KEN EL CHACAL

 

II – Diez mil dólares – Una venganza

 

 

Ken se fuma el cigarro en la puerta de su cabaña. Es ya casi de noche y el sol ha desaparecido al otro lado de las colinas, pero incendia todavía las nubes más altas, empujadas por un viento impetuoso.

 El paisaje de montes y bosques es espectacular, pero Ken está hasta los cojones. No está hecho para esta vida. Su carrera como buscador de oro ha terminado. Lleva seis meses aquí, seis meses de mierda. El dinero que tenía lo ha gastado en un año de vida cómoda, después se le metió en la cabeza enriquecerse con el oro de California, pero lo único que ha hecho es el gilipollas. Ha sacado apenas para sobrevivir en este agujero del culo del mundo.

 El viejo que desciende hacia su cabaña es Ted Morrison. ¿Qué coño viene a hacer aquí?  Son sólo vecinos, no tienen amistad. ¿Tendrá necesidad de algo? 

 De golpe, Ken intuye: el menor de los Mc Cain ha violado a la hija de Ted y este viejo imbécil ha jurado venganza. De ninguna manera puede esperar vengarse de un Mc Cain, pues esos tipos son los dueños absolutos de todo el valle. ¿Es posible que esté acudiendo a él porque sabe que Ken es un buen tirador? Lo saben todos, a lo largo de Fir River, que Ken dispara rápido y con precisión: lo han visto cuando aquel tipo de San Pedro intentó robarle y antes de darle tiempo a apretar el gatillo ya tenía dos balas en el corazón. Pero Ken no tiene ninguna intención de enfrentarse a los Mc Cain y a todos sus hombres. ¡No está cansado, ni mucho menos, de vivir!

 El viejo está ante él. Ken le hace una señal para que se siente, sin hablar. Por estos lugares la saliva no se desperdicia.

 Ted Morrison no se anda con rodeos, tampoco él desperdicia saliva.

-            Sólo tú puedes hacerlo, Ken.

 Tiene los ojos húmedos. Ken mira a otra parte. Lo que faltaba ya es que este viejo tocapelotas se ponga a llorar ahora.

-            Estás como una chota, viejo. Si descubren que has estado aquí, los Mc Cain me hacen picadillo, sin ni siquiera dejarle tiempo al sheriff para que me ponga la soga al cuello. Y por supuesto, a ti te dejan seco también.

-            No te preocupes por mí, ¿qué motivo tengo ya para vivir? Tú puedes irte. Desaparecer.

Ken sacude la cabeza.

-            ¿Y quién me obliga a eso?, ¿qué gano yo?

 El viejo sonríe. Ken se da cuenta de que Morrison tiene una buena carta en la manga. Si es así, tal vez también a Ken le convenga jugar esa carta. Pero sólo si es una carta que merezca, verdaderamente, la pena. Total, en este bosque de los cojones, ¿qué coño se le ha perdido? ¿Qué más da un agujero del culo del mundo que otro?

-            Te doy más de lo que puedes ganar en toda tu vida aquí.

 Ken mira al viejo, perplejo. ¿Será verdad que ha encontrado un filón de oro, como muchos dicen? ¿O está tan sólo fanfarroneando?  Mejor averiguarlo y cerrar la partida.

-            ¿Cuánto?

 El viejo sonríe y dice:

-            Diez mil. Cinco mil de momento y el resto cuando hayas liquidado a ese hijo de puta.

¿Diez mil?  ¡Joder!  ¡Joder!  Más de cuanto Ken ha visto jamás en toda su vida. Más de cuanto verá jamás en este puto agujero del culo del mundo. Por ese dinero, vale la pena dejar seco a Philip Mc Cain y a cualquier otro bicho viviente.

 Por supuesto, si liquida a Philip Mc Cain, deberá desaparecer a toda prisa, sin dejar rastro. Pero con 10.000 dólares se llega muy lejos. ¿Cómo coño se las ha apañado el viejo en conseguir tanta pasta?

 Bah, ¿y a él qué le importa?  ¡Que lo jodan!

