KEN EL CHACAL III – Partida para dos En el saloon de Santa Teresa, Ken está jugando a las cartas. Le gusta el
póker, le ha gustado siempre, y ahora que tiene un montón de dinero, no
desaprovecha ninguna ocasión para divertirse. Con el dinero que le ha dado el
viejo Morrison por liquidar a Philip Mc Cain, tiene para gozar de la vida
durante mucho tiempo. Lo que es seguro es que no se lo va a ventilar en la
mesa de juego, ya que su habilidad con las cartas le lleva a ganar más veces
de las que pierde: para él es una diversión y sabe muy bien cuándo es el
momento de plantarse. Ha llegado a
la pequeña ciudad el día anterior. Ya hace dos meses que va de un lado a
otro: por seguridad ha salido de California y se desplaza cada poco tiempo,
de modo que para los Mc Cain sea imposible seguirle el rastro. Un rastro que
deben haberle perdido hace tiempo, y ahora lo más seguro es que estén echando
humo de rabia. Lleva una
hora jugando y la suerte, esta vez, no está de su parte. Ken es desconfiado
por naturaleza y, con disimulada cautela, sigue con atención los movimientos
de las manos de su adversario, que lleva tiempo ganando y embolsándose el
dinero de los otros jugadores, en particular el de Ken. Y de golpe se da
cuenta de que el muy hijo de puta se está metiendo una carta en la manga. -
¡Eh, tú! ¿Qué coño estás haciendo? Una mueca de
rabia aparece en la cara del hombre, que con un movimiento brusco se lleva la
mano a la pistola. Pero Ken es mucho más rápido: antes de que su adversario
consiga sacar el arma, Ken dispara, bajo la mesa. El hombre se lleva las
manos al vientre y se desploma al suelo con un gruñido. Por un
momento en la sala se crea un silencio irreal, roto tan sólo por los lamentos
y maldiciones del hombre que agoniza, después se arma la de Dios es Cristo. Ken
mantiene la sangre fría, pero sabe muy bien que va a ser muy difícil salir de
la mierda en que se ha metido: es un forastero en una ciudad en la que no
conoce a nadie y ha matado a uno de los suyos. Ha sido el otro el que primero
se ha llevado la mano a la pistola, pero de todos modos esto pinta muy mal. Intentar
escapar es inútil: el saloon está a rebosar, hay muchos hombres armados, que
ya lo están rodeando, y él está solo. Si todavía no le han puesto las manos
encima es sólo porque tiene la pistola, y han visto que dispara rápido, pero
antes o después alguno podría dispararle por la espalda. Mejor no cagarla. Ken devuelve
la pistola a la funda y dice, con calma: -
Llamad al sheriff. Habéis visto
todos que este hombre intentó sacar la pistola primero. El sheriff y su ayudante llegan rápido, alguno ha
debido salir corriendo para llamarlos. Mientras tanto, este pendejo tramposo
ha dejado de lamentarse y seguramente ya de vivir: está inmóvil en un charco
de sangre, los ojos abiertos de par en par, clavados en el vacío. Nada que
pueda mejorar la situación de Ken. Todos hablan
dando voces. Ken permanece impasible. -
Sheriff, este hombre estaba
haciendo trampas, y cuando le he pedido explicaciones ha echado mano al
revólver para matarme. He disparado en defensa propia. Muchos
intervienen, pero las voces que Ken puede escuchar en medio del alboroto no
le son favorables. -
Joe en ningún momento sacó la
pistola, mire sheriff, está todavía en la funda. -
Este hijo de puta estaba
perdiendo, empezó a protestar y le ha disparado al pobre Joe. El sheriff es un hombre de unos
cuarenta años, bastante alto, aunque no tanto como Ken, y robusto. -
Dame el cinturón con las armas.
Ken podría intentar liquidar al sheriff y a su ayudante: tal vez lo
haga, aunque se dice que el sheriff Squire es uno de los mejores tiradores
del Oeste. Pero sabe que no le serviría de nada: no saldría vivo del saloon.
