FBI Blues

 

 

II

 

Sería prolijo e innecesario, Hidalgo-San, detallarle la larga sucesión de errores que llevó a estos dos hombres al destino que yo tenía preparado para ellos. Baste pues con insistir un poco en su creciente y miope torpeza, originada en su desconocimiento del terreno y subestimación del enemigo, en la deficiente interpretación de los datos inconexos de un servicio de información de la policía surcoreana infiltrado por nuestros propios agentes, especialmente por uno de muy alto rango. Poco podían imaginar que Beom Seok Kim, superintendente general de la policía de Seúl, era un “agente doble” que durante muchos años había facilitado nuestras operaciones en su país y se había beneficiado de negocios compartidos con nuestro honorable clan Yakuza. Eso le había convertido en uno de los hombres más ricos e influyentes de Corea del Sur y por ello se sabía en deuda con nosotros: le teníamos a nuestra entera disposición para todo lo que necesitáramos. Como me dejó bien claro aquel día que hablé por teléfono con él en conferencia Tokio – Seúl:

- An-nyeong ha-se-yo, Beom Seok. ¿Estás seguro de que podemos hablar con seguridad?

- Ohayô, Kenzo. Veo que tu coreano mejora día a día, je, je. Sí, no te preocupes, nada que temer. ¿Has olvidado que soy el supervisor de todos los micrófonos que se instalan en los aparatos telefónicos de Corea del Sur, con orden judicial o sin ella, que no hay uno solo de ellos que se me escape?  Relájate, tomodachi. A no ser que el camarada Kim nos esté escuchando desde Pyongyang, sólo tú y yo somos testigos de esta conversación, ja, ja, ja.

- ¿Qué sabes de esos americanos que el FBI ha enviado a Seúl para investigar la muerte de Ishikawa?   

- ¿El gigante negro y el “niño bonito” blanco?  Están más que localizados, los detectamos enseguida: pensaron que con su tapadera deportiva estarían “under the radar” durante mucho tiempo, el suficiente para completar su misión, detener a vuestro sicario, interrogarlo y llegar, mediante su información, a vosotros. Les lanzamos la liebre falsa y salieron tras ella, la alcanzaron y la han vapuleado un poco, pero por supuesto no han podido arrancarle ninguna información, por la simple razón de que el pobre tipo no sabía nada de lo que le preguntaban. Les suministramos también, mientras tanto, otras “distracciones”.

- ¿Qué “otras distracciones”?

- Mujeres. Muñequitas coreanas expertas en las más sofisticadas artes amatorias, ya sabes. Una de ellas, que los dos han compartido, se llama Eun-ji, y es una de nuestras más inteligentes agentes femeninas. Parece “una muñequita”, pero es uno de los cerebros más importantes que tenemos en nuestro cuerpo de policía. Sabe interrogar muy bien a los hombres mientras “les hace  el amor”. Hemos aprendido mucho del FBI gracias a ella, ja, ja, ja.

- Empieza por el negro. ¿Qué sabes de él?

- Zacharias Hightower, 43 años. Nacido en Harlem, Nueva York. Orígenes humildes, pero de familia decente y trabajadora. Su colosal estatura – mide casi dos metros, como tú – y sus músculos de coloso fueron atributos suyos desde muy joven, también como tú. Estas características le permitieron destacar deportivamente en la escuela secundaria, donde practicó baloncesto, béisbol y lucha americana. Quiso estudiar, pero no fue un alumno especialmente brillante. Altura, musculatura, y sólo un poco de cerebro. Tuvo el suficiente, no obstante, para rechazar la tentación de las bandas de criminales negros de Harlem. Su padre, muy religioso, le insistía en el temor de Dios para mantenerlo alejado de ellas. Quería que su hijo fuese predicador, como él, pero el joven prefirió una vida de acción. Comenzó a boxear, tuvo una carrera de varios años en el ring y llegó a pelear con Muhammad Ali, que lo noqueó en el décimo asalto. Para él fue un orgullo aguantarle diez asaltos a la máxima estrella del boxeo mundial. Pero decidió colgar los guantes y se alistó en el ejército, donde llegó a sargento. Estuvo aquí, en Seúl, al mando de un destacamento, vigilando la línea de demarcación entre nuestras dos Coreas. “Maeu keun geo-meun-sek jungsa”, “el gran sargento negro” le llamaban nuestros oficiales y reclutas. Simpatizaron con él porque, a diferencia de la mayoría de los oficiales americanos, casi todos blancos, confraternizaba con ellos y se esforzaba por aprender algunas frases en coreano. Está convencido de que por eso lo eligieron a él para venir a Seúl después de tantos años. Todo esto se lo contó a Eun-ji en la cama, fumando un cigarro después del orgasmo. Se lo contó en inglés, claro, pues apenas podía recordar un par de frases de las que aprendió durante su servicio militar. Ni siquiera intuyó que el inglés de nuestra agente era lo suficientemente bueno para ser el de una simple masajista profesional.“Neo jinjja gwiyeobda”, “eres muy bonita” era lo único que acertaba a decir, muy imperfectamente, jadeando de placer, mientras Eun-ji hacía los honores a su magnífico órgano sexual. You are a very big, very strong, very handsome man, and your … your dick is so biiiig, ji,ji,ji,” correspondía Eun-ji, sinceramente, a sus halagos.

