KEN EL CHACAL VI – El segundo
sheriff Ken se ha establecido en Cerro Alto, un poblachón
al pie de una gran montaña. Está mirando a su alrededor, pensativo,
intentando llegar a una conclusión sobre lo que puede hacer. Podría dirigirse
más al sur y ponerse al servicio de algún rico hacendado: sabe disparar bien
y no debería tener dificultades para encontrar trabajo. Pero le sienta como
una patada en los cojones tener que depender de alguien para el que sólo
sería un pistolero que éste utilizaría cuando le fuera conveniente. No es
precisamente la idea que más congenia con su carácter, prefiere ser
independiente. Podría
intentar trabajar por su cuenta: dedicarse al bandidaje o tal vez aceptar
algún pequeño trabajo ocasional que se adapte a su carácter, siempre que la
recompensa merezca la pena. Estas últimas le parecen mejores ideas, a pesar
de que al estar en un lugar que conoce todavía poco y donde casi nadie le
conoce ambas posibilidades presentan algunos inconvenientes. Una
propuesta de trabajo se la ofrece Hugh, con el que ha permanecido en
contacto: -
Ramón, el lugarteniente de
Cortacarajos, ha sido capturado en Arizona, cerca de la frontera.
Cortacarajos quiere liberarlo y liquidar al sheriff que lo ha capturado.
Quiere que vayamos tú y yo con diez de sus hombres, a liberarlo o, si fuese
demasiado tarde, a vengarlo, eliminando al sheriff. -
¿Por qué ese mexicano de mierda
no va él en persona? -
Cortacarajos no sale nunca de
México. -
¿Y por qué cojones tendríamos
que ir tú y yo? -
Por quinientos dólares para
cada uno. -
Me juego el pellejo. -
Yo también, pero quinientos
dólares es una bonita suma. Ken asiente. Después de todo estaba buscando trabajo. Quinientos dólares
son verdaderamente una bonita suma. Cortacarajos le ha jodido quedándose con
sus diez mil, pero de eso se encargará más tarde: antes o después Ken
conseguirá saldar esa cuenta, pero a la espera del momento justo, estos
quinientos bienvenidos sean. * El sheriff Douglas Storm está
sentado ante su escritorio, con los pies apoyados en la estantería donde
apila los legajos. A través de la ventana puede ver la plaza del pueblo,
donde ha sido montado el cadalso con la horca. El cadáver de ese bandido
mexicano cuelga de ella, balanceándose. Es una vista bonita, a Douglas le
gusta. En ese momento llega Fred, su
ayudante. Douglas lo mira. También Fred le gusta una barbaridad. Fred tiene un poco de sangre en
uno de sus pómulos, pero sonríe. La camisa está empapada de sudor. Fred se
acerca y Douglas siente el olor, que le cosquillea entre las piernas. -
Mmmmh … se diría que en vez de
poner paz en la bronca, tú mismo has participado en ella … Fred sonríe. -
Ya me conoces, Douglas. Si se
trata de partirse la cara … Ted no atendía a razones, no quería soltar la
pistola, así que he tenido que darle una lección. -
Uno de estos días, Fred … algo
me dice que te van a meter un balazo en la barriga. -
Ya lo han hecho, Douglas. El sheriff mira a su ayudante. Arruga la frente. -
Ahora me entero. ¿Cuándo? -
Hace cuatro años, antes de
venir aquí. -
¿Dónde te dieron? Fred se señala el vientre. -
¿Y estás aquí para
contarlo? No hay duda que tienes la
piel muy dura … Una idea atraviesa la mente del sheriff. Añade: -
No te creo. Me estás vacilando.
