KEN EL CHACAL XIII – Ajuste de
cuentas Desde lo alto de la colina Douglas Markus alias “El Holandés”, cazador
de recompensas y asesino a sueldo, observa Boca Caliente. No es un hermoso
espectáculo: una extensión de casas bajas, la gran mayoría de ladrillos de
adobe, cabañas de madera, unos cuantos edificios de piedra y algunas ruinas.
Las construcciones de piedra, las que se mantienen todavía en pie o las
derrumbadas, son todo lo que queda de un pasado ya desvanecido; restos de
cuando los terrenos que rodeaban Boca Caliente eran fértiles, las colinas
estaban cubiertas de bosques y la ciudad era un centro rico e importante.
Ahora toda la región es tan solo una extensión estéril en la que el calor es opresivo
y reina la miseria. Douglas
Markus no ha estado nunca en Boca Caliente, pero ha oído hablar mucho de ella
por su mala reputación. ¿Quién no ha oído hablar de Boca Caliente? Es el refugio de todos los asesinos y
forajidos fugados de los Estados Unidos. Para un cazador de recompensas como
Douglas este sería el lugar ideal para ganar una gran cantidad de dólares,
pero Douglas sabe muy bien que en este lugar si cometes el más mínimo error
puedes ganarte también una gran cantidad de balazos. Hace unos años mataron
aquí a dos de los mejores cazadores de recompensas de todo el Oeste: al
gordinflón de Big Dan y a su compañero Hans, al que llamaban también “el
Holandés”, un apodo común entre los hijos de los inmigrantes procedentes de
Holanda. Los dos andaban tras el rastro de Ken el Chacal, el peor hijo de
puta del Oeste con la mejor recompensa por su cabeza, pero estos dos
experimentados cazadores de recompensas terminaron sirviendo de comida para
las aves carroñeras: sus cuerpos debieron ser devorados por los buitres que
siempre abundan en los cielos de esta ciudad, porque saben perfectamente que
aquí nunca falta carne humana para comer. Douglas
Markus ha ganado bastante dinero a lo largo de su carrera como cazador de
recompensas y asesino a sueldo para poder retirarse a una vida tranquila y no
tener que estar siguiéndole el rastro a más bandidos: la eliminación de Brian
Burnt le ha reportado una buena cantidad de dólares. Pero a Douglas le gusta
matar a otros hombres, le transmite sensaciones muy fuertes a las que se ha
hecho adicto, de las que no puede prescindir. Y por lo tanto, ¿por qué
tendría que dejar de hacerlo? Douglas
Markus no tiene intención de cargarse en ningún caso al Chacal o al Diablo
Loco, el jefe de la banda que controla la ciudad. Sabe perfectamente que si
lo intentara, sería él el que terminaría sirviendo de comida a los buitres.
Pero piensa que puede dejar seco a Seth Gordimer, un bandido mucho menos
peligroso que ha cruzado la frontera hace un par de semanas y ahora, después
de unas semanas vagabundeando por la región, ha llegado a Boca Caliente. Hay
una recompensa considerable por su cabeza. El Diablo
Loco ha mandado llamar al Chacal. Desde hace un par de años, cuando eliminó a
Ernest Malone, Ken suele trabajar a menudo para él. -
Ken, ha llegado a Boca Caliente
Douglas Markus, “el Holandés”. Ken arruga
la frente. Ya mató a uno al que llamaban “el Holandés” hace unos años. No
sabe cómo se llamaba, pero está seguro de que estaba muerto cuando se lo dejó
a los buitres. -
¿Quién coño es? El Diablo Loco se lo explica: -
Un cazador de recompensas, pero
mata también por encargo … previo pago, por supuesto. Un tipo inteligente,
muy fuerte, pero muy rápido con la pistola. Tan rápido como tu. -
¿Quieres que me lo cargue? El
Diablo Loco suelta una carcajada. -
No, no es necesario. Pero
quiero saber qué le trae por aquí. Ken parece perplejo. -
¿Quieres que vaya a
preguntárselo? -
Exacto. -
¿Y por qué me mandas a mí? ¿estás buscando que cuando se lo pregunte
me deje como un colador? El Diablo
Loco vuelve a reír. -
¡No! Al contrario, pienso que si se lo preguntas
tú, no se atreverá a dejarte sin respuesta. Ken,
ahora, lo ve claro: todos saben que trabaja para El Diablo y por lo tanto
Douglas entenderá enseguida que no puede dejarlo sin respuesta. Aparte de
eso, los hombres de la banda de El Diablo son en su gran mayoría mexicanos y
farfullan poco el inglés: podrían entregarle un mensaje, pero no entablar una
conversación con él, por lo que hay un riesgo de que no entiendan lo que les diga
“El Holandés”. Después de
hablar con El Diablo, Ken sale para el “saloon”. Se vuelve hacia Brent, el
“barman”, y le pregunta quién de los que están allí es Douglas el Holandés.
Con un gesto de la cabeza Brent le señala a un hombre sentado a una mesa pequeña,
que da sorbos tranquilamente a un vaso de tequila. Si se lo hubiera
preguntado cualquier otro, el “barman” le habría respondido que no lo sabía.
