KEN EL CHACAL VIII – Cortacarajos Ken observa los cadáveres de los dos cazadores de recompensas,
después hace girar a su caballo y se aleja rápidamente de Boca Caliente. Ahora
que ha eliminado a estos dos pedazos de mierda que le seguían el rastro,
tiene intención de ocuparse de ese otro hijo de puta, Cortacarajos, con el que tiene una vieja cuenta pendiente. Ese cabrón de Cortacarajos está con toda seguridad
en Boca Caliente, como decía Hugh: Ken lo ha visto. Está buscando a un tipo
que le ha hecho una afrenta. Quiere dejarlo seco y cortarle la verga y los
cojones, como hace siempre con sus enemigos. Intentará hacerlo con rapidez,
porque Boca Caliente es dominio exclusivo del Diablo Loco y si este descubre
que hay otra banda en la ciudad, las llamas del infierno pronto estarán
abrasándole el culo a Cortacarajos, que es exactamente lo que quiere Ken. Hay un largo camino por recorrer, pero si aprieta
bien las espuelas, llegará a Sonora por la noche. Si las informaciones que ha
recibido son fiables, el Diablo Loco está en las inmediaciones de Sonora y no
debería ser difícil encontrarlo. La empresa no está exenta de riegos. Ken no puede
prever qué coño sucederá cuando se encuentre con el Diablo. Sólo se han
encontrado una vez, él y ese hijo de puta del Diablo, que es su padre. ¿Lo
reconocerá el muy cabrón? Era por la noche, apenas pudieron verse en la
oscuridad. Ken ha cambiado, se ha dejado crecer la barba. Y si lo reconoce, ¿cómo
reaccionará el Diablo? ¿Pensará que Ken quiere tenderle una trampa para
vengarse de él, por habérsela metido por el culo? Es un riesgo, pero Ken está decidido a
correrlo. Quiere hacérsela pagar a Cortacarajos, su cuenta pendiente, y al
mismo tiempo ganarse la confianza del Diablo, para poder saldar también, en
el momento oportuno, su cuenta con él. ¡Cuántas cuentas por saldar! Probablemente, cuando se entere de que Cortacarajos
se ha permitido la licencia de meter sus pezuñas en Boca Caliente, el Diablo
Loco volverá a toda velocidad a la ciudad para dejar seco a ese hijo de puta
mexicano. Si todo va bien, saliendo por la mañana, el Diablo podría llegar a
Boca Caliente por la tarde. En cualquier caso, a no ser que Cortacarajos haya
conseguido saldar ya su propia cuenta, se le va a presentar una pendiente que
no tendrá más remedio que pagar. Ken saborea con anticipación la venganza.
Vale la pena correr cualquier riesgo, con tal de ver a Cortacarajos jodido. Ken espolea el caballo hacia Sonora. * En Boca Caliente los hombres de Cortacarajos buscan
al tipo detrás del cual están desde hace un tiempo: quieren encontrarlo lo
antes posible. Su jefe está encabronado y a cada hora que pasa su humor
empeora. No es un gusto para él haber venido a Boca Caliente, aquí la tierra
le quema bajo los pies. Cortacarajos se dice que tal vez ha sido una
pendejada venir aquí: incluso si la empresa se concluye con rapidez, el
Diablo Loco terminará enterándose y se lo tendrá muy en cuenta en el futuro.
No obstante, una vez que salgan de este agujero del culo del mundo,
Cortacarajos sabe cómo mantener a raya a cualquier hijo de puta. Aquí, sin
embargo, todo juega a favor del Diablo. ¡Y sus hombres no terminan de
encontrar a ese pedazo de mierda que él está buscando! Cortacarajos quiere el pellejo de ese hijo
de puta que ha tenido la osadía de meterse en su camino, levantándole a la
hembra que él se quería beneficiar. Pero no es fácil seguir el rastro de este
conejo: Boca Caliente está llena de ruinas, de los tiempos en los cuales era
un importante centro comercial, antes de que el río se secase y toda la
región se volviera desértica. Es fácil esconderse entre los edificios
abandonados y los escombros de los que terminaron derrumbándose. Y además, la
gente no está muy dispuesta a hablar, por mucho que los hombres de
Cortacarajos sepan utilizar argumentos muy convincentes. Por la tarde, finalmente, lo encuentran: justo
entre las ruinas de la ciudad española, como era de esperar. Cortacarajos y los suyos rodean toda la zona. Puede
que este tipo se haya comprado la caja de pino, pero nadie lo va a enterrar.