-
Tengo todavía la cicatriz. Douglas tuerce la boca, como si no lo creyese. Fred lo mira y sonríe. -
¿Quieres verla? No espera la respuesta. Se quita la camisa y la arroja sobre la mesa del
escritorio, exhibiendo un torso robusto y peludo. Douglas siente la garganta
seca. Luego Fred se afloja el cinturón y se baja un poco los pantalones. La
cicatriz, en la ingle, es bien visible. Junto a ella asoma el bulto de una
gruesa polla, dura como una piedra. Fred se acerca. Sonríe. -
¿La ves? Puedes tocarla, si quieres. ¿Me crees
ahora? Douglas asiente. Querría en verdad extender la mano y tocar, pero su
cuerpo está paralizado. Consigue decir: -
El que recibe un balazo en la
barriga, casca seguro. Fred ríe: -
Se ve que a mí me hace falta
más de uno. Se queda allí, muy cerca, casi pegado a él, la polla dura, la sonrisa en
los labios. -
Tarde o temprano encontrarás al
que te meta tres o cuatro, así estarás contento. Fred asiente. -
Eso espero. Douglas consigue apartar la mirada de aquella polla que lo fascina y
mira fijamente a Fred, con una sonrisa arrogante. -
¿Hablas en serio? ¿Eso es lo que quieres? Fred sonríe todavía, pero parece mirar a lo lejos. Asiente lentamente. -
Diría que sí. Douglas no dice nada. No comprende. Un poco porque lo que dice Fred no
tiene sentido, un poco porque aquella polla, tan cerca de él, le confunde las
ideas. Fred continúa: -
Hace algún tiempo Jeremiah
Grant estaba por hacerlo. Hubo un momento en que pensé que debería haber
dejado que lo hiciera. Quiero sentir las balas. Douglas se levanta de un salto. -
Te falta un tornillo, Fred. -
Lo sé, Douglas, pero en verdad,
un macho hermoso con el que partirme la cara … una hermosa pelea a puñetazos,
como Dios manda, y después los balazos, desde aquí – Fred señala con un dedo
en la base de la polla – hasta aquí – indicando el esternón. Douglas no dice nada. Tiene la boca seca y la polla dura. Dice,
sonriendo, pero con un tono de hostilidad en la voz: -
Si quieres, ya que buscas un
macho, puedo meterte la polla en el culo. Fred lo mira. No sonríe. -
Después de los puñetazos y
antes de los balazos, ¿por qué no?
Aunque me da la impresión de que prefieres que sea yo quien te la meta
en el culo. Douglas se acerca, furioso, como si quisiera partirle la cara. -
Hoy estás mal de la cabeza. Has
bebido. Te huelo el aliento. -
Sólo dos tragos, Douglas. Pero
nunca he estado tan lúcido. -
Ya se encargará Cortacarajos de
darte gusto, teniendo en cuenta que hemos colgado a uno de sus hombres. Fred se encoge de hombros. -
Me importa un carajo
Cortacarajos. Me gustaría que el que lo hiciera fuese un macho con dos
cojones, para que lo hiciera como yo quiero … Douglas resopla, furioso con Fred y consigo mismo, porque su polla sigue
dura como una barra de hierro. Hay de nuevo un momento de silencio, después Fred prosigue: -
El viejo rancho de los
Greywall, en dirección a Redstone. Llegamos los dos, tú desde las colinas, yo
desde Cerdo Rojo, así no nos ven cabalgar juntos en la misma dirección y
ninguno se sorprenderá al verte volver solo. Nos desnudamos, nos liamos a
hostias. Luego me la metes en el culo, si quieres. Y al final me dejas como
un colador y arrojas el cadáver en el pozo viejo. Douglas sacude la cabeza. En su mente ha visto toda la escena. Y la
polla se le ha puesto aún más dura. Le gusta matar. Y le gusta Fred. Todo
esto es una completa locura, Fred tiene la lengua suelta, no sabe lo que
dice, ha bebido. Aunque es verdad que no está borracho. Fred le mete mano entre los
pantalones, y le agarra la polla. -
No me digas que tú no lo deseas
tanto como yo. Esto que estoy tocando no puede mentir. Douglas siente un estremecimiento. No dice nada. -
Te gusta matar, se te pone
dura, como a mí cuando me doy de hostias con alguno. Douglas le da un empujón con las manos, después se da la vuelta y va
hacia la ventana. Mira el cadáver que cuelga. -
Has bebido demasiado, Fred,
esta es la verdad. Ponte la camisa, súbete los pantalones. Antes o después
tendremos noticias de Cortacarajos, lo sabes. Quizás consigas lo que quieres.