Pero desde que Ken trabaja para El Diablo Loco, en Boca Caliente todo lo que
El Chacal pide son órdenes que se obedecen inmediatamente, todo lo que
pregunta debe tener una respuesta, y mucho mejor si es verdadera. El tipo, en
efecto, es bastante corpulento, como le ha dicho El Diablo, tiene una gruesa
barriga que le desborda el cinturón, estirándole la camisa de tal forma que
parece que se le van a saltar los botones. Y en cuanto a la inteligencia,
tiene el aspecto de ser un tipo que sabe muy bien lo que hace, de ser un
profesional. Ken se
dirige hacia su mesa. Douglas lo observa. No se ha movido, pero Ken se da
cuenta de que está a punto de saltar. Tiene las manos lejos del cinturón,
como si quisiera hacerle saber que no está aquí para matarlo. Ken coge una
silla y se sienta a su mesa, sonriendo. -
Con permiso. Ken, en
realidad, se toma el permiso por su cuenta. Douglas sonríe y le dice: -
Claro, te doy permiso. Estás
invitado. Ken sonríe
también. Le gustan los hombres con sentido del humor. No pierde el tiempo, va
al grano enseguida: -
Creo que me conoces. -
Claro que te conozco, ¿cómo no
te voy a conocer? Tu cara está en todas las oficinas de los sheriffs y en
todos los lugares públicos de los Estados Unidos, por lo menos al oeste del
Mississipi. Ken asiente. -
Así es, soy muy popular. -
Bueno, yo no lo habría dicho
así, pero en cierto modo sí que lo eres. -
Creo que sabes también quién
manda aquí, en Boca Caliente. -
Sí, lo sé. Un tipo que también
tiene la cara en carteles en todas las oficinas de los sheriffs, por lo menos
en los territorios de la frontera con México. -
Exacto. Hay una pequeña pausa, luego Ken prosigue, con tono
más seco: -
El Diablo Loco quiere saber qué
coño haces aquí. A Douglas
no le gusta la pregunta, ni el tono en que se la hace, pero sabe que no tiene
otra opción que responderla, y con la verdad. Negarse a responderla, o
mentir, tendría como consecuencia que Ken lo acribillara a balazos, o que lo
hiciera algún otro pistolero de la banda de El Diablo, antes o después. -
Sé que hay una buena recompensa
por la cabeza de Seth Gordimer, sé que está aquí, y por lo que yo sé no forma
parte de la banda de El Diablo. Si me equivoco, dímelo. No quiero encabronar
al gallo de este corral. Sé que es un tipo susceptible. Ken
asiente. -
No te equivocas, pero no es el
único gallo aquí. Le haré saber a El Diablo tus intenciones. Espero que me
hayas dicho la verdad. Es lo mejor para ti. Douglas sonríe. -
Te lo agradezco. Te he dicho la
verdad. No tengo ganas de terminar de comida para los buitres. -
Eres un tipo inteligente. Douglas
observa a Ken. Piensa en todo lo que le han contado de los sheriffs que ha
matado. Según dicen tiene una verga de caballo y le encanta romperles el culo
a los hombres que mata. En algunos casos incluso ha castrado a algunos
sheriffs y cazadores de recompensas. Es un auténtico macho, como le gustan a
Douglas. Pregunta, sin reflexionar si es oportuno hacerlo: -
¿Has matado tú al sheriff Mike
O´Neill? Ken no se
esperaba esta pregunta. Arruga la frente. -
¿Por qué quieres saberlo? -
Por curiosidad, solo por eso.
Dicen que cuando desapareció, tú acababas de llegar poco antes a aquellos
lugares, después de haber matado a otros dos sheriffs por el camino. -
Lo han ahorcado Los Doce
Apóstoles. -
Pero tú se lo llevaste,
¿verdad? -
Sí. Douglas asiente. -
Si no hubieran puesto precio a
tu cabeza, te pediría que te unieras a mí. Los dos juntos nos haríamos ricos.
-
También tú tienes fama en lo
tuyo, pero estamos en partes opuestas. Douglas
ríe. -
Yo no estoy en ninguna parte.
Estoy en la parte en la que me paguen más. Soy como una puta, Ken, me vendo
al mejor postor. Ken suelta una carcajada. Sí, definitivamente le gusta este hombre: le
gustan los hombres que le hacen reír. -
Sí, me han dicho que si te
pagan bien, estás dispuesto a matar a cualquiera. -
Así es. Si me dijeras que me
ofreces diez mil dólares por dejar seco a un sheriff, podría hacerlo.
Procuraría, eso sí, que no me descubrieran, no quiero que pongan precio a mi
cabeza. Ganar un montón de dinero para después tener que andar escondiéndose
no es precisamente mi idea de una buena vida. No es agradable, la verdad. Ken
observa a Douglas. En un rincón de su cerebro le surge una idea, pero quiere
pensárselo bien, antes de actuar. Se limita por el momento a comentar: -
Deberías haber ganado ya más
que suficiente para retirarte, ¿no? -
Sí, pero me gusta mi trabajo …
me gusta matar, Ken. Y creo que a ti te gusta también. Ken no
esperaba que la conversación discurriera por estos derroteros. Tampoco Douglas lo
esperaba. -
Sí, me gusta, me gusta mucho. -
Tenemos muchas cosas en común. Ken sigue
observando a Douglas. -
Me gusta también follarme a los
tipos que mato. ¿Te gusta eso también a ti? -
Lo he oído comentar, sí.
También me gusta mí. Lo he hecho muchas veces. Hay un momento de silencio.
Douglas observa a Ken. Este macho lo atrae. Le gustaría follárselo, con la
verga y con la pistola, porque para Douglas follarse así a un auténtico macho
es lo máximo. Pero el riesgo de que sea Ken quien termine matándolo a él es
demasiado alto, y en cualquier caso aquí en Boca Caliente no tendría ninguna
posibilidad de salvar el pellejo en el caso improbable de que matara a Ken. Douglas sonríe y retoma la
conversación: -
Dicen que tienes una verga de
caballo. Ser follado por ti debe ser una buena preparación para la muerte. Ken lo mira
fijamente, en silencio, sin sonreír. -
¿Te gustaría probarlo? Douglas
lo mira, sonriendo. -
No tengo prisa por morir. -
Pero me parece que tienes
curiosidad por probar mi verga. -
No me espanta la idea de que me
follen, siempre que el que lo haga sea un macho de verdad. Me he dejado
encular, alguna vez, y lo he disfrutado. Tú sin embargo no debes haberlo
probado nunca por el culo. O al menos, no por propia voluntad. Ken responde, secamente: -
No, tú lo has dicho. Luego se
levanta. -
Me voy. Te haré saber si puedes
joder a Gordimer. Ken se
aleja. Repasa la conversación y sonríe. Douglas le ha caído simpático, y se
le ha ocurrido una idea. Pero debe pensarla. Llega a casa
de El Diablo y le dice que Douglas ha venido a por Gordimer, pero que lo
matará sólo si El Diablo no presenta ninguna objeción. -
Me importa un carajo ese
Gordimer. Que haga con él lo que quiera. -
Está bien, se lo diré. Ken no
vuelve enseguida al “saloon”. Quiere reflexionar un poco la idea que se le ha
venido a la mente, antes de hablar de nuevo con Douglas. Y en cualquier caso
el cazador de recompensas puede esperar. Por la
tarde Ken vuelve al “saloon” pero el cazador de recompensas no está en el
local. -
¿No está aquí “el Holandés”? -
Está arriba, en el hostal, en
la habitación 9. Ken sale del
“saloon” y sube las escaleras hacia el hostal. Se cruza en ellas con el
botones. -
Tommy, ¿está Douglas el
Holandés en su habitación? -
Sí, se está bañando. Acabo de
llevarle el agua. Ken asiente. -
En la 9, ¿verdad? -
Sí, la 9. Ken abre la
puerta y entra sin llamar. Douglas está metido en la bañera. Está fumando un
cigarro y al verlo entrar le sonríe. Se quita el cigarro de la boca y le
dice, sin dejar de sonreír: -
Te estaba esperando. ¿Qué te ha
dicho El Diablo? ¿Que puedo matar a
Gordimer o, por el contrario, que tú tienes que matarme a mí? También Ken sonríe. -
Ya maté a uno mientras estaba
en la bañera. Douglas asiente. -
Lo sé. Se llamaba Mac. -
La verdad es que en estos
lugares la gente no sabe tener el pico cerrado. -
Ya sabes, aquí todo se sabe.