- ¿Y el otro?

- “The pretty boy”?  Daniel di Lorenzo, 26 años. Nacido en Brooklyn, Nueva York. Familia de clase media, remotos orígenes italianos e irlandeses. 1´76  cm. de estatura, cuerpo musculado y armonioso, un chico guapo, lo que los occidentales llaman un Adonis. Destacó también en los deportes en la escuela secundaria: béisbol, natación y lucha americana. A pesar de ello, al igual que el negro, fue un mediocre estudiante. Encaminó sus pasos, como él, hacia una vida de acción. Tras varios trabajos ocasionales como “pizza boy”, instructor de “fitness” en un gimnasio o socorrista en playas y piscinas públicas, entre otros, se presentó a los exámenes de acceso a la academia de policía, en los cuales superó notablemente todas las pruebas físicas y – no me explico por qué – psicológicas.  Lleva tan sólo cuatro años en el FBI. Es lo que los americanos llaman un “rookie”, un novato, al menos relativamente. Todo esto lo sabemos también por Eun-ji. Él y Hightower la han compartido. O, mejor dicho, ella los ha compartido a los dos, ji,ji,ji.

- ¿Por qué insinúas que no debería haber superado las pruebas psicológicas?

- Creo que tiene algún tipo de problema especial, probablemente sea inmadurez. Su cerebro es el de un adolescente en el cuerpo de un veinteañero. Hiperactivo, impulsivo, irritable hasta el histerismo, emocionalmente inestable, casi bipolar. Consumidor frecuente de cocaína, aunque lo hace clandestinamente, a espaldas de Hightower, que en cuestión de drogas, no tanto de sexo, es un moralista puritano y un firme guardián de las leyes antinarcóticos. No le permitiría eso a “Danny”, como él le llama, cariñosamente. Di Lorenzo respeta y admira a Hightower, al que llama “Zack”. No hay “barrera racial” entre ellos, aunque una vez, durante la primera misión en la que trabajaron juntos, “Danny” le confesó a “Zack” que no le gustaban los negros, pero que él “no era como los otros negros que había conocido, la mayoría unos vagos, unos macarras, drogadictos y delincuentes. Tú eres muy distinto, Zack, tú eres un tipo íntegro, un hombre de verdad”. Entre ellos hay una relación muy estrecha, casi paterno-filial, yo diría de mutua dependencia, incluso. No pueden pasar mucho tiempo el uno sin el otro.

- ¿Puede haber algo más?

- ¿Una relación homoerótica, quieres decir?  No lo sé. El negro tutela al blanco como si fuera su hijo. Por la diferencia de edad, si no por el color de la piel, podría serlo. Hightower, en principio, es todo lo contrario a Di Lorenzo, como la noche y el día, por así decirlo. Es un tipo equilibrado, aunque como sabueso no demasiado sagaz, tiene el sentido del honor de un policía íntegro, todo lo contrario a mí, ji, ji, ji, pero también la ambición de ascender en el escalafón y colgarse medallas. Se formó como “law enforcer” en la policía militar, tanto en su etapa de Corea como en otros destinos asiáticos: estuvo destinado un tiempo, también, en Tailandia y Filipinas: los soldados indisciplinados, borrachos o alborotadores que no supieran respetar a la población local sabían muy bien que tenían en el sargento Hightower, con su firme sentido de la rectitud y la disciplina, a un enemigo formidable, y por ello todos le temían y le respetaban. Tras licenciarse del ejército no le resultó difícil ingresar, con su hoja de servicios, en el FBI.

 

“Ah, Hightower, Hightower, qué recuerdos – suspiró Morimoto Kenzo – mire Hidalgo-San, mire, aquí lo tiene… no, espere, espere, estos no son… últimamente tengo estas fotos un poco desordenadas, tendré que volver a clasificarlas, pero deben estar aquí, todas estas son de aquella época de Seúl, y aquí deben estar los dos…”

El oyabun fue desplegando, ante mi muda expectación, una serie de imágenes congeladas y estremecedoras, entre las que aparecieron otros cuerpos de hombres desnudos, otros rostros golpeados, macerados, otras cabezas agarradas por los cabellos, pero Morimoto Kenzo pasó estas últimas rápidamente, “no, no, estos no son… a ver, a ver, ¡aquí!  ¡aquí están!” – su rostro se iluminó con un entusiasmo casi infantil, pero en su amplia sonrisa de predador volvían a brillar, como los de un lobo, con sed de sangre ya saciada, sus colmillos humanos.

