KEN EL CHACAL

 

V – La banda de los Kimball

 

 

 El sendero transcurre a lo largo del costado de la montaña, elevándose en pendiente por encima del río. Ken cabalga, alejándose de la frontera. No tiene prisa: ya está en México y esos hijos de puta que lo perseguían se han quedado con un palmo de narices. Pueden enterrar al sheriff Squire, al que Ken le ha hecho el servicio completo, y después irse todos también a tomar por el culo.

 Después de remontar una curva, oye una voz a sus espaldas:

-            Levanta las manos y no hagas ninguna pendejada.

Otro añade:

-            ¿Entendiste, cabrón?

¡Mierda!   Ken sabe muy bien que esta zona fronteriza entre México y los Estados Unidos está plagada de bandidos de toda calaña, pero no se esperaba terminar en una emboscada pocas horas después de haber pasado la frontera. ¡Y lleva consigo los diez mil dólares!  Levanta las manos. Si ve alguna posibilidad, intentará liquidarlos, pero de momento es mejor obedecer.

 Cuatro hombres salen de entre las rocas ante él. ¡Me cago en la puta!  Cuatro en frente y al menos dos detrás: no tiene escapatoria.

-            Baja del caballo. Si intentas agarrar la pistola, eres hombre muerto.

 La advertencia es innecesaria: con todos los rifles apuntándole, Ken sabe perfectamente que no tiene otra opción. Obedece.

 Está completamente rodeado por estos hombres.

-            Desármalo, Jim.

Jim se le acerca. Se ve claramente que no es mexicano: es rubio, con los ojos azules y una espesa barba, un poco más oscura que sus cabellos. Tampoco los otros son mexicanos: posiblemente sea una banda de sudistas refugiados en México al final de la guerra civil. Ken ha oído hablar de estos grupos de forajidos, excombatientes del bando perdedor que ahora viven de la rapiña.

 Jim le desabrocha y le quita el cinturón mientras los otros lo tienen bajo tiro. Luego el tipo comprueba que no esconde otras armas. Mientras tanto van bajando también los demás: son tres los que estaban tras él.

-            Jim, mira a ver qué hay en esas bolsas.

 Es la voz del que ha hablado antes, Ken puede ahora verlo: al igual que Jim es alto, rubio y con los ojos claros, pero sin barba. Probablemente sean hermanos: se parecen mucho. Jim está comprobando el contenido de las bolsas. Encuentra el dinero y se vuelve hacia el otro rubio:

-            ¡Joder, Bob!  Eh, muchachos, ¡echadle un vistazo a esto! Dólares, dólares, dólares …

 Ken querría matarlos a todos, a todos estos hijos de puta que quieren apoderarse de sus dólares, pero sabe que no puede hacer nada de nada. Ha escapado de la horca, ha liquidado al sheriff Squire y ahora estos perros sarnosos van a robarle su dinero y, con toda probabilidad, a dejarlo seco. Bob interviene:

-            ¡Joder, tío!  ¿Has desvalijado un banco?

Jim sonríe y añade:

-            ¿O te gusta andar por ahí de viaje con unos cuantos miles de dólares?

Ken le lanza una mirada asesina, ¿pero qué coño puede hacer?

-            No, no soy un ladrón. Me lo he ganado. En las minas.

La respuesta, en cierto modo, no falta mucho a la verdad, pero Jim no se la cree, naturalmente, y estalla en una carcajada.

-            Me parece muy bien, pues ya puedes volverte a las minas, o si quieres … atraca otro banco. Esto se queda con nosotros.

Ken sabe que no tiene sentido replicar, pero lo intenta:

-            ¡Dejadme al menos algo!

-            No, amigo. Estos dólares son nuestros. Yo que tú me sentiría afortunado por salvar el pellejo.

Cuando Bob dice esto, Jim se vuelve hacia él:

-            ¿Te parece una buena idea dejarlo vivo?

Ken ha comprendido. O actúa con rapidez, o está jodido.