Todos conocen tus hazañas, desde Boca Caliente al menos hasta San Francisco y
Salt Lake City. Douglas
vuelve a colocarse el cigarro en la boca. Luego se levanta. Tiene la verga
dura, una verga gruesa, verdaderamente voluminosa. El agua le desciende como
en pequeñas cascadas por su cuerpo corpulento, cubierto por una fronda de
vello oscuro, y se derrama en la bañera. -
Ya sé que dicen que tengo una
verga de caballo, pero la tuya tampoco se queda atrás. -
No, ya la ves. Douglas
sale de la bañera, agarra la toalla y comienza a secarse. Ken lo observa y le
dice: -
No pareces preocupado por la
idea de que te pueda matar. Douglas ríe
mientras se refriega el culo con la toalla, dedicando especial atención a su
agujero, con la verga dura, completamente empalmada. -
Mira, Ken: si El Diablo Loco ha
decidido que debo morir, está claro que de aquí no salgo vivo. Incluso si te
matase yo a ti, ya se encargarían otros de joderme a mí. Pero tengo que
decirte que no me parece probable que El Diablo me quiera muerto. No me da la
impresión de que Gordimer le interese para nada. -
No, así es, puedes dejarlo seco
cuando quieras. -
Perfecto. Muy amable por tu
parte venir aquí para decírmelo. Ahora, me pregunto si quieres que te lo
agradezca, de alguna manera … Douglas continúa
secándose, se pasa la toalla por el vientre, se demora en la verga, desciende
a los cojones. -
¿Y cómo me lo podrías
agradecer? -
Como tú prefieras. Viendo el
bulto que tienes en los pantalones, podría pensar en alguna posibilidad. -
¿Estás dispuesto a que te la
meta por el culo? -
Si me la metes tú, sí, porque
eres un macho de verdad. Será algo así como ser empalado, pero no me
importaría sentir en el culo esa verga que se ha follado a varios sheriffs.
Me gustaría tener una idea de lo que sintieron ellos cuando se la metiste. Te
lo he dicho, Ken, no me da miedo que me den por el culo. Ken
asiente. Comienzan a desnudarse. Sabe que Douglas no intentará matarlo: como
le ha dicho, no saldría vivo de Boca Caliente, probablemente ni siquiera del
“saloon”. La idea de follarse a un macho como este, por otro lado, le resulta
muy placentera, y también él tiene la verga totalmente empalmada. Cuando Ken
se baja los pantalones y los calzoncillos, Douglas suelta un silbido. -
No eran solo habladurías, por
lo que veo. Ken ríe. Douglas
pregunta: -
¿Cómo quieres que me ponga? -
Ponte de rodillas, y apoya el
cuerpo en la cama. Douglas
obedece y apoya el torso en la cama, mostrando su grueso culo peludo. Ken se
humedece bien el capullo, luego apoya las manos en el culo peludo de Douglas
y le separa las nalgas, escupe en el agujero, extiende la saliva y aprieta
con el capullo, se lo va abriendo. Lentamente va introduciendo su arma en el
culo de Douglas. La resistencia de la carne le dice que el cazador de recompensas
no le ha mentido: no es un hombre que se haya dejado encular a menudo. El dolor le
corta el aliento a Douglas, pero después, a medida que su culo se acostumbra
a la voluminosa presencia, con el dolor se va mezclando un placer creciente.
Ken es un verdadero semental, como dicen todos. Douglas gruñe. Se acuerda de
cuando mató a Brian Burnt. Sin pensárselo, dice: -
Estrangulé a uno que me gustaba
mucho, mientras me lo follaba. -
¿Por qué lo mataste, si te
gustaba? Douglas ríe. -
Porque me pagaron para ello.
Los negocios son los negocios. -
Si quieres, te lo puedo hacer a
ti. -
No me apetece, gracias. De
todas formas es muy gentil por tu parte, proponérmelo. Ken sonríe,
sacude la cabeza y comienza a empujar. Douglas cierra los ojos. El dolor va
aumentando, pero también el placer. La cabalgada se prolonga. Douglas se da
cuenta de que cada vez le cuesta más sostenerse: llega un momento en que el
dolor es demasiado fuerte. Douglas se alegra cuando finalmente Ken se corre y
la verga lentamente va reduciendo su volumen. Ahora tenerla dentro es
placentero, aunque el culo le duela una barbaridad. Cuando Ken se la saca,
Douglas siente la ausencia, y de alguna manera no le gusta sentir ese vacío,
esa oquedad. Ken se
viste. Douglas se levanta
y se da la vuelta. Sonríe a Ken, que le dice: -
Le diré a Gordimer que El
Diablo quiere hablar con él. Que debe venir hoy al cuartel viejo, al
atardecer. Puedes esperarlo allí. El cuartel
viejo está abandonado, porque hace años que el ejército no se atreve a entrar
en la ciudad. De vez en cuando corre la voz de que el gobierno quiere
recuperar el control de la región y que tiene intención de mandar a las
tropas. Antes o después lo hará, probablemente, pero por el momento solo son
rumores. Douglas mira
a Ken, perplejo. -
¿Por qué lo haces, Ken? -
Podría decirte que lo hago
porque me gusta tu culo, pero hay otro motivo. Tengo una idea en la cabeza. -
¿Qué idea? -
Te lo diré después. -
¿Después de que yo mate a
Gordimer? Pienso darme prisa. Tengo
que llevar el cadáver al otro lado de la frontera, para cobrar la recompensa.
