FBI Blues XIII Los músculos de ébano en los largos brazos de Zacharias Hightower se
flexionan mientras las amplias palmas de sus manos extienden suavemente la crema
por las piernas de su compañero Daniel di Lorenzo. La luminosidad de rojo
sangre proyectada por las miríadas de pequeños focos
incrustados en las paredes de terciopelo escarlata sigue permeando la
estancia que comparten los dos agentes capturados del FBI pero ha sido
atenuada atendiendo amablemente al
lamento del agente Hightower por la hiriente intensidad que pone a prueba su
salud visual y la de su compañero, y en cuanto a la excesiva luminosidad de
las lámparas de blanco neón colocadas en el techo, Beom Seok Kim procura que
sólo estén encendidas el tiempo imprescindible para supervisar el estado de
la estancia cuando los agentes son extraídos de ella para ser sometidos a
intermitentes interrogatorios en la
dependencia reservada para tal fin o a exámenes médicos en la enfermería para
supervisar regularmente su estado de salud. Ahora por
tanto que el estrés lumínico es menos opresivo en su persistencia el agente
Zacharias Hightower aplica el terapéutico masaje al debilitado cuerpo de su
compañero de una manera más relajada y confortante para los dos: los negros
dedos del masajista se demoran sobre la blanca piel del masajeado, aplicando
y extendiendo la crema con parsimonia, sin perentoriedad. Zacharias Hightower
admira una vez más el cuerpo cincelado por la práctica deportiva de Daniel di
Lorenzo, este cuerpo que a pesar de la gran disimilitud en estatura y
corpulencia comparado con el suyo es todavía, y a pesar de todo, el de un
atleta, el de un joven artista marcial que nunca descuidó su puesta en forma
y que aplicó más de una vez – y con bastante eficacia – sus comprimida fuerza
y conocimientos en el ejercicio práctico de su profesión como oficial de
policía. La crema que las manos de Zacharias Hightower aplican y extienden en
sucesivas capas transparentes que ascienden desde las plantas de los pies –
donde comienza el masaje – por las piernas desnudas de su compañero las hacen
resaltar en su nacarada palidez, el incoloro aceite las hace brillar en la
luz rojiza con destellos de estatua de pulido mármol, destacando el delicioso
espectáculo de su musculación: las piernas del agente Daniel di Lorenzo nunca
mostraron la recia configuración de las de un culturista pero en más de una
ocasión redujeron – con patadas de “kickboxer” profesional – a algún oponente
que superaba al joven agente en peso y estatura; el agente Zacharias
Hightower fue repetido testigo de ello, si bien muy pronto pudo comprobar que
su joven compañero no era un hombre especialmente valiente, que sabía medir
muy bien sus fuerzas y las de su adversario, y sólo entraba en el cuerpo a
cuerpo con oponentes a los que estaba seguro de poder vencer sin dificultad
en una lucha que le reportaría algún día – se decía - alguna medalla al
valor; si no era ese el caso, sabía también medir muy bien las distancias y
delegar de muy buena gana en su colosal compañero los cuerpo a cuerpo más comprometidos mientras él – sólo por si acaso
– preparaba su pistola. Ahora, no
obstante, pese a la preservación de su tonificación muscular, el cuerpo de
Daniel di Lorenzo ha quedado casi completamente incapacitado para cualquier
actividad atlética por un traumático trance de tortura sexual: las piernas,
por las que ascienden las manos de Zacharias Hightower extendiendo la crema,
han recuperado, tras la absoluta postración de los primeros días, la energía
suficiente para mantener el cuerpo erguido y reanudar su autónoma locomoción,
pero un temblor persistente en ellas indica que el más mínimo ataque que de
nuevo se pueda producir a la integridad corporal de la que forman parte será
suficiente para devolverlas a un estado de extrema debilidad, de irreversible