-
Me la suda Cortacarajos. Fred se ha acercado, está a sus espaldas. -
Tú también lo deseas, Douglas. Douglas está nervioso, cabreado. Todo esto es un disparate, una locura.
Fred se coloca detrás de él, le mete de nuevo mano entre los pantalones,
agarra la polla, siempre dura. -
¿Tienes cojones para hacerlo,
Douglas? Porque es sólo una cuestión
de cojones. Lo estás deseando. Douglas le agarra el brazo y le aparta la mano violentamente. -
Vete a dormirla, cabrón. Estás
borracho. -
No estoy borracho, Douglas, y
lo sabes muy bien. Estoy sobrio y ya te he dicho lo que quiero. Y a ti te
gustaría una barbaridad. Pero no tienes cojones para hacerlo. Eso es todo. Douglas se da la vuelta y mira a Fred. Está todavía con el torso
desnudo, pero se ha subido los pantalones. -
¿Estás seguro, Fred? ¿Estás seguro que no los tengo, los cojones
para hacerlo? ¿Para darte de hostias,
metértela en el culo y después dejarte como un colador? Fred lo mira y sonríe. -
No sé, no sé si te atreverás a
llegar hasta el final … Douglas está furioso. -
¡Vete a la mierda, Fred! ¿Quieres comprobarlo? -
Sí, Douglas. Quiero comprobar
si tienes cojones … Douglas susurra, silbando como una serpiente furiosa: -
Está bien. Tú lo has querido. Fred asiente. Coge la camisa y se la pone. -
En el rancho de los Greywall,
Douglas. Llego en un par de horas. Desde las colinas tardarás un poco más, si
no te cagas encima y decides volver. Fred sale. Douglas le grita a sus espaldas: -
¡Cabrón! Desde la ventana ve a Fred salir a caballo y dirigirse hacia el sur.
Sale él también, monta su caballo y enfila la calle que lleva hacia el norte.
La cabalgada le ayudará a aclarar las ideas. El rancho de los Greywall no es
visible desde la colina. Apenas puede entreverse lo que queda del viejo
granero. Ya no hay nadie que vaya hasta allí. Fue abandonado hace muchos
años, cuando la sequía hizo imposible cualquier tipo de cultivo y hasta el
pozo se secó. Douglas se dice que ahora hablará
con Fred y le hará entrar en razón. Ha meditado en ello durante dos horas y
media. Se ha dicho que es una locura. Pero ha tenido la polla dura durante la
mayor parte del tiempo. Douglas llega a lo que era la
entrada del rancho. Entra y ve a Fred en el corral. Está desnudo, la polla
dura, apoyado en el pozo, una sonrisa en la cara. Douglas desciende del caballo y
ata al animal al lado del de Fred. -
Pensaba que ya no ibas a venir.
-
El camino es largo y lo sabes. -
Pensaba que habías renunciado.
Pero quizás sea verdad que tienes cojones. Quizás. Douglas sabe muy bien que es una provocación. -
Te darás cuenta cuando te rompa
el culo, cabrón. -
Para eso no hacen falta muchos
cojones. Para llenar a un hombre de plomo, sí. Douglas está cabreado. Este cabrón se las va a pagar. -
¡Ya lo verás! -
Ahora desnúdate, sheriff. Tengo
ganas de liarme a hostias contigo. Douglas lo mira, y a continuación, con deliberada lentitud, comienza a
desnudarse. Ahora están desnudos los dos, y se miran. Fred es más alto que Douglas, un gigante musculoso, cabellos, barba,
bigotes negros como el alquitrán, y una pelambrera oscura que le cubre el
torso y el vientre. Douglas es más bajo, rechoncho, un verdadero toro, de
pelo rojo. Tienen los dos la polla dura, dos pollas magníficas, tiesas. Fred dice: -
Sólo puñetazos, donde quieras. Fred da unos pasos y se coloca en posición. Douglas lo imita. Está
furioso. Comienzan a moverse, intentando cada uno de ellos golpear al
adversario. Fred acierta a meter un golpe en el pecho, que deja a Douglas sin
respiración. Luego otro golpe en la cara, que casi lo lanza a tierra. Douglas
golpea a Fred en el vientre, una, dos, tres veces. Y mientras aún lo golpea,
se da cuenta de que eso es lo que Fred quiere, estos golpes que lo fuerzan a
doblarse de dolor. A Fred le gusta dar unas buenas palizas a sus adversarios,
pero ahora sólo desea sentir los puños en su cuerpo. Douglas golpea aún dos veces más,
después le mete un puñetazo en la cara. De la nariz de Fred fluye un poco de
sangre. Douglas retrocede, jadeando. -
¿Qué dices ahora, cabrón? ¿Qué dices?