Y luego … bueno, digamos que Boca Caliente no es un lugar en el que soplen
buenos aires para un cazador de recompensas, ¿no crees? -
¿Estás dispuesto a volver a
México, para ganar mucho más de lo que conseguirás matando a Gordimer? -
¿Mucho más? Hay solo dos hombres por los que podría
conseguir mucho más. Y no me parece que tú tengas mucha prisa por morir. -
No, la verdad. No le
hace falta decir quién es el otro. Douglas ha comprendido muy bien: el otro
es El Diablo Loco. Ken ha decidido traicionar a su jefe. La recompensa es muy
considerable. Douglas asiente lentamente: -
Se puede hacer. Los dos
hombres acuerdan cómo reencontrarse. Después, Ken se marcha. Como le ha
prometido a Douglas, Ken le dice a Gordimer que El Diablo quiere hablar con
él y que debe dirigirse hacia el viejo cuartel al atardecer. Gordimer sabe
muy bien que El Diablo Loco es el dueño de la ciudad y que Ken es un
pistolero a su servicio. No se le pasa por la cabeza que pueda tratarse de
una trampa y que El Diablo no sepa nada de esto. No tiene ni idea de por qué
El Diablo quiere hablar con él, pero pronto lo descubrirá. Cuando el
sol se va poniendo y está a punto de desaparecer al otro lado de la colina,
Seth Gordimer se dirige hacia el viejo cuartel, que está a las afueras de la
ciudad. Se ha alzado un viento que levanta nubes de polvo de esta tierra
reseca. Entra por el portón principal y mira a un lado y a otro pero no ve a
nadie. No sabe dónde puede estar El Diablo y se sorprende de que no venga
ninguno de sus hombres a recibirlo. Desciende del caballo y, sujetándolo por
las riendas, se dirige hacia el patio del cuartel. Sólo consigue dar unos
pasos: la balacera que le agujerea la espalda pone fin a sus dudas y a su
vida. Douglas sale
de la esquina en la que estaba escondido. Mira el cadáver. Sonríe. Se le ha
puesto la verga dura, como le sucede muy a menudo cuando mata. La espera, la
anticipación, la sensación del peligro, la follada con Ken: todo ha atizado el
fuego de su deseo. Agarra el cadáver por el pañuelo que lleva al cuello y lo
arrastra hasta una habitación. Mira a su alrededor y ve una vieja mesa. Apoya
en ella el cuerpo de Seth Gordimer y le baja los pantalones y le desgarra los
calzoncillos. Con ellos le limpia un poco el culo y después lo enverga con un
empujón decidido. Como siempre, follarse al hombre que acaba apenas de matar le produce un gran placer. Se lo
folla durante un largo tiempo, gruñendo de placer, disfrutando de la
experiencia. Cuando se corre, retira la verga, se la limpia, y ve que ha
aumentado considerablemente el agujero del culo del muerto, llenándoselo de
calostro. Agarra el cadáver por los pantalones y lo arrastra hacia el
caballo. Lo carga en la silla de montar y lo ata para que no se caiga. Sube
al caballo, y se aleja del viejo cuartel. Atrayéndole
a Seth Gordimer hacia el viejo cuartel, Ken le ha hecho un gran favor a
Douglas y le ha dado un gran placer; pero ahora se da cuenta de que no debe
atravesar la ciudad con el cadáver en la silla de su caballo porque eso
supondría un riesgo importante: tal vez Gordimer tuviera amigos en Boca
Caliente. O cualquier otro cazador de recompensas podría tener la idea de
liquidar a Douglas para hacerse con el cadáver de Gordimer y cobrar la
recompensa. Douglas
cabalga durante una hora, pero enseguida se le echa encima la oscuridad y
decide no continuar. Se detiene entre las rocas en un lugar apartado.
Mientras come un poco de carne y de bizcochos secos, piensa en la propuesta
de Ken. Muy peligrosa, pero muy atrayente también. Como Ken. La follada con
ese hijo de puta ha sido bastante dolorosa y sin embargo al pensar en el
Chacal la verga se le vuelve a endurecer, aunque se haya follado a Seth
Gordimer hace poco más de una hora. Tres semanas
después de que Douglas dejara Boca Caliente, El Diablo hace llamar a Ken.
