la saliva de su boca. Pero no: Danny no era ya un niño, era un hombre de 26 años – en realidad veintiséis años y ocho meses – que nunca iba a cumplir los 27.

 Danny levantó su pierna derecha por encima de la barra superior de madera pulida y la dejó caer al otro lado: al hacerlo su movimiento semejó precisamente al de un bailarín en sus prácticas de entrenamiento, el cuerpo del joven policía, casi totalmente desnudo, mostraba las proporciones y la contextura, la agilidad – si bien visiblemente entorpecida por su aturdimiento – de un gimnasta. Sin ser alto – en realidad se le veía tan pequeño ante el gigante japonés – el agente Di Lorenzo no era ningún alfeñique: siempre fue un chico delgado pero desde su adolescencia sus músculos se habían ido endureciendo con la práctica regular de diferentes deportes, el constante entrenamiento físico y alguna que otra pelea – privada o profesional – con individuos de su envergadura. Danny siempre fue un chico inquieto, hiperactivo, un pequeño hombre de acción, pero desde su captura por los hombres del Gran Oyabun de la Yakuza parecía tan anonadado que era muy difícil reconocer en él al joven policía gallito y arrogante, al que amenazaba a gritos a los detenidos en interrogatorio, al que daba golpes intimidatorios sobre la mesa ante la que el arrestado estaba sentado, al que orientaba el foco cegador de la lámpara de flexo sobre la cara del sospechoso, al que algunas veces lo abofeteaba – como a ese coreano – para relajar un poco sus esfínteres y facilitar su confesión. Y no eran cualquier cosa las bofetadas de “Bad Cop Danny”: dejaban marca, su brazo era fuerte, la dureza de su mano en absoluto desdeñable …

-            PLAF …

 La mano enorme de Morimoto Kenzo, totalmente abierta, impactó de lleno en la parte derecha de la cara del joven policía, haciéndole inclinar el torso y la cintura en esa dirección, tomándolo totalmente por sorpresa. Danny boqueó, como si le faltara la respiración, pero no gritó, ni siquiera soltó un gemido. Su rostro, eso sí, palideció y sus hermosos ojos glaucos se abrieron de puro horror. Danny había soltado bastantes bofetadas, pero nunca había recibido una, al menos jamás una como aquella. No se atrevía a mirar a su abofeteador.

-            B-but … w-why … w-why sir … I-I … did …

 Morimoto Kenzo no respondió, se colocó detrás de Danny, sin subir en ningún momento al estrado sobre el que el joven policía estaba colocado, un poco por debajo de su horizonte visual, y desde ese lugar recolocó las piernas de su víctima: envolviendo completamente la rodilla con su mano le desplazó en esa dirección la pierna izquierda, lo que tensó visiblemente los músculos cincelados en la pálida extremidad. Danny sabía muy bien que lo estaba preparando para el enculamiento, y que la bofetada era una advertencia de que no debía oponer la más mínima resistencia: en otra circunstancia, asaltado por sorpresa, Danny hubiera resistido, por supuesto, sus nalgas se hubieran contraído para cerrar bien el culo ante la inminencia de la violación, pero precisamente lo que este hombre pretendía, recolocándole las piernas, era el mayor ángulo de apertura del culo para facilitar, de ese modo, la sodomización.

