KEN EL CHACAL

 

XIV – Hugh

 

 

Cuando alcanza la cima de la colina, Ken detiene su caballo y se queda mirando hacia el oeste. La nube de polvo que se levanta a lo largo de la explanada no deja lugar a dudas: los están persiguiendo.

Masculla entre dientes:

-            Ese hijo de puta de Richard Blacks …

-            Alguien nos ha reconocido y ha pensado que ese maldito cazador de recompensas nos estaba persiguiendo. 

Ken asiente. Después dice:

-            Lo siento, Hugh, es mejor que nos separemos. Es posible que alguno de nosotros consiga hacerles perder el rastro. Y en cualquier caso también ellos se verán obligados a separarse, si quieren atraparnos a los dos. Cualquier cosa puede pasar.

Hugh asiente, también. Los cabalgando juntos, con una decena de hombres detrás de sus culos, están jodidos, seguro. Masculla, también, entre dientes:

-            De acuerdo.

Después suelta una carcajada, añadiendo:

-            Espero que decidan darte por culo a ti.

Ken ríe, también:

-            Cualquiera sabe.

Después, añade:

-            Si salvamos el pellejo, nos encontramos en las Badlands, por la parte del paso del Coyote.

 

-            De acuerdo. 

 

Los dos dirigen sus caballos hacia las rocas: durante un tiempo proseguirán así, con la finalidad de hacer más difícil que sus perseguidores puedan encontrarles y seguirles las huellas. Cuando, llegados a cierto punto, Ken ve que Hugh está lo suficientemente alejado, gira las riendas del caballo bruscamente hacia la derecha, alejándose a su vez de su compañero, cabalga durante un rato; prosigue a continuación por el camino que ha emprendido Hugh, hasta que reencuentra sus huellas. Le sigue durante un rato, después se introduce en un terreno rocoso y se va alejando: los perseguidores verán las huellas y durante un tiempo las seguirán para procurar capturar a Hugh, antes de darse cuenta de que Ken no está con él.

 

Hugh cabalga bajo el calor abrasador. Había esperado confundir y dispersar a sus perseguidores, pero esos hijos de puta lo están persiguiendo precisamente a él. ¡Mierda!  Hace dos días ya que cabalga solo y su caballo no aguanta más. En poco tiempo alcanzará las Hawk Hills, donde podrá encontrar, al menos, un poco de sombra. Conoce bien este territorio, por el que ha merodeado durante años, antes de verse obligado a refugiarse en México. Sabe que hay una poza de agua en una hondonada: una especie de oasis en esta maldita tierra olvidada de la mano de Dios. Pero no podrá detenerse en esa poza para refrescarse, porque ese perro de presa, Richard Blacks, no está lejos. Hugh puede olerlo, y está seguro de que su perseguidor lo está oliendo también a él. Hugh sacude la cabeza. Sabe que lo está persiguiendo el peor hijo de puta de entre todos los cazadores de recompensas. Ha oído decir que él y sus hombres les rompen el culo a los forajidos que capturan antes de ejecutarlos.

Hugh sacude, otra vez, la cabeza, aprieta los dientes, masculla:

-            ¡Mierda!

No es solo el pensamiento de ser capturado por Blacks lo que pesa en su mente. Hugh está exhausto de la vida que ha llevado durante estos últimos años, prácticamente agotado de tanto cabalgar, disparar, huir, atacar. El placer del peligro, que tan vivo lo ha mantenido durante tanto tiempo, ha ido perdiendo mordiente en su cuerpo y en su alma. Está cansado. Hasta hace pocos años la caza de otros machos era para él la más excitante de las experiencias. Encularlos y follárselos en la habitación de un saloon o entre las rocas, bajo las estrellas, entre espigas de trigo o de heno, entre arbustos, en el campo, le encendía todos sus sentidos. Le gustaba acariciarlos, morderlos, besarlos, chuparlos, encularlos, hacerse encular por ellos. El deseo era fuerte y las manos, la polla, el culo … le transmitían sensaciones extraordinarias. Cuando conoció a Ken, le pareció haber alcanzado el paraíso: la verga más hermosa que jamás había visto con la energía de la de un toro. Pero últimamente también le asaltaba la sensación de que incluso follar con Ken estaba perdiendo mucho de lo que fue en un principio. Sentía que le ponía el culo solo para complacer a su compañero, pero él ya no sentía lo mismo. No se puede estar permanentemente en guardia, no se puede estar siempre escapando. Daba lo mismo en México que en los Estados Unidos: siempre había alguno que quería cobrarse su piel. Asociarse con Ken no ha sido una buena idea. Y matar al Diablo Loco ha sido una auténtica gilipollez. Ahora no pueden refugiarse en México.

