FBI Blues

 

 

I

 

México, D.F. (en algún momento indeterminado de la segunda mitad del siglo XX)

 

 El profesor X-San tomó un tímido sorbo de su copita de pulque entornado los ojos, dejando el licor un poquito en su lengua antes de tragarlo, con tanta precaución que me hizo reír.

 “Ja, ja, ja, no se preocupe, mi querido colega, no es tequila, es pulque. Acá en México lo llamamos también aguamiel. Es una bebida que nos viene de nuestros antepasados prehispánicos, no le va a hacer daño. Ya sé que su organismo no tolera el tequila, pero esto es mucho más suave, apenas 6 grados. El tequila es auténtica “agua de fuego”, por así decirlo, tiene entre 38 y 55, una graduación mucho mayor que el “sake” de ustedes, ya lo sé, aunque ya me dijo que usted es más de té verde. Los mexicanos, ya ve, nos gusta llevar ese fuego en las venas, y tal vez por eso somos así, de constitución y temperamento bien sanguíneo, je, je. Ustedes los japoneses, como criaturas de climas más hiperbóreos, son aparentemente más calmos, pero durante todos estos años de estudio de su historia y cultura he podido constatar que eso es sólo una apariencia, claro …”

 El profesor X-San sonrió con ese gesto de inocencia casi infantil de los de su país, asintiendo cortésmente con la cabeza, y se animó a un trago más decidido de la copita de licor, apurándola de un solo golpe. Se reclinó en el respaldo del sillón de mimbre del patio colonial del hotel donde estábamos alojados, y pude apreciar cómo sus ojillos nipones se deleitaban, tímidamente, eso sí, pues no era un hombre indiscreto que gustara importunar a los machos de su predilección, en el cuerpo uniformado del camarero que retiraba los platos y copas de nuestra sobremesa.

-            ¿Desean tomar algo más los caballeros?

-            Nada más, muchas gracias Luis, puedes retirarlo todo y traer nuestra cuenta.

 Cuando el camarero se retiró, susurré al profesor X-San unas palabras que le hicieron ruborizar al instante, algo en lo que yo me deleitaba, traviesamente, de vez en cuando:

-            Hay hombres muy guapos en mi país, ¿no es cierto, profesor?  Nuestra mezcla de sangres, consecuencia del terrible choque de civilizaciones que supuso la Conquista del hijo de la chingada Cortés, produce verdaderos ejemplares de hermosura masculina.

 Se ruborizó, como era de esperar. Era lo que yo buscaba. Entonces le dije, para centrarlo en lo que verdaderamente nos interesaba entonces:

-            Pero ahora es momento, después de pagar este ágape al que por supuesto yo tengo el honor de convidarle, mi querido colega y amigo, de subir a su habitación. Siento una gran curiosidad por esas fotografías que usted desea mostrarme, y por seguir escuchando sus historias. No puede imaginarse con cuánto deleite estoy saboreando sus relatos de los crímenes del oyabun Morimoto Kenzo, ilustrados por esos testimonios gráficos que sin duda van a resultar tremendamente interesantes para ilustrar, en el momento oportuno, mis traducciones de sus diarios de investigación de estos episodios tan … sangrantes … de la historia de la Yakuza.

 

 En nuestra digestiva sobremesa - un poco más digestiva para él que las anteriores pues me había personalmente encargado de advertir a Luis para que dijese en cocina que el señor japonés quería “muy poco picante en los platos”- a solas y sin ser molestados en la complicidad de uno más de nuestros encuentros secretos, con la puerta de su habitación del hotel bien cerrada, el profesor X-San sacó finalmente su álbum de fotos – en realidad copias realizadas personalmente para él por el oyabun Morimoto Kenzo – y lo abrió por la sección de despojos genitales.