-            Keep your leg like this, if you move it, I´ll snap your neck …  

Danny no movió su pierna izquierda de la posición en que la poderosa mano del oyabun la había colocado, a pesar de saber muy bien lo que estaba a punto de sucederle, sin imaginar no obstante el grado de sufrimiento que iba a experimentar. Morimoto Kenzo entonces supervisó su pierna derecha que, levantada con el dorso de la rodilla apoyado en la barra superior, pendía con la mitad en tensión al otro lado del palo: era una postura bastante incómoda, no sólo por la ansiedad que en la mente del joven policía provocaba, sino en su sentido físico también: Daniel di Lorenzo era – con su 1´76 m. – lo  suficientemente alto para considerarse de una estatura normal, pero aquellas barras habían sido utilizadas en ocasiones anteriores para posicionar a hombres más altos que él y para un fin similar al suyo, y no habían sido niveladas para la longitud de sus piernas. Danny sentía la tensión en la cintura contraída y en cada uno de los músculos de sus piernas y de sus nalgas forzosamente separadas y sin posibilidad alguna de repliegue. Morimoto Kenzo tomó la colgante pierna derecha por el tobillo y la estiró fuertemente en horizontal sobre la barra superior, haciendo que Danny apretara los dientes en una mueca de dolor; entonces tomó del suelo un pañuelo de seda negra con el que ató fuertemente el tobillo de Danny al palo, asegurando su pierna en aquella posición; a continuación el oyabun le desplazó el elástico del suspensorio desde el glúteo a la cintura, desnudándole aún más la estirada nalga; en el proceso desplazó también la tira inguinal de la prenda descubriéndole el ano y un testículo …

 En ese momento Danny sintió la desnudez de su parte más íntima: tal vez fuera una pequeña corriente de aire que llegó hasta su diminuta intimidad descubierta, tal vez la sensación de los dedos fuertes y cálidos del oyabun rozando su piel al completar la operación descubriendo completamente su parte más secreta y el segundo testículo … el joven policía cerró los ojos y comenzó a morder su labio inferior, anticipándose … y al cerrarlos, no pudo ver que Beom Seok Kim estaba tomando con su cámara, en aquel preciso momento, unos primerísimos planos del intacto tesoro que iba a ser tomado en posesión por el gran oyabun en breves instantes …

 El agujero del culo de Daniel di Lorenzo no parecía ciertamente – como se podía apreciar en aquellas tomas de la cámara a pocos centímetros del objetivo, incluso en la forzada apertura producida por el estiramiento de sus piernas – el de un hombre que hubiera pasado alguna vez por la experiencia del desvirgamiento anal, bien de manera placentera o traumática: demasiado pequeño y contraído: apenas un circulito rosado con un pliegue de acceso casi indetectable asomaba en el centro de la raja abierta e impoluta. La desproporción con las dimensiones de la cabeza de la  verga del gran jefe de la Yakuza era tan escandalosa que parecía casi imposible pensar que a través de acceso tan diminuto el culo de Danny pudiera alojar todo aquello en su interior, al menos sin un quebrantamiento fatal de sus entrañas. Sus testículos eran también pequeños, tal vez aún más en ese momento en que el miedo ante lo inminente los retraía en tensión hacia la ingle en el interior del escroto imberbe. Morimoto Kenzo tocó, por primera vez, el ano del joven policía que se disponía a sacrificar: al sentir el cálido, despacioso contacto, Danny cerró aún más los ojos, mordió con más fuerza su labio inferior, y gimió silenciosamente. Nunca antes ninguna otra persona le había tocado ahí, si exceptuamos a su querida mamá, claro, cuando era un bebecito, para lavarlo. Nunca ningún hombre, nunca, nunca …

-            I´ll n-never … n-never …  

-            Ssshh … ssshhh, Danny, here, here, look at me ...

 

 Daniel di Lorenzo entreabrió los ojos, miró entre el velo de lágrimas y la niebla de su aturdimiento hacia el lugar de donde provenía la voz que le instruía: Beom Seok Kim, situado con la videocámara justo en frente de él le hizo notar – percusionando con los dedos en el objeto – el micrófono de radio-grabación colocado a pocos centímetros de su boca. Danny abrió totalmente los ojos entonces, dejó de morderse el labio y con la boca abierta balbuceó su sorpresa:

 

-            W-Whaa … w-whaaa …

-            You are going to sing us a song, Danny …

-            I-I … I-I … d-don´t …

-            You can´t sing? … That´s what you think, Danny, that´s what you think ...