La insatisfacción es profunda y a menudo Hugh se pregunta si tiene todavía sentido seguir adelante. Hace algunas semanas, durante el asalto a una diligencia, poco ha faltado para que un tipo lo llenase de plomo: el primer disparo le rozó un hombro y todavía siente la escocedura. Hugh mató al tipo antes de que pudiese disparar de nuevo, pero hubo un momento en que incluso pensó en dejar que aquel tipo lo llenase de plomo.

Hugh masculla, entre dientes:

-            ¡Mierda!

Prosigue después a lo largo del borde de la colina y alcanza finalmente la poza: es un pequeño lago, alimentado por una cascada, un oasis de frescor en el desierto que lo circunda. Hugh desciende del caballo y se aproxima a la poza, se acuclilla y bebe del agua fresca. Le gustaría desnudarse y sumergirse en ella, pero sabe que sería una gilipollez: Richard Blacks y sus malditos secuaces no deben estar lejos. Su caballo, no obstante, necesita reposo. Tiene que detenerse, aunque sea solo un momento. En cualquier caso, qué más da …

Piensa en lo que Ken le contó del sheriff Square, al que el Chacal estupró y mató cerca de una poza como esta.

Hugh sabe muy bien que ese bastardo de Richard Blacks lo alcanzará, quizás aquí, pero tiene la sensación de que ya no le importa, casi de que lo da por contado. Es mejor así, acabar, con todo.

Se despoja de la camisa y de las botas, del cinturón y de los pantalones. Se quita los calzoncillos y se introduce en el agua. La poza no es grande, pero es profunda. Ve si puede sumergirse y dar algunas brazadas. Poder disfrutar del frescor del agua es maravilloso, después del calor inclemente del desierto que ha soportado. Se queda largo tiempo en el agua. Sabe que lo espera la muerte. Le importa un carajo.

 

Richard lo está observando. Apenas ha llegado, ha visto a Hugh en el agua. Desciende de su caballo, hace una señal a sus hombres para que se detengan. ¡No puede creer que ese gilipollas se esté bañando convencido de que él y sus hombres están todavía lejos!  Richard estalla en una carcajada. Con precaución se aproxima a la poza, seguido a pocos pasos por los suyos. El forajido ha dejado sus armas y su ropa en la orilla, pero antes de que intente alcanzarlas, su cuerpo recibirá un poco de plomo.

Hugh chapotea tranquilo en el agua. Después, decide que es hora de salir de la poza. Mira hacia la orilla y sus ojos se encuentran con Richard Blacks, su asesino. Es ya un hombre muerto, pero ese pensamiento le transmite solo un escalofrío, casi de placer: era lo que quería.

-            Sal de ahí, pedazo de mierda.

Hugh no tiene elección. Está a punto de cascar, y está bien que así sea. Mira a la cara a su asesino y avanza hacia él. Richard da un par de pasos hacia atrás: quiere mantener una cierta distancia entre él y este maldito bastardo.

Cuando Hugh ha salido del agua, Richard le dice:

-            Ahora date la vuelta y coloca las manos detrás de la espalda, voy a atarte.

Hugh se da la vuelta. Podría hacer un último intento, pero es inútil: Richard no está solo, Hugh puede ver a sus hombres, que por el momento se mantienen a una cierta distancia, pero con las armas preparadas. Ahora Richard está detrás de él. Se deja atar. En cualquier caso, qué más da, esto no cambia nada. Richard se coloca ante él y le escupe a la cara. Hugh lo mira sin abrir la boca.

