KEN EL CHACAL

 

IV – La charca

 

 

-            Nuestros caballos no aguantan más, sheriff. Tenemos que dejarlos descansar unas cuantas horas. Pero ese hijo de puta tiene que estar en la misma situación. No puede ir muy lejos.

 Joe Squire asiente, pero tuerce la boca: la frontera con México no está muy distante, son menos de cien millas. Si ese chacal consigue pasar a México, entonces adiós, nadie podrá echarle el guante.

-            Sí, vosotros quedaos aquí. Yo sigo, el caballo que me han dado en Dry River está todavía fresco. Quiero alcanzar a ese hijo de puta, Ken Bolton o Munroe o como coño se llame el Chacal.

 Ya han empezado a llamarlo así, el Chacal o Ken el Chacal. Un apodo que se quedará con él hasta la muerte.

-            No baje la guardia, sheriff, el Chacal dispara a una velocidad endiablada. Quizá sería mejor que …

 Joe Squire interrumpe a Dan, el cazador de recompensas. El tipo, bastante corpulento, se ha unido a la persecución con la esperanza de embolsarse el dinero ofrecido por la captura del Chacal.

-            No, Dan, no quiero que esa alimaña escape. Haced descansar a los caballos, recuperad el aliento, todos vosotros lo necesitáis. Yo sigo. No puede estar muy lejos, su caballo debe estar casi muerto de fatiga.

 Joe Squire quiere vengar a su ayudante, Tony Eslin, estrangulado por ese hijo de puta de Ken, que también lo ha enculado. Quiere verlo colgar de una soga, cueste lo que cueste.

 El sheriff espolea a su caballo, que está más fresco que los de los otros porque pudo tomarlo de refresco ayer por la noche, pero no había caballos de reserva para los siete hombres que lo acompañaban.

 Joe Squire clava las espuelas en el animal y reemprende la persecución siguiendo las huellas dejadas por Ken el Chacal.

 Y mientras cabalga piensa en el cadáver de Tony, desnudo en la celda, las piernas abiertas, los muslos cubiertos por el calostro ya seco que le salía del culo. Ese hijo de puta lo ha liquidado. Pero mientras imagina al Chacal enculando a su ayudante, Joe Squire siente que se le está poniendo dura.

 El sheriff Squire sabe que está cometiendo una imprudencia, pero si se hubiera quedado con sus hombres, hubiera corrido el riesgo de que el Chacal llegara a México y entonces estarían todos jodidos: no tienen permiso para cruzar la frontera, como mucho podría hacerlo Dan, el cazador de recompensas, como particular.

 Su caballo ya no está tan fresco, pero podrá proseguir al menos durante otras cincuenta millas: a esa distancia debería haber alcanzado al Chacal, si no es así dejará reposar a su caballo un buen rato, antes de lanzarse a la recta final.

 

*

 

¡Mierda!  ¡Mierda!  El caballo está flaqueando, al límite de sus fuerzas. Avanza un poco más, después se detiene. Ken le clava las espuelas, pero no consigue hacer avanzar al animal. Se ha detenido diez minutos en la charca, para llenar la cantimplora, pero la estúpida bestia se niega a dar un paso más. No puede más.

 Debe detenerse, pero el sheriff y sus hombres no pueden estar muy lejos. ¡Mierda!  Faltan treinta millas para la frontera con México, sólo treinta millas, pero así no lo conseguirá.

 ¿Habrán conseguido cambiar de caballos, esos hijos de puta?  Si han encontrado caballos frescos, Ken está jodido. Lo único que le queda por hacer es vender cara su piel. Si por el contrario no los han encontrado, entonces la cosa cambia, y se han quedado tirados, como él.

 En cualquier caso debe hacer una parada: o el caballo descansa unas horas, o revienta. Ken lleva el animal hasta un lugar resguardado, a la derecha de un promontorio rocoso, y lo deja allí. Después asciende rápidamente por el montículo, buscando un buen punto de observación.