Cortacarajos dejará su cuerpo para los buitres, después de haberlo castrado. El tipo ha elegido bien su posición, en la primera
planta de un edificio abandonado, accesible sólo a través de una especie de
corredor entre los escombros, completamente al descubierto. Aproximarse por
ese camino significa con casi toda seguridad ganarse un balazo. Pero
Cortacarajos tiene hombres más que suficientes y el tipo no puede matarlos a
todos. Dentro de poco Cortacarajos dará la señal y
comenzarán a disparar. El ataque comienza antes de lo previsto, antes de
que Cortacarajos haya dado la señal. La balacera comienza a limpiar el camino
y uno tras otro los hombres de Cortacarajos caen desplomados al suelo,
heridos o muertos. Cortacarajos, sorprendido, no tarda mucho en comprender que el
Diablo ha llegado y que su vida se acerca al final. Intentarán vender cara la piel, pero no se esperaban este ataque y en
la posición en la que se encuentran, están sentenciados. Se refugian entre
los escombros, pero los hombres del Diablo conocen la ciudad como la palma de
la mano: estos hijos de puta saben cómo apostarse en ventanas y azoteas desde
las que practican el tiro al blanco, los sorprenden por la espalda, los
atrapan entre dos fuegos. La batalla es breve: en realidad, más que una
batalla, es una ejecución. Para Cortacarajos termina con un balazo en el
brazo, que le hace soltar la pistola. Dos hombres del Diablo lo agarran:
Cortacarajos se revuelve, intenta resistir, pero dos puñetazos a la barriga y
una patada en los cojones le arrancan toda voluntad de resistencia. Le atan
las manos detrás de la espalda y lo hacen avanzar hacia su destino a
empujones y patadas en el culo, entre escupitajos e insultos. Los últimos de
sus hombres se rinden, tal vez esperando, así, salvar la vida. Cortacarajos
los maldice: los llama maricones, les dice que cascarán pronto. Tiene razón:
el Diablo Loco los matará a todos. Ocho hombres, con heridas leves o ilesos, en
disposición para caminar; seis con heridas más graves, que son atados a los
caballos y arrastrados por el camino: los demás, muertos. Los vivos y los cadáveres son llevados a la plaza principal, donde
algunos carpinteros comienzan a preparar unas sencillas estructuras de
madera: dos tablones verticales a los lados, hincados en el suelo, y un palo
horizontal atravesado en lo alto, para unirlos. Las estructuras son montadas
de manera que forman una especie de gran círculo, en cuyo interior están los
hombres del Diablo y los de Cortacarajos. Los
cadáveres son desnudados y colgados boca abajo de los palos. Después, uno de
los hombres del Diablo los va castrando, uno tras otro, y arroja vergas y
cojones a los perros, que en Boca Caliente nunca faltan. Esta noche tendrán
una buena cena. Cortacarajos ha reconocido a este hijo de puta de
Ken: ha sido él quien ha revelado al Diablo Loco su presencia en Boca
Caliente, eso es seguro. Cortacarajos querría estrangularlo con sus propias
manos y luego castrarlo, pero sabe que ya no podrá cortar más vergas y
cojones: ahora le toca a él ser castrado. Porque con toda seguridad el Diablo
va a dar un espectáculo a la gente que ya se aglomera alrededor de la
empalizada, mientras va cayendo la noche y sus hombres encienden grandes
hogueras. Hace un calor infernal y todos sudan abundantemente, pero las
llamas sirven para que todos puedan ver la gran fiesta: un hermoso aquelarre
para todos, antes de que todos se metan por el culo la Gran Verga de Satanás.
Cuando todo está preparado, los hombres del Diablo
desnudan a Cortacarajos. Después lo colocan sobre dos troncos de madera que
han dejado los carpinteros, con el culo en alto, en posición para degustar
las vergas de todos los hombres del Diablo. Cortacarajos sospechaba que esto sucedería. Mira a
sus hombres, a los que también han despojado de sus ropas. Están allí,
desnudos, las manos atadas a la espalda, mirándolo. Quizás alguno de ellos
esperaba salvar el pellejo, pero Cortacarajos sabe que los van a matar a
todos. Pero antes le toca a él dar el espectáculo. El primero es el Diablo, naturalmente. Es lo
propio. Cortacarajos sabe que tiene una verga de caballo, lo dicen todos. El diablo ríe y dice, en
voz alta: -
Bueno, Cortacarajos, ahora vas
a probar unos cuantos carajos, antes de perder el tuyo. El Diablo entra sin contemplaciones, Cortacarajos se muerde un labio
para no gritar. Cuando era un muchacho a Cortacarajos lo violaron, muchas
veces, pero desde los veinte años ningún hombre volvió a encularlo. Ahora,
esta maza de hierro que le atraviesa el culo es insoportable. Pero
Cortacarajos no está en disposición de elegir. El Diablo lo ha vencido y se
toma lo que es suyo, por derecho. A Cortacarajos no le queda otra que el
Diablo se la meta por el culo, a la espera de sufrir en su carne lo que él
siempre ha hecho con sus enemigos. Una embestida más violenta casi le arranca
un gemido. Cortacarajos aprieta los dientes. No quiere darles más
satisfacciones a estos hijos de la gran chingada, no quiere hacerlos reír. Cortacarajos siente las vísceras desgarrársele por las embestidas del
Diablo. El dolor lo aturde, mucho más violento que el de la herida en el
brazo. Mientras tanto, uno tras otro, sus hombres son colgados boca abajo.