¿Te gusta así? Fred
asiente. -
Sí, muy bien, está bien … pero
… ahora vas a recibir tú. También él jadea un poco. Entonces se lanza sobre
Douglas y lo golpea, primero en el vientre, después en la cara. El golpe
aturde a Douglas, que se tambalea. Un nuevo golpe lo hace caer en tierra.
Douglas se levanta, se pasa una mano para limpiar la sangre que desde la
nariz le fluye sobre los labios. -
Ahora … vas a ver … ¡cabrón! Se lanza hacia Fred, pero un nuevo golpe lo deja sin
aliento y lo obliga a retroceder. Fred le
lanza una patada, directa a la cara. Douglas retrocede, luego se detiene.
Espera el momento en que Fred baje la guardia. Pero Fred es más rápido y un
puñetazo manda nuevamente a Douglas al suelo. -
¿Esto es todo lo que sabes
hacer, sheriff? Me parece que hoy voy
a probar tu culo. Douglas se levanta de nuevo. La rabia lo ciega.
Carga contra Fred. Encaja dos puñetazos, pero asesta otros dos, al bajo
vientre. Fred se dobla de dolor. Douglas lo golpea en la cara, dos veces.
Entonces, mientras Fred se tambalea, le asesta dos puñetazos más en el torso
y dos en el vientre. Fred cae de rodillas. Un último puñetazo lo manda a
tierra. Su cabeza golpea violentamente contra el suelo, levantando una nube
de polvo. Douglas está
encima de él. -
¿Estás satisfecho ahora,
cabrón? Fred está
atontado. Asiente. -
Ahora puedes metérmela por el
culo, hijo de puta. No tienen ya la polla dura, ninguno de los dos. -
Date la vuelta, cabrón. Fred se da la vuelta, sobre su barriga, el culo en
alto. Se abre de piernas. Douglas
jadea. Mira el culo de Fred, cubierto por un velo de pelambrera negra. Mira
los gruesos cojones que asoman entre las piernas separadas, apretados contra
el suelo. La polla se le pone dura inmediatamente. Se
arrodilla entre las piernas de Fred. Le abre bien las nalgas. Se escupe en la
mano, se humedece un poco la polla. Después entra sin compasión: él es el
amo, ha vencido a este culo. Le importa un carajo el daño que hace, después
de todo dentro de poco va a llenar de plomo a este tío. Fred se
sacude de dolor cuando la polla de Douglas fuerza la apertura. Douglas ríe.
Embiste y ríe. Le gusta follarse a Fred, le ha gustado apalizarlo, le gustará
matarlo. Douglas tiene una sensación de ebriedad. Está ebrio de golpes, de
rabia, de deseo. Douglas
mueve el culo adelante y atrás, con decisión, empujando la polla hasta el
fondo y luego retirándose. Deja que el deseo se acumule en sus cojones,
mientras aprieta el culo de Fred entre sus manos y ríe. -
¿Satisfecho, cabrón? Era esto lo que querías, ¿no? -
Sí, hijo de puta, sí. Douglas se emplea a fondo durante largo tiempo y
finalmente el deseo explota en un placer violento, que lo deja agotado,
tendido sobre el cuerpo de Fred. Con la mano acaricia el rostro del hombre
que va a matar. Entonces
Douglas se levanta. No se sorprende al ver la sangre que cubre su polla. Fred se
levanta. Le fluye sangre de la nariz, tiene un labio partido y la cara sucia
de polvo. Sonríe. El cuerpo está sucio de tierra y la polla está hinchada de
sangre, pero no completamente tiesa. Douglas
tiene un instante de arrepentimiento. -
Fred … La sonrisa desaparece de la cara de Fred. -
Demuestra que tienes cojones,
sheriff de mierda. Yo los tengo. Rabia y más sufrimiento, que se transforma en más
rabia y la multiplica. -
Dentro de poco ya no los
tendrás, cabrón. Douglas coge el cinturón con el revólver y se lo
coloca en la cintura. Sabe que no hay otra solución. Fred se ha
colocado, apoyando la espalda contra el pozo. Douglas se
aproxima. Se miran. -
Estás a punto de cascar, pedazo
de mierda. Fred
asiente. -
Me parece bien, hijo de puta.