 Encuentra finalmente uno, bastante alto: un saliente desde el que su vista puede otear una vasta extensión. Escruta el horizonte en la dirección desde la que ha llegado. Una nube de polvo, no muy lejana. Pero no es mucho polvo, los jinetes no deben ser muchos: no más de dos, como máximo tres. Ha tenido suerte.

 Ken desciende rápidamente. Antes de llegar a la charca, mira otra vez, desde otro punto, la nube de polvo, que cada vez está más cerca. Sí, el sheriff debe estar solo. Evidentemente los otros no han conseguido cambiar los caballos. Deberá afrontar a Squire, que tiene fama de ser uno de los mejores tiradores de todo el Oeste, pero esto es mucho mejor que vérselas con un grupo entero, sí, esto cambia bastante las cosas. También Ken es un tirador excelente. En cualquier caso no tiene ninguna intención de afrontar al sheriff a cara descubierta: si tiene esta ventaja a su favor, ¿qué sentido tiene arriesgarse?

 Intentará tenderle una emboscada. Seguramente ese cabrón se detendrá en la charca, para beber. Le disparará por la espalda. El sheriff Squire es hombre muerto.

 Ken se desliza entre los arbustos, se coloca a buen resguardo.

 

*

 

 Joe Squire cabalga al trote, su caballo tiene ya, también, necesidad de reposo. No hay problema, piensa el sheriff: Ken el Chacal no puede llegar muy lejos, su animal en estos momentos debe estar al límite de sus fuerzas.

 Joe Squire se detendrá una hora en la charca, después alcanzará a ese hijo de puta.

 Las huellas son recientes. Ken debe haber pasado por aquí hace poco. Estupendo.

 Joe baja del caballo y se acerca a la charca: un pequeño lago, alimentado por un manantial, un oasis de frescor en el desierto que la rodea. Joe bebe del manantial. Mira el agua del lago y una idea disparatada le viene a la mente: ¿por qué no darse un baño?

 Es una estupidez, lo sabe, el Chacal no está lejos. Pero seguramente no volverá sobre sus pasos, se sabe perseguido. El caballo debe descansar, y por tanto, ¿por qué no? …

 Joe se despoja de la camisa y de las botas, del cinturón y de los pantalones. Termina de desnudarse y sin dudarlo entra en el agua. La charca no es grande, pero es profunda. Puede sumergirse en ella y dar unas brazadas. Sentir en su piel el frescor del agua, después del calor pegajoso del desierto, es una maravilla.

 

*

 

 Ken quita el dedo del gatillo. Estaba esperando que el sheriff apareciera a caballo, para hacer mejor blanco, pero este imbécil se ha quedado en pelotas y se está dando un baño. El último de su vida. ¡Este idiota está, pues, convencido de que él está lejos de allí!  Ken estalla en una carcajada. Con cautela se va aproximando a la charca. El sheriff ha dejado sus armas y su ropa en la orilla, pero antes de que consiga llegar hasta allí, ya tendrá un poco de plomo en el cuerpo.

 Joe bracea a placer en el agua, tranquilo. Luego decide que es hora de volver a la orilla. Mira hacia allí. De golpe, ante sus ojos, dos piernas. Squire no tiene necesidad de alzar la cabeza para saber de quién son esas botas: son de Ken Bolton o Munroe o como coño se llame el asesino de Philip Mc Cain, de Joe Forrest, de su ayudante Tony Eslin y del sheriff Squire. Porque Joe sabe muy bien que el Chacal está a punto de liquidarlo, y que en este momento, ya es un muerto que todavía, por poco tiempo, respira.

-            Sal fuera, cabrón.

Joe Squire no tiene elección. Morir en el agua o en la orilla no es precisamente una alternativa interesante. Ha sido un imbécil, un perfecto imbécil, y ahora va a morir. Mira la cara de su asesino y avanza hacia él. Ken retrocede un par de pasos: quiere mantener una cierta distancia entre él y Squire.