Se despoja del cinturón y se lo entrega al sheriff, repitiendo: -
Quería matarme. El sheriff no dice nada. Lo lleva a su oficina, lo
mete en la celda, y lo deja encerrado. Ken repite que el tipo quiso sacar la
pistola cuando él descubrió que estaba haciendo trampas, pero Squire se
limita a decirle que será el juez quien decidirá lo que ha sucedido. El juicio
tiene lugar esa misma tarde y es sumarísimo: en el Oeste la justicia es
rápida. Joe Forrest, el muerto, era uno del pueblo y para sus amigos Ken es
el único responsable de lo que ha sucedido. Todos saben que Joe hacía trampas
con los forasteros, pero los testigos, entre los que están los cómplices de
Forrest, sostienen que Joe no hizo nada irregular y que fue el forastero el
que sacó la pistola. ¿Quién podría decir otra cosa, teniendo en cuenta que el
juez se llama Paul Forrest y es el hermano del muerto? La sentencia
se declara rápidamente: Ken será ahorcado al día siguiente. Ken intenta hacer
valer sus razones, pero renuncia
pronto. Ken está de
nuevo en la celda, donde transcurrirá su última noche. Todo esto sería
ridículo, si no fuese porque mañana al amanecer lo van a ahorcar. Ha
conseguido escapar de los Mc Cain y ahora lo van a liquidar por haber matado
a un tramposo en defensa propia. Queda
todavía un toque dramático, que agravaría más la situación en la que se
encuentra Ken, si pudiera ser más grave aún de lo que ya es. El sheriff busca
entre sus papeles y finalmente encuentra lo que tenía en mente: el cartel de
“Se Busca” con la recompensa por la cabeza de Ken. ¡Le parecía haber visto
antes esta cara! Ken no sabía que
hubieran puesto en circulación todos esos carteles, pero no le sorprende que
los Mc Cain hayan ofrecido una recompensa por su cabeza. “Se busca vivo o
muerto”: en esos carteles hay, implícita, una condena a muerte. En este
momento hay dos. Para él viene a ser lo mismo. Al caer la
noche, Squire se va a su casa. En la oficina del sheriff, vigilando la celda,
se queda de guardia su ayudante, Tony Eslin, que es un hombre joven: no debe
tener más de veinte años. Ken se dice que la única, remota posibilidad de
salvar el pellejo es engatusar al ayudante, atraparlo y obligarlo a abrir la
celda. ¿Pero cómo? Ken está desarmado
y el ayudante de Squire no se dejará engañar tan fácilmente. Tiene que
ocurrírsele alguna idea, rápidamente. Tony se
aburre y le pregunta a Ken cómo es posible que hayan puesto un precio tan
alto a su cabeza. Ken le cuenta una historia, mitad verdadera y mitad falsa:
dice que ha matado a un tipo que había violado a su hermana. No le dice lo que
le ha hecho él a Philip Mc Cain. Tony le
propone una partida de póker, pero no abre la celda: coloca una pequeña mesa
ante los barrotes, de este modo Ken podrá jugar con él sin necesidad de salir
de su prisión. Mientras
juegan, charlan un poco. Ken intenta distraer a Tony, pero éste se mantiene a
una prudente distancia. Es verdad
que, con un movimiento brusco, Ken podría agarrarlo por el cuello cuando Tony
esté inclinado sobre la mesa, pero antes de que Ken consiguiera
estrangularlo, el ayudante del sheriff tendría tiempo suficiente para sacar
la pistola y llenarle la barriga de plomo. Tal vez sería mejor terminar así,
antes que en la horca. Juegan
durante una hora, después los dos están cansados. No pueden jugar con dinero,
pues el que Ken llevaba le ha sido confiscado, a pesar de sus protestas.
Servirá como indemnización para la familia del muerto. Es tarde.
Tony está sentado en la silla y en breves momentos empezará a adormilarse.
Pero Ken no puede agarrarlo de ningún modo. Queda una última carta por jugar.