 

 El joven agente del FBI capturado Daniel di Lorenzo no podía comprender. Se puede decir que en ese momento estaba ya lo suficientemente atontado por las circunstancias para que su mente funcionara con la normalidad necesaria para hacerlo. Daniel di Lorenzo no sabía lo que era cantar una canción con aquel micrófono colocado ante sus labios abiertos y balbuceantes. Ignoraba que otros hombres habían cantado su canción previamente a él ante aquel mismo micrófono: seis hombres en total, cada uno en su propio registro de graves y agudos, cada uno con su peculiar intensidad, cada uno con su cualidad distintiva de tenor, o barítono, o … ¿qué registro alcanzaría nuestro joven policía?, ¿cuál sería el tono medio de su canción?  Beom Seok Kim siempre tenía esa curiosidad antes de que cada uno de esos hombres comenzara su particular concierto vocal.

 

-            Look at yourself in the mirror, Danny … What can you see? …

 

 Danny pestañeó, despejando algunas lágrimas de su foco de visión … ¿El espejo?¿qué espejo?Oh, sí: el espejo, allí, delante de él … un espejo … cubriendo casi toda la pared tapizada de terciopelo negro, a pocos pasos del estrado donde él había sido colocado: la lámpara tubular de neón colocada por encima de ese espejo desprendía una luz blanca e intensa que cegaba un poco sus ojos, distorsionaba en parte la imagen, pero allí podía verse, reconocerse … ¿reconocerse? … ¿reconocerse en esa figura patética?: un cuerpo desnudo, de pálido músculo cincelado por el esfuerzo – Danny nunca quiso ser un chico flacucho, desde su temprana adolescencia optó por fortalecer su cuerpo con la constancia y dedicación del deporte al aire libre y en el gimnasio, y lo consiguió, pero ahora, a pesar de saberse en el interior de algo parecido a un gimnasio, era visualmente impactante para él contemplarse así: desnudo – sólo su pene permanecía cubierto por la humedecida prenda – apoyado sobre una especie de barra de entrenamiento para bailarines, con las piernas muy abiertas, una de ellas levantada forzadamente con el pie atado sobre el palo, de tal modo que tenía que poner de punta los dedos del otro pie para mantener el equilibrio. El joven agente del FBI capturado Daniel di Lorenzo se visualizó como una especie de ser humano degradado: en su mente se imaginó como un perro que levantaba la pata para orinar, como una especie de ave extraña con forma humana, como una criatura ovípara a punto de poner un huevo: ¿estaba delirando tal vez?  ¿Era todo aquello real o lo estaba soñando en la fiebre de una pesadilla? … Y detrás de él, sujetándole los brazos en una tenaza que le hacía crujir los huesos, aquel gigante … aquel coloso que mostraba en su piel desnuda pictogramas del espanto, aquel hombre que poseía la más enorme de las vergas que él había visto jamás en su joven vida … una vida que aquel hombre iba prematuramente a eliminar por haber cometido el más estúpido de los errores: pretender que él, Daniel di Lorenzo, un chico normal de Brooklyn, un mediocre agente del FBI en misión especial – y tan desproporcionada a sus capacidades – podría, aún en compañía de su colosal colega negro el viejo Zack “Iron Fist” Hightowerdar caza y poner a disposición de la Justicia a semejante portento de la naturaleza humana: Morimoto Kenzo, el Gran Jefe de la Yakuza, el hombre que ahora lo iba encular, destrozándolo por dentro …

 

-            AAAAAHHH … AAAAAAAHHHH … AAAAAAIIIIIIEEEE …

Danny comenzó su canción ante el micrófono en el mismo momento en que la enorme cabeza de la verga descomunal del dueño de su destino comenzó a estirar, como introduciéndose en un tenso anillo de goma, los contornos del receptáculo anal del joven policía … todo el rostro del agente Di Lorenzo se contrajo en una mueca agónica de extremo dolor: a medida que la cabeza presionaba – tomándose su tiempo, permitiendo al enculado, al menos en este primer momento, cierta posibilidad de adaptación a la enormidad de tamaña penetración – Danny castañeteó los dientes, como poseído por la fiebre, y un par de veces se mordió la punta de la lengua, que comenzó a sangrar …