 Cuando Joe ha salido del agua, Ken le dice:

-            Ahora date la vuelta y pon las manos detrás de la espalda. Voy a esposarte.

Joe se da cuenta sólo ahora, cuando del bolsillo de Ken salen las esposas: este hijo de puta debe haberlas cogido de su chaqueta, en la oficina. Joe se da la vuelta. Sólo tiene una posibilidad, y es ahora, cuando Ken esté detrás de él, se girará rápidamente y le saltará encima. Pero el muy cabrón estará alerta, le disparará y no fallará, eso es seguro, pero Squire sabe que no tiene otra oportunidad. Al menos, lo intentará.

 Ken está detrás de él. Joe siente el hierro cerrarse en torno a su muñeca derecha. Y entonces se gira bruscamente, intenta lanzarse contra Ken, pero el rodillazo en los cojones y el golpe en el rostro con la culata del fusil lo obligan a bajar la cresta. Una violenta patada lo hace caer y, antes de que Joe se encuentre en condiciones de reaccionar, está en el suelo, boca abajo, la cara cubierta de polvo, esposado.

-            ¡Pedazo de cabrón!  ¿Creías que ibas a dármela?  ¡Pobre imbécil!

Una violenta patada en el culo acompaña las palabras de Ken.

 Joe respira con dificultad. Los cojones le duelen una barbaridad y le sale sangre de la nariz.

 Ken mira al sheriff tumbado en el polvo y ríe. Lo ha jodido bien. Y mientras lo piensa, observa el culo de su próxima víctima. Tiene un culo hermoso, el sheriff Squire. Y Ken lo va a disfrutar. Este imbécil, eso está claro, no podrá evitarlo.

 Squire está recuperando el aliento. Se dice que Ken lo va a matar y que, antes de que los otros puedan reemprender la persecución, este hijo de puta habrá alcanzado la frontera mexicana.

-            ¡Arriba, cabrón!

El sheriff obedece. ¿Qué más da, morir tumbado o en pie?  Ken le escupe en la cara. Squire lo mira sin abrir la boca.

-            Me vas a hacer compañía, mientras espero que mi caballo recupere fuerzas. ¡Cabrón!

Sobre el tipo de compañía que desea Ken, no puede haber dudas: se ha desabrochado el cinturón y se ha bajado los pantalones, sacando a la luz la polla más hermosa que Squire haya visto jamás. El sheriff sabe muy bien que Ken ha violado a su ayudante hace cuatro días. Aunque “violado” no sea tal vez la palabra adecuada. Tony Eslin no debe haber opuesto mucha resistencia, no había señales de lucha, ni hematomas o heridas en el cuerpo del joven, que además la tenía totalmente dura.  

 Tampoco Joe Squire opondrá resistencia, y no porque, en cualquier caso, no pueda evitar tomar esa verga por el culo. El motivo es otro: antes de expirar, no es ningún tormento para él hacer los honores, una vez más, a la polla de un macho hermoso. Y el hecho de que sea la polla de su asesino no le desagrada. Si un hombre debe joderlo, cobrarse su piel, entonces le parece apropiado que lo joda también por el culo o por la boca: servicio completo. Joe Squire no es un cobarde, siempre ha sabido que un sheriff del Oeste, por muy buen tirador que sea, antes o después termina con la barriga llena de plomo. Este hombre lo ha abatido y es justo que ahora haga con su cuerpo derrotado lo que quiera, antes de arrancarle la vida. Si hubiera sido al contrario, él hubiera hecho lo mismo, pero visto que ya no queda nada por hacer, ¿por qué no gozar por última vez?