Una posibilidad entre cien, pero no tiene otra a su disposición. En esta
pequeña ciudad de frontera las mujeres escasean. Ken se
despoja de la camisa. -
Hace un calor del infierno, en
este pueblo de mierda. Tony responde, con una risa socarrona: -
Tranquilo, hombre, mañana ya no
tendrás calor. Te vamos a meter en un agujero fresquito, a tres pies bajo
tierra. Ken sacude la cabeza. -
¡Gilipollas! Mientras tanto, se sienta en el banco de la celda y se despoja también
de las botas. -
¡Eh! ¿qué estás haciendo? ¿Acaso piensas que voy a traerte la tinaja
para el baño? -
Hace un calor del demonio para
tener toda esta ropa encima. Tony Eslin observa al prisionero.
El tipo no está nada mal. El ayudante del sheriff tiene una idea en la
cabeza. Tony se folla con frecuencia al sheriff Squire, que es una verdadera
perra en celo. No le importaría follarse también a este tipo. Además, de un
tiempo a esta parte, se dice que tampoco le importaría probar lo que al
sheriff tanto le gusta. A este hombre lo van a ahorcar mañana, no tendrá
tiempo de ir contándolo por ahí. Y aunque se lo contase al sheriff, ¿qué coño
importaría? Al sheriff le encanta
poner el culo. Seguro que no se va a escandalizar. El prisionero se baja los
calzoncillos. Tiene un pollón de caballo, este cabrón. -
Ah, así está mejor. El tipo está sentado en el banco, vuelto hacia él. Lentamente se pasa
una mano por el vientre y después la baja hasta la polla. Tony tiene la
garganta seca. Observa la mano que acaricia el órgano, que va llenándose de
sangre y comienza a levantarse. -
Ah, ah, quiero correrme ahora,
antes de la última corrida de mañana. Tony se ha aproximado a la celda, como si el prisionero lo hubiese
llamado. Se queda allí, como hipnotizado. No consigue apartar la mirada. El prisionero ríe, y le dice: -
¿No está mal, verdad? Tony aparenta recomponerse, se encoge de hombros, pero sabe que su gesto
no es muy convincente. Tampoco le importa gran cosa. Se le hace la boca agua
con la sola visión de aquella magnífica verga. Pero de este tipo es mejor no
fiarse. -
¿Te gustaría probarla? Tony levanta los ojos, mira a otra parte. Le gustaría partirle la cara a
este hijo de puta que le lee el pensamiento, pero antes, tiene que admitirlo,
le gustaría probar aquel suculento pedazo de carne. No ha visto una polla así
en toda su vida. Pero el prisionero es peligroso,
no hay que fiarse de este hijo de puta. Tony lo mira fijamente y le dice: -
No me fío de ti. Ken ríe. -
¿Tienes miedo de que te
estrangule? Puedes atarme. Ken une los brazos y le tiende las manos. Para colocarle las esposas,
Tony debería entrar en la celda, que de todas formas es lo que tiene pensado
hacer. A no ser que … -
Acércate. El prisionero obedece. -
Estira los brazos. El tipo obedece de nuevo, sin hablar, acercando las manos a los
barrotes. Tony pasa las esposas al otro lado de los barrotes y las cierra en
torno a las muñecas de Ken, que le dice: -
¿Estás más tranquilo, ahora? Vuelve a sentarse en el banco y se acaricia de nuevo la polla, sin decir
una palabra. El miembro está casi completamente empalmado ahora y a Tony le
parece que la cabeza le da vueltas. Abre la celda y entra. Observa al
hombre sentado a pocos pasos de él, que le sonríe con una suficiencia
arrogante. Tony le partiría la cara con mucho gusto. Quizás lo haga después:
le gustaría romperle algunos dientes. Para justificar los hematomas, dirá que
el prisionero intentó escapar. Ken aparta las manos, se pone en pie
y con una señal de la cabeza lo invita a la degustación. Tony se arrodilla
ante él. Abre la boca y se pasa la lengua por los labios. No ha probado nunca
una polla, y esta parece tan suculenta. Tony acerca la boca y envuelve el
capullo con los labios, después se lo traga. Le encanta este bocado de carne
dura y caliente. Mordisquea. -
Eh, cabrón, si muerdes se
afloja. Tony ríe. Puede hacer lo que quiera, pues el tipo está esposado, pero
ahora quiere saborear. Succiona un poco, pero la verga de este tío es
demasiado gruesa, y no es nada cómodo. Lo deja para otro momento y prefiere
ahora recorrerla con la lengua, desde el capullo a la base. Y se topa con los
cojones, gruesos, peludos. Quién sabe … -
¡Los huevos también, dale! Tony vacila un instante, pero quiere probar. Pasa la lengua. Tienen un
gusto diferente, salado. Los recorre por entero, se mete uno en la boca y
nota la tensión en Ken. ¿Tiene miedo de que se lo muerda? Podría ser una buena idea, pero no ahora, antes
quiere probarlo todo, después se divertirá un poco con este hijo de puta. Tony se introduce entre las
piernas de Ken, continúa chupando. Pasa al otro lado. Sus manos acarician el
culo de Ken. Le gusta. Le gusta ese culo peludo. Ideas extrañas le bullen en
la cabeza … -
Dale, chúpame el culo también.