-            No, muchachos, por favor, escuchadme …

Mientras habla, fingiendo que quiere convencerlos para que no le maten, da un par de pasos hacia el borde del precipicio. Jim ha sacado ya la pistola. De pronto Ken se da la vuelta, pega un salto y se arroja al río. Sabe muy bien que lo más probable es que se parta la cabeza contra una roca, pero no tiene otra alternativa: es la única vía de escape.

 Ken ha tenido suerte: consigue caer al agua en una parte profunda del río, sin rocas. El impacto lo aturde un poco, pero se recupera rápidamente. Se deja arrastrar por la corriente: esos hijos de puta son capaces de lanzarse tras él para intentar alcanzarlo, para liquidarlo. Pero las botas se le están llenando de agua, su ropa está empapada y corre el riesgo de hundirse. Con unas cuantas brazadas alcanza la orilla contraria a la pendiente desde la que se lanzó: esta parte, en comparación, es mucho más baja. Está bastante alejado ya del punto en que los encontró y no parece que haya senderos que desciendan desde la montaña hacia el río, al menos en aquel tramo. Debería ponerse a buen recaudo, teniendo en cuenta que a esos cabrones les importa bien poco dejarlo seco.

 En cualquier caso Ken se aleja cuanto puede de la orilla, de tal modo que no se le pueda ver desde la montaña. Después se desnuda y pone su ropa a secar.

 Mientras tanto, piensa en su situación. No es que haya mucho que pensar. La conclusión es rápida: está en la mierda. No tiene ni un dólar, no tiene caballo, no tiene pistola, no tiene una puta mierda. ¿Qué puede hacer? No puede volver a los Estados Unidos, donde le espera una soga al cuello. ¿Pero cómo moverse en un país que no conoce, sin nada que no sea la ropa que lleva encima?

 Puede considerarse afortunado por haber salvado el pellejo, ¿pero ha valido la pena?  Ken empieza a dudarlo. ¡Mierda!  ¡Mierda!  ¡Mierda!

 Un tipo cabalga en su dirección. Es un blanco, probablemente viene, como él, de los Estados Unidos. Puede probar y pedirle ayuda. No tiene mucho que perder.

 El hombre lo ve. Se aproxima, detiene el caballo, lo saluda y le dice, sonriendo:

-            ¿Te interrumpo en tu baño, amigo? 

Ken le partiría la cara a este pendejo, no está precisamente para pendejadas, para que le toquen los cojones ahora.

-            Sí, me estaba dando un baño. Un baño imprevisto: unos tipos me han asaltado, me han dejado sin blanca, y si no me arrojo al agua, me dejan seco.

El hombre asiente. No parece muy sorprendido. Al fin y al cabo estos parajes están llenos de hijos de puta, Ken ya lo sabía antes de encontrarse con algunos de ellos.

-            ¿Quiénes han sido?  ¿Los Kimball?

-            ¿Y yo qué coño sé?  No hicieron las presentaciones.

El tipo ríe mientras lo mira fijamente. Ken apostaría que le está mirando la verga. Pero en este momento tiene otras cosas en la cabeza.

-            ¿Dos tipos rubios, uno con barba, el otro afeitado, muy parecidos, acompañados de otros, también americanos?

-            Sí, diría que son ellos.

-            Los hermanos Kimball. Estos parajes están llenos de hijos de puta como ellos. Son soldados de la Confederación que después de la guerra civil se refugiaron en México. Viven del pillaje. Los Kimball controlan esta zona. Más al este está Cortacarajos y de Boca Caliente en adelante es el Diablo Loco el que hace y deshace a su antojo. No son estos precisamente unos lugares para llevar una vida tranquila, pero si has decidido atravesar la frontera, tus motivos tendrás.

A Ken no le resulta demasiada novedad la información que le da este tipo: que esos hijos de puta podían ser sudistas, ya lo había sospechado. De Cortacarajos ha oído hablar, en cuanto al Diablo Loco … a su padre ha tenido ocasión de conocerlo, muy a fondo (en realidad es su padre el que lo ha conocido a él a fondo).