 En un largo tubo de vidrio, sobre una base más amplia de caucho negro impermeable y el extremo superior diseñado en forma de cúpula fálica, yacían, preservados en formol, la verga y los cojones de Jack Taylor, “El Americano”. A pesar de que en la base de caucho había sido incrustada una plaquita de plata con su nombre y “alias honorífico”, así como la fecha de su nacimiento y muerte al modo de una tumba priápica, identifiqué aquella verga al instante por la pelambrera rubia que aún la circundaba, así como por otra fotografía que previamente había visto con un primer plano de su emasculación, justo en el momento en que el cuchillo de Takahashi Koji cortaba en profundidad. Me impresionó contemplar cómo la verga de Taylor, ya muerto, parecía estar empalmada mientras el cuchillo, guiado por la mano experta del ayudante del oyabun, la cortaba de raíz en conjunto con los cojones. Sentí gran curiosidad por ese detalle no menor y pregunté a X-San:

-            Ya me contó muy en pormenor cómo fue la muerte de este gringo, profesor, y no quisiera insistir en ello pero revisando las fotografías, y concretamente la del momento de la castración, da la impresión de que su verga estaba bien erecta mientras Takahashi Koji se la cortaba junto con las pelotas, y no dejo de preguntarme lo siguiente, sobre lo que me gustaría platicar un poco más con usted:  según sus conocimientos anatómicos y fisiológicos, ¿puede un hombre envergar mientras es castrado? …

-            En realidad, Hidalgo-San, es muy poco probable que Jack Taylor tuviese esa evidente erección como efecto reactivo a la castración. Es posible, si lo contemplamos desde el aspecto psicológico, que este hombre tuviera algún tipo de pulsión autodestructiva, tal vez sadomasoquista, que le compeliera a llevar una vida tan peligrosa como la que eligió, y eso le llevara a algún tipo de excitación previa mientras era apalizado por Morimoto Kenzo, pero recuerde que sufrió la violenta penetración anal del poderoso miembro del joven oyabun, que seguramente estimuló y prácticamente destrozó su próstata, y sobre todo que murió estrangulado. Casi todo el mundo ha oído hablar de la erección sexual que se produce en los hombres ejecutados por ahorcamiento, atribuida a la presión en el cerebelo que envía la sangre al miembro viril. Técnicamente un ahorcamiento es un estrangulamiento y Jack Taylor murió estrangulado.

-            Tiene razón, profesor, y no voy a insistir pues. Sigamos viendo otras fotos. Es una hermosa colección la que me presenta aquí, mi querido amigo, sí, una magnífica colección. ¿Todos ellos víctimas de Morimoto Kenzo?

-            Sí, Hidalgo-San. Todos ellos muertos a manos del joven oyabun.

-            Una verga negra, veo aquí, la verga de un negro, pues. Y de un negro magníficamente dotado para la procreación, sin duda alguna, pues es un ejemplar genital de poderosa apariencia, incluso en su estado cadáver. ¿Murió envergado este hombre también?  ¿Un africano?

-            Es otro americano.

-            ¿Otro?!  ¿De los Estados Unidos de América?  ¿Qué tiene Morimoto Kenzo contra los gringos, aunque sean negros?  ¿Algo personal?

-            Era un agente del FBI. Murió en compañía de su compañero. El joven oyabun los liquidó a los dos, con pocos minutos de diferencia.

-            ¿Unos sabuesos?  ¿El otro era negro también?

-            No, era blanco, y más joven.

-            Pero veo que está sólo la verga negra, sin los cojones.

-            Takahashi Koji lo castró igual que a Jack Taylor. Pero sus testículos eran demasiado grandes para embutirlos en el tubo de vidrio. Hubo que cortarlos y conservarlos aparte, en una pequeña nevera.

-            ¡Vaya, se puede decir que a este negro sabueso se le quedaron las pelotas congeladas, ja,ja,ja!  Congeladas para la eternidad, por husmear donde no debía, supongo.