incapacidad. Zacharias Hightower no puede dar crédito, aún asombrado, a la
manera en que las piernas de su joven compañero se aflojaron tras ser
enculado – proceso que él no presenció – por el jayán japonés. Danny era
totalmente incapaz, literalmente, de sostenerse en pie; sus rodillas se
doblaban lacias a cada patético intento, sus tonificados músculos – esos
mismos con los que había reducido a patadas a algunos delincuentes
aparentemente más fuertes que él – parecían haberse vuelto de mantequilla,
tras el violento enculamiento … Mientras sus
dedos extienden el transparente bálsamo por los separados, abrillantados
muslos de su compañero, el agente Zacharias Hightower contempla una vez más,
con admirada perplejidad, la oquedad boquiabierta que aparece en lo que poco
tiempo antes fue, simplemente, el agujero del culo del agente Daniel di
Lorenzo, y siente un nuevo estremecimiento: después de todos estos días que han
pasado desde la violación, la apertura anal del joven policía estuprado no
ofrece muestra alguna de querer recuperar la normal conformación y el grado
de oclusión previo a la sodomización. Se diría que el elástico equilibrio de
la sucesión de anillos anales que la Verga fue ensartando, traspasando y
dilatando, la natural tensión entre apertura y oclusión ha sido descompuesta
para siempre y que el colon del enculado agente del FBI Daniel di Lorenzo,
prácticamente visible desde el exterior de su cuerpo, permanecerá ya abierto
y accesible para todo aquel que quiera de nuevo encularlo, poseerlo. La verga
empalmada de Zacharias Hightower da entonces una violenta sacudida que Daniel
di Lorenzo – tendido sobre su vientre, con la cabeza apoyada en una de las almohadas,
que sus brazos abrazan – no puede advertir. En realidad, más que ser
totalmente consciente de la corporal presencia de su compañero a su espalda,
Daniel di Lorenzo la siente: siente la enorme fuerza de los brazos
de Zack cuando – levantándolo con cuidado, pero como si fuera una pluma – le
ayudan a incorporarse del lecho para ir al cuarto de baño a hacer sus
necesidades; siente esos brazos los
primeros días cuando lo sostienen en su desplazamiento, cuando lo depositan
con cuidado sobre la taza metálica del váter, cuando le colocan las piernas o
se las abren en el ángulo adecuado para el ejercicio de ese íntimo acto
corporal, como si fuese un inválido, un niño pequeño, un anciano
incapacitado, como si no tuviera tan sólo 26 años y pocos días antes ese
cuerpo desmadejado no hubiera estado repleto de fuerza, de energía, de vigor.
Siente el cuerpo colosal de su
compañero cuando en la madrugada persistente en que sus largos días de
cautividad se han transformado – en medio de esta bruma rojiza, que ni siquiera
cuando cierran sus ojos desaparece del todo – se abraza a él como un niño
pequeño y asustado al cuerpo de su padre en medio de una pesadilla y desde su
lado de la compartida cama estrecha la carne confortante y cálida de un ser
muy fuerte que le transmite una inestable – pese a todo – sensación de
seguridad. Cada vez que Danny, en su sueño sacudido por visiones de espanto,
lo abraza … la verga de Zacharias Hightower se estremece, una vez más, con
una sacudida … -
Zack, Zack … don´t leave me, Zack! -
Sshh … easy, bud, easy … I ain´t gonna leave you, never … -
D-Don´t leave me … a-alone with th-that man … Zack … -
I won´t leave you alone, never, bud … promise … -
Zack … Zack … I don´t wanna … diiee … Zack … tell my Mum … oh please,
man … help me, Zack! … Danny di Lorenzo está sumido, en realidad, en un duermevela: casi nunca
completamente dormido, casi nunca completamente despierto, pero el apretarse
de su cuerpo contra el de su compañero despierta, completamente, la verga de
Zacharias Hightower, la hace saltar, como un resorte. Danny no es consciente
de ello; no hay, por su parte, nada sexual en este apretarse contra el cuerpo