-            Ahora, vamos a divertirnos un poco.

Richard se desabrocha el cinturón y se baja los pantalones, sacándose una de las vergas más hermosas que Hugh haya visto jamás: no llega a las dimensiones de la de Ken, pero poco le falta.

Richard, después, alza la voz, y le dice:

-            Ven conmigo.

Los hombres de Richard Blacks se levantan de las rocas donde estaban sentados y se aproximan. Hugh los mira: una bonita banda de hijos de puta, pero también una preciosa colección de machos.

Mira a Richard, que se está desnudando. También los otros se están despojando de sus ropas. Lo van a violar todos.

Hugh no tiene intención de oponer resistencia. No podría, en cualquier caso, evitar que todos estos tipos se la metan por el culo. Tiene que confesarse, además, que antes de cascar, no le importará en absoluto hacer los honores, una vez más, a las vergas de unos buenos machos. No le importa que sean las vergas de sus asesinos. Si estaba destinado a ser jodido por estos hombres, que se cobrarán su piel, entonces está bien que se lo follen antes por el culo o por la boca: así les hará el servicio completo.

Sin esperar una orden, Hugh se arrodilla ante Richard y acerca la cabeza a la magnífica verga. Siente el olor, intenso. Le gusta. Abre la boca y acoge, con cierta dificultad, la copiosa cabeza, comienza a lamerla moviendo la lengua por todo su contorno, mientras Richard le apunta con la pistola en la frente: quiere asegurarse de que Hugh no intente nada con los dientes.

Sus labios envuelven la cabeza y, a medida que la verga se va hinchando de sangre y extendiéndose, Hugh saborea su gusto fuerte. Hugh está contento de poder saborear la verga de su asesino.

Richard siente que una oleada de placer lo envuelve.

-            Eres un magnífico chupapollas, pedazo de mierda.

 

Hugh no dice nada. Continúa chupando y succionando la verga, disfrutando de su calor, de su olor, de su consistencia. Siente crecer la tensión, su propia polla que se le pone tiesa. ¿Se correrá, una última vez, antes de cascar?

La idea de que este hombre lo va a matar no hace que su excitación decrezca. Richard pasa una mano detrás de la nuca de Hugh y comienza a follárselo por la boca con energía. Cada vez que la verga de Richard avanza, le bloquea la respiración. Richard mueve el culo cada vez a mayor velocidad, empujando cada vez más a fondo, hasta que el forajido siente los pelos de su asesino apretarle los labios y la verga sofocarlo. El chorro que prorrumpe le llena la boca de calostro que le desciende, viscoso, por la garganta. Hugh tose, siente que chorros de calostro le descienden calientes por las mejillas, le penden del mentón, tose nuevamente, Richard retrocede y Hugh saborea el semen que tiene todavía en la lengua. ¿Ha terminado?  En cualquier caso, piensa Hugh, aturdido, quedan todavía los otros, y al pensarlo un estremecimiento le recorre el cuerpo.

No se equivoca: quedan todavía los otros, que están contemplándolo todo, acariciándose las entrepiernas. También ellos querrán divertirse con él.

-            Límpiamela bien.

Hugh succiona ávidamente las últimas gotas de calostro, lamiendo la cabeza. Después, Richard retrocede.

-            Levántate.

Hugh obedece. 

Richard lo mira y se ríe. En poco tiempo la verga volverá a ponérsele dura y le dará por el culo a este cabrón. Richard se la acaricia, se pasa la mano por los cojones, se los pellizca. Después agarra los de Hugh y se los aprieta.

Hugh siente un estremecimiento.

-            ¿Estás impaciente por que te la meta por el culo, eh?

Hugh no dice nada, pero la tenaza se vuelve más fuerte.

-            Lo estás deseando, ¿eh?  Dime la verdad.

El dolor es insoportable.

Hugh asiente, su pálido rostro un poco ruborizado.

-            Dilo, cabrón. Quiero escucharlo.

Richard aprieta aún más. Hugh abre mucho la boca.

-            Sí … Sí … métemela … por el culo.