Ahora veremos finalmente si tienes cojones. Douglas saca
el revólver. Se aproxima un poco más. Ahora la punta del cañón acaricia el
vientre de Fred. Douglas la apoya a la altura del ombligo, aprieta. Siente
que la polla se le está poniendo dura. -
Voy a llenarte de plomo,
cabrón. Y antes de arrojarte al pozo me voy a mear encima de ti. O quizás te
la meta otra vez en el culo. -
Veamos lo que eres capaz de
hacer, hijo de puta. Douglas desliza la pistola un poco hacia abajo,
hasta colocar la punta del cañón entre la polla de Fred, ahora tiesa y
pulsante, y el vientre. -
Dentro de poco ya no tendrás
polla, pedazo de mierda. ¿O prefieres que lo deje para el final? Fred ríe.
-
Te toca a ti decidir, bastardo.
Puedes hacer lo que quieras, como si quieres follarte a la puta de tu madre. Douglas desliza la punta de la pistola un poco más,
acaricia la polla de Fred, totalmente empalmada, se detiene en el capullo. -
¡Quizá, si te pego un buen tiro
aquí, hago que te corras, cabrón! Douglas juega, la rabia y el deseo le guían la
mano, pero duda aún. La voz de
Fred es dura, hostil. -
¡Vamos, gallina! ¿Vas a apretar ese gatillo de mierda o te
faltan cojones? Douglas boquea. El deseo crece, lo ciega, pero no
es todavía tan fuerte que pueda superar los últimos escrúpulos, hacerle
disparar. -
No los tienes, no tienes
cojones, eres una maricona sin cojones, eres … Fred no
prosigue. En la tensión que advierte en el cuerpo de Douglas, en el
movimiento de la mano que desciende rápida hacia la base de la polla, en la
presión de la punta de la pistola que ahora nuevamente apoya entre la polla y
el vientre, siente el inicio de su propia agonía. Douglas
sonríe, una sonrisa feroz, de rabia y dolor. -
Ahora estás contento,
mariconazo. Ahora, pedazo de mierda, ahora. La
detonación desgarra el aire. El rostro de Fred se transforma en una mueca de
dolor. El ayudante del sheriff aprieta los dientes y se controla. Asiente. -
Bravo, sheriff de mierda.
Tienes cojones. Douglas ríe. Desliza un poco la punta de la pistola
a lo largo del vientre, un poco por encima de la primera herida. Su polla
está ahora como el cañón de un fusil, tiesa y caliente. -
A ver cómo te pone esto,
maricón de mierda. Un nuevo disparo. Fred boquea. El dolor se
multiplica. Sangre y orina salen a chorros de la vejiga destrozada. -
¡Bravo, sheriff de mis cojones,
bravo! Es verdad que tienes cojones,
cabrón. Douglas le agarra los cojones con la mano
izquierda, mientras ríe: -
Quizás debería disparar aquí
también, te daría mucho gusto, maricona. Fred boquea, apoyado en el pozo. Douglas estruja un
poco los cojones y aparta la pistola deslizando la punta por el vientre hasta
colocarla, apretada, contra el ombligo. Aprieta a fondo. -
¿Estás preparado, pedazo de
mierda? ¿Preparado para cascar? Fred
asiente, sonriendo. La
detonación y la mueca de Fred trasmiten a Douglas un escalofrío de placer. Se
da cuenta de que antes o después se correrá. -
Es hermoso verte cascar,
maricón. Es hermoso ver cascar a un cabrón como tú. La boca de Fred está abierta en una sonrisa. -
Te lo había … dicho … yo … que
… tú querías … hijo … de … puta. -
Sí, cabrón, claro que quiero,
quiero verte cascar. Douglas desliza aún la punta de la pistola un poco
más alto, aprieta contra el vientre. -
¿Sientes el cañón de mi
revólver, cabronazo? ¿Lo sientes?