de su compañero: es tan sólo síntoma de su desvalimiento, de su pavor, de su
dolor, la búsqueda de un poco de consuelo, de un poco de confort. Mientras la
enorme verga negra de Zack está completamente empalmada, sus cojones
encendidos, en ebullición; la pequeña verga blanca de Danny, por el
contrario, es apenas un rosáceo gusano retraído en su pálido, arrugado
capullo, sus cojones – frígidos, apagados – unos huevecitos insignificantes
recogiditos en su arrugada bolsita. Los
resoplidos de Zacharias Hightower cuando siente
el cuerpo de su compañero apretado contra el suyo son cada vez más profundos
– semejantes a pequeños bramidos – los latidos de su corazón en su poderoso
pecho más fuertes y acelerados, y tiene que hacer un gran esfuerzo de
contención para no apretarlo con fuerza a su vez contra la verga poderosa que
cada vez de forma más evidente parece tener su propia voluntad, su propio
deseo, su propia necesidad, que cada vez parece actuar con instintos reflejos
que se disparan en su propio cerebro, si una verga pudiese, de alguna manera,
tener su propio cerebro … Zack
recoloca con cuidado el cuerpo de Danny en la cama para reducir la tentación
que lo atormenta, para aliviar la tensión sexual – todavía por resolver – que
desde muy pronto hizo surgir en su mente y en su cuerpo la aparición en su
oficina del FBI en Los Angeles de este joven “rookie” originario como él de la gran ciudad de Nueva York –
Harlem y Brooklyn, sus pequeñas patrias – con el que en un principio para
nada simpatizó, sentimiento mutuo que el “novato”,
a su vez, le reciprocó. El veterano agente Zacharias Hightower detectó, al
instante, las debilidades del carácter del joven agente Daniel di Lorenzo: su
petulancia, su arrogancia, su impulsividad, sus tics racistas – que le notó incluso en miradas, en muecas, en su
lenguaje no verbal – su inmadurez casi adolescente, su adicción a la cocaína,
que por el afecto que hacia él fue desarrollando nunca decidió desvelar o
denunciar … Danny, sin embargo, no tardó mucho en respetar, admirar, incluso
en sentir – también – afecto hacia Zack: como si este muchacho de alguna manera hubiera estado esperando a este padre que nunca tuvo en realidad – fue
el suyo un padre ausente, la suya una madre sobreprotectora – aunque se
manifestara en la forma de un negro colosal. Zack y Danny
terminaron, de esta forma, estimándose mutuamente, estrechando una duradera
relación profesional, pero también de creciente amistad. Salían juntos,
cuando no estaban de servicio, al cine, al algún espectáculo deportivo, o a
cenar; compartieron confidencias, diversiones, aficiones, incluso algunas
mujeres, unas más fáciles, otras “que se hacían más de rogar”… Para sus compañeros fueron, al principio, una “extraña pareja”, pero también ellos
terminaron acostumbrándose a la que pudo parecer, en sus más prematuros
periodos, una improbable relación profesional; les llamaban, a sus espaldas, “E&I” – “Ebony and Ivory” – por
una empalagosa canción de Paul McCartney que fue muy exitosa en los años 80 –
y otras veces “C&T” – “Crocket & Tubbs”, por la no menos
exitosa serie de televisión “Miami Vice” conocida en español como “División Miami”; ya sabemos que el
humor sarcástico o la socarronería suelen ser características
tradicionalmente arraigadas en ámbitos profesionales predominantemente
masculinos como este del que formaban parte los agentes Zacharias Hightower y
Daniel di Lorenzo. Nunca hubieran imaginado en cambio sus compañeros del FBI
que “Ebony and Ivory” terminarían algún día, como consecuencia de una malograda
misión especial extraterritorial … aquí … así … Las enormes
manos negras de Zacharias Hightower recolocan en la cama los blancos miembros
del cuerpo desnudo de Daniel di Lorenzo. El duermevela de Danny – un poco
imbecilizado aún por el shock de la