-            AAAAAAIIIIIIIIIEEEEEEEEEEE …

El inicio de la penetración es normalmente la fase más traumática para un hombre que nunca antes ha recibido por el culo: por supuesto eso el gran oyabun Morimoto Kenzo lo sabía muy bien, como perfectamente sabía que si se realiza de una manera excesiva, muy rápida y brutal, en enculado primerizo puede colapsar en muy poco tiempo, en algunos casos prácticamente al instante. Apenas era un adolescente cuando Morimoto Kenzo envergó a su primera víctima, un hombre bastante mayor que él, un jefe yakuza que había rivalizado durante muchos años con su padre el Honorable Morimoto Shingo, y recuerda cómo a aquel tipo, en la frenética impaciencia de su adolescencia, le destrozó el culo … demasiado pronto: al enculado le dio un infarto, a los pocos segundos, mientras se desangraba por atrás, todavía empitonado, tras soltar un largo chillido de cerdo acuchillado. No: no pudo disfrutarlo como hubiera deseado: Morimoto Kenzo no es de los que disfruta follando a un cadáver; necesita sentir los últimos pálpitos de la vida del hombre consumiéndose mientras lo mantiene envergado: una vez que el tipo expira, su interés va cesando, su necrofilia no se manifiesta en ese momento, sino después, cuando le gusta conservar como trofeos partes de sus piezas cobradas.

Desde entonces, el gran oyabun ha ido aprendiendo a gozar cada vez más de manera progresiva y dilatada de la agonía de sus víctimas: siendo todavía muy joven disfrutó más intensamente del enculamiento de Azuma Toshitami, el superagente de la policía japonesa que en sus días finales tanto placer le procuró … también gozó de aquel mercenario al servicio de sus rivales: Jack Taylor, “El Americano”, que tantos habían temido durante tanto tiempo hasta que él lo liquidó, si bien las circunstancias precisaron que la agonía de este hombre fuese relativamente rápida. Ahora, con este Danny di Lorenzo – compatriota de Taylor aunque en “en el lado luminoso de la fuerza” – quería tomarse también su tiempo, como se lo tomó con esos otros seis hombres cuyas imágenes aparecen expuestas como trofeos en una de las paredes de esta “habitación de follar”, pero de alguno de ellos hablaremos en otro momento, volvamos ahora a Danny, que requiere urgentemente nuestra atención …

 

-            AAAAAAAAAAAAAAAIIIIIIIIIIEEEEEEEEEEEEEE ...

 

Lo que parecía imposible, comienza a hacerse – especialmente para Danny – traumática realidad: la descomunal cabeza de la verga del gran oyabun ha traspasado completamente los contornos anulares del orificio excretor del joven policía, dilatándolos hasta extremos demenciales, y se va abriendo paso hacia sus vísceras … en el proceso, Danny siente también los extremos de su agonía, pues en su camino implacable el morro de la pitón – de un grosor potencialmente letal – estira la tripa del colon y le produce diversos desgarros que hacen brotar y fluir la primera sangre virginal …