 Podría incluso quedarse con los cinco mil y poner pies en polvorosa sin hacer su trabajo, pero los otros cinco mil también le vienen muy bien, y al fin y al cabo, liquidar a Philip Mc Cain no es tan difícil, estos tipos son los dueños del valle y están convencidos de que nadie se atrevería jamás a ponerles un dedo encima.

 Ken le da una chupada al cigarro. Diez mil. ¡Joder!  ¡Diez mil!

-            Pero hay algo más.

-            ¿Qué más?

-            Tienes que metérsela por el culo, a ese hijo de puta. Cuando esté vivo todavía. Y después tienes que cortarle la polla.

 Ken asiente con la cabeza. Desde que enculó a aquel otro hijo de puta, Martin, hace año y medio ya, le ha cogido gusto y de vez en cuando, cuando se le presenta la ocasión, moja su porra en un buen culo caliente. No hay falta de culos disponibles en aquellos lugares, donde hay una mujer por cada diez hombres. Y enganchar con su porra a un hermoso macho como Philip Mc Cain será un verdadero placer.

-            De acuerdo. Y después lo liquido disparándole en el culo. ¿Te viene bien así?

 El viejo sonríe. También Ken sonríe. A tomar por culo esta vida de mierda. Ken Munroe está a punto de morir y un nuevo Ken va a nacer: Ken va a cambiar otra vez su “alias” y, sobre todo, su vida.

 

 

 

 

 Philip Mc Cain tiene veinticinco años y es un tipo hermoso. Es fuerte, como todos los Mc Cain, un novillo  impetuoso: hiperactivo, ve algo que le gusta y lo toma, sin más, sin ningún tipo de escrúpulos.

 Esta noche, está bajando al rancho de los Kuzmin, donde hay una fiesta, lo ha invitado Bob Kuzmin esta mañana. Habrá baile, y seguro que encuentra alguna chica para follar, seguramente estará esa pelirroja, la hija de Bob Olson. Philip sigue un atajo a través del bosque, es un camino poco frecuentado, pero cómodo para llegar hasta las granjas. Los Kuzmin viven en la llanura y con la carne y la leche de sus animales se alimentan los campamentos de los buscadores de oro.

 La luz es tenue, el sol ya se ha puesto y el bosque está inmerso en las sombras. Philip no ve la cuerda extendida entre los arbustos. El caballo tropieza y cae, arrastrando en su caída al jinete.

 Antes de que Philip pueda levantarse, Ken está encima de él. Lo inmoviliza arrodillándose sobre su cuerpo y le aprieta el cañón del revólver contra la nuca.

-            No intentes hacerte el listo, Mc Cain, o eres hombre muerto.

 Philip está atontado por la caída, le duele mucho un brazo y sus posibilidades de defenderse son nulas. No reacciona, está todavía intentando comprender qué coño está pasando. Ken lo está sacando las pistolas, que tira lejos de allí.

-            ¿Qué coño quieres, Munroe?

 Ken ríe y, en aquel bosque inmerso en la oscuridad,  Philip siente como si la risotada de Ken le lacerase la piel.

 Ken cachea a Philip, para comprobar que no tenga un cuchillo, después se alza, librando de su peso al prisionero. Philip se levanta del suelo, maldiciendo, y en aquel momento oye la voz de Ken:

-            Desnúdate.

 Philip mira fijamente, desconcertado, aturdido, al hombre que le está apuntando con dos pistolas. Sabe que Ken es un tirador excelente y por lo tanto refrena su lengua.

-            ¿Pero qué coño tienes en la cabeza?

-            Que te quites toda la ropa que llevas encima, si no quieres que te deje seco, eso es lo que tengo en la cabeza. Creo que sabes que, donde pongo el ojo, pongo la bala.

-            Ten cuidado, Munroe, me haces un solo rasguño, y mi padre y mis hermanos te cuelgan por los cojones de un árbol.

-            A tu padre y a tus hermanos me los paso por los huevos. Obedece, o te dejo seco.