La primera mostraba un cuadro extraño, casi irreal: varios jóvenes yakuzas, alguno casi adolescente, conjunto de torsos desnudos y pálidos, surcados de tatuajes, entre los que sobresalía uno de musculatura más potente, sostenían alzado sobre una ensangrentada sábana, extendida sobre una mesa, un vigoroso torso de ébano refulgente, lampiño, sudoroso, soberbiamente musculado. Sobre este tronco poderoso se levantaba la poderosa cabeza, el cráneo desnudo y brillante de un hombre negro y corpulento, de mediana edad, nariz ancha y carnosos labios entreabiertos pero de rasgos regulares, atractivos, con grandes ojos castaños bajo tupidas cejas de carbón, unos ojos que poco antes brillaran de vida pero que ahora miraban, turbios, al frente, sin comprender … una recortada barba de negro terciopelo, levemente veteada de gris, le adornaba el recio mentón, ascendía por sus mejillas en fino bigote bajo la nariz africana y una amplia dentadura, muy blanca, asomaba, apretada, entre sus labios, dibujando una mueca de amargura. Los jóvenes nipones sonreían, casi ingenuamente, exhibiendo orgullosos la pieza capturada tras lo que parecían grandes esfuerzos, pues todos ellos presentaban diversas contusiones en los rostros aniñados, al igual que marcas de golpes se apreciaban también en el rostro del negro. Pero todo hubiera sido relativamente normal, en su extrañeza, si aquel hombre, aposentado y enderezado sobre la mesa, no careciera de sus piernas, que habían sido “limpiamente” cercenadas a la altura del grueso muslo, descubriendo la cruda y roja carne en dos ensangrentados muñones por donde asomaba, muy blanco, el hueso tajado. Tampoco me hubiera impresionado tanto – era yo muy impresionable entonces – si en su entrepierna, bajo la franja compacta de vello púbico, muy negro y rizado, no se viera un hueco profundo y oscuro del que manaba un flujo de sangre que, formando un charco sobre la empapada sábana, se desbordaba aún por la mesa hacia el suelo. El joven que principalmente lo sostenía, aquí por la cabeza y los hombros, y que mostraba su preeminencia en el conjunto, blandía, en otra foto, un ensangrentado cuchillo de carnicero a la altura del encogido ombligo de su víctima, que parecía mantener aún, en tan espantosa circunstancia, como un orgullo de rey africano, más allá de la mutilación y la muerte, un porte de profunda melancolía pero, al mismo tiempo, de suprema dignidad …

Pero más impactantes fueron para mí las siguientes imágenes, necesariamente previas en el tiempo a la brutal “lección de anatomía” que acababa de presenciar, pues en ellas el desventurado negro conservaba aún sus dos piernas de gigante aunque de nada parecían servirle, pues colgaban, como todo su cuerpo, en el aire, a varios pies del suelo de lo que parecía ser un pabellón polideportivo cubierto, mientras su cabeza, retorcida en agonía sobre un hombro, con la boca abierta y la lengua fuera, miraba hacia abajo … pero no estaba solo: otro hombre colgaba a su lado, espalda con espalda, muslo con muslo, de la tensa soga izada sobre una viga de hierro del techo; la palidez de su carne desnuda presentaba vivo contraste con la piel negra y brillante de su compañero, la suavidad y delicadeza de su musculatura con la hercúlea constitución del gigante negro, la relativa pequeñez de su lacio sexo al aire con la masculina exhuberancia, igualmente aireada, del afroamericano …