 Ken se está preguntando qué hacer. Necesita ayuda. Podría partirle la cara a este tipo, que continúa bajando los ojos para mirarle la polla: podría, incluso, follar con él – la idea no le desagrada en absoluto – y aprovechar para quitarle las pistolas. Pero el tipo parece bien informado, podría resultarle útil. Siempre habrá tiempo para liquidarlo.

 Es ahora Ken el que dice:

-            Y tú, ¿qué motivos tienes para andar por estos lugares?

El tipo ríe.

-            No me gusta la sensación de una soga apretándome el cuello …

Ken ríe también, asintiendo. Después de todo, el tipo no es tan pendejo como pensaba.

-            Te comprendo perfectamente. Yo también soy gato escaldado. De todos modos, esos malditos hijos de puta me han robado diez mil dólares.

-            ¿Diez mil dólares?  Joder, amigo, no me diste la impresión de ser el tipo que suele viajar con diez mil dólares encima. ¿Has asaltado un banco?

-            Hice un buen negocio. ¿Tienes idea de cómo podría recuperar ese dinero y joder bien a esos hijos de puta? Renunciaría de buena gana a parte de ese dinero si alguien me ayudara a conseguir mi venganza.

-            Amigo, yo te ayudaría con mucho gusto, porque no le hago ascos a tener unos cuantos de dólares en mi bolsa. Pero esos cabrones son una docena, y ni tú ni yo vamos a conseguir joderlos. A menos que ...

El tipo se rasca el mentón, reflexivo.

-            Mira, amigo, hay una posibilidad. Te garantizo que puedes vengarte de esos cabrones, pero no tanto que puedas recuperar uno solo de tus dólares.

-            ¿Qué posibilidad?

-            Conoces, sin duda, a Cortacarajos …

No es una pregunta. Ken asiente. Todos conocen a este bandido mexicano que le corta la polla y los cojones a sus enemigos, antes de liquidarlos.

-            Podríamos recurrir a él. Si se entera de que hay por medio diez mil dólares, no te quepa duda: esos cabrones son hombres muertos. Podrías ofrecerle la mitad, pero no te engañes … ese al final se lo queda todo, me apostaría las pelotas.

Ken asiente. Se da perfectamente cuenta de la situación, ¿pero qué coño puede hacer?  Y aunque consiguera procurarse una pistola, liquidar él solo a doce no es fácil.

-            Está bien, vamos a probar. Por muy mal que vayan las cosas, al menos me vengo de esos hijos de puta.

El tipo, mientras tanto, ha bajado del caballo.

-            Puedo presentarte a Cortacarajos, nos conocemos, aunque no seamos exactamente amigos … De momento, me presento: me llamo Hugh.

-            Yo soy Ken.

-            Y ahora me gustaría saber qué gano yo en esta empresa, Ken.

-            Si Cortacarajos me deja un poco de dinero, te doy una parte.

-            Y si no te lo deja, ¿me quedo con la miel en los labios?  No, quiero algo …

Hay una sonrisa en la cara de Hugh, que baja la mirada sin disimulo hacia lo que desea. A Ken no le parece mal la idea. ¿Por qué no?  Ken sonríe y dice:

-            De acuerdo, así no te quedas con la miel en los labios …

Hugh se arrodilla y comienza a succionarle la verga. Ken se dice que en estos últimos días su verga ha estado bastante solicitada: el ayudante del sheriff, del que Ken no recuerda el nombre, el sheriff Squire y ahora este Hugh. A los dos primeros los ha dejado secos. ¿Liquidará también a Hugh?  Por el momento, no tiene ningún motivo para hacerlo.

Es muy bueno con la boca Hugh y hace un buen trabajo. La polla se hincha de sangre y se pone tan gruesa que Hugh no consigue tragarla más a fondo y ahora se levanta, se desnuda y, sacudiendo un poco la cabeza, se tumba sobre una roca, panza abajo, el culo en alto.