Estás cascando, pedazo de mierda. Fred tensa los músculos, esperando el disparo. -
Estás cascando y te gusta,
maricón de mierda. Como te ha gustado que te diera una paliza, que te la
metiera por el culo. Fred sonríe, una mueca de sonrisa que el disparo
transforma en dolor. -
Tienes cuatro proyectiles en el
cuerpo, cabrón. Y mi calostro en el culo. Vuelve a decirme que no tengo
cojones, pedazo de mierda. Fred ya no habla, boquea, la cara y el torso
cubiertos de gotitas de sudor. La sangre le fluye de las cuatro heridas. Sólo
el pozo lo sostiene. Douglas
aprieta la pistola contra el esternón. -
Un disparo más, cabrón. Un
disparo más, a ver si me corro. Douglas dispara. El cuerpo de Fred se estremece.
Douglas está a punto de correrse. Fred abate
la cabeza, la sangre fluye de su boca. Douglas aprieta su cuerpo contra el de
Fred, que agoniza, siente la sangre que le inunda el torso y el vientre. Douglas
da un paso hacia atrás. Deja que el cuerpo se deslice a lo largo de la pared
del pozo, pero sujeta la cabeza, agarrándola por los cabellos, antes de que
caiga de lado. Fred tiene
la boca abierta. -
Ahora te la meto por la boca,
cabrón. Douglas mete la polla en la boca del agonizante.
Dos embestidas son suficientes. Se corre. Levanta el
cuerpo de Fred, tirando de los cabellos. Lo mira. Fred está muriendo, pero
debe estar aún consciente. Le parece ver una sonrisa en sus labios. Mantiene el
cuerpo en pie, frente al suyo. Coloca la punta de la pistola en la polla, que
el primer disparo prácticamente ha destrozado. Aprieta el gatillo. El cuerpo
se estremece. Luego toma la otra pistola y dispara a los cojones, al derecho
y al izquierdo. Fred se estremece, tras cada disparo. Douglas ríe. -
¿Quién es el que no tiene
cojones ahora, pedazo de mierda? Fred parece
aún sonreír. Douglas le
da la vuelta, le mete la cabeza dentro del pozo. El cuerpo de Fred yace
inerte, doblado sobre el brocal del pozo, la cabeza dentro, el culo en el
aire. Douglas ríe.
Le enfila el cañón de la pistola por el culo y ve que el cuerpo aún se
estremece. -
Saludos al infierno, pedazo de
mierda. Vacía el cargador por completo. Después agarra el
cadáver por las piernas y lo hace caer al interior del pozo. Douglas
devuelve la pistola a la funda. Está atontado, como embriagado. Se mira el
cuerpo, cubierto de sangre. ¿Cómo coño va a limpiarse ahora, si no hay agua
en millas a la redonda? Entonces
piensa en la ropa de Fred. Mira a su alrededor. Este imbécil no las habrá,
por casualidad, arrojado al pozo … No, están ahí. Toma la camisa. La huele.