¡Muérdelo, si quieres, date un buen gusto! ¡Está loco este tío! ¿Por quién
lo ha tomado este cabrón?
¿Chupárselo? ¡Ni que fuera un
chupamierda! Pero morderlo, ¿por qué
no? Hunde los dientes en la carne.
¡Magnífico! Muerde de nuevo, con fuerza.
Oye gemir a Ken. Muerde otra vez. Más y más veces. Le gusta, le gusta una
barbaridad. Se le ha puesto dura como una piedra. Podría darle por el culo al
prisionero, como hace siempre con el sheriff Squire, quizás lo haga, pero
después, ahora quiere probar cosas nuevas. Y los dientes continúan
hundiéndose en la carne hasta que, sin ni siquiera comprender cómo ha podido
suceder, Tony se da cuenta de que la lengua está recorriendo la raja hasta
llegar al agujero del culo. Es una sensación extraña, nueva,
y no es desagradable. A este cabrón que ahora gime de placer Tony le pateará
los cojones hasta reventárselos, de eso está seguro. Pero de momento su
lengua recorre nuevamente la raja y se demora, gustosa, en el agujero. Tony se da cuenta de que sus pantalones
están húmedos, manchados de lefa. Mejor desnudarse, quedarse en pelotas él
también, como este cabrón. Tony se levanta, se desnuda rápidamente y coloca
su ropa sobre un taburete, al otro lado de los barrotes. Se da la vuelta y ve
a Ken que lo mira fijamente, la polla enorme y tiesa, el capullo que parece
incandescente. A Tony le parece que un par de manos lo fuerzan a colocarse de
rodillas ante el prisionero, al tiempo que abre la boca y acoge nuevamente
aquel magnífico bocado. Olfatea el calostro que cubre el capullo. Tony pasa
la lengua y hace los honores al néctar. Es la primera vez que siente aquel
gusto en la boca. Sus manos se aferran al culo del
hombre y su boca succiona, veloz, casi frenética, el capullo. -
Si quieres probarlo por los dos
lados, es mejor que te des la vuelta ya: si sigues un poco más, me corro en
tu boca. Tony tiene la impresión de que le faltara el aire. Se dice que este
cabrón está loco, pero el agujero del culo se le contrae. Querría partirle la
cara a este mierda, a este hijo de puta, que sabe muy bien lo que él está
deseando. Quizás lo haga ahora mismo, partirle los dientes y reventarle los
cojones a patadas. Después sería él quien se la metiera por el culo, pues el
tipo, esposado, no podría defenderse. Podría hacerlo en este momento, pero
Tony sabe muy bien que ahora es otra cosa lo que pide su cuerpo. Luego, luego
le dará una buena lección. Mañana, este cabrón saldrá cojeando de la celda
hacia la horca. Tony se da la vuelta y se coloca
en posición, a cuatro patas, como hace el sheriff Squire cuando él lo monta. -
¡Métemela, cerdo! Es lo que le dice el sheriff y Tony ha repetido la frase sin pensar. Tony se estremece cuando la polla le acaricia el agujero. Siente de
nuevo que le falta el aire. Siente humedad en el culo. El prisionero debe
haberle escupido en el agujero y ahora le pasa los dedos para lubrificar la
entrada. Tony cierra los ojos y espera,
como un condenado a muerte. Su mente querría retardar el momento en el que
este hombre lo enculará, pero su cuerpo se estremece en la espera,
impaciente. Tony siente el pollón formidable