-            Despacito, amigo. Que la tienes de caballo.

Hugh le viene muy bien, Ken no quiere romperlo, por eso actúa con cuidado. Ensaliva un poco el agujero y empuja hacia dentro, lentamente, el arma. Hugh gime, pero de placer.

 Ken comienza una magnífica cabalgada, espoleado por las palabras de Hugh, y cuando finaliza, los dos hombres están satisfechos. Lo único bueno que le ha pasado en esta jornada de mierda, se dice Ken.

 Después Hugh le da una pistola y se ponen en marcha, los dos sobre un caballo, hacia el sur. Hugh sabe dónde debería encontrarse Cortacarajos. En el camino se hacen de un segundo caballo, de un mexicano que pasaba por el lugar equivocado. El animal ya no le servirá: Hugh es un tirador rápido y no parece tener muchos escrúpulos. Ken tiene todavía menos. Aparte del caballo, se han hecho también de un par de pistolas: el mexicano no era muy bueno usándolas, por lo cual tampoco le servirán ya.

 Al territorio de Cortacarajos llegan dos días después. El bandido tiene su guarida en un villorrio abandonado entre montes, en el culo del mundo. Ambos deben entregar sus pistolas antes de platicar con él: hay una magnífica recompensa por la cabeza del mexicano, pero todos los que han intentado ganársela han terminado sin polla y sin cojones.

 Cortacarajos es un hombre de gran panza, con una barba negra y la camisa abierta sobre un torso muy velludo, grandes manos de dedos gruesos, también muy peludos: un verdadero gorila. Hugh presenta a Ken, que cuenta su historia y concluye:

-            Venía de una mina de oro. Si me ayudas a recuperar mi dinero, cinco mil para ti y cinco mil para mí. ¿Está bien?

Cortacarajos sonríe y asiente.

-            Un buen motivo para dar matarile a esos hijos de puta.

Ken se dice que no volverá a ver un solo dólar de su dinero, pero al menos se vengará.

 

*

 

 Tres días después de este encuentro la banda de los Kimball vuelve a ver, en lontananza, al hombre que han desvalijado pocos días antes, ese tipo que se les escapó lanzándose al agua.

 También Ken los ha visto y está ya apuntando su fusil: antes de que tengan tiempo de tomar sus armas, el tipo dispara. Andrew lanza un grito y cae a tierra. Ken espolea el caballo y escapa en dirección de Aguas Rojas, una pequeña ciudad que lleva años abandonada. La banda lo persigue: están todos furiosos, quieren dejar seco a ese hijo de puta que ha matado a uno de los suyos. La primera vez se les escapó, ¡pero ahora lo van a joder!

 En poco tiempo llegan a Aguas Rojas. Ni rastro de Ken.

 Se mueven con cautela, evitando permanecer al descubierto. A la entrada de la plaza hay un carro abandonado. Antes de avanzar hacia el centro de la plaza, los Kimball toman posiciones detrás del carro, para mantenerse a resguardo mientras observan los diversos edificios, buscando alguna señal de vida: ese hijo de puta tiene una excelente puntería, no es prudente exponerse demasiado.

 Suena un disparo, uno solo. El proyectil impacta contra el carro, que explota: estaba lleno de pólvora. La explosión mata a cinco de ellos y hace que se derrumbe la casa más próxima. Mientras los supervivientes van levantándose, la balacera, zumbando en sus oídos, levanta una nube de polvo a su alrededor: es una trampa, y ese cabrón no está solo, está en buena compañía. Otros dos terminan con una buena dosis de plomo en el cuerpo.

 Son sólo cuatro los que consiguen alcanzar una de las casas, pero mientras están entrando Richie, uno de ellos, recibe dos disparos. Jim lo sostiene y lo arrastra dentro.

-            ¡Mierda!  ¡Estamos jodidos!