Algunos se revuelven, sacudiéndose. Otros, sin embargo, ni siquiera intentan
defenderse, sabiendo muy bien que es del todo inútil. Ese gallina de Manuel
suplica piedad, invoca a la Virgen, se humilla de todas las maneras posibles:
tan sólo consigue hacer reír a sus captores. En ese momento el Diablo emite un verso suelto, una especie de gruñido,
y el chorro llena el culo de Cortacarajos, en oleadas sucesivas. El Diablo
extrae la verga. Está cubierta de sangre. Más sangre fluye del culo de
Cortacarajos. -
Bueno, ahora te toca a ti, Ken.
Pero antes enséñale a este pedazo de mierda lo que le espera. Ken asiente. Cortacarajos mira a Ken que se aproxima a Pedro, un cuchillo en la mano.
Ken está desnudo, como todos los hombres de la banda. En el interior de la
empalizada, todos están desnudos, asesinos y víctimas. Al otro lado, una
multitud de hombres y alguna mujer, un estruendo de gritos y chanzas
obscenas, alguna mano que se pone a la tarea de aliviar la tensión. Pedro murmura algo, que Cortacarajos no puede oír. Su cara está
retorcida en una mueca de terror. Cuando Ken le agarra la verga y los cojones, Pedro grita: también él
suplica piedad, le pide que lo mate antes de castrarlo, maldice al hijoeputa
de Cortacarajos y a la perra de su puta madre. Ken no lo escucha. Sonríe y
corta con un movimiento decidido del cuchillo. Pedro grita, mientras la
sangre chorrea sobre el cuerpo de Ken, que arroja el trofeo a tierra. Dos
perros se lanzan para obtenerlo, uno es más rápido y agarra el despojo con
los dientes. El otro intenta arrancárselo de la mandíbula. Cosigue morder
sólo uno de los cojones, que devora. Ken pasa a Miguel, que se debate en una absurda tentativa por liberarse
de las cuerdas. Miguel solamente grita, varias veces: -
¡No, no! ¡Nooooooooo! Grita aún mientras Ken le hunde el cuchillo en la carne, grita mientras
Ken arroja a los perros lo que ha cortado. Uno tras otro los va castrando a todos, mientras las manchas de sangre
se van extendiendo por su cuerpo, hasta que lo recubren casi por entero, del
mentón a las piernas. Cortacarajos observa cómo Ken castra a sus hombres. Oye sus gritos de
terror, los gritos de dolor, las súplicas de piedad, las oraciones a la
Virgen, los gemidos. Mira la sangre que chorrea, los perros, cada vez más
numerosos, que se disputan los suculentos bocados. A Cortacarajos se le está poniendo dura. Siempre le ha gustado castrar y
ver castrar. Sabe que en poco tiempo le tocará a él, pero su verga es una
barra de hierro. También Ken tiene la polla dura. También a él le gusta castrar. Ahora Ken está delante de él. Ríos de sangre corren a lo largo de su
cuerpo. Cortacarajos querría escupirle a la cara. Ken se coloca detrás de él. También Ken entra con decisión y su verga no
tiene nada que envidiar a la del Diablo. Cortacarajos sacude el cuerpo,
bruscamente, se estremece, pero consigue contener el grito que le nace en la
garganta. Cada embestida renueva el dolor, desgarra aún más la carne, hace
fluir más sangre. Cortacarajos cierra los ojos. La verga se le está
desinflando a toda prisa: ahora son los otros los que la tienen dura, la suya
es comida para los perros. Ken continúa durante largo tiempo, mientras con las manos le aprieta el
culo, en una tenaza que deja sus marcas. Luego se corre y sale de él. Los otros lo envergan por turnos. Primero Ignacio y Maldito, los dos
hijos del Diablo, que ni siquiera llegan a los veinte años, pero están tan
bien dotados como el padre y como Ken. Más sangre fluye del culo de
Cortacarajos. Son tantos los hombres del Diablo que la sangre y el calostro
descienden en abundancia a lo largo de las costillas y las piernas de
Cortacarajos. Uno se aproxima y le mea en la cara, inmediatamente imitado por otros.