violación y los barbitúricos análgésicos que el doctor Gwan le ha prescrito
para aliviar las intensas punzadas de dolor en el colon descolocado,
aplicados por el mismo médico en ampollas inyectables por vía rectal en la
enfermería, después en la cama compartida por la mano de su propio compañero
de cautiverio – sigue alternando momentos de relativa lucidez con prolongados
periodos de aletargamiento o episodios delirantes en los que el joven policía
balbucea incoherencias o solloza como un niño pequeño y perdido, llamando a
su mamá. Zacharias Hightower, no obstante, ya se ha acostumbrado a este
desequilibrio emocional de su cautivo compañero – agudización traumática y
extrema de una inestable emotividad ya presente en el joven policía
previamente a la captura y el estupro – y ha llegado a la conclusión de que
Daniel di Lorenzo nunca volverá a recobrar el estado mental previo a una
sodomización de la que ya nunca se recuperará … Las yemas
amarillentas de los largos dedos negros del agente Hightower se deslizan por
la concavidad del cuenco de cerámica apurando las últimas capas de la crema
que aplica y extiende por las separadas piernas del agente Di Lorenzo, por el
musculado muslo, por la nacarada nalga … y sopla su suspiro sobre su desnuda
espalda … Zack toma el tobillo de uno de los pies de su compañero y dobla una
de las piernas de Danny de tal manera que, dejándole la otra extendida sobre
la sábana, le abomba un poco la curvatura del glúteo, para deslizarle, a
continuación, una pequeña almohadilla bajo la pelvis … el culo del agente Daniel di Lorenzo, de
esta forma, se destaca ligeramente empinado, como ofreciéndose, como si se
abriera, de forma inconsciente, a nuevas posibilidades … el agente Hightower,
entonces, introduce delicadamente uno de sus lubricados dedos en la
boquiabierta oquedad y con la yema va untando de crema el viscoso, cálido,
distendido interior, aparentemente insensible a su tacto … la apertura del
abierto agujero en el culo del agente Di Lorenzo es lo suficientemente grande
para que su compañero pueda introducir no sólo uno, sino dos y hasta tres
dedos – y no son, ciertamente, pequeños – y al constatarlo el agente
Hightower acopia la crema en las yemas de dos de sus dedos, con los que va
untando la expuesta intimidad de su compañero … algún excedente del gel lubricante, después
de aplicado, se desliza en cascada por los distendidos labios de esta vulva
circular en que se ha convertido el agujero del culo del agente Di Lorenzo y
la crema fluye por el perineo humedeciendo y abrillantando sus pequeños
testículos, que penden lacios en la bolsita escrotal … -
Hmmm …. mmm … mm … -
Does it hurt? … -
Naahhh ... -
That´s nice, bud … -
Hmm … mmm … Los dos
dedos de Zacharias Hightower se van introduciendo lentamente en su casi
completa longitud en la apertura anal de Daniel di Lorenzo aplicando y
untando la crema con movimientos circulares, en profundidad, sin que la
distendida víscera ofrezca ninguna resistencia a la abundante lubricación.
Las yemas de los dedos palpan y presionan precavidamente la próstata del
joven policía que de esta manera vuelve a ser analmente penetrado, delicada y
dactilarmente esta vez, mientras el perforado canal de este coño circular se
ofrece sumiso a la intrusión digital. Las yemas de los dedos de Zack aprietan
un poco la próstata de Danny y extienden la crema por la globular superficie
de la íntima glándula sexual: el tacto es cálido, suave, deliberadamente
delicado, y con las yemas de sus dedos este íntimo masajista que de esta
manera penetra y explora las más sensibles simas del cuerpo de su compañero
circunda este órgano del orgasmo, aplicando y extendiendo la confortante
crema en mesurados movimientos circulares alrededor de la castaña seminal … -
Hmmm … mmmm … -
Ain´t it really hurt? … -
Naaahhh … I mean … naahh … -
That´s nice … relax … bud … relax … -