Richard ríe. Se pone detrás de Hugh y le aprieta la mano en la espalda, obligándolo a doblarse hacia delante. Después se escupe en la mano, se envuelve la verga, que está otra vez completamente preparada, en saliva, apretándola contra el agujero del culo del forajido. Otro hombre se ha colocado ante Hugh.

Sucede nuevamente un momento de silencio. Hugh siente las manos de Richard que le agarran el culo y le separan las nalgas. A continuación, la copiosa cabeza presiona con un golpe decidido, entrando a fondo. Hugh se estremece. El dolor es intenso. Consigue controlarse.

-            ¡Chupa la verga de Kevin, pedazo de mierda!

Hugh vacila, el dolor de la verga que le socava el culo por un momento es tan fuerte que le impide concentrarse.

-            ¡Chúpasela o te reviento los cojones!

La mano de Richard pasa por debajo del vientre de Hugh y le agarra los cojones, apretando con fuerza.

Hugh toma en la boca la verga de Kevin y comienza a chuparla, mientras Richard le perfora el culo, con empujones violentos que impulsan por momentos el cuerpo de Hugh hacia delante.

Los otros hombres están todos alrededor, mirando. Jalean a Richard y Kevin con gritos y risotadas, algunos de ellos haciendo bromas sarcásticas a cuenta del forajido.

-            ¿Te gusta una buena verga por la boca o por el culo, eh?  ¡No te preocupes, vas a tener más de una!

-            No tenemos prisa, tenemos todo el día por delante.

-            Después nos dices cuál es la verga que más te ha gustado chupar.

-            ¡Y cuál es la que más gusto te ha dado por el culo!

 

Richard empuja con fuerza creciente. Hugh jadea mientras chupa la verga de Kevin, todavía dura, porque los empujones lo desequilibran. Luego, Richard suelta un gemido, y se corre. Hugh siente el calostro caliente en sus vísceras. Su boca suelta la verga de Kevin, boqueando como si le faltara el aliento, suelta también un gemido. Otro de los hombres se le acerca, con la verga ya preparada.

-            Ahora me la chupas a mí, cabrón, pero primero … Abre bien la boca.

Hugh obedece. No hay posibilidad alguna de oponerse y, además, no tendría sentido.

El hombre se coloca dos dedos bajo la verga, se la cosquillea un poco, y un chorro de orina entra en la boca de Hugh.

-            ¡Espera, espera, Sam!  Primero debe decirme si mi verga es mejor que la de Richard.

Kevin le separa las nalgas y después le mete la verga por el culo con un golpe seco. Hugh gime, soltando incluso un agudo grito, porque el dolor de la carne lacerada le nubla la vista. Pero ya contra sus labios aprieta la cabeza de la verga del otro hombre. Hugh la acoge en su boca y comienza a succionarla, sintiendo sabor de orina, mientras con cada impulso, a sus espaldas, el dolor en su culo crece. Kevin empuja su verga con vigor, desgarrando las vísceras del forajido, mientras ríe y hace también comentarios sarcásticos:

-            ¡Ummm, me encanta el culo de este cabrón. Caliente y húmedo, en su punto justo. Mucho mejor que un coño!

El hombre al que Hugh se la está mamando, responde:

-            ¡Igual que su boca, parece que ha nacido para mamarla!

 

Kevin se corre rápidamente y la saca del culo desgarrado del forajido. El jefe de los cazarrecompensas hace amago, entonces, de querer ocupar su puesto, pero una voz ronca y potente lo detiene:

-            ¡Eh, Blacks, tú ya te lo has follado!  ¡Ahora me toca a mí, que estoy ya preparado!

Richard y los otros hombres ríen, dándole palmadas socarronas en la espalda al que ha hablado, como incitándolo:

-            ¡Venga, venga, Toro, es tu turno, ese cabrón está impaciente!

 ¡Está deseando probar una verga como la tuya!

 

El hombre al que llaman el Toro se coloca delante del forajido. Hugh se queda mirando la copiosa cabeza, de un color casi violáceo, esa asta de carne surcada por una gruesa vena en relieve. No puede dar crédito a lo que ven sus ojos. “¡Es enorme!” piensa al tiempo que un estremecimiento le recorre la espalda.