 Philip vacila un instante, sin saber qué hacer, no comprende lo que está sucediendo. ¿Ken Munroe quiere robarle la ropa?  Si es así, podría dejar que se la llevara, ya le hará pagar por ella un buen precio cuando vuelva a encontrárselo, a este comemierda. Porque seguro que no se le escapa. ¿O quiere otra cosa?  ¿Qué coño quiere?

 Ken estira el brazo derecho, sin decir nada. Philip comprende: si no obedece, Ken le va a disparar.

 Philip se despoja de la chaqueta y de la camisa. Después se sienta y se saca las botas. Vacila un instante, pero Ken mantiene el brazo estirado, entonces Philip se desprende de los pantalones y los calzoncillos, quedando desnudo ante él. El brazo de Ken regresa a su posición anterior.

-            Así está bien. Ahora túmbate sobre la barriga y abre bien las piernas.

 Philip intuye.

-            ¡Estás loco, Munroe!

-            Es posible, pero si no obedeces rápido, te balaceo la barriga. Y después te follo igual.

 Philip se plantea arrojarse sobre Ken, intentando desarmarlo, pero el hijo de puta tiene dos pistolas y una puntería excelente. Mc Cain tiene dos opciones: un ataque suicida u obedecer y dejar que Ken se la clave en el culo, pues eso es lo que aquel cabrón quiere hacer. El viejo Morrison le debe haber pagado para esto.

 Está bien, mejor en el culo. Por un instante Philip se pregunta si este cabrón de Munroe no querrá liquidarlo después de haberlo jodido. Pero no puede ser, le habría matado ya, rápidamente. Y si lo matara, sus hermanos y su padre lo vengarían. Pero la duda permanece: en cualquier caso Munroe sabe muy bien que los suyos querrán vengarse.

 Ken extiende de nuevo el brazo:

 Philip murmura, resoplando:

-            Maldito hijo de puta.

 Se da la vuelta y se tiende sobre la barriga, separando bien las piernas. Cuando tenga a aquel hijo de puta encima de él, quizás intente arrancarle de la mano aquella jodida pistola. Ken es fuerte, pero Philip también es robusto. Si tan sólo consiguiera apoderarse de la pistola …

 Ken se tiende sobre él y Philip siente la hoja de un cuchillo apretarle en la garganta. Este cabrón no quiere correr riesgos. Y tiene razón: si en algún momento Philip Mc Cain consigue ponerle las manos encima, Ken Munroe es hombre muerto, pero antes de morir tendrá mucho tiempo para arrepentirse de haber nacido.

 Contra el culo, Philip siente la polla de Ken, dura y caliente. En poco tiempo la tendrá dentro. El cuerpo de Philip rechaza la afrenta inminente, e instintivamente se cierra. Pero Ken empuja con decisión y fuerza la apertura. El dolor es violento, más de lo que Philip hubiera imaginado. Philip cierra los ojos y sofoca un grito, pero la polla de Ken penetra más a fondo y Philip no consigue retener un segundo grito.

 Amenaza, entre dientes, con un silbido de serpiente:

-            Te mataré, hijo te puta, te mataré.

 No debería haberlo dicho, lo sabe. Ken podría matarlo para evitar su venganza. Pero el odio que sale de él contra aquel maldito hijo de puta es tan fuerte como el dolor que crece en su culo devastado, como la humillación de ser enculado.

 Ken ríe, una risotada feroz. Philip sabe, entonces, que su vida ha terminado, que será Ken quien lo mate a él. Si de todas formas tenía que cascar, hubiera sido mejor dejar que el tipo le disparase al instante, antes que dejarse encular por este cabrón, pero ya es demasiado tarde.

 El dolor se multiplica en Philip, le parece como si tuviera un palo en las vísceras, un palo que profundiza sin piedad y se retrae sólo para avanzar de nuevo, en un movimiento incesante.

 El placer se multiplica en Ken. Encular a un macho vigoroso es verdaderamente hermoso y este culo, tomado por la fuerza, le da incluso más satisfacción que los que se le ofrecen: este lo ha conquistado él, y lo goza a plenitud. Además, este culo vale diez mil dólares … ¡Recibir diez mil dólares por enganchar un magnífico culo que nunca antes había hecho los honores a una polla!  Es, verdaderamente, el mayor de los placeres. Por follarse un hermoso culo virgen como este, Ken estaría dispuesto a pagar y sin embargo le pagan por hacerlo, ¡y cómo le pagan!