-            Así es, Hidalgo-San, estos hombres se entrecruzaron también en el camino de la Yakuza. Viajaron a Corea del Sur para investigar, en coordinación con la policía surcoreana, el secuestro y asesinato en Seúl de un importante hombre de negocios estadounidense de orígen nipón. Lo hicieron con pasaporte diplomático del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, pero en Seúl se establecieron como expertos en artes marciales mixtas, una tapadera bastante creíble porque el negro había sido, durante los años gloriosos de su juventud, un talentoso boxeador, un peso pesado que llegó a enfrentarse a Muhammad Ali. ¿Ha oído usted hablar alguna vez de Zack “Iron Fist” Hightower?  No llegó a ser una gran estrella porque colgó pronto los guantes para ingresar en el ejército, donde desarrolló una breve carrera militar antes de ingresar en el departamento de policía de Los Angeles y finalmente en el FBI.

-            ¡Sí, cómo no!  No olvide, mi querido amigo, que también yo soy un gran aficionado al boxeo y a todo tipo de modalidades de lucha viril entre estos poderosos colosos. Hay pocas cosas que puedan excitarme más como hombre. Y recuerdo algunos combates de Zack “Iron Fist” Hightower, especialmente el que entabló con Ali, creo que cuando llevaba aún su “nombre de esclavo” Cassius Clay y cómo éste sudó verdadera sangre para poderlo derrotar. Lo hizo, finalmente, por KO, pero sin lugar a dudas este tipo se reveló como un digno rival del rey del boxeo. Ver a esos dos magníficos machos negros, en la cúspide de su magnífica juventud, propinarse aquella tremenda golpiza fue una de las experiencias más placenteras de todas las que recuerdo presenciando combates, aunque sólo pudiera verlo por televisión. Y he presenciado muchos combates “en vivo y en directo”, como usted ya conoce.

 

 Me coloqué mis lentes para apreciar más de cerca la fotografía del tremendo miembro viril embutido en el tubo de vidrio y preservado en formaldehído, aquella verga negra y colosal que semejaba, incluso difunta, propia de un gigante. Al igual que la de Taylor, estaba desprepuciada, exhibiendo su cúpula poderosa y al igual que a la de “El Americano”, una larga e hinchada vena le serpenteaba a lo largo del tronco, evidente indicio como en la de su compatriota blanco de erección “post mortem” o, ¿quién pudiera asegurar lo contrario?, puede incluso que “pre mortem”. Fue entonces que le dije a mi querido colega nipón:

 

-            Me gustaría, profesor X-San, ver algún día los cojones muertos de este hombre.

-            El oyabun Morimoto Kenzo los conserva en su poder, Hidalgo-San.

-            ¿Podría pues, en algún momento, su intercesión ante el gran oyabun conseguir su permiso para que yo pudiera verlos, contemplarlos y fotografiarlos?

-            Es difícil, Hidalgo-San, tendría antes que convencer al gran oyabun de que es usted una persona digna de toda su confianza.

 

 Y pocos años después la intercesión del profesor X-San consiguió lo que parecía casi imposible: la graciosa condescendencia del gran oyabun Morimoto Kenzo a este efecto. Pude presenciar los colosales cojones de Zacharias Hightower reposando para siempre en su transparente tumba de hielo: voluminosos, de piel de cuero arrugado, limpiamente tajados, conservada aún casi toda su melanina por el formol helado, y aún en este momento conservo en mi memoria visual la impresión que me causó tal espectáculo. Mi verga vieja se levanta aún, empinada bajo la tela del pantalón, ante la evocación de ese recuerdo.

-            ¿Y el segundo hombre? – pregunté a X-San.

 Entonces me mostró la siguiente fotografía. En su correspondiente tubo de vidrio con solución de formol, se mostraba un pene bastante menos espectacular, blanco, un poco torcido, recubierto por una fina vaina cuyo extremo arrugadito me recordó, como el de todos los pitos no circuncidados, al de un globito desinflado; parecía flotar, con más que suficiente espacio a su alrededor, en el líquido incoloro de su depósito tubular, separado de los testículos bien peladitos que parecían tímidamente comprimidos en el fondo del tubo. La correspondiente etiqueta metálica informaba que esos órganos habían pertenecido en vida a un hombre llamado Daniel di Lorenzo, asesinado el mismo día y por la misma mano que su colega Zacharias Hightower.