 Sin esperar la orden, Squire se arrodilla ante el Chacal y acerca la cabeza a este pollón formidable. Siente el olor, intenso: el Chacal no debe ser uno de esos que se lavan a menudo, es más o menos como todos los hombres de estos lugares, y en cualquier caso, después de cuatro días a caballo por el desierto, ningún tipo podría mantenerse limpio. Pero a Squire esto le gusta, le gusta sentir esta mezcla de orina y sudor que ahora le satura la nariz. Querría retraer delicadamente la piel que cubre el capullo, pero no lo puede hacer con las manos esposadas a su espalda. Abre la boca y acoge la verga, comienza a lamerla, mientras Ken le apunta la pistola a la sien: quiere estar seguro de que Joe no le haga el menor rasguño con los dientes.

 Sus labios envuelven el capullo y, a medida que la polla se hincha de sangre y se alarga, Squire puede saborear el gusto fuerte del calostro que va acumulándose bajo la piel, esa mezcla de semen y orina que enloquece sus sentidos. Squire está contento de poder mamar la verga de su asesino y espera igualmente la ocasión de poder sentirla dentro de su culo.

 Ken siente una oleada de placer que lo envuelve por completo. La mamada del sheriff es magnífica, mucho mejor que la de su ayudante, se nota que sabe lo que hace, que tiene experiencia. Y está claro que mamar pollas es algo que le gusta a este maricón: la suya propia se le está poniendo dura.

-            Eres una perra, sheriff. Una perra en celo.

Squire no dice nada. El Chacal dice la verdad. Joe lo sabe muy bien. Continúa succionando la verga, degustando cada pliegue de la piel, lamiendo la superficie, metiéndose el capullo en la boca, soltándolo después. Siente la tensión crecer en su vientre, su propia polla endurecerse. ¿Se correrá una última vez, antes de cascar?

 Es extraño, pero la idea de que este hombre lo va a matar no disminuye su excitación, parece incluso aumentarla. Joe se pregunta si le disparará en la frente en el momento en que se corra en su boca o si se divertirá usándolo como diana después de haberlo jodido por la boca y puede que incluso por el culo. Y cuando piensa en esto la polla se le pone aún más dura.

 Ken quiere encular al sheriff. Pero quiere también follarlo por la boca. Hará las dos cosas. Si los otros hombres no están con Squire, es porque no han podido cambiar los caballos y por tanto tardarán bastante en llegar hasta allí.

 Ken coloca una mano tras la nuca de Squire y comienza a follarlo por la boca con energía.  Cada vez que la verga de Ken empala su boca, a Squire le falta la respiración. Ken mueve el culo cada vez con más rapidez, embistiendo cada vez más a fondo, hasta que el sheriff siente los pelos de la verga de su asesino apretados contra sus labios, el capullo traspasar su garganta, y se sofoca. El chorro que estalla le llena toda la boca y desciende por la garganta. Squire tose, siente que parte del calostro le fluye por el mentón, tose de nuevo. Ken retrocede y Squire saborea el semen que tiene todavía en la lengua. ¿Le disparará, el Chacal, ahora?  Joe Squire está a punto de correrse y si este hijo de puta le disparase ahora, para él perfecto, sería una hermosa muerte, con todo el calostro de su asesino en la boca.

-            Límpiala  bien.

Joe succiona ávidamente las últimas gotas de calostro, lamiendo el capullo. Después, Ken se echa hacia atrás. Lo observa, sonriendo.

-            ¡Menuda perra estás hecha, sheriff!  Esa morcilla que tienes entre las piernas no es propia de ti.

Apunta la pistola hacia la verga del sheriff, dura como una piedra. Joe Squire deglute y mira fijamente a su asesino. Respira fuerte, sin decir nada. En esto no había pensado, pero que Ken se divirtiese un poco con él antes de liquidarlo, de algún modo se lo esperaba.

 Ken ríe.

-            Después, perra, después. Después de que te dé por el culo.