Sí, de esto no hay duda alguna. Están jodidos. Ninguna posibilidad de salvar el pellejo, se acabó. Jim es perfectamente consciente. Su banda está jodida. Liquidados en una emboscada que ninguno de ellos ha podido prever. Han sido mucho más astutos que ellos, diabólicamente astutos. Ese hijo de puta les ha hecho caer en una trampa. Les ha hecho saltar por los aires y ha llenado de plomo a dos que consiguieron sobrevivir a la explosión, y lo ha hecho con la ayuda de algún otro hijo de puta, posiblemente Cortacarajos: ha sido una auténtica balacera, tienen que ser toda una banda.

Quedan cuatro. Cuatro de doce. Ni siquiera cuatro: Richie no aguantará mucho. Jim mira a su amigo, al que han dejado sobre una banqueta, la espalda apoyada en la pared. Bob le ha abierto la camisa y sobre el grueso vientre sobresalen los dos agujeros, uno a la altura del hígado, el otro más abajo. La sangre le fluye en abundancia sobre la maraña de pelo oscuro y los pantalones están empapados.

 Durante once años la banda de Jim y Bob Kimball, formada por nueve soldados excombatientes del ejército confederado y por unos pocos hombres más que se les unieron después, ha correteado a sus anchas de una a otra parte de la frontera entre México y los Estados Unidos, envuelta en todo tipo de fechorías. Hasta ahora siempre habían conseguido salvar la piel. Ahora sólo quedan Jim, Bob, Philip y, ya por poco tiempo, Richie.

 Exploran rápidamente la casa, pero las únicas vías de salida son la puerta por la que han entrado y otra en la parte trasera: las dos están, seguramente, bajo tiro.

 Para todos ellos es el fin. Los han jodido, y muy bien.

-            ¿Cómo estás, Richie? – pregunta Philip.

-            No puedo más.

Habla respirando con dificultad. Philip asiente.

-            Sí, estás jodido. Acabarás un poco antes que nosotros. No mucho.

Richie lo mira.

-            Liquídame.

Philip asiente de nuevo. Él es el hombre de Richie, le toca a él hacerlo.

-            OK, Richie.

Philip saca la pistola.

Richie sonríe débilmente.

-            Pero antes… por la boca …

No puede seguir, pero es suficiente. El otro ha entendido perfectamente.

Philip se desabrocha el cinturón y se baja los pantalones. Tiene una polla gruesa y se la sacude hasta ponérsela dura, mientras Richie lo observa.

Philip se acerca a Richie y se la mete en la boca, hasta la garganta. Retrae el culo, extrayendo un poco la polla de la boca de Richie, y después empuja de nuevo.

 Jim observa, fascinado. Richie está muriendo mientras Philip lo folla por la boca.

 Jim nunca ha visto follar por la boca a un moribundo. Sí, se han follado a menudo a los que han caído en sus manos, miembros de bandas rivales u otros enemigos, antes de liquidarlos, pero aquello era otra cosa.

 En cierto momento, de la boca de Richie brota un chorro de sangre. Jim se dice que su amigo está muerto, pero Philip continúa follándolo, sin inmutarse.

 Cuando Philip termina y echa el culo hacia atrás, la polla está cubierta de sangre. Jim ve que Richie mueve todavía los ojos.

 Philip le mete el cañón del revólver en la boca, con la misma determinación con que pocos minutos antes le ha metido la polla.

-            Adiós, Richie. Dentro de poco te seguiré.

Philip dispara. Richie se estremece un poco y un nuevo chorro de sangre sale disparado de su boca.

 Ahora Jim la tiene dura. También Bob debe tenerla dura, porque se vuelve hacia él con una sonrisa:

-            Entonces, hermanito, ¿quieres que te ponga un poco de saliva en el agujero de ese hermoso culo peludo?  Si te lo abro un poco, te dolerá menos cuando esos hijos de puta te den por ahí, cuando llegue el momento …

Jim asiente. Sí, tiene ganas de sentir en el culo por última vez la hermosa verga de Bob. Las de esos hijos de puta, no: intentará evitarlo, pero es verdad que si lo agarran vivo se lo van a follar, eso es seguro. No obstante, ellos hubieran hecho lo mismo, de haber sido los vencedores de esta partida. Pero esta vez a los Kimball les ha salido el tiro por la culata.