Sí: Danny no ha mentido – nunca fue un chico especialmente mentiroso, sus padres le enseñaron a ser franco y honesto con los demás: nunca antes le habían dado, literal y físicamente, por el culo, hasta pocos segundos antes, Daniel di Lorenzo era analmente virgen. Nunca pensó en dejar de serlo alguna vez, nunca se imaginó que alguna vez un hombre – y menos un hombre de esta envergadura – podría meterle su verga – ay, tan dura – por la parte más íntima de su cuerpo. A intervalos, entre escalofríos, nuestro joven policía pierde parcialmente la consciencia, pero la recobra al instante – cantando a gritos su canción – cuando el dolor se hace insoportable. El registro de Danny, que comenzó siendo de contralto, va evolucionando hacia un soprano intensísimo, de una pureza insospechada. A medida que la verga del gran oyabun va penetrándole las entrañas el cuerpo de Danny se retuerce hacia atrás, sus brazos sujetos en implacable tenaza por las poderosas manos de su captor, su cabeza golpea desesperadamente contra el pecho vigoroso de Morimoto Kenzo mientras sacude el torso en espasmos de agonía …

 

-            AAAIIIIIIIEEEE … AAIIIEEEEEEE … AAIIIIIIIIEEE …

 

El gran depredador somete a su presa a la tortura de la sodomización con un órgano sexual de dimensiones inasumibles que poco a poco la va destrozando por dentro: en su devastador recorrido a través de la tripa excretora la cabeza de la enorme serpiente genital empuja las vísceras, las desplaza, las reposiciona, se abre camino hacia la base del estómago alterando la estructura intestinal del joven policía que sacude su cuerpo en espasmos mientras continúa alternativamente perdiendo y recobrando la consciencia …

 

-            AAAAIIIIEEEEE … aaaaaiiiieeee … aaaa … iii … eee ...

 

El golpear de la cabeza de Danny contra su pecho colosal termina resultando molesto para Morimoto Kenzo, que la sujeta entre sus vigorosos pectorales colocándole una mano enorme en la frente perlada de sudor frío, presionando el occipital contra el músculo para bloquearla poco antes de que la sodomizada presa vuelva a caer en un lapso de inconsciencia, que dura algo más de tiempo esta vez.

 

-            May I ask you, my Most Honorable Sir, to take your hand off his forehead and grab him by his hair so I can take some close-ups of his face? ...

 

El gran oyabun no tuvo inconveniente, pues sabía muy bien que el superintentendente general de la policía de Corea del Sur era en este momento el realizador técnico de la video-grabación de un espectáculo de dominación sexual absoluta por cuya  contemplación personajes muy ricos e importantes de todo el mundo iban a pagar cuantiosas sumas de dinero que terminarían en las cuentas corrientes de su poderoso clan de la Yakuza: un espectáculo absolutamente real, sin trampa ni cartón, sin trucos escenográficos o imposturas de la ficción: la destrucción sexual de un hombre que jamás imaginó la demencial crudeza de su infortunado destino, por eso retiró su mano de la frente de Daniel di Lorenzo, deslizando sus dedos por la capa de sudor frío que la perlaba, y agarró la cabeza del joven policía por los cabellos para que Beom Seok Kim pudiera realizar su placentero y vocacional trabajo …

El rostro seguía siendo hermoso, pero nada quedaba en él de la saludable apariencia, de la sanguínea vitalidad juvenil que mostraba en instantáneas tomadas en la plenitud de sus fuerzas, cuando ante la vida y el mundo el joven agente del FBI – antes de su captura – mostraba la que imaginaba su mejor versión: masculina autoconfianza, bien en relajada sonrisa o con la seriedad formal del gesto, severidad estudiada o arrogancia indisimulada en la ejecución profesional … no: era esta una hermosura espectral, y estas instantáneas unas delicatessen que sólo iban a poder degustar paladares especialmente preparados para saborear los más extremados frutos del árbol de la perversión – una palidez casi de ultratumba transfiguraba el rostro de Danny, su ojo derecho estaba parcialmente cerrado y amoratado por el impacto de la bofetada recibida al principio, en el globo ocular izquierdo la pupila ascendía lánguida hasta casi deslizarse bajo el párpado, la casi perfecta simetría de su cara había quedado alterada por efecto de aquella sola bofetada: tenía la mandíbula desplazada y la punta de la lengua le asomaba entre los labios abiertos, por los que fluía un poco de baba con sangre de las encías inflamadas por el golpe; por el orificio derecho de su nariz se deslizaba sobre el labio superior una velita de moco verde …