Ken aparta la pistola, después bebe de la cantimplora y la vuelve a llenar. Observa la cara de Squire, la sangre que le fluye de la nariz, el calostro que le fluye por el mentón. El sheriff no baja los ojos. Tiene cojones, este hijo de puta, Ken tiene que reconocerlo, pero morirá sin ellos. Ken lo golpea con un puñetazo en el vientre, dos veces. Joe se dobla, y Ken lo empuja a tierra. Está encima de él. Le golpea la cara contra el suelo, varias veces. ¡Este hijo de la gran puta, que llevaba cuatro días tras su rastro, que quería ahorcarlo!

 Y mientras está tendido sobre el cuerpo de Joe Squire y le aprieta la cabeza contra el suelo, se da cuenta de que se le está poniendo dura. Entonces agarra al sheriff por el pelo y lo obliga a levantarse. Tiene la cara llena de polvo y de sangre. Ken vuelve a reír, después arrastra a Squire hasta una roca y lo obliga a tenderse, el culo en alto.

 Lo deja allí. Termina de desnudarse, después coge el sombrero y se inclina sobre la charca. Llena el sombrero de agua y la derrama sobre su cabeza. El agua desciende por la cara, después le baña el torso y desciende por el vientre, Ken suspira de placer al sentir el frescor. Repite la operación. Es una maravilla.

 Pero ahora es el momento de darle lo suyo a este sheriff cabrón. Tiene ganas de llenarlo de plomo. Pero primero, por el culo.

 Ken toma la pistola y se aproxima al sheriff, que ha vuelto la cabeza y lo está mirando. Al verle la cara, tan sucia, Ken vuelve a reír. Se acerca más. Observa ese hermoso culo peludo que se le ofrece. No está nada mal. Ya tenía ganas de otro buen culo, después de cuatro días de ayuno: la mamada ha sido sólo un entrante. El sheriff y el ayudante del sheriff, servicio completo. Jodidos y liquidados.

 Ken coloca la pistola contra el agujero del culo y la va introduciendo.

 Joe siente aquella dureza: se da cuenta de que no es la polla de Ken lo que le está entrando en el culo. ¿Va el Chacal a dispararle en el culo y después joderlo mientras agoniza?  No lo sabe, pero la sensación del cañón del revólver penetrándole el culo no es desagradable, aunque sea dolorosa.

-            Podría dispararte ahora, perra.

El sheriff no reacciona.

Ken extrae la pistola. La tiene durísima, ahora.

-            Pero antes voy a ponerte contenta, voy a hacerte saborear mi verga también por aquí atrás.

 Entra con una única y violenta embestida, que sacude al sheriff como un temblor de tierra. Empuja hasta el fondo, después retrocede y avanza de nuevo.

 Ken tiene una verga de caballo y a Squire le gusta sentirla en su culo, a pesar del dolor que este arma le produce. Es la última vez que lo enculan y está muy bien que el que lo haga sea un semental como este, que le hace estremecerse con un dolor y un placer intenso. Squire siente que su polla, que antes se le había aflojado, vuelve a ponérsele dura.

 Ken continúa embistiendo y Joe emite una serie de gruñidos que acompañan las embestidas. Sabe que en poco tiempo se va a correr. No podría desear otra cosa, en este momento. Correrse por última vez, con la polla de su asesino en el culo.

 Ken le apunta con la pistola en la nuca. Siente la tensión en el cuerpo de Squire. Sonríe. ¿Le dispara ahora y termina de follarlo después de muerto, como hizo con su ayudante?  ¿O le dispara después, y continúa divirtiéndose un poco más?

 El placer estalla, mientras empuja. Squire gruñe más fuerte y Ken siente que la tensión dentro de él explota. El placer sale de sus cojones y se desborda en el culo del sheriff, mientras Ken da las últimas embestidas, vigorosas. Después se apoya en la espalda de Squire, y cierra los ojos. ¡Qué magnífica follada!

 Squire siente la descarga en el culo y al mismo tiempo la tensión en su polla se vuelve intolerable y se derrama en un chorro violento de semen. El placer lo sacude por completo y Joe gime, sin importarle lo que piense Ken, que de todas formas lo va a matar. Lo único que cuenta ahora es este placer que lo sacude. Si casca en este mismo momento, perfecto.