El Toro se coloca detrás de Hugh, que se queda tenso. La embestida con que la verga entra en su cuerpo le arranca un aullido. Le parece como si una estaca hubiera entrado en su carne y se la desgarrara. Los hombres ríen, espoleando al Toro, que embiste cada vez más adentro, destrozando las vísceras del forajido. Chorros de sangre y trozos de tripa salen con la voluminosa verga cada vez que el Toro la saca dejándole por un segundo dentro la voluminosa cabeza, para volver a continuación a metérsela. Los aullidos de Hugh son como los de un cerdo acuchillado, casi no parecen humanos.

Kevin se pone delante y agarra la cabeza del forajido. Nota que está como atontado, después de un amago de desmayo. Le abofetea las mejillas. Le dice:

-            Eh, eh, vamos, vamos … ¡despierta!  Comprendo que la verga del Toro es demasiado, pero no puedes desmayarte ahora … ¡vamos, vamos, tienes que limpiarme la mía!

Hugh, medio atontado, comienza a limpiar con su lengua la verga de Kevin, mientras el Toro lo folla ahora un poco más despacio, como disfrutando su momento. El culo del forajido está completamente destrozado pero el Toro aprecia el calor de sus vísceras palpitando en torno a su asta. Cuando termina de limpiársela a Kevin, Richard se coloca delante de Hugh y comienza a follarle la boca. Hugh respira con dificultad, la verga del jefe de los cazarrecompensas a veces le corta el aliento. Cuando se la saca, Hugh aspira ruidosamente el aire, como si se asfixiara. Los hombres gritan y ríen, ebrios de violencia y alegría. “¡Vamos, Richard!  ¡Vamos, Toro!  ¡Venga, venga!”

Por fin, Richard se corre, llenándole la boca de calostro. Cuando se la saca, comienza a mear en la cabeza de Hugh, empapándole el cabello de orina viscosa, que le desciende por la frente. Hugh cierra los ojos cuando siente el escozor, mientras traga el calostro. No consigue tragárselo todo, por eso un poco le desciende por las mejillas, por el mentón, mezclándose con la orina. Tose, escupe, con la cara congestionada.

Por fin, el Toro se corre. Le extrae poco a poco la verga, todavía hinchada y dura. Está cubierta de sangre y calostro. El Toro se coloca delante de Hugh.

-            Límpialo todo – le dice - trágatelo. 

Hugh mira la verga del Toro, como si no comprendiera; parece completamente atontado.

Un potente puñetazo, en la nariz, se la quiebra. Hugh no sabe quién se lo ha dado. La sangre le desciende por las mejillas, por el mentón. 

-            ¡Obedece, cabrón!

Hugh mira la voluminosa verga que lo ha enculado, todavía durísima. Mira los chorros blanquecinos, las manchas rojas. Procura circundar con la boca toda la cabeza y comienza a lamerla; pero su lengua a veces pende flácida y el Toro, que le agarra los cabellos, le abofetea las mejillas para hacerle reaccionar. Las bofetadas del Toro estimulan a Hugh, que succiona ahora desesperadamente.

-            Traga, traga …

La garganta de Hugh procura absorber el copioso calostro. Su prominente nuez de Adán se agita angustiada pero poco a poco va haciendo descender toda la sustancia por su tráquea. En el proceso la copiosa cabeza va segregando más semen. El forajido parece, por momentos, incapaz de asimilar más; sus pectorales se expanden, sus pezones están erectos, sus pulmones, exhaustos, sueltan silbidos de asfixia, tose en espasmos, el calostro le sale mezclado con sangre y moco viscoso por la nariz quebrada. Su estómago se agita espasmódicamente. Su aspecto es patético. 

Cuando el Toro termina con él, le suelta los cabellos y el forajido cae como desinflado sobre el pedregoso terreno, pero con el culo un poco en alto, como aún ofreciéndose. Uno después de otro, se lo follan todos. Le mean en la cabeza y en la boca. Le dan rodillazos en las costillas, le retuercen en tenaza los cojones. Hugh gime, aunque cada vez más débilmente.