que presiona contra el agujero de su culo y después, lentamente, se va
hundiendo dentro de él. Gime, mientras Ken gruñe. -
¡Cerdo! Tony ha cerrado los ojos, sobrepasado por unas sensaciones demasiado
fuertes para poder mirarlas, en su mente, cara a cara: sólo existe este
pollón que, inmenso y terrible, lo está ensartando. El dolor es intenso, pero
el placer es incluso más fuerte. El pollón se abre camino, añadiendo dolor a
dolor, placer a placer, hasta que a Tony le parece que ya no puede soportar
más las sensaciones que lo traspasan. Querría gritar “¡basta!”, pero su boca
emite tan sólo un sonido inarticulado. Abre los ojos y mira los barrotes de
la celda ante él, después una embestida muy fuerte lo obliga a cerrarlos de
nuevo. Aunque los tuviese abiertos, no
podría ver a Ken que, a su espalda, está metiendo el cinturón en la hebilla, sin
bloquearla, mientras retrae el pollón y de nuevo lo hunde en su culo. Ken ha
formado con el cinturón un anillo de cuero que con velocidad de relámpago
ciñe en torno al cuello de Tony, cortándole completamente la respiración,
comprimiéndole la aorta. Tony apenas tiene tiempo de
sentir el violento dolor, pero antes de que tenga tiempo de comprender o
reaccionar, un pie de Ken le bloquea el torso, mientras las manos tiran del
cinturón hasta estrangularlo. Todo ha terminado en un instante. Tony está muerto, un cadáver con
la boca abierta de par en par, el cuello estrechado hasta el límite por el
cinturón y la polla dura hasta reventar, de la que ahora fluye un poco de
calostro. Ken lo observa y ríe. Debe darse
prisa, mucha prisa, pero ahora tiene la verga dura y antes de escapar quiere
joder. Sin ni siquiera quitarse las
esposas, empuja el cadáver contra el suelo, boca abajo, después enfila
nuevamente el pollón en el culo del muerto y, con un par de embestidas
vigorosas, se corre, llenando el culo de Tony de su calostro. Sonríe. La
verdad es que tenía necesidad de vaciar los cojones, hacía semanas que no
follaba. Ken extrae el pollón del culo del
muerto. Sale de la celda, busca en los bolsillos de la chaqueta de Tony la
llave de las esposas y libera las manos. Después se limpia la verga con la
camisa de Tony, pues al muerto ya no le va a servir. Se viste deprisa. Del armario
recupera la bolsa con su dinero y las pistolas, después busca todo aquello
que pueda servirle en su fuga. No hay mucho que llevarse de la oficina del
sheriff. Observa el cadáver de Tony,
espatarrado en el suelo de la celda. Ríe. Se acerca, se saca la verga y se
pone a mear encima de él. Ríe de nuevo. Pistola en mano, sale. Es noche
profunda. El establo donde han llevado a su caballo está al lado de la
oficina. Ken enfunda la pistola y coge el cuchillo. Fuerza una ventana y
entra en el establo. Dentro hay un hombre que duerme en la paja y, al sentir
el ruido, se desvela. Antes de que le dé tiempo a dar la voz de alarma, Ken
le ha cortado la garganta. Toma su caballo, lo ensilla,
dispone sus cosas y abre la puerta del establo. Saca fuera al animal y vuelve
a cerrar la puerta. Después monta en la silla y
desaparece en el silencio de la noche. Autor original italiano: Ferdinando Traducción castellana-española: Carlos Hidalgo |