Una primera impresión, al verlos así exhibidos, podría llevar a la conclusión de que la muerte de ambos, pues muertos parecían, debía haberse producido por ahorcamiento, pero posteriores primeros planos desmentían esta suposición: las cabezas de Hightower y Di Lorenzo, aunque apretadas en un nudo de cuerda, estaban ensartadas en sendos ganchos de hierro que, como un garrote, se hundían en sus occipitales, de los que manaba la sangre sobre los hombros. Con un estremecimiento de espanto y placer a partes iguales, pude imaginarme, por breve que fuera, la terrible agonía de aquellos desventurados, sus aullidos de dolor, su retorcerse pataleando en el aire mientras eran izados, su desangrarse mientras colgaban y se balanceaban a varios metros del suelo. Entonces me fijé, de perfil, en la mueca en la cara del blanco, por cuya boca retorcida y abierta asomaba la lengua contraída en lo que semejaba una arcada … pese a la grotesca deformación del rostro, parecía haber sido un hombre joven y guapo, de una edad no superior a los treinta años, de pelo castaño y ondulado, casi de punta en el terrorífico trance. Un primer plano frontal corroboraba esa impresión de belleza juvenil: pese al ríctus de la boca, las cárdenas marcas en ojos y pómulos y la sangre que fluía de los orificios de su nariz, el óvalo de su cara era canónico, sus líneas armónicas y regulares, sus labios sensuales, propicios para el beso. Tal vez el refluir de la sangre, acentuando su palidez, había restado a su cuerpo, como varias generaciones de intermezcla étnica desde sus ancestros italianos, esa tonalidad olivácea de la piel latina, asemejándolo más al anglosajón medio. Aunque delgado sus hombros eran anchos, bellamente contorneados, sin asomo de hueso, bien al contrario, recubiertos de una delicada musculación, como la de su pecho cubierto por un vello fino pero bien extendido, adornado por los botones rosáceos de sus tetillas, que parecían endurecidas en el trance, en aquel clímax de su horror. El vello, delicado pero insistente, se extendía por la musculatura del estómago, tensado en el esfuerzo por apurar las últimas bocanadas de aire, así como por el vientre en la cintura estrecha, suavemente torneadas sus caderas, sus muslos y sus piernas, más cortas que las del negro, colgantes también. 

En otra instantánea, sin duda anterior a estas, el joven policía aparecía aún vivo, siempre desnudo, semirecostado sobre el suelo, con las piernas aflojadas y flexionadas, el sexo descubierto, los ojos medio cerrados a puñetazos, abatidos los brazos, fruncidos los labios en un asomo de puchero infantil – “varias veces, durante la tortura, llamó a su madre, como un niño pequeño”, me dijo Morimoto Kenzo – llorosos los ojos, a punto de perder el sentido tal vez mientras el joven oyabun, completamente desnudo, las piernas muy abiertas, la poderosa verga en erección, lo sujetaba por los cabellos desde lo alto con su particular sonrisa de sorna triunfal. “Sufrió mucho, su carne era más delicada que la del negro, su corazón más frágil, su espíritu más cobarde … y a más de uno le sorprendió, porque hasta entonces era el que parecía llevar la voz cantante, aunque desde el primer momento yo supe muy bien cuál de los dos era el verdadero líder. Pero este hombre era sin duda el más arrogante y presuntuoso, el que más gritaba sus órdenes y sus amenazas como un tipo engreído, pagado de sí mismo hasta el narcisismo, debía creerse un James Bond o algo así, pero estos perrillos ladradores son los que menos muerden al final, los que más se achantan con gemiditos de damisela, antes incluso de empezar a recibir los golpes. Creo que hay muchos niñatos como este en la policía americana, y de todas partes, novatos recién salidos de la academia, pollitos que se creen los gallos del corral y hasta superiores a sus compañeros más veteranos porque han estudiado más leyes y reglamentos pero lo ignoran todo de la extrema dureza de la verdadera lucha contra el crimen. Éste pronto metió el rabo entre las piernas, empezó a temblequear y lloriquear nada más verse perdido, se orinó, literalmente, en los pantalones, antes de que le obligáramos a sacárselos. Fue incapaz, como el negro, como Azuma* en cierto modo pese a todo, de salvaguardar su dignidad, su hombría, de controlar sus esfínteres; en realidad, ni siquiera fui yo quien lo cacé, pues quería reservarme para el negro, un contrincante verdaderamente digno de mí, sino Takahashi Koji, y sin demasiado esfuerzo. Yo me limité a rematarlo y antes de eso a humillarlo, a romperle el culo, cuando perdió su apuesta. Pero quise conservar, de todas formas, estas piezas de su cadáver, aunque ya ve en cuánto desmerecen de las del negro.

- Pero me estaba hablando usted, honorable señor Morimoto, de cómo el señor Beom Seok Kim, superintendente general de la policía de Seúl, tuvo tan relevante participación en el proceso que llevó a estos dos hombres a caer en sus redes. Me gustaría, por tanto, que siguiera ilustrándome un poco más al respecto, y me cuente hastá que punto fue decisiva su colaboración.

Y así fue que Morimoto Kenzo continuó narrándome, con todo detalle y aquellos testimonios gráficos presentes, el proceso que llevó a Zacharias Hightower y Daniel di Lorenzo, agentes del FBI en misión secreta en Seúl, a descender a su particular y compartido infierno.

 

 

 

*Azuma: Azuma Toshitami, protagonista de otra historia de la serie “Yakuza”. 

    

 

 

 

 

 

 

 

 

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