 Pasados unos años, y gracias a la confianza que supe ganarme del gran oyabun, como ya expliqué, pude ver aquellos órganos en la realidad ofrecida por Morimoto Kenzo. Del interior de una caja metálica de seguridad, el asesino extrajo también sus cráneos, voluminoso el de Hightower, más delicado el de di Lorenzo, los sostuvo con los brazos en jarras, hinchando en pose de culturista su pecho de coloso tatuado, aposentándolos en las desnudas caderas, esgrimiendo, a su contacto gélido, una formidable erección. Su sonrisa de poderoso depredador rebosaba de felicidad ante la memoria evodada.

-            ¿Bonita pareja, verdad?  Dos policías americanos, como creo que ya sabe. Agentes del FBI. Los cazamos en Corea del Sur. Los maté a los dos, el mismo día, con poco tiempo de diferencia, después de capturarlos y someterlos a cautiverio y tortura durante una semana. Me buscaban en Seúl, donde yo y algunos de mis hombres nos habíamos radicado entonces, provisionalmente, para resolver algunos problemas que se habían presentado para nuestros negocios allí. Tuvimos que liquidar a un cabrón llamado Ishikawa, un empresario con el que teníamos algunos de esos negocios y que no había cumplido fielmente sus compromisos con nosotros. Como el tipo tenía la nacionalidad americana y era bastante influyente allí decidieron enviar al FBI a Seúl para investigar su asesinato. Nos enviaron a estos dos, ya ve lo felices que parecen ahora, la sonrisa de satisfacción por el deber cumplido que nos muestran, ja, ja, ja. Los americanos son así, consideran que todo lo que afecte a algún pez gordo de su sagrado país, aunque se llame Ishikawa y tenga los ojos rasgados, es de su incumbencia, todo un ejemplo de competencia extraterritorial, eso que tanto les gusta a los “yanquis”, ejercer como policía universal. Tengo que reconocer que no fue difícil cazarlos, pues se desenvolvieron con mucha estupidez, cometieron errores de principiantes: no quiero decir que los americanos sean especialmente estúpidos, no, claro que no, ¿cómo podrían dominar el mundo, incluso el espacio, de ser así?, pero sí que se sobreestiman demasiado, son arrogantes, chulescos, se creen autosuficientes, confían excesivamente en sus medios, en su capacidad de persuasión, que muchas veces dan por anticipada cuando salen al exterior, carecen, en fin, de equilibrio y humildad, sólo tiene que recordar Vietnam. Más de una vez esa prepotencia les ciega, les lleva a morder el polvo, como les sucedió a estos dos.

 Morimoto Kenzo alzó la calavera más voluminosa:

-            Enviaron a este, a Hightower, por el simple hecho de que había cumplido algunos años de servicio militar en Corea del Sur, al parecer había sido sargento de un destacamento de las tropas estacionadas para vigilar posibles violaciones de la zona desmilitarizada del paralelo 38 por parte de los del Norte. Tal vez sus jefes blancos tuvieran sus dudas de que un negro, por muy listo que fuera, pudiera hablar el coreano, que era de lo que presumía Hightower con absoluto desconocimiento de sus limitaciones, pero le compraron aquella mercancía averiada: el tipo quería subir en el escalafón haciendo méritos especiales. Fue su primera muestra de estupidez, no menor que la de sus jefes: pensar que por unos pocos años de servicio militar en Corea y superficial convivencia con tropas nativas dominaba, de alguna forma, el idioma. Su ansia de medallas para compensar su complejo de inferioridad racial, de descendiente de esclavos, le llevaría a mí, a su muerte.

 Morimoto Kenzo alzó, entonces, la calavera de Danny di Lorenzo:

-            En cuanto a este, ¿qué quiere que le diga?  Era, simplemente, un imbécil. ¿Quiere conocer, entonces, Hidalgo-San, la historia de los últimos días de la vida de estos hombres?  Le aseguro que le será muy útil para la traducción de los diarios del profesor X-San al español, pues le ofreceré información complementaria. Le explicaré con más detalle cómo los cacé y cómo los maté.

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

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