Pollas manchadas de sangre, de la sangre de su culo. Cuando han terminado, desanudan las cuerdas que lo atan y le dan la
vuelta. Cuatro hombres lo mantienen bien sujeto. Ken se aproxima con el
cuchillo. Cortacarajos sabe que ha llegado el momento. Sólo desea una cosa:
conseguir no gritar. No quiere hacer reír a estos hijos de puta a los que ha
hecho gozar. Ken agarra los cojones y estruja. A la presión de aquellos dedos
fuertes, el dolor sale como un vendaval, golpea en las sienes de
Cortacarajos, le deforma la cara en una mueca, aprieta contra la garganta en
un grito que el bandido contiene a duras penas. Cortacarajos siente que sus
cojones están cediendo. El sudor le perla la frente, las vísceras se le
contraen, sangre y calostro le salen del culo. Los cojones ceden, primero
uno, después el otro. Cortacarajos pierde por un instante el sentido. Le
devuelve la lucidez el frío de la hoja, que ahora presiona contra su verga.
Cortacarajos mira a la cara a su torturador y después siente la carne que va
siendo cortada. Ken lo hace rápido. En un instante, Cortacarajos ya no es un hombre. Ha
conseguido, sin embargo, no gritar. Ahora lo colgarán. Antes, Ken le hace ver
su verga y sus cojones, que todavía estruja en la mano, después los entrega a
uno de los perros, que los agarra directamente de la mano de Ken. Cortacarajos está bañado en sudor, punzadas violentas recorren todo su
cuerpo y a intervalos tiene conatos de vómito. Vomita tres veces,
ensuciándose el torso y el vientre. El golpe llega inesperado, el cuchillo penetra a fondo allí donde Ken ha
cortado la verga. Cortacarajos grita, mientras su cuerpo se retuerce ante la
nueva afrenta. No estaba preparado para afrontar el nuevo dolor que ahora le
clava los colmillos en el bajo vientre: lo ha cogido por sorpresa y no ha
conseguido controlarse. Todos los hombres ríen, contentos de que Ken haya hecho gritar a Cortacarajos.
Pero el espectáculo no ha terminado. Ken se aproxima y con una embestida
decidida le clava la verga en la herida que acaba apenas de abrir.
Cortacarajos vuelve a gritar. Ken comienza a follar a Cortacarajos, ahondando su verga en el tajo y
despues retrayéndola casi completamente. Un estruendo de risotadas, mezcladas
con gritos de estímulo. -
¡Fóllate bien ese coño! -
¡Hazla gozar, a esa mexicana de
mierda! -
¡Es lo que ella esperaba, un
macho con una buena verga dura! Ken procede durante largo tiempo, con la energía que siempre demuestra
cuando folla. Cortacarajos ha perdido toda contención. Gime a cada uno de los
golpes que le dilatan la herida. Solloza. De vez en cuando, grita. Cuando al fin Ken ha concluido, alguien grita: -
¡Eh, mira Ken, tienes sangre en
la polla! Esta perra mexicana era
todavía virgen. Nuevas risotadas. -
¡Estaba esperando un macho de
verdad! ¡Bravo, Ken! Los hombres que lo sujetaban levantan a Cortacarajos. El bandido no
consigue mantenerse en pie. El vientre y las piernas están cubiertos de
sangre. Babea abundantemente. Vomita de nuevo. Los hombres le atan dos cuerdas a los tobillos, después lo levantan boca
abajo y lo cuelgan de uno de los palos. Los hombres del Diablo se aproximan a Cortacarajos y le mean en la cara.
Alguno le escupe, también. Otro le mete dos dedos en la herida, haciéndolo
estremecer. -
¡Una coño muy bonito, calentito
y en su punto! Nuevas risotadas. Uno se le pone detrás y le introduce en el culo el
cañón de la pistola. -
¿Te gusta esta verga, puta
mexicana? Ríen, beben, mean sobre los cuerpos. Sobre todo, sobre los vivos: da más
gusto. A alguno se le pone dura otra vez y ahora se hace una paja delante de
uno de los cuerpos agonizantes. Sobre el vientre y el torso de Cortacarajos aparecen las manchas blanquecinas del
calostro de los hombres del Diablo. Alguno de los lugareños mea o se corre
sobre la espalda de Cortacarajos y de los otros. La fiesta prosigue durante
toda la noche, mientras los hombres que cuelgan boca abajo agonizan. Uno hace
sonar un tambor. Los hombres del Diablo bailan, mientras continúan bebiendo y
meando sobre los cuerpos que cuelgan de los palos. Cortacarajos permanece
consciente durante largo tiempo: sólo hacia el final de la noche se sumerge
en la nada. Cuando el cielo comienza a clarear, descuelgan los cuerpos, los atan a
los caballos y los arrastran sobre las colinas que se levantan por encima de
Boca Caliente. Después, los dejan para los buitres. Autor original italiano: Ferdinando Traducción castellana-española: Carlos Hidalgo |