 Jim se baja los pantalones y doblando la cintura se tiende boca abajo sobre una mesa, las piernas separadas. Bob se desabrocha los suyos, y saca la polla al aire. Engancha el culo de Jim sin demasiadas contemplaciones. Jim se muerde el labio inferior, pero le gusta, le gusta una barbaridad, aunque le duela tanto. Bob es un magnífico follador. Jim, por el contrario, prefiere que se la metan por el culo: en esto están siempre de acuerdo los dos hermanos. Esta vez Bob folla deprisa: no tienen mucho tiempo para divertirse, ahora, es tiempo de cascar.

 Philip, mientras tanto, mira por la ventana, echándole de vez en cuando un vistazo al culo de Bob, que se mueve frenético, empujando a fondo y después retirándose. Mientras Bob va terminando, Philip anuncia:

-            Ahí están sus trofeos.

Al otro lado de la valla que delimita el patio a la derecha de la casa, alguien ha levantado una estaca de madera, a lo largo de la cual cuelgan las pollas y los cojones de sus compañeros. Ocho vergas, dieciséis cojones. No hay duda: es Cortacarajos el que los ha jodido. Ese hijo de puta ha hecho honor a su nombre.

 Bob asiente. Se lo esperaba. Sabían todos que antes o después la cosa terminaría así. Y saben muy bien que en poco tiempo también sus pollas y sus cojones se añadirán a ese racimo.

 Durante una hora permanecen en la casa, controlando la calle y el patio, disparando de vez en cuando desde las ventanas a la planta superior, cuando ven que algo se mueve en el tejado. Pero los hombres de Cortacarajos permanecen impasibles, como mucho colocan un sombrero en la punta de un fusil y lo alzan un poco, para ver si ellos no bajan la guardia: es evidente que esos hijos de puta no tienen prisa. Saben que ellos no tienen ninguna vía de escape.

 En cierto momento ven una columna de humo que se eleva no lejos de la casa. ¿Acaso estos cabrones quieren pegarle fuego al pueblo y hacerlos morir abrasados?  Probablemente, por no decir con toda seguridad.

 Entonces Bob se decide:

-            Bien, muchachos, intentar una salida es inútil, pero no tenemos mucha elección. Vosotros cubridme, voy a intentar salir por la puerta trasera.

Jim lo mira. Bob prefiere cascar de esta forma. Es una muerte de hombre. Jim se da cuenta de que Bob tiene de nuevo la polla dura: el peligro le produce este efecto. Le sonríe.

 Bob le devuelve la sonrisa y sale. Jim y Philip comienzan a disparar.

 Bob se lanza para atravesar el breve espacio al descubierto, pero no es lo suficientemente veloz: en medio de la balacera, un disparo lo alcanza en el estómago. Cae a tierra, muerde el polvo. Después, apretando los dientes, se alza de rodillas y finalmente se pone en pie. No disparan, estos cabrones no disparan. Se quedan a la espera, sonríen mientras lo ven luchar por levantarse, por mantenerse en pie, esperando el final.

-            ¡Vamos, pedazos de mierda, malditos hijos de puta, disparad!

Con manos temblorosas se abre del todo la camisa.

-            ¡Vamos, maricones, pendejos, comevergas, vamos!  ¡Estoy aquí!

Los disparos no llegan. Ahora se baja los pantalones y con la mano derecha se agarra los cojones, por debajo de la verga, dura y desafiante. Levanta la mano izquierda, con el índice en alto.

 El segundo disparo, en la ingle, le abrasa la piel de la mano que agarra los cojones y le incendia las vísceras.

 El tercero le traspasa el ombligo, avivando el incendio.

 El cuarto entra en su carne por la ingle, justo al lado de la punta de la polla, por la que asoma una gota brillante. Bob siente entonces cómo el chorro, incontenible, sale disparado.