Ouch! It-It h-hurts … -
It hurts? … here? … -
Ouch! Yeah, a-a lil´… it hurts
... La próstata de Daniel di
Lorenzo es pequeña, elástica y comprimible, como corresponde a un hombre
joven de 26 años de edad, pero las yemas de los dedos de Zacharias Hightower pueden apreciar, al presionar un
poco en un punto sensible, el endurecimiento producido no por algún
incipiente proceso tumoral sino por la traumática colisión del masculino
miembro que en ella percutió: el batir de la Verga de Morimoto Kenzo en las
entrañas del enculado ha afectado parcialmente a la consistencia de la íntima
glándula pero después de los estudios ecográficos y los terapéuticos cuidados
del doctor Gwan en la enfermería de esta prisión terminal la próstata del
policía ha recuperado buena parte de su funcionalidad y dado muestras incluso
– tras el Envergamiento – de una particularísima sensibilidad. La parcial
inflamación de uno de sus hemisferios como consecuencia de la traumática
sodomización ha dejado más sensible si cabe la próstata del joven agente
Daniel di Lorenzo de tal forma que al tacto de las yemas de los dedos de
Zacharias Hightower la afectada glándula pulsa y vibra como la cuerda de un
instrumento que emite sus notas cuando se lo toca … -
Ouch! Hmmm … Ouch! Mmm … mmm …
-
That son-of-a-bitch … he hurt you here, bud … -
Yeeaahh … It-It still … h-hurts … easy, easy … Z-Zack … -
I´ll go easy, bud … this cream will do you good … -
Yeeaahh … it d-does me … g-good … Z-Zack … -
You will heal, bud … it just takes time … -
Hmm … mmm … yeaaahh … yeaahh … Zacharias
Hightower observa el cóncavo continente del cuenco de cerámica: la crema está
prácticamente agotada y su mente está obsesionada con aplicar una abundante –
casi excesiva – lubricación antes de consumar en cópula la cautividad que
comparte con su compañero: ha decidido, finalmente, que quiere hacerlo, que va
a hacerlo, que va a encular a Danny, que va a poseerlo, que ya no puede
demorar la consumación de ese deseo por más tiempo, que después de todos los
años que han pasado juntos va a traspasar la puerta que de alguna manera
abrió, de par en par, para él, la Verga de Morimoto Kenzo, y va a hacerlo sin
pedirle permiso, sin solicitar su consentimiento, aunque eso suponga – y él
es consciente – una nueva violación, que termine por sumir a su joven
compañero en una absoluta estupefacción, en una irreversible idiotización … Zacharias
Hightower es consciente de que Daniel di Lorenzo no es un hombre que alguna
vez hubiera podido imaginar ser enculado – o al menos eso se imagina él
después de años conociendo o creyendo conocer a su compañero – pues la
exclusiva proclividad del joven policía hacia el sexo femenino siempre le
pareció fuera de toda duda o discusión; dar o tomar por el culo – a otro
hombre, de otro hombre – semejó siempre algo absolutamente extraño a la
caracterología de su compañero: eso siempre fue cosa de “esos otros”, de los maricones, de los pervertidos, de los
sidosos, de los que él consideraba – así, en general – “la escoria de la sociedad”.
Daniel di Lorenzo, en eso, siempre fue un
hombre heterosexual muy tradicional,
y sus pulsiones homofóbicas – Zack lo comprobó a veces al ver actuar a su
compañero con algunos arrestados por prostitución masculina – eran muy
fuertes. Es por ello muy entendible el trauma en que lo ha sumido su
sodomización – al ser envergado, mientras sus entrañas eran desgarradas por
el Miembro descomunal – Daniel di Lorenzo se sintió morir, sintió, por
primera vez en su vida, que su vida, verdaderamente, se desvanecía, que era
eliminada; y en lo cierto estaba, pues ese enculamiento significó un claro
preludio de su final … Zacharias Hightower piensa, por el contrario, que su
propia y lejana experiencia con el sexo entre hombres tal vez le permita
asumirlo un poco mejor cuando le llegue el anunciado momento de ser él mismo,