Siente el olor del sudor de Fred. Se limpia escrupulosamente. Luego arroja la
camisa, los pantalones, el cinturón y todo lo demás al interior del pozo. Se aleja a
caballo, desconcertado, como ausente, y emprende el camino de vuelta. * Ken, Hugh y
los hombres de Cortacarajos han llegado al pueblo. La gente al verlos
aparecer se aleja a toda prisa, en desbandada, refugiándose en el interior de
sus casas. Soplan malos vientos. En la plaza
está montada la horca y un cadáver cuelga, la lengua asomando entre los
dientes: es Ramón. -
Hemos llegado demasiado tarde. -
Era de esperar. Vamos a por el
sheriff, y lo ponemos en el lugar de Ramón. No hay nadie
en la oficina del sheriff. -
¿Se habrá escondido? ¿Habrá ido a buscar refuerzos? -
Mejor que preguntemos. En el saloon
las informaciones salen de las bocas a toda prisa: las pistolas sueltan las
lenguas con más rapidez que el alcohol. El sheriff Douglas Storm ha salido
del pueblo hace bastantes horas, por la mañana, y todavía no ha vuelto. Se
puso en camino hacia el norte. Nadie sabe dónde se dirigía. Ken y sus
hombres han tomado la oficina del sheriff, pero dos han sido enviados a
vigilar los caminos de entrada al pueblo. Uno regresa después de media hora
para decir que el sheriff está llegando. Algunos hombres se distribuyen a lo
largo del camino, para comprobar que nadie intente avisar a Douglas Storm de
lo que le espera. Nadie desea
compartir el destino del sheriff, que se dirige hacia su oficina sin
sospechar que está llegando a su fin. Tal vez, si su mente no estuviera
todavía concentrada en Fred, notaría que las calles están desiertas. Pero
Douglas no presta atención a lo que ven sus ojos. Entra en la
oficina. Siente el cañón del revólver que aprieta contra su espalda y ve a
tres hombres ante él. -
No te muevas. Un hombre le arranca el cinturón. Otro se acerca a él, parece ser el jefe. Douglas tiene
la impresión de que esta cara le es familiar. Sí, ya se acuerda: es ese hijo
de puta de Ken el Chacal, el que ha liquidado al sheriff Squire y a su
ayudante. Douglas sabe
que está jodido. Ken sonríe.
Mientras tanto, van llegando todos los hombres. -
¿Sabes lo que te vamos a hacer,
verdad? Vamos a matarte, como tú has
hecho con Ramón. Pero antes, un poco de diversión. Desnúdate, sheriff. Douglas mira a Ken. Ha comprendido, perfectamente.
No obedece. El golpe que recibe en el estómago lo obliga a doblarse de dolor.
Otro puñetazo, en la cara, esta vez. Douglas está en el suelo. Se le echan
encima. Lo están desnudando. Douglas intenta oponer resistencia, pero es
inútil. El sheriff
Storm está desnudo. Lo agarran, lo arrastran hasta la mesa del escritorio, lo
levantan y lo colocan encima, boca arriba. Dos hombres le levantan
completamente las piernas, bien abiertas, mientras otros dos le sujetan los
brazos. Así Douglas podrá ver a los hombres que se la meten en el culo. El primero
es Ken. Douglas lo mira. El Chacal tiene una verga de caballo. Intenta
liberarse, aunque sabe que es inútil. Cuando Ken se la mete, el sheriff no
consigue sofocar un gemido. Los hombres ríen. Ken embiste con fuerza y
Douglas tiene la impresión de que le han ensartado un palo por el culo, que
se va metiendo en sus vísceras cada vez más a fondo. Otro de los
hombres, uno que no parece mexicano, se le acerca desde la parte opuesta. Le
agarra la cabeza, al borde de la mesa del escritorio, y tira de ella hacia
abajo, le acaricia los labios con la punta de la polla, mientras Ken embiste.
Después comienza a mear. Douglas sacude la cabeza, pero no puede escapar al
chorro de orina, que le empapa la cara. Ken folla a
Douglas durante largo tiempo y cuando se retira su polla está cubierta de
sangre. Después de
Ken es el turno del que le ha meado en la cara, el tipo al que Ken llama
Hugh. Y después
los otros, todos los otros. Douglas no intenta oponer resistencia. Es inútil. No tiene
sentido. Espera sólo que todo termine. Cuando todos
han terminado, uno de los mexicanos se le aproxima. Le enseña la mano, junta
los cinco dedos en pinza y aprieta contra el agujero del culo. Douglas abre
la boca, pero consigue sofocar el grito. La mano empuja, forzando la apertura
hasta el límite, lacerando la carne. En poco tiempo entra totalmente. Douglas
grita. Ken ríe. La mano avanza, dilatando las vísceras, desgarrándolas.