Por fin, Richard dice:

-            Venga, acabemos con esto.

Lo hacen levantarse. Hugh mira al vacío. Tiene el cabello y el cuerpo bañados en sudor y orina; sangre y calostro le cubren parte del rostro, por debajo de su nariz quebrada, aplastada en sangre, hasta el punto que parece casi la de un payaso; desde el agujero abierto y palpitante del culo la sangre y el calostro se le desprenden por los muslos temblorosos entre las piernas con un poco de mierda.

-            Ahora, cabrón, te pondré una bonita corbata, ya verás cómo te gusta.

Richard ríe. Ríen todos.

Richard ha preparado ya el lazo. Lanza la cuerda, haciéndola pasar por encima de la rama de un árbol, después la hace descender.

-            Dime, cabrón, ¿te gusta esta corbata que te hemos preparado?

Los hombres manipulan la cuerda, regulando la altura del lazo, pero no la cierran por completo en torno al tronco del árbol. Hugh se queda mirando el cabo que las manos de Richard preparan ante su cara. Parece aún atontado, pero es completamente consciente de que su vida se está acabando, de que dentro de poco será un cadáver, un cuerpo sin vida que sus asesinos dejarán como alimento para las aves carroñeras y los insectos. No desea otra cosa.

Hugh se acerca a su cuello con el lazo. Sus cuerpos, ahora, se tocan. El cazador de recompensas pasa la cuerda por encima de la cabeza del forajido, comprime el cabo alrededor de su cuello apretando la carne, le ajusta con cuidado el nudo. “Sí, cabrón, te sienta bien esta corbata, estás muy guapo con ella,” le susurra, “no necesitas otra ropa ahora.” Hugh siente el aliento cálido y excitado de Richard en su cara, y al sentirlo la polla se le va poniendo dura. Su asesino sonríe cuando lo aprecia. “Te gusta que te toque, ¿verdad?, te gusta lo que te estoy haciendo, lo sé, sé que lo estabas esperando,” añade guiñándole un ojo. “Voy a darte gusto, cabrón, voy a darte gusto, ¡ya lo verás!”

Richard quiere asegurarse de que la agonía de su víctima dure el mayor tiempo posible. Sonriendo, pasa el brazo izquierdo por debajo del culo del forajido y lo hace alzarse un poco. Hugh casi coopera con su asesino, pues no opone ninguna resistencia. El forajido se entrega a la fuerza de este cazador de recompensas. Richard lo levanta casi en vilo mientras hace una señal a sus hombres, que extienden la cuerda y la aseguran firmemente alrededor del tronco del árbol. Los pies desnudos del forajido penden en el aire por encima del pedregoso terreno.

Richard afloja un poco la tensión de la cuerda en el cuello de Hugh, retira poco a poco su brazo izquierdo de entre los muslos del forajido, dejando que su cuerpo balancee hasta que la cuerda está perfectamente tensa y el lazo comienza a apretarse. Hugh siente cómo aumenta la presión en su cuello, aunque todavía respira. Richard aprieta su cuerpo entre sus brazos, casi como un amante. Hugh puede apreciar la cabeza de la verga de Richard, cálida y dura, apretando contra sus cojones. Su propia verga está comprimida entre los poderosos pectorales del cazador de recompensas.

Richard sonríe.

“Vas a cascar, pedazo de mierda.”

Hugh asiente, inclinando un poco la frente. Es consciente del escalofrío que recorre su cuerpo. Respira profundamente, procurando calmar un poco las palpitaciones aceleradas de su corazón. Sabe que está a punto de morir. En pocos segundos, su asesino lo dejará colgando de este árbol y no podrá ya respirar. Su agonía está a punto de comenzar. Hugh siente que sus vísceras se contraen. Ha sido siempre consciente de que, antes o después, una cuerda como esta le arrancaría el aliento y la propia vida. El cazador de recompensas mirará cómo muere, y después se hará una paja. Se ha corrido ya dentro de su cuerpo, este maldito cabrón, que ahora lo está matando.

-            ¡Por favor, haz que veamos qué bien bailas!