Cuando la cabeza de la verga de Morimoto Kenzo comienza a presionar en la base del estómago de su empitonada presa, Danny parece despertar de su último lapso de inconsciencia con un estremecimiento que retuerce su boca en una arcada, pero es un flujo de bilis, no vómito todavía, lo que comienza a expulsar …

Un leve movimiento de la pelvis del gran oyabun Morimoto Kenzo y finalmente Daniel di Lorenzo tiene completamente alojada en sus entrañas la verga descomunal del dueño absoluto de su destino. Un gemidito, casi un suspiro de resignación, quizás de alivio, parece escapar de sus entreabiertos, retorcidos labios: “ya está,” parece pensar, “este hombre terrible ha llegado hasta mi estómago, no puede llegar a mi corazón …”

 

-            Aaaaaeeeeeegggghhhh …

 

Morimoto Kenzo ha embutido completamente su verga  en el colon del joven policía y siente las entrañas  pulsantes del hombre al que ha traspasado como un útero caliente que envuelve su invasora masculinidad: con un movimiento rotatorio de la pelvis la desplaza entre el ovillo visceral descomponiéndolo, descolocándolo, alterando violentamente la disposición natural de los intestinos … Beom Seok Kim aproxima la lente de su cámara al vientre del joven violado al notar, totalmente visible entre la musculatura abdominal, la silueta de la cabeza de la grandiosa verga del oyabun presionando contra el ombligo, que sobresale en el vientre invadido como una protuberancia excéntrica y antinatural: el cuerpo de Danny, musculado y fibroso, es sin embargo lo suficientemente delgado para que la cámara de videograbación pueda registrar perfectamente la evolución del desplazamiento del miembro descomunal por el vientre del joven agente del FBI capturado y de esta inhumana manera envergado …

-            Aeeeegggggghhh … aaaaahhh … aaaaiiieeee …

Danny di Lorenzo vomita – ahora sí – tres veces consecutivas, ensuciándose el torso – tensionado al extremo – con regueros de papilla fluyente y viscosa, descompuesta mezcla de digerido alimento con fluido de bilis y sangre, antes de que los músculos de su cuello se destensen y su cabeza – aún sujeta por los cabellos por la poderosa mano del gran oyabun – penda con desmayada flacidez ante la cámara que registra cada momento de su tortura para la expectante posteridad.

-            He´s totally passed out, my Most Honorable Sir, I think you are balls-deep in him … Please, may I ask you to extract your Most Glorious Member so I can take his virginal fluid …

Morimoto Kenzo miró entonces, con su particular sonrisa de afilado cuchillo, con aquella expresión de casi fría indiferencia en sus ojos rasgados, al superintendente general de la policía de Corea del Sur, que una vez más le solicitaba aquella gracia inmediatamente después de haber envergado por completo a un hombre que había confesado su virginidad anal poco antes de perderla para siempre de manera tan traumática. Tenía que reconocer la exquisitez de Beom Seok Kim en aquellos particulares detalles que a él – mucho más elemental – jamás se le hubieran ocurrido, al menos hasta entonces: fue por consiguiente extrayendo, poco a poco, degustando el deslizarse de la pulsante tripa atrapada por encima de los lomos inflamados de sangre genital, la Gran Verga con la que había desflorado la inocencia del joven policía, arrastrando en su retroceso, como si fuera un guante de goma que desde el interior iba volviéndose del revés, el desgarrado tejido rectal de Daniel di Lorenzo, impregnado de sangre y fluido fecal …

-            Ooooohhhh, my Most Honorable Sir, it can really be said that you have turned his ass inside out …