Quiere darle una lección a un terrateniente de California que tiene una
hacienda cerca de la frontera con México, así que necesita a uno que vaya a
explorar el terreno y organice la expedición. Cuando se trata de intervenir
en los Estados Unidos, son siempre Ken y Hugh los que van a explorar el
terreno porque son “gringos” y por lo tanto hablan inglés. El Diablo no se
fía de la información que le puedan traer los otros hombres de su banda, ya
que son mexicanos y solo hablan español. Ken y Hugh corren muchos riesgos,
sobre todo Ken, pero El Diablo les dejó claro muy pronto que, si quieren
trabajar con él, deben hacer lo que él les ordene. A Ken le interesa trabajar
para El Diablo, porque espera que pronto se presente la ocasión para
vengarse. El rancho
está lejos y el viaje requiere tres jornadas. Ken y Hugh completan el
reconocimiento del terreno en California. A la vuelta recorren otro camino y
hacen una breve parada en una pequeña ciudad cerca de la frontera. Allí les
llega la noche, empujan la puerta de una casa abandonada, se echan a dormir
un poco y se despiertan dos horas después, un poco antes del amanecer. Pocos días
después El Diablo Loco se pone en marcha para su expedición de castigo. No
lleva muchos hombres con él, para no llamar demasiado la atención en
California, y porque con ellos le basta para darle al propietario de tierras
el escarmiento que le quiere dar. Lo acompañan Ken y Hugh, como siempre que
se aventura en los Estados Unidos, y tres mexicanos: Lorenzo, “El
Destripador”, Pedro y Bartolomé. En México se
mueven sin problemas: las autoridades mexicanas no les buscan y en cualquier
caso es difícil que alguno se atreva a cruzarse en el camino de El Diablo
Loco. Se meten por un desfiladero, lo atraviesan y llegan a la orilla de un
riachuelo: no es muy ancho, ni profundo, por lo que pueden atravesarlo con
facilidad. Mientras lo están atravesando suenan dos disparos. Pedro y
Bartolomé caen de sus caballos. El cuerpo de Pedro es arrastrado por la
corriente, el de Bartolomé se engancha en las ramas de un arbusto que crece
en un islote. El Diablo, Ken, Hugh y Lorenzo “El Destripador” desmontan y
salen corriendo hacia atrás, buscando refugio entre unas rocas. El Diablo y
Lorenzo se echan a tierra tras las rocas y abren fuego contra alguien que se
entrevé al otro lado de la orilla. El Diablo continúa disparando, sin darse
cuenta de que lo que se mueve es solo un sombrero sujetado en un palo. Cuando
dejan de disparar, Ken le hace una señal a Hugh, que dispara en la espalda de
“El Destripador”. Ken apunta su pistola en la nuca de El Diablo. -
Suelta la pistola, cabrón. -
¿Qué coño es esto? -
Tira la pistola al suelo, o te
dejo seco. Si el arma
no estuviera descargada, El Diablo intentaría revolverse, incluso sabiendo
que Ken lo mataría, pero una pistola sin balas, ¿para qué sirve? El Diablo afloja la mano y la deja caer al
suelo. -
Pon las manos detrás de la
espalda. -
¿Qué coño …? Ken le da
un fuerte golpe en la nuca, con la pistola. -
¡Te he dicho que pongas las
manos detrás de la espalda, cabrón! El Diablo,
aturdido, obedece. Ken le apresa las manos con las esposas, después grita: -
¡Hecho, Douglas! Ken
sale de entre las rocas y recupera los caballos, mientras Hugh mantiene a
raya con la pistola a El Diablo. Poco después Douglas aparece en la otra
orilla, atraviesa el riachuelo, y llega hasta ellos. Ken le dice: -
Todo como estaba previsto. Luego sonríe y añade: -
Ahora tú y yo vamos a ajustar
cuentas, Diablo. El Diablo
mira a Ken. En sus ojos se puede ver el odio, pero Ken ríe: ha esperado
durante años que llegara este momento. Ahora, por fin, podrá joder a este
cabrón que es su propio padre, el mismo que le dio por el culo en el burdel.
Ahora será él quien le dé por el culo a este cabrón, y después lo matará. Y
las dos cosas las va a hacer con mucho placer. Hugh pregunta: -
¿Qué hacemos ahora, Ken? A Hugh,
Ken le ha contado solo lo esencial, omitiendo todo lo que ha acordado con Douglas.
Hugh ha preguntado, pero Ken se ha negado a darle ninguna explicación. Ahora le responde: -
Lo vamos a matar. No tiene
sentido llevarlo vivo a los Estados Unidos. Lo ahorcamos aquí. Nos darán la
recompensa de todos modos, se lo llevemos vivo o muerto. Hugh lo mira y dice: -
Ken, si atravesamos la
frontera, tú y yo podemos terminar con la soga al cuello también. Le haremos
compañía a El Diablo en El Infierno. Ken y Douglas ya han hablado de
esto. Ken le dice a Hugh lo que han acordado: -
Lo entregará Douglas. Nosotros
nos quedamos escondidos y una vez que tengamos el dinero nos establecemos en
alguna parte de los Estados Unidos. El Oeste es grande, los Estados Unidos
son grandes. Incluso podríamos establecernos en el Este, ¿quién sabe? Hugh asiente. Si Douglas no
estuviera presente, expondría la duda que le ha venido, y que seguramente se
le ha pasado a Ken por la cabeza, pero en presencia del cazador de
recompensas prefiere callar. Lo discutirán en otro momento. Hugh mira a El Diablo, todavía un
poco perplejo, y suelta una carcajada. En Boca Caliente se dice que también
El Diablo, como Ken, tiene una verga de caballo. No tiene ni idea de que El
Diablo y Ken son padre e hijo. Ríe de nuevo y propone: -
Tengo una idea, muchachos, ya
que estamos entre nosotros, ¿qué os parece si lo ahorcamos desnudo, y nos
divertimos un poco? Ken asiente, sin reír. -
Me parece bien. El Diablo, aturdido, mira a Ken, como si todavía le costara trabajo
comprender. Entonces, al fijarse bien en sus rasgos, le da un vuelco el
corazón, y comienza a comprender. -
Tú … tú … Los latidos del corazón de El
Diablo se aceleran. Ken lo mira con una mirada helada, con desprecio. Y le
dice: -
Sí … yo … Entre los tres agarran a El
Diablo y lo van desnudando. Para evitar el riesgo de quitarle las esposas, le
desgarran la camisa, le bajan los pantalones y los calzoncillos … Desnudo, El
Diablo es verdaderamente un hermoso espectáculo: un cuerpo de coloso,
cubierto de una pelambrera grisácea, una verga poderosa, tan voluminosa que
incluso en estado de flacidez parece una gruesa rama que sale del tronco de
su cuerpo robusto, y unos cojones de toro, peludos también, que caen por su
propio peso en la alargada bolsa escrotal. Hugh observa con fascinación a
este magnífico ejemplar de macho en la cúspide de su madurez y piensa que con
mucho gusto se ofrecería para ser follado por él, pero no se atreve a decir
nada. Ken sonríe y dice: -
Vamos a darle lo que merece a
este pedazo de mierda, antes de ahorcarlo. Tengo una cuenta pendiente con él.