a su vez, sodomizado. Porque Zacharias Hightower sabe muy bien que también él será enculado, también él será violado por la Verga
de Morimoto Kenzo, y que nada que él pueda hacer podrá, finalmente, impedir
ese momento. Y ante la presencia de esa insoslayable certeza, con la
constatación de los efectos que la acción de esa Verga ha producido en el
cuerpo de su compañero, su cuerpo colosal se estremece, desnudo, vibrando de
excéntrica emoción, de la cabeza a los pies … Sabe también
Zacharias Hightower que los dos van a morir muy pronto: ninguno de ellos
sobrevivirá a esto, ninguno de ellos podrá “contarlo a sus nietos”, ¿qué importa, entonces, todo, ya? … La
muerte que van a recibir, está seguro, no será instantánea, y sí muy
dolorosa: desde el principio ha comprendido la naturaleza sádica del Gran
Oyabun Morimoto Kenzo y el placer que extrae de los procesos mortíferos que
aplica a los hombres que captura y elimina; ha comprendido, también, que ese
placer es de una índole absolutamente
sexual – el agente Zacharias Hightower no es un hombre excesivamente
inteligente, aunque sí lo suficiente, y ha llegado a la conclusión de que
tanto él como Danny no son ya nada más que carne mortal que este coloso
japonés tiene a su disposición para hacer con ella lo que más satisfaga a su
placer, y que como consecuencia de ello sus vidas han entrado ya en un tiempo
de descuento fatal. Zacharias Hightower sabe que, de alguna manera, tanto él
como Danny son ya hombres muertos, y semejante constatación, curiosamente,
enciende su sexo con un intenso ardor que ya no está, en absoluto, dispuesto
a enfriar, pues de manera inconsciente se dice que ya se enfriará, en no
demasiado tiempo, su cadáver … Zacharias
Hightower se alza entonces y mira a su alrededor buscando, en la bruma rojiza
que permea la estancia, la caja de cartón que contiene los cuencos de
cerámica con la crema adicional que ha solicitado a Beom Seok Kim: su verga
completamente erecta apunta hacia el techo y oscila pulsante por encima de
los copiosos cojones entre sus poderosos muslos de ébano mientras camina con
ligero aturdimiento hacia la caja colocada en un extremo de la estancia. Se
inclina sobre ella y desprecinta la tapa de sus adhesivas tiras de plástico,
abriéndola a continuación: extrae uno de los recipientes, lo destapa y
comprueba que su contenido – la incolora y viscosa sustancia – colma completamente
el continente. Suspira, mirándose el miembro: su verga es muy grande, casi
colosal, y él quiere introducirla completamente en el culo de su compañero,
poco a poco, eso sí, sin prisa, procurando no hacerle daño, o al menos el
menor daño posible, pues aunque el agujero del culo de Danny está
completamente abierto – de una forma obscena, incluso – por otro colosal
miembro, el pasaje de este nuevo, portentoso pasajero, no tiene que ser por
ello necesariamente fácil: el consistente grosor del larguísimo miembro
excede un poco, aún, el diámetro del agujero boquiabierto entre las nalgas de
su compañero. Zacharias Hightower desea, como nada en el mundo, follarse a
Daniel di Lorenzo, pero por nada del mundo desearía añadir más dolor al que
ya ha padecido, infligirle más sufrimiento. Sabe que los dos sufrirán - ¡no
puede imaginar cuánto! – aún, que lo peor para ellos está por llegar, y por
ello Zacharias Hightower quiere hacer, de este momento culminante de su
relación con Daniel di Lorenzo, algo amorosamente tierno: enculará decidida
pero delicadamente a su compañero, deslizará su verga en su interior con
cuidado y respeto, avanzará poco a poco, pulgada a pulgada, en el cálido
seno, profundizará con paciencia y parsimonia, se tomará su tiempo, su verga
vibrará en el recto vibrante de su compañero, la crema copiosa lo hará – para
el paciente enculado – más llevadero … -
Mmm … Z-Zack … w-where are you, Zack …?!