Diciendo esto, Richard se aparta. Hugh se sorprende colgando en el vacío. Siente inmediatamente cómo aumenta la presión en su cuello. Masculla:

-            ¡Mierda!

Uno de los hombres dice:

-            ¡Venga, cabrón, danos diversión!

Una corriente continua de ardientes escalofríos recorre el cuello del forajido. Hugh consigue, no obstante, respirar todavía. Un poco de aire entra en su cuerpo, pero en sus pulmones se están encendiendo brasas ardientes. 

Richard ha dado dos pasos atrás, se queda mirándolo, sonriendo, mientras lentamente se acaricia la verga. El cazador de recompensas contempla cómo los músculos de las piernas del forajido se tensan, a continuación, un segundo de pasmo, después, comienza la danza.

El lazo se comprime lentamente en su cuello y Hugh procura desesperadamente encontrar un punto de apoyo que no existe, levanta las piernas, patea hacia delante y hacia atrás, dobla las rodillas. En su desesperación, consigue desatarse las manos, pero, como consecuencia, un poco de sangre comienza a salirle de los pulsos desgarrados de sus muñecas. Le fluye, de la boca, saliva sanguinolenta, de la nariz moco viscoso.

Hugh se abrasa en el incendio que le devora los pulmones, pero puede sentir que la verga se le empalma nuevamente. El dolor en su cuello es cada vez más fuerte, como si le hubieran colocado un collar incandescente. La vista se le está nublando: los hombres que se encuentran a su alrededor pronto son, para él, sombras rosáceas, como espectros del infierno. No puede escuchar ya sus insultos sarcásticos, sus humillantes chanzas, sus procacidades. No puede ver a estos hombres que se hacen una última paja a su costa, contemplando cómo casca.

Puede apreciar, no obstante, aunque lejanamente, el placer que estremece su propio cuerpo, mientras un chorro de calostro caliente se propulsa por su vientre. Su cuerpo se sacude todavía, durante largo tiempo. La orina comienza a propulsarse desde su polla empalmada, en chorros fuertes. Del culo vuelve a salirle mierda mezclada con sangre y calostro, pero ahora más abundantemente. La lengua le asoma por entre los labios, sus ojos ascienden hacia el vacío, su cara está congestionada.

Richard se aproxima. Le agarra los cojones con la mano izquierda, se los comprime, en una tenaza que los estruja, comienza a tirar de ellos hacia abajo, mientras con la derecha le acaricia la verga.

El cuerpo del forajido se estremece, con un último movimiento convulso, como recorrido por un relámpago, mientras uno de sus cojones asoma a través de su escroto roto. Después, su cadáver permanece inmóvil.

Los hombres quedan, por un momento, en silencio. Después, ríen, diciendo:

-            ¡Le has cascado los huevos, Richard, a este cabrón!

Entonces su asesino toma un cuchillo y se lo clava en el estómago; a continuación, lo va destripando con parsimonia, abriéndole completamente el vientre hasta la verga empalmada. En el proceso de destripamiento, el cazador de recompensas castra completamente el cadáver, dejándole al descubierto las sanguinolentas raíces de su masculinidad extirpada. Posteriormente, le introduce los despojos por la boca que, entreabierta, los acoge, sin protesta.

 

Cuando, una hora después, los cazadores de recompensas salen de la poza, después de haber chapoteado alegremente en ella, el cadáver del forajido está completamente cubierto de insectos.

Cortan la cuerda. El cuerpo cae a tierra. Richard Blacks se inclina sobre el cadáver y, colocándole una mano en la frente, le corta el cuello. Coge la cabeza por los cabellos y la mete en un saco: le esparcirá una capa de sal por encima, para prevenir que se corrompa, hasta que la presente para cobrar la recompensa; es algo que suele hacer con los forajidos que caza, para que los que le pagan los reconozcan. Todos los hombres orinan, ahora, al mismo tiempo, sobre el cadáver decapitado, después se visten, y se van. El cuerpo sin vida de Hugh queda a disposición de los buitres y de los insectos.

 

 

 

Traducción – adaptación en español de Carlos Hidalgo.  

 

 

 

 

 

 

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