 En su rostro aparece una mueca de dolor, que es también placer. Levanta otra vez el brazo izquierdo. A tomar por el culo, malditos hijos de puta. A tomar por el culo. Bob está cascando, pero también está gozando.

 El disparo lo alcanza en el capullo, exactamente en el centro. El calostro se vuelve sangre. Los dos siguientes disparos impactan más abajo, a lo largo del asta, aún perfectamente tiesa. Después en la mano que agarra los cojones, tres balazos. Dos disparos hacen papilla el cojón derecho, el izquierdo está aún intacto, pero otros dos disparos lo desmenuzan.

 Un balazo le arranca limpiamente el dedo todavía levantado en su gesto de desprecio.

 Los demás disparos llegan en rápida sucesión, demasiado rápidos para poderlos diferenciar. Se distribuyen por todo el vientre, desde la ingle al estómago. El brazo aún levantado cae aflojado, mientras el cuerpo se desploma contra la valla. Las vísceras empujan para salir del vientre acribillado. El cuerpo permanece apoyado contra las tablas, hasta que otra sucesión de disparos lo desequilibra, haciéndolo caer al suelo.

 Tiene treinta y séis balas en el cuerpo cuando termina boca abajo en el polvo.

 Para Philip todo es más rápido. Un tiro en la frente, mientras asoma la cabeza por encima del alféizar de la ventana para controlar si hay alguien en la calle. Hay alguien. Un disparo, un agujero, y se acabó.

 Jim es el único que queda. Ya no está en condiciones de controlar los dos lados, por lo cual esos hijos de puta pueden llegar por una de las puertas sin que él se dé cuenta. Tiene que actuar con rapidez. Puede elegir entre pegarse un tiro o bien intentar una salida y hacerse acribillar: de las dos opciones, prefiere que lo llenen de plomo, como han hecho con Bob.

 Baja a la planta inferior, pero apenas pasa a la otra estancia siente contra la espalda el cañón de un revólver.

-            Tira la pistola y levanta las manos, hijo de puta.

La voz es la del tipo al que le robaron los dólares, que ahora le devuelve el favor, con los intereses. No tiene mucha elección. Obedece.

 Ken llama a los otros. Llega Cortacarajos, con tres de sus hombres, sonriendo. Mira a Jim y le ordena, señalando al cadáver de Richie:

-            Desnúdate y saca fuera esta basura, desnudo también.

Cortacarajos ríe con sarcasmo, probablemente quiere pasárselo bien. Y no perder el tiempo. Jim sabe que se lo van a follar.

 Jim se desnuda completamente. Después le saca los pantalones a Richie. Arrastrarlo fuera no será fácil: Richie es un peso pesado. Lo agarra por los sobacos y tira de él hacia la puerta.

 Cuando están fuera, los otros los rodean. Cortacarajos hace una señal a uno de sus hombres, que con un cuchillo le corta la polla y los cojones a Richie. Un poco antes, otro ha cortado lo poco que queda de la polla y los cojones de Bob. También la polla y los cojones de Philip se añaden al racimo.

-            Sólo quedan los tuyos.

Cortacarajos ríe.

Jim traga saliva.

-            Pero antes vamos a hacerle los honores a ese culo.

Son dieciocho los hombres de Cortacarajos.

Ken es el primero en hacer los honores: esperaba este momento de su venganza. Se baja los pantalones y Jim puede ver que tiene la verga de un toro. ¡Mierda!  Esto no va a ser ningún juego, por mucho que a Jim le guste que lo enganchen por el culo. Los hombres agarran al último de los Kimball y lo obligan a tenderse sobre un montón de escombros.