Douglas asiente, con
entusiasmo: -
¡Buena idea! Con la ayuda de Douglas, Ken arrastra a El Diablo
hacia una roca y lo pone en posición, con el culo en el aire. El Diablo
comprende enseguida sus intenciones. No tiene ninguna intención de dejarse
encular y gruñendo intenta revolverse. Pero Douglas y Hugh lo mantienen
inmóvil. Entonces aprieta los músculos para cerrar bien el culo intentando
con todas sus fuerzas que Ken pueda estuprarlo. Ken se baja
los pantalones. Le cuesta mucho trabajo envasarle la verga a través del culo,
muy musculoso, demasiado apretado. Las nalgas de El Diablo, cubiertas también
como la profunda raja que las separa de una pelambrera grisácea, tienen una
fuerza que impide a la verga de Ken avanzar. Aprietan fuertemente la verga de
Ken, produciéndole dolor. El Diablo gruñe, insultando a Ken, llamándole
“bastardo” e “hijo de puta”, amenazándolo. Ken entonces sonríe, extrae su
verga y saca un cuchillo de la funda de su cinturón, le va introduciendo la
punta afilada entre las nalgas, lo empuja hacia dentro y con un rápido
movimiento de la mano desgarra el agujero. El Diablo se estremece, pero no
grita, queda como anonadado por lo que Ken le ha hecho. Ken lo
encula a continuación, con una única embestida. El Diablo suelta un gruñido,
y después un chillido parecido al de un cerdo acuchillado, pero avergonzado
al escucharse a sí mismo se muerde la lengua para no gritar. Ken lo folla
durante largo tiempo, gruñendo también, con rabia, procurando hacerle el
mayor daño posible a este asqueroso hijo de la gran puta, que es su propio
padre. La sangre caliente de El Diablo empapa la verga de Ken mientras se lo
folla con violentas embestidas. Cuando Ken
termina, Douglas se coloca en su lugar. Hugh los mira, fascinado; son
verdaderamente dos magníficos sementales y es un auténtico placer verlos
follarse a este cabrón de El Diablo. Los gruñidos de El Diablo comienzan a
amortiguarse a medida que Douglas se lo folla, y llega un momento en que se
queda en silencio, como resignado, como dejándose hacer. El Diablo parece
aceptar su destino. No quiere darles a estos bastardos la satisfacción de
escuchar sus gritos de dolor, no quiere que vean en su rostro el miedo y la
desesperación. Mientras
Douglas se folla a El Diablo con gran placer, Ken se limpia la verga,
cubierta de sangre, con la camisa de El Diablo, después prepara el lazo y
hace pasar la cuerda por encima de la gruesa rama de un árbol. Calcula la
altura de tal manera que el salto sea corto: quiere que la agonía de este
hijo de puta se prolongue durante todo el tiempo que sea posible. Douglas ha
terminado y también él se limpia la verga en la camisa de El Diablo, después
mira el lazo y ríe: -
Pensaba que le ibas a disparar
por el culo. -
No hubiera estado mal, pero es
una muerte demasiado rápida. No se la merece. Luego se vuelve hacia El Diablo y
le dice: -
Hora de cascar, pedazo de
mierda. En el rostro de El Diablo hay una máscara de indiferencia. Aunque no parece oponer
resistencia, levantar a El Diablo de la roca en la que lo han enculado no es
en absoluto una tarea fácil para Ken y Hugh, que son unos hombres muy fuertes
también. Hugh le pasa el lazo alrededor de la cabeza hasta que la soga
desciende y le circunda el cuello, y a continuación lo aprieta. Hugh sonríe
cuando observa que El Diablo se estremece un poco al sentir la presión del
lazo contra su cuello. Hugh sabe que El Diablo está intentando aparentar que
no tiene miedo a la muerte pero él sabe muy bien que no es así. Hugh está
convencido de que todos los hombres tienen miedo a morir. El Diablo también. Ken y Hugh agarran entonces a El
Diablo y lo llevan hacia el árbol en el que lo van a ahorcar. Al comenzar a
andar El Diablo por un momento parece vacilar, pero después avanza hacia el
árbol con la soga colgándole del cuello. El Diablo tiene un cuello de toro y
cuando Ken y Hugh comienzan a tirar de la cuerda por un momento temen que se
pueda romper. Pero lo van levantando poco a poco hasta que le colocan los
pies desnudos en un taburete de madera. Ken puede apreciar que cuando los
pies de El Diablo tocan el taburete el vello grisáceo de la nuca se le ha
escrespado. Ken sonríe. Cuando Ken y Hugh lo empujan y
los pies de El Diablo saltan del taburete de madera y cuelgan en el aire,
durante un largo momento no se mueve: parece que la cuerda no aprieta el
cuello lo suficiente y Ken puede ver cómo el poderoso torso de El Diablo se
alza aún al ritmo de su respiración. El Diablo suda y gotas de sudor le
descienden por la frente hasta las cejas espesas, caen por su rostro y por la
pelambrera que le cubre los musculosos pectorales, empapando el vientre
velludo, dejando un reguero de sudor que hace brillar su cuerpo a la luz del
sol. El Diablo mira hacia delante y su mirada – antes aparentemente
indiferente – está ahora cargada de odio hacia sus asesinos, como si quisiera
fulminarlos a los tres. Aprieta los dientes fuertemente y parece mascullar
una maldición. En ese momento, la cuerda comienza a apretar, estirada por el
peso del coloso, y a medida que la cuerda le atenaza el cuello El Diablo comienza
a dar señales de fatiga al respirar, pero sin moverse apenas, solo con
pequeñas sacudidas que hacen oscilar lentamente la cuerda, como si tuviese
hipo. Agita cuatro veces sus robustas piernas, estirándolas apenas, con un
movimiento rápido pero poco acentuado. La boca se le abre por el esfuerzo al
respirar y por un lado le sale un poco de saliva que fluyendo desde el mentón
le desciende hacia el torso. Después los movimientos se
ralentizan y se detienen. El Diablo permanece perfectamente inmóvil, la mirada
fija en el vacío, de nuevo como indiferente. Ken se pregunta por un momento
si es posible que El Diablo esté ya muerto, si es posible que un coloso como
este, con un cuello que parece el tocón de un árbol, haya cascado de esta
manera, en tan pocos minutos. Ken espera que no. Incluso ahora se balancea
ligeramente, suspendido de la cuerda que le aprieta el cuello, como si
estuviera muerto ya. Pero la danza de la muerte de El
Diablo está a punto de comenzar. Mientras los tres miran el cuerpo del coloso
con un asomo de decepción en sus ojos por lo poco que ha parecido durar con