Beom Seok Kim hizo zoom con su cámara sobre la Gran Verga en retirada y recogió visualmente la absoluta evidencia de lo que estaba diciendo. Cuando la enorme cabeza acabó de salir del atravesado canal, una protuberancia de tripa, sanguinolenta y pulsante, quedó al descubierto, como si a Daniel di Lorenzo le hubiera aparecido por el culo una especie de rabo obsceno de víscera extraída por la que fluía la sangre de su desvirgamiento … Beom Seok Kim dejó momentáneamente su videocámara sobre el terciopelo negro del estrado, sacó de un bolsillo de su pantalón un bote de vidrio destapado y lo colocó bajo la tripa anal al descubierto del joven policía … la sangre, poco a poco, fue llenando el recipiente … cuando alcanzó casi el borde, el superintendente lo cubrió con un tapón de plástico que ajustó fuertemente para evitar el derrame de tan precioso líquido … colocó después sobre el vidrio una pegatina blanca y sobre ella escribió, con escrupulosa caligrafía occidental, “Daniel di Lorenzo” y bajo el nombre, con cifras numéricas, la fecha exacta de su violento enculamiento y pérdida definitiva de su virginidad anal …

-            I will put this jar of his rectal blood with the others, you can carry on with the fucking, My Most Honorable Sir, you can finish him off, if that is most suitable to Your Pleasure, but I would very much like if you let him live in his misery for a few more days, I think it would be much fun to behold …

Morimoto Kenzo volvió a mirar con su leve sonrisa feral a Beom Seok Kim, después contempló en toda su grandiosa dimensión su tremenda verga pulsante cubierta de sangre y fluido fecal desde la punta hasta la raíz que se hundía en los poderosos cojones vibrantes aún de excitación, y una vez más sintió en ella el intenso ardor de un desenfrenado deseo que desde que era un niño en realidad – un jovencito de muy prematuro hiperdesarrollo físico y sexual - le había impulsado a aniquilar con la magnificencia de su poder sexual lo más preciado que aquellos hombres – sus víctimas – podían atesorar: el sentido de su masculinidad, la esencia de su virilidad, el centro de gravedad en torno al que orbitaban sus propias vidas: enculándolos, empitonándolos, destrozándolos analmente, casi eviscerándolos con su Gran Verga el gran oyabun Morimoto Kenzo había ya prácticamente matado a esos hombres antes de hincarles la puntilla final que los sumiría para siempre en las profundidades de la nada disolvente …

Daniel di Lorenzo, por supuesto, nunca hubiera podido ser un rival digno para Morimoto Kenzo, pero en vez de suponer esto un inconveniente para el placer del gran oyabun, en aquel caso concreto y como excepción casi lo incrementó: desde el principio, desde que lo viera orinarse en los pantalones nada más ser capturado por sus hombres bajo la supervisión de Beom Seok Kim, el miedo, la cobardía, el pavor, la sumisión de Danny lo excitaron … tanto o más que la valentía de los hombres que le habían presentado resistencia … sabía también que gozaría extraordinariamente al aplicar un durísimo castigo a aquel gallito de corral inconsciente de la insuficiencia de sus fuerzas para la enormidad de la empresa en la que se había estúpidamente aventurado, y ahora Morimoto Kenzo se disponía a consumar, en el cuerpo de su víctima, el placer sexual momentáneamente interrumpido y demorado … presionó lentamente con el ariete de su virilidad la tripa anal extraída envasándola de nuevo, poco a poco, en el culo violentado de su presa: al sentir de nuevo la presión, Danny gimió, en el limbo de su inconsciencia, mientras el poderoso miembro del oyabun volvía a tomar posesión de sus entrañas parcialmente desgarradas …

-            Aaaaaaa … aaaaaaaaa … aaaaaaggggghhh …

Los músculos de la pierna izquierda de Danny volvieron a tensarse como las cuerdas de un arpa, los dedos del pie se retorcieron, como poseídos por un violento calambre, se alzaron por encima del terciopelo negro del suelo, su cabeza volvió a moverse, débilmente, la mano dominante del oyabun sujetándola aún por los cabellos …

-            Aaaaagggggghhhh …  

Morimoto Kenzo desató entonces el pañuelo de seda negra que ataba el tobillo de Danny a la barra superior y se la recolocó en posición horizontal para introducirle así los últimos centímetros de verga que quedaban por embutir en el culo de nuevo completamente envergado.