 Ken sabe que el viejo está observando, y disfrutando, la escena, desde un lugar cercano. Quería asegurarse de que Ken mantendría su palabra. Ken no tiene motivo alguno para no cumplirla. Joder a Philip Mc Cain es una gran satisfacción.

 Ken empuja, con un movimiento incesante. Philip gime, a veces, después lo insulta.

-            ¡Hijo de puta!  Asqueroso, pervertido hijo de puta.

 Una embestida decidida le arranca un gemido más fuerte.

 Ken ríe.

-            Tienes un culo hermoso, Mc Cain. Hubiera sido un pecado que estirases la pata sin haber hecho los honores a una buena polla. Y esta que te está enculando es la mejor polla de toda California.

 Mc Cain no puede aguantar más, quiere liberarse de Ken, del pollón que le desgarra las vísceras, de la propia humillación. Da una violenta sacudida, intentando derribar a Ken, pero el cuerpo que aprieta contra el suyo, que cava en el suyo, es vigoroso y no se deja sacudir con facilidad. Philip siente el cuchillo que aprieta contra su garganta y rasga la piel. Un pequeño corte, superficial. Un hilo de sangre fluye de la herida.

-            ¿Qué coño quieres hacer, Mc Cain?  Esto está hecho, te la he clavado en el culo. Podría follarte hasta muerto, para mí es lo mismo.

-            ¡Hijo de puta!

 Mc Cain no puede repetir otra cosa, sí, sabe que está a punto de morir, y que no podrá vengarse. Lo harán su padre y sus hermanos. Lo cortarán en pedazos, a este hijo de puta.

-            Los míos te harán picadillo, Munroe. Te cortarán la polla y los cojones y te los meterán en la boca. Después te arrastrarán a lo largo y ancho del valle, para que todos puedan ver tu cadáver.

 Ken ríe, la rabia de Philip exalta su placer, que ahora sale, una oleada irresistible que desde los cojones se derrama en la polla y después desborda en el culo de Philip. Emite un sonido sordo, un gruñido sofocado, mientras continúa embistiendo frenéticamente.

 Philip siente el calor del calostro que le llena las vísceras. Repite aún:

-            Hijo de puta, jodido hijo de puta.

 Ken ríe de nuevo:

-            Tú eres el que estás jodido, Mc Cain.

 Ken está satisfecho. Ha sido, verdaderamente, una hermosa jodienda.

-            Y ahora pasemos a la segunda parte.

 Con un movimiento rápido, Ken levanta el culo y extrae la verga. Después se pone de rodillas, apretando una mano contra la espalda de Philip y, antes de que a Mc Cain le dé tiempo de moverse, suelta una cuchillada. El cuchillo se hunde entre las piernas de Mc Cain, justo por encima de los cojones. Es hermoso el ruido de la hoja que corta y lacera la carne, es una caricia áspera en la piel. La sangre brota, abundante. Al instante, la mano de Ken está roja hasta la muñeca.

 Philip grita, un grito terrible, mientras agita las piernas convulsivamente, abriéndolas y cerrándolas. También el grito de Philip es placentero, otra caricia áspera.

 Ken aprieta una mano contra la espalda de Mc Cain, para impedirle que se agite demasiado, y cuando el joven abre un poco las piernas clava el cuchillo de nuevo, moviéndolo a derecha e izquierda, ensanchando el tajo. Philip grita otra vez. ¡Joder, qué hermosura!

 Ken se levanta y con una patada vuelca a Philip sobre la espalda.

 El cuchillo ha cortado casi completamente los cojones, conectados apenas al cuerpo por una tira de piel. La polla tiene un corte amplio un poco por debajo de la raíz.

 Ken se inclina, lo agarra todo con la izquierda y con un único movimiento decidido de la derecha completa la faena, mientras la sangre fluye sin freno y el grito de Philip se convierte en aullido.