 Ken extrae la polla y se levanta. La polla está sucia. Sangre, calostro, un poco de mierda.

-            ¡Límpiamela, perra!

Joe se levanta, se da la vuelta y mira la polla de Ken. Vacila. Pero quiere hacerlo. Quiere sentir una vez más esta magnífica verga en la boca. En cuanto a la mierda, le importa poco, de todas formas está a punto de morir.

 Se arrodilla y toma con la boca la verga que le ha destrozado el culo. Lame y limpia, con devoción.

 Ken le coloca una mano en la cabeza y le dice:

-            Quédate así, cabrón.

Con la otra mano empuña la pistola, que le aprieta en la frente.

Joe piensa que el Chacal quiere dispararle ahora y le parece perfecto. Espera.

 Pasa un buen rato.

 El chorro de orina que le llena la boca le coge por sorpresa. Bebe, intentando ingerir el líquido, pero un poco le fluye por el mentón, mezclándose con el calostro.

 Ken vacía la vejiga. Es hermoso mear en la boca del sheriff. Este hijo de puta que quería joderlo y en cambio ha sido jodido, por el culo y por la boca, y que ahora va a cascar.

-            En pie, sheriff. Contra la pared. Hora de estirar la pata.

Joe se levanta. Tiene en la boca el gusto de la meada de Ken. Apoya la espalda contra la pared rocosa, que se levanta vertical.

 Ken lo mira y sonríe. Esta maricona los tiene bien puestos.

 Ken dispara, a la barriga. Joe emite un gemido, mientras un chorro de sangre sale de la herida, por encima del ombligo, y salpica la tierra. Se dobla un poco, pero se endereza rápido. No dice nada. Ken asiente.

 El segundo disparo alcanza más bajo, y perfora la vejiga. Sangre y orina fluyen a la vez. Joe emite un sonido distinto, un gruñido ahogado. Permanece en pie, apoyado en la pared, pero es evidente que se sostiene con dificultad. Si no fuese por la pared de piedra en la que se apoya, ya hubiera caído a tierra. Ken sonríe.

-            Eres una perra, sheriff. Las perras no tienen polla ni cojones.

Son tres disparos, en rápida sucesión. El dolor que explota en la polla y en los cojones de Joe le afloja las rodillas, lo hace caer a tierra, en el polvo, lo hace gritar, una serie de gritos descompuestos, violentos como el dolor que le incendia el vientre. Se retuerce.

 Ken ríe. Le gusta ver al sheriff agonizando. Se aproxima. Le da la vuelta sobre la barriga, haciéndolo gritar de nuevo. Le enfila el cañón del revólver por el culo. No es la primera vez que mata así. Le gusta.

-            A ver qué te parece esta última polla, sheriff de los cojones.

Tres disparos. Al primero Joe grita y se estremece. El segundo disparo cancela el mundo para él y el cuerpo apenas se mueve. El tercero, el sheriff ya no lo siente.

 

 Ken observa el cadáver. Es el primer sheriff que ha matado. No será el último.

 El Chacal se viste de prisa. Coge su silla de montar y la coloca sobre el caballo del sheriff. Después espolea al animal y se aleja galopando.

 

 Cuando los hombres del sheriff y el cazador de recompensas llegan a las proximidades de la charca, son los buitres los que les anuncian lo que ha sucedido. Las aves carroñeras han comenzado apenas a cebarse en el cuerpo, ahondando sus picos en el vientre y sacándole los ojos. El estrago que ha causado Ken es ahora bien visible.

 Los hombres observan, consternados, el cadáver. Maldicen al Chacal, pero en este momento ese hijo de puta ya debe haber alcanzado la frontera de México.

 Dan asiente. Antes o después, cazará a ese cabrón.

 

 

Autor original italiano: Ferdinando

Traducción castellana-española: Carlos Hidalgo

 

 

 

 

 

 

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