Don´t leave me alone, man! -
Sshh … easy, bud, easy, I ain´t gonna leave you alone, I´ll
be with you in a minute,
bud … you´ll see … everythin´s gonna be okay … -
I can´t see you, Z-Zack … this fuckin´ red light … I can´t see you, man
… -
I´m here, bud, I´m here … jus´ wait for a lil´ … I´ll be
with you in a sec … -
P-Please, Zack … don´t leave me alone … I wanna sleep with
you, man … -
We´ll sleep, bud … we´ll sleep together … needn´t worry
about that … Zacharias
Hightower se coloca detrás de su compañero y extiende el acopio de crema a lo
largo de su verga negra y larguísima que, totalmente erecta, le apunta al
esternón: desde las raíces del tronco, que profundizan en los colosales
cojones, hasta la magnífica cúpula de ébano, que vibra al masajeante, casi
masturbatorio tacto, la incolora y viscosa sustancia arranca al miembro
destellos que lo hacen resaltar en la neblina rojiza, mientras el hombre al
que pertenece lo va preparando para la cópula durante días demorada pero ya
inevitable. Zacharias Hightower observa el cuerpo de su compañero en prona
posición y se pregunta, preocupado, cómo reaccionará Danny a lo que no puede
dejar de ser, para él, una nueva violación: constata que está lo
suficientemente alerta para no ser consciente de lo que le va a suceder, se
pregunta si se resistirá al envergamiento, por mucho que parezca no haberlo
hecho a la penetración digital, al palpaje prostático, que pareciera en
cambio haber acogido no sólo con sumisión sino también, incluso, con cierta
delectación. Zacharias Hightower es consciente, no obstante, de que para
Daniel di Lorenzo tan íntimo masaje ha formado parte de un proceso
terapéutico tras la traumática experiencia de una brutalísima sodomización,
mientras que el sentir una nueva verga abrirse paso, por muy consideradamente que sea, en el
interior de su cuerpo ya irreversiblemente violado, y que sea esta la verga de su propio compañero, puede
ser una experiencia que el joven policía se muestre totalmente incapaz de
asimilar. Zacharias
Hightower observa el cuerpo desnudo de su compañero en la posición en la que
él mismo lo ha colocado, esta posición en la que ha decidido encularlo, y
siente la punzada premonitoria del remordimiento por una acción que ni
siquiera ha comenzado a ejecutar: observa la cabeza de Danny alzada de la
almohada por un cuello erecto que oscila a derecha e izquierda, buscándolo;
es evidente su nerviosismo, ¿intuye algo, tal vez?, y se pregunta si no
debería hacerle ingerir un somnífero antes de la sodomización, pues lo nota
demasiado despierto, demasiado consciente; bastaría, sin duda, con rodearle
el cuello con un brazo y, aplicándole un poco de presión, inducirle un estado
de inconsciencia transitoria que podría mantenerlo insensible mientras es
envergado: el agente Zacharias Hightower, como experto artista marcial, ha
aprendido a practicar esa llave con un nivel de seguridad suficiente que
evite efectos irreversibles en la víctima potencial, pero sabe que la
seguridad absoluta es imposible y un leve exceso de presión puede privar de
oxígeno al cerebro de su compañero hasta el punto de sumirlo en un estado
vegetativo, o incluso producirle la muerte, y el agente Hightower no podría
soportar – ni siquiera por unos pocos días – el remordimiento de haber
asesinado a su compañero por el placer de encularlo: nunca fue, el agente
Zacharias Hightower, un ser totalmente privado de moral. ¿Cómo podría darle el somnífero? Sólo el doctor Gwan, en su enfermería,
tiene la potestad de aplicar al paciente Daniel di Lorenzo su medicación, que
él dosifica en función de los síntomas que el joven policía va presentando; en
ningún momento se les ha permitido tener en su celda vasos de vidrio – ni
siquiera de plástico – que los dos agentes del FBI capturados pudieran romper
y utilizar como armas contra sus captores o incluso contra sí mismos, en
suicida desesperación. Sólo los cuencos de cerámica que contienen la crema –
si de ello se hubieran percatado – hubieran podido servirles, tal vez, para
tal fin, pero durante demasiados días la atención del agente Hightower se
focalizó en ellos como continentes de tan preciado contenido, nunca como
posibles instrumentos de agresión … -
Mmmm … what´re ya doin´, maann …? -
I´m creamin´ yer hole, bud … -
Hmm … b-but … you´re openin´me up … with yer hand … -
Yeah … that´s what I mean … creamin´ yer hole, bud … -
Mmmm … I-I know … w-what you … w-what you want, maan … -
Yeaah?? … W-What do you think I-I w-want … bud …? -
Mmmm … I-I know you want to … f-fuck me … maan … -
I-I … need it, bud … p-please forgive me but … I need it, bud … -
Mmmm … b-but … you´ve got a big one … maan … -
I-I know … I know, bud … but I´ll go easy … jus´ relax … -
Mmmm … yeaahh … I´ll relax … jus´go easy … maan …
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