 Philip se retuerce,  se lleva las manos a la herida, embriagado de dolor, farfulla insultos. Ken lo observa agitarse y sonríe.

-            La polla y los cojones en la boca, decías, ¿eh?  Está bien. Vamos a hacerlo. Es una buena idea. Veamos cómo te sienta.

 Ken le mete a la fuerza, por la boca, su trofeo, sofocando el grito de Philip. Después le da la vuelta, lo inmoviliza de nuevo con una mano en la espalda, y le introduce el cañón de la pistola en el culo. Ken ve que hay sangre en torno al agujero, como hay en su propia polla, en sus manos. También un poco de calostro. Ken ha hecho un magnífico trabajo, el viejo puede estar contento. 

-            ¿Preparado, Philip?  Ahora vamos a terminar la tarea. ¿Qué te parece más duro, mi polla o el cañón de la pistola?  ¿Qué prefieres tener en el culo, eh?  ¿No puedes hablar?  Es una pena, me picaba la curiosidad, me quedará la duda …

 Mc Cain permanece, no obstante, lo suficientemente lúcido para comprender el último ultraje que le espera. Se agita un poco, pero ya no tiene más fuerzas.

 Ken dispara un tiro. El cuerpo sufre un estremecimiento desesperado, pero Ken lo bloquea. Dispara un segundo tiro. Apenas una leve sacudida. El tercer disparo es superfluo, pero Ken aprieta el gatillo. Cuando extrae la pistola, un chorro de sangre abundante sale de la apertura.

 Ted Morrison sale de las sombras.

-            Has cumplido tu palabra, Ken. ¡Bravo!

 Observa el cadáver de Philip, le da la vuelta con un pie. Después se abre los pantalones, se saca la polla, y comienza a mear en la cara del muerto.

 Ken se está limpiando la polla y las manos con la camisa del muerto. Cuando ha terminado, también él mea sobre el cuerpo de Philip. Después se vuelve hacia el viejo:

-            He cumplido con mi parte, como estaba pactado.

 Ted ha terminado de mear. Se mete la polla dentro y asiente. Saca de un bolsillo un envoltorio y se lo entrega a Ken.

-            Y yo cumplo con la mía. Aquí está lo que te debo.

 Ken echa un vistazo al paquete. Son dólares, muchos dólares. No los cuenta, se los mete directamente en el bolsillo: el viejo no tiene ningún motivo para engañarlo.

 Ken coge la soga y ata los pies de Philip Mc Cain. Después lanza el extremo de la cuerda por encima de la rama de un árbol y la agarra. Tira, levantando el cadáver boca abajo. Lo encontrarán así, con la polla y los cojones en la boca, el culo reventado, cubierto de sangre y calostro. Se sabrá que ha sido violado, castrado y liquidado disparándole en el culo. Será un golpe demoledor para todos los Mc Cain: es posible que bajen un poco la cresta, esos hijos de puta.

 Ken se vuelve hacia Ted:

-            Te conviene quitarte de la circulación, viejo.

 Ted sacude la cabeza.

-            Me importa un carajo lo que puedan hacerme. Quiero verles las caras cuando lo encuentren. Voy a esperarlos aquí.

-            Estás como una cabra, viejo. Te harán lo que yo le he hecho a él y peor incluso.

-            Quiero verles las caras, Ken. Después me pego un tiro.

 Ken se encoge de hombros. Que haga lo que le salga de los huevos. Él quiere conservar el pellejo. Se da la vuelta y se dirige hacia el caballo.

-            ¡Adiós, viejo!

-            Buena suerte, Ken. Gracias. Has hecho un buen trabajo.

 Ken se pone en marcha y espolea al caballo. Todo lo necesario para el viaje lo cargó ya en la silla cuando salió de su cabaña. Ahora lo mejor es poner la mayor distancia posible entre él y los Mc Cain. En cuanto al viejo, lo harán picadillo, pero si eso es lo que quiere, allá que lo jodan.

 Él tiene ahora diez mil dólares en el bolsillo y muchas ganas de diversión.

 

 

Autor original italiano: Ferdinando

Traducción castellana-española: Carlos Hidalgo

 

 

 

 

 

 

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