Entonces, se cierra en puño. La presión aumenta, insoportable. Una sacudida
brusca y Douglas tiene la impresión de que el culo le explota. El hombre le
muestra el puño cerrado, cubierto de sangre. Douglas tiene la vista nublada,
está embriagado de dolor. La sangre le fluye del culo en abundancia. Lo levantan,
lo obligan a ponerse de rodillas frente a Ken. -
¡Ahora vas a beber mi orina,
maricón! Una mano le aprieta la garganta y lo fuerza a abrir
la boca. Ken comienza
a mear. Douglas está obligado a beber. Pero cuando el chorro pierde fuerza,
retiene un poco del líquido en la boca. Ken suelta su presa, riendo, y
Douglas le escupe la orina en la mano. La reacción
de Ken es inmediata: el golpe es tan violento que hace caer a Douglas a
tierra. La
sangre desciende desde el labio partido. -
¿No bajas la cresta, eh? Una patada en los cojones le arranca un grito.
Douglas se los cubre con las manos, embriagado de dolor. Lo arrastran
fuera, a la plaza. No hay nadie
en la calle, seguro que todos están en sus ventanas, mirando. Van a ver el
final de su sheriff. Los hombres
se colocan frente a Douglas, formando un semicírculo. El sheriff está
desnudo, atontado por los golpes y el dolor. Sabe que está a punto de cascar.
Mira a sus asesinos a la cara, casi desafiante. El primero en disparar es
Ken. Un disparo que casi le destroza la polla. Douglas grita. Los hombres
comienzan a disparar uno tras otro, divirtiéndose al ver las heridas que las
balas abren en el cuerpo del sheriff: dos disparos al vientre, uno al culo,
dos a un cojón, uno a una pierna, dos más al vientre. Douglas se cubre las
heridas con las manos, a cada disparo una mueca de dolor le deforma el rostro
y se tambalea. Al fin cae de rodillas y, cuando Hugh le dispara al ombligo,
se desploma en el suelo, con diez balas en el cuerpo. Respira aún, gime, los
insulta, tendido en un charco de sangre que se mezcla con la tierra. Los hombres
se aproximan. Empiezan a disparar de nuevo: otra vez al vientre, a la polla,
a los cojones, luego al torso. Douglas grita, hasta que el dolor va
alejándose y el mundo se desvanece. Cuando dejan
de disparar, Douglas tiene cuarenta balas en el cuerpo. Algunos se
ponen a mear sobre el cadáver. Sangre y orina se mezclan. Ken se
dirige a uno de sus hombres: -
Tráeme su placa. El hombre
entra en la oficina, saca la estrella del sheriff de la chaqueta, sale y se
la entrega a Ken. Este se aproxima al cadáver y le enfila la aguja del
distintivo en el pecho. Después da la orden de descolgar el cuerpo de Ramón y
de poner en su lugar el del sheriff. Los hombres
actúan con rapidez, riendo con sorna. El cadáver
del sheriff Douglas Storm cuelga desnudo, inerte, acribillado a balazos,
lleno de agujeros, cubierto de sangre, la estrella enfilada en el pecho, a la
altura del corazón. Cargan el
cuerpo de Ramón sobre un caballo. Ken grita,
para que los habitantes del pueblo, escondidos en sus casas, pueden oírlo: -
No intentéis bajarlo, porque
volvemos y ponemos al que lo haya hecho en su lugar. Ken sabe,
por supuesto, que antes o después lo descolgarán y enterrarán, pero la
amenaza les hará esperar al menos hasta la noche. Le divierte la idea de que
el cadáver del sheriff colgará durante un largo tiempo, bajo la mirada de
todos los habitantes del pueblo. Se ponen en
marcha hacia la frontera. Cuando la han atravesado, Ken se dirige a Hugh: -
No está mal ese jueguecito del
puño en el culo. No lo conocía. -
Ahora puedes decir que además
de los quinientos dólares has aprendido una cosa nueva. Ríen. Luego Hugh aproxima el caballo y le dice: -
Cuando lleguemos, quiero mi
parte. Ken no comprende al instante: los quinientos que le tocan debe dárselos
Cortacarajos, no él, por supuesto. Pero es otra cosa lo que Hugh tiene en la
cabeza: un guiño y una mirada a lo que Ken tiene entre las piernas aclaran de
qué se trata. Ken sonríe: -
Tranquilo, que no te vas a
quedar sin lo tuyo. Ríen, los dos. Autor original italiano: Ferdinando Traducción castellana-española: Carlos Hidalgo |