-            Aaaaaaaagggghh … aaaaggghh … aaagghh …

El gran oyabun sujetaba ahora al joven policía por el cuello, y totalmente ensartado por su grandiosa estaca carnal, lo bajó del estrado y lo llevó frente al espejo: si Danny hubiera podido ver con claridad su imagen reflejada es muy probable que no se hubiera reconocido: su pálido rostro perlado de un sudor que descendía traslúcido por la desnudez del resto de su cuerpo, el ojo derecho totalmente cerrado por la impactante bofetada, la pupila del izquierdo lánguida e inestable en el iris apagado, las estalactitas de verde moco que descendían viscosas, introduciéndose parcialmente en su boca babeante, entre los labios abiertos en una mueca de idiota … pero Danny apenas podía ver ya: tan sólo sentir cómo aquella tremendidad que lo había traspasado llenaba todo su cuerpo, cada fibra de su ser, tomando plena posesión de él …

Morimoto Kenzo lo paseó entonces, de esta forma ensartado, por el recinto de los enculamientos, lo llevó hasta un catafalco elevado – igualmente tapizado de terciopelo negro – y sobre esta estructura fue depositando su cuerpo, tendiéndolo sobre su espalda, ascendiendo él mismo al armazón sin desenvergarlo en ningún momento, tomando sus tobillos y elevándole las piernas por encima de sus poderosos hombros, para de esta manera ultimar su placer …

 Lo folló, esta vez, tiernamente, casi como un amante, tomándose su tiempo, desplazando despaciosamente el enorme pistón en el cálido seno del hombre que estaba poseyendo, sintiendo el calor de sus vísceras en torno al miembro trepanador, recolocándole las tripas, pero con cuidado, procurando no causar más desgarros … al poco tiempo notó que – bajo el resto de suspensorio orinado que aún pendía de su cintura – el pene del joven policía estaba totalmente empalmado: la próstata de Daniel di Lorenzo había recibido estimulación suficiente para activar aquel resorte en su cuerpo enculado … Morimoto Kenzo, entonces, le arrancó totalmente el suspensorio y pudo ver, en efecto, que su víctima – en su estado de seminconsciencia – estaba claramente excitada: el pene de Danny, en contraste con la Gran Verga que lo envergaba – era un pálido pigmeo incircuncidado, pero estaba totalmente tieso por encima de  los pelados huevitos, bajo la suave fronda púbica  … poco a poco, incluso su rosada cerecita asomó, lubricada, retrayendo el prepucio en la punta, como la guinda de un pastel en el tallo curvado por la erección, destilando un néctar traslúcido y viscoso que delataba una evidente excitación sexual …

-            Look, my Most Honorable Sir … You have done it again … I was certainly true … I told you that, when fucked properly and leisurely, a man can give us his nectar as graciously as a woman does … Look at how he looks at you – with his working eye – while he is  fucked, look the reverence in his regard, look how he silently gasps, look that hint of a smile – you may say it is the smile of an idiot, but it is certainly so delicious this vision of a man idiotized when he is fucked …  

Morimoto Kenzo se derramó, entonces, en el interior de Danny di Lorenzo, el calostro caliente del gran oyabun inundó las entrañas del joven agente del FBI capturado que, efectivamente, boqueando silenciosamente como un pez fuera del agua parecía, en algunos momentos, sonreír satisfecho, complacido, agradecido por cuanto había recibido, con la sonrisa, eso sí, de un idiota …

 

 

    

 

 

 

 

 

 

 

 

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