la soga al cuello este hombre que parecía tan fuerte, de pronto comienza lo
que todos ellos estaban esperando. Con un movimiento brusco El Diablo lanza
las piernas hacia adelante, como si quisiera escapar, desprenderse de la soga
que va a acabar con él, y levanta las robustas rodillas casi hasta la
cintura. Luego las deja caer y se pone a patalear como si intentara caminar o
correr en el aire, empujando una pierna hacia adelante, impulsando la otra
hacia atrás. Los movimientos de sus piernas son cada vez más rápidos y la
alocada carrera solo se interrumpe cuando El Diablo las dobla una segunda vez
levantando mucho las rodillas, alzándolas aún más que la vez anterior, hasta
el torso, luego las deja caer, otra vez. Por un momento El Diablo parece otra
vez inmóvil, como aturdido, pero enseguida las piernas vuelven a moverse de
un modo frenético, aunque en esta ocasión las estira casi una docena de veces
para recogerlas de nuevo, nuevamente dobladas. Estos movimientos permiten ver
perfectamente entre sus piernas la verga de venas hinchadas que como un
garrote se le levanta entre ellas, que se le va enderezando dura como el
mármol por encima de su vientre, como un enorme salchichón que, presionando
el pellejo en el que está embutido, estuviera a punto de reventar. Por tercera vez las piernas se le
pliegan a la vez y las rodillas se le levantan, pero esta vez solo hasta la
altura del ombligo. Luego cada una de ellas empieza a moverse
independientemente de la otra: ahora una pierna se proyecta hacia adelante,
la otra hacia atrás, o una da una patada hacia un lado, la otra hacia
adelante … los movimientos se vuelven cada vez más frenéticos y
descoordinados; no es ya una carrera o una simple separación de las piernas,
sino una desordenada sucesión de rápidas sacudidas, un patalear en todas
direcciones. La danza de la muerte de El
Diablo parece interminable. Los rabiosos movimientos hacen sudar al bandido
cada vez con mayor profusión, ahora el cuerpo corpulento está cubierto de una
capa brillante de sudor que reluce a la luz del sol. Las gotas de sudor
descienden en riachuelos desde la frente y desde el torso, le recorren el
pecho y el abdomen hasta empaparle el bajo vientre, le caen por las piernas y
gotean hasta formar un pequeño charco en la tierra, bajo sus pies. La desesperada danza prosigue,
sin que en ningún momento parezca disminuir en intensidad: ¿cuántos minutos
lleva ya El Diablo agonizando de esta manera tan frenética, tan salvaje? Ken ha asistido a diversos
ahorcamientos, pero nunca a uno que durase tanto. Mira como hechizado a este
cuerpo enorme que no quiere resignarse a caer hacia la muerte. El rostro de
El Diablo comienza a enrojecer. Desde la boca abierta por el esfuerzo de
respirar, la saliva abundante forma un riachuelo que descendiendo en una
pequeña cascada desde el mentón le alcanza el torso. El Diablo continúa
debatiéndose, pataleando desesperadamente. Hay demasiada energía vital en
este cuerpo de un hombre en la cúspide de su madurez, pero la muerte no
quiere soltar a su presa. El sudor desciende ahora continuamente a lo largo
del torso y del vientre, la pelambrera púbica de El Diablo está completamente
empapada y la verga voluminosa permanece completamente empalmada, en una
espectacular erección. También el rostro, cada vez más enrojecido, está
empapado por pequeños ríos de sudor que se mezclan con su saliva. Sus ojos
parecen querer salírsele de las órbitas y su lengua aparece entre los
dientes. El Diablo patalea todavía, pero
con menor decisión que antes, se diría que con menor voluntad, aunque de vez
en cuando una sacudida más violenta proyecta una pierna hacia el esternón o
hacia adelante, como si aún quisiera escapar. En cierto momento el movimiento
se detiene. Hay todavía, en mitad de un ligero balanceo, un sobresalto del
cuerpo, un temblor que lo recorre por entero, luego la inmovilidad. Ken se
dice que esta vez todo ha, definitivamente, terminado: El Diablo ha cascado.
Esta agonía interminable ha llegado a su final. Pero el cuerpo se mueve todavía.
Se arquea ligeramente hacia delante, adelantando su vientre voluminoso,
mientras de la cabeza de su verga brota un abundante y enérgico chorro de
calostro. El chorro sale con mucha fuerza, proyectándose hacia lo alto, tanto
que algunas salpicaduras le alcanzan el torso, al tiempo que el resto cae
realizando una amplia trayectoria formando un charco de calostro bajo sus
pies. Un calostro abundante y viscoso. Algunos chorros más siguen
cayendo, con menos fuerza, más lentamente, sin proyectarse ya hacia lo alto,
pero fluyendo desde sus cojones de semental a lo largo de la enorme verga en
erección, empapándole los muslos y la bolsa escrotal, descendiéndole después
por los músculos en tensión de las piernas, que le han empezado a temblar con
la eyaculación. Parece como si ese flujo continuo no fuera nunca a finalizar,
como un río plateado y caliente que brota incesante de la cabeza ardiente de
su verga. Y después de este espectáculo de
su eyaculación, El Diablo reemprende la danza de su muerte, aunque cada vez
más atenuada, con movimientos más ralentizados, hasta casi detenerse por
completo. El cuerpo ahora se balancea sin que realice ningún otro movimiento
a su vez. Ken se aproxima y examina el cuello robusto que la cuerda ha
alargado de un modo grotesco, observa el rostro congestionado, la cabeza
inclinada en la que destacan en relieve, en las sienes, las venas hinchadas
de sangre. Un poco de moco verdoso le fluye por los orificios de la nariz, y
de la boca le brota la lengua, que parece oscurecida, de un color casi
azulado. Sus ojos parecen mirar, vacíos, hacia lo alto. Ken sonríe. Se coloca delante de
El Diablo y le agarra con la mano derecha los grandes cojones, que le cuelgan
cubiertos de calostro, entre las piernas pendulantes. Y entonces ve que el
cuerpo se sacude todavía. El Diablo parece revivir un poco al sentir el dolor
de esa tenaza. Ken ríe y su mano aprieta. El Diablo se retuerce todavía,
aunque débilmente. Ken mira su rostro descompuesto, sus ojos que parecen
querer salírsele de la cabeza, el cuello alargado por la soga, y luego su
propia mano que aprieta, sin conseguirlos estrujar, los cojones de El Diablo.