 Ken lo encula con una sola embestida, con decisión, hasta el fondo, haciéndolo gritar. Ken lo insulta, le recuerda que su hermano y sus compañeros están todos muertos, que le cortarán la polla y los cojones, como han hecho con los otros. Y mientras tanto le desgarra las vísceras con su verga y le estruja los cojones con la mano, haciéndolo gemir. Cuando ha terminado, y la saca, está cubierta de sangre. Ken aprieta el cuello de Jim con una mano, le acerca la verga a la boca y lo obliga a limpiarla con la lengua. Jim obedece, mientras uno tras otro los hombres de Cortacarajos lo van enculando. Cuando han terminado, del agujero abierto del culo fluyen sangre y calostro en abundancia. El dolor que le pulsa en el culo es insoportable. Pero ya no queda mucho para terminar. 

 Jim apenas puede sostenerse en pie. Le atan las manos detrás de la espalda y lo obligan a caminar hasta un árbol. Está ya la soga preparada, con el lazo: unos lo han preparado mientras los otros le hacían los honores por atrás. Ken comienza a pasarle el lazo alrededor del cuello. Lo han estrechado ya bastante, por lo que le baja muy justo por la cabeza y la barba. Jim puede sentir el paso de la cuerda por su cara, mientras se la van bajando, hasta dejarla bien apretada en el cuello. Cuando el lazo está en posición, lo aprietan un poco más. Después Ken lo alza por la cintura y lo coloca sobre un taburete. Los hombres fijan bien la cuerda a las ramas y el tronco del árbol. Ken le da una patada al taburete.

 La caída es muy corta: no más de un palmo. Jim siente el dolor en el cuello, mientras el lazo se aprieta por su propio peso. Intenta respirar y consigue inspirar un poco de aire. Después empieza a faltarle el aliento y Jim agita las piernas, en una danza frenética.

 Los hombres ríen.

 Jim continúa pataleando en el vacío, mientras el dolor en el cuello se vuelve muy fuerte y siente como si los pulmones le estuvieran ardiendo. Sus puños se abren y se cierran espasmódicamente y de la boca comienza a fluirle saliva. Del culo le fluye el calostro del que los hombres lo han llenado.

 En cierto momento el movimiento de las piernas se ralentiza, después una violenta sacudida le recorre todo el cuerpo y la verga se le empalma todavía más, hasta el punto de parecer que fuera a reventar. Un fuerte chorro de calostro se dispara silbando en el aire, hacia arriba, cayéndole en el torso y el vientre.

 Mientras en sus oídos siente un borbotear cada vez más fuerte y el mundo parece desvanecerse tras un velo rojizo, le parece ver que el tipo al que le robaron los dólares se aproxima a él con un cuchillo: este hijo de puta está a punto de castrarlo.

 El dolor es atroz. Jim grita y patalea desesperadamente, después el mundo se desvanece. Sus dedos se agitan todavía, sus piernas siguen moviéndose, cada vez más lentamente. Al final los dedos recaen, inertes, sobre el culo.

 Ken observa, satisfecho. En la mano aprieta su trofeo.

 Cortacarajos le dice:

-            OK, ya tienes tu venganza.

Ken sonríe y asiente.

En las alforjas de las sillas de montar de Bob y Jim encuentran los dólares, casi todos.

-            Ya veo que no nos contaste un cuento, Ken. Mejor para ti. Los dólares, no obstante, los repartimos entre todos.

Ken asiente. Sabía que esto terminaría así. Hugh se lo había advertido.

-            Está bien, por lo menos hemos jodido bien a estos hijos de su puta madre.

Mentalmente Ken añade: “¡Y yo te joderé bien a ti, mexicano cabrón, en la primera ocasión que se me presente!”

 De los diez mil dólares, sólo tres mil se reparten: el resto termina en las alforjas de Cortacarajos. Algunos se usarán para cubrir las necesidades de la banda, otros los usará Cortacarajos para hacer con ellos lo que le salga de los cojones: lo que está claro es que ninguno de sus hombres le pedirá cuentas, ninguno se arriesgará a terminar con la polla y los cojones en la boca.

 Ken se queda con ciento cincuenta dólares y una rabia feroz en el cuerpo.

 

 

Autor original italiano: Ferdinando

Traducción castellana-española: Carlos Hidalgo

 

 

 

 

 

 

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