Impacientado por esta inesperada resistencia, Ken agarra los cojones también
con la otra mano, y aprieta con todas sus fuerzas. Cuando los cojones
revientan, primero el izquierdo, después el derecho, El Diablo se sacude con
más violencia. Ken, ahora, comienza a tirar
hacia abajo. El Diablo mueve todavía seis veces más las piernas, alzando las
rodillas hacia el pubis, pero es un movimiento débil, apenas acentuado, luego
se queda quieto por un momento. A continuación sacude un poco el cuerpo, un
ligero estremecimiento, levanta las piernas tres veces más, a intervalos cada
vez más largos, después los movimientos van cesando hasta que el cuerpo queda
inmóvil, esta vez para siempre. La mirada de Ken desciende a lo
largo del torso poderoso, en el que se mezclan sudor, saliva y calostro, se
desliza por el vientre voluminoso sobre el que se empina la enorme verga, por
las piernas robustas … ve que por la parte posterior de sus muslos ha estado
fluyendo un reguero de sangre procedente de la herida en el culo. De la verga
completamente empalmada brota nuevamente un reguero contínuo, pero en esta
ocasión el líquido es más fluido y de un color amarillento. El Diablo se está
orinando y desde el orificio de la gruesa cabeza de su verga la orina
desciende en cascada a lo largo de su pierna derecha y por el pie, que aún se
mueven un poco, hasta el suelo. La muerte se ha cobrado
finalmente a esta presa tan preciada que es, para Ella, El Diablo Loco. Sus
locas correrías de bandido han terminado, nunca nadie más lo volverá a temer
en Boca Caliente, ni en ninguna otra parte de México o del Oeste de los
Estados Unidos. Su reinado criminal ha terminado aquí. A manos de Ken el
Chacal, su propio hijo, que tenía una cuenta pendiente con él, y ahora se la
ha cobrado. Pero no ha sido una presa fácil. Ken, de alguna manera, está
contento de que haya sido así. Este hijo de puta no dejaba de ser su padre, y
a Ken ser hijo de un pedazo de cabrón tan fuerte como este no le ha parecido,
al fin y al cabo, nada de lo que se tuviera que avergonzar: “de tal palo, tal
astilla”, dice el dicho popular. Matarlo ha sido, eso sí, por eso
mismo, un auténtico placer para él. Dejan el cadáver colgando mientras se visten,
después lo descuelgan, le vuelven a poner los pantalones (no es procedente
que Douglas entregue el fiambre completamente desnudo) y lo cargan en el
caballo, atándolo bien a la silla. Como han acordado, Douglas se pone en
marcha: entregará el cadáver de El Diablo, obtendrá la recompensa, y después
volverá para repartirla con Ken y Hugh. Cuando
Douglas ya está a mucha distancia, Hugh dice lo que ha pensado cuando Ken le
dijo que debería ser el cazador de recompensas el que entregara el cadáver de
El Diablo. -
¿Y si Douglas no vuelve?! Ese hijo de puta es muy capaz de escapar
con el dinero, y si te he visto no me acuerdo. Ken sonríe,
pero no es una sonrisa alegre. -
Por supuesto, corremos ese
riesgo. Y no solo eso: Douglas sería capaz de decirle al sheriff el lugar en
el que estamos escondidos, para asegurarse así de que no volveremos un día u
otro a pedirle nuestra parte, además de embolsarse la recompensa por nuestras
cabezas. -
¿Y entonces? -
Entonces, en vez de
encontrarnos con Douglas en el lugar que acordamos con él, nos ocultaremos en
los alrededores, a lo largo del camino que debe recorrer para llegar hasta
ese lugar … de esta manera veremos si llega y si viene acompañado. Hugh tuerce la boca. -
En Boca Caliente no corríamos
demasiados riesgos. Además, si Douglas nos traiciona, estamos jodidos. Aquí
en México no podemos quedarnos, porque los hombres de El Diablo nos buscarán
para vengarlo en cuanto se enteren de que lo hemos matado; en los Estados
Unidos han puesto precio a nuestras cabezas, y si no conseguimos un montón de
dinero, no sé cómo vamos a hacer para desaparecer y darnos esa buena vida que
tú dices. Ken sabe muy
bien que Hugh tiene razón. Por supuesto que había pensado en todo esto, pero
vengarse de El Diablo era lo principal. Asumía, por eso, todos estos riesgos
e inconvenientes. Según lo
acordado, Douglas necesitaría unos días para llegar a los Estados Unidos,
entregar el cadáver de El Diablo, cobrar la recompensa y volver para
reencontrarse con Ken y Hugh en el lugar convenido. Desde ese
lugar, Ken y Hugh recorren varias millas hacia el Norte y se apostan en lo
alto de una colina. Al tercer día, ven a lo lejos una nube de polvo. Deben
ser muchos jinetes. Cuando están más cerca, Ken ve que se trata de al menos
doce hombres, con Douglas a la cabeza. Seguramente se trata de un sheriff y
diez de sus hombres que se están dirigiendo al lugar donde Ken y Hugh acordaron
reencontrarse con Douglas. Es evidente que ese hijo de puta los ha
traicionado. Lo pagará. Ken ha
ajustado sus cuentas con El Diablo, pero ahora tendrá que ajustarlas también
con este cabrón de Douglas Markus. Ken el
Chacal no es un hombre que deje ninguna cuenta sin saldar. Original italiano: Ferdinando Neri. Traducción- adaptación en español de
Carlos Hidalgo. |