KEN EL CHACAL XII – Los Doce
Apóstoles Ken y Hugh están al pie de Los Montes del Águila,
un vasto macizo rocoso. Todo su área es una sucesión de colinas y montañas empinadas,
pequeños valles y estrechos desfiladeros entre paredes verticales: un buen
lugar para esconderse o para tender emboscadas. Según sus
informadores el hombre que buscan y al que deben liquidar por encargo del
Diablo Loco, el tal Ernest Malone, se oculta entre estos peñascos. El
problema es que no está solo: se ha unido a un grupo de bandidos a los que
muchos quieren dar caza. Los llaman los Doce Apóstoles, porque son más o
menos una docena y porque dicen que Will, su jefe, es el hijo descarriado de
un predicador. Atrapar y liquidar a un solo hombre no es, desde luego, una
empresa imposible para dos expertos pistoleros como Ken y Hugh, aunque en
este laberinto de rocas no es fácil desplazarse y el cazador corre siempre el
riesgo de convertirse en presa. Pero cuando tienen que vérselas con una
docena de expertos bandidos, que conocen bien el terreno, la cosa se va
poniendo más oscura. Hugh observa
la sucesión de montañas y sacude la cabeza. -
Y entonces, Ken, ¿qué coño
vamos a hacer? No se te habrá pasado
por la cabeza que nosotros dos, solos, podemos joder a todos esos cabrones. Ken sacude, también, la cabeza. -
¿Quién ha dicho que tenemos que
joderlos a todos? El único que nos
interesa es Malone. -
Sí, pero Malone está con los Doce
Apóstoles. No es asunto de que lleguemos allí, en el supuesto caso de que
encontremos dónde coño se esconden, y les digamos: “Hola, muchachos, nos han
encargado que dejemos seco a un tal Malone, un tipo que está aquí con
vosotros, así que venga: ahorita mismo nos lo entregáis, si no queréis tener
problemas, y después os vais por ahí a tomar por el culo. ¿Cómo crees que se
lo tomarían?” Ken hace una señal afirmativa con la cabeza, sonriendo. -
Es verdad, tienes razón, por
eso la única solución es unirnos a ellos. -
¿Quieres decir … entrar en la
banda? -
Exacto. Una vez que hayamos
entrado, nos las arreglaremos para encontrar la ocasión de dejar seco a
Malone. -
¿Y cómo entramos en la banda? -
Les diremos la verdad: “Somos
dos bandidos fugitivos, como vosotros, muchachos, y si nos atrapan nos ponen
la soga al cuello, como a vosotros”. Ellos lo entenderán. -
No creo que nos lo permitan,
unirnos a ellos, así tan fácilmente, esos cabrones deben ser muy desconfiados
de los extraños, pero podríamos intentarlo. Lo peor que nos puede pasar es
que nos llenen de plomo, pero no debemos ser egoístas: por estos lugares hay
muchos buitres, y como criaturas de Dios que son, también tienen derecho a
comer. Ken ríe. Le gusta el humor
sarcástico de Hugh. -
¡No seas cabrón! Te digo, para tu tranquilidad, que no entra
en mis planes terminar en el estómago de un buitre. -
Vale, pero queda un pequeño
detalle: cómo encontrar a estos “angelitos” de los Apóstoles, pero sin que
antes nos acribillen a balazos. -
Los encontraremos, no te quepa
duda. Se han hecho su guarida aquí, así que vamos a rastrear sus huellas por
estos caminos. -
Joder, Ken, esperemos que no
sean de esos que primero te disparan y después te preguntan “qué coño
quieres, cabrón”. Ken sabe muy bien que el riesgo
está ahí, pero si Ernest Malone está con los Doce Apóstoles, deben intentar
contactar con él: no hay otra alternativa. -
Ya veremos qué pasa. Las
previsiones de Ken se revelan exactas: después de dos días en el macizo,
mientras están comiendo, aparecen cuatro hombres apuntándoles con sus armas. -
Las manos en alto, que las
veamos bien. Y ninguna tontería. Ken obedece.
Podría intentar agarrar la pistola y disparar, pero su objetivo es establecer
contacto con los Apóstoles, no matarlos. Hugh levanta los brazos también. El hombre
que ha hablado se vuelve hacia uno de sus compañeros: -
Nicolás, quítales las pistolas.
Nicolás, que
parece mexicano, les quita las pistolas a Ken y a Hugh. Los otros parecen
“gringos”, como ellos, pero a veces hablan en español. Son tipos que han
merodeado, claramente, por la frontera. Tal vez algún día escapen a México
pero, por el momento, se ocultan aquí. Ahora que
Ken y Hugh están desarmados, los cuatro bandidos bajan sus armas, pero sin
apartar sus dedos de los gatillos. El que
parece estar al mando pregunta: -
¿Quiénes sois y qué hacéis
aquí? -
Yo soy Ken. Me llaman El
Chacal. Él es Hugh. -
¡Ken el Chacal! ¡Joder!
Han puesto un buen precio a tu cabeza. Ken ríe. -
También a las vuestras les han
puesto un buen precio, si, como pienso, formáis parte de la banda de los Doce
Apóstoles. El hombre sonríe y asiente. Luego dice: -
Lo llevamos como podemos,
también, nosotros, pero no tan bien como tú. ¿Qué haces por estos lugares,
Chacal? -
Digamos que mi amigo y yo
buscamos un sitio tranquilo, porque no nos llevamos muy bien con los
sheriffs. Esta vez es el tipo el que ríe. -
¡Ya lo creo! ¿A cuántos has dejado secos? ¿Cinco, seis? -
No llevo la cuenta. Otros, en
cambio, la llevan, y mi amigo y yo tenemos necesidad de un sitio donde
podamos vivir tranquilos, donde cuando durmamos podamos soñar con los
angelitos y no con cuerdas alrededor de nuestros cuellos. Por eso hemos
venido aquí. Sabemos que a los sheriffs no les gusta adentrarse por estos
lugares y que con vosotros estaremos en buena compañía. -
¿Queréis uniros a
nosotros? ¿Es lo que pretendéis? -
Sí, hemos pensado que por un
tiempo es mejor que estemos apartados de los lugares habitados. Las ciudades y
los pueblos están llenos de malditos curiosos que miran a todo el que pasa y
luego no saben tener la boca callada. El tipo se rasca el cuello con el
índice de la mano izquierda, mientras con la derecha no deja de agarrar la
pistola. -
Bueno, eso es algo que
tendremos que discutir con los otros. Ninguno de nosotros puede decidir por
todos. -
Me parece lógico. El hombre reflexiona un momento, luego dice: -
Quedaros por la zona. Os
buscaremos mañana. Y a continuación añade: -
Mi nombre es Silas. -
Está bien, Silas. Nos
quedaremos por este bonito valle, a no ser que veamos acercarse a algún
cabrón con una estrella dorada en el pecho. -
Si ese cabrón fuese el hijo de
puta del sheriff Mike O´Neill, dejadlo seco: nos daríais una gran alegría. -
De acuerdo, pero si os lo
encontráis vosotros, no lo pongáis detrás de nuestros culos sólo para que
seamos nosotros los que lo dejemos seco. Silas ríe. Hace una señal a los
otros y se alejan. Dejan en tierra las pistolas de Ken y de Hugh, que las
recogen. Hugh comenta: -
La cosa ha ido bien. No nos han
disparado antes de preguntarnos quiénes somos. Pasan la jornada por la zona. Al
atardecer se bañan en una de las charcas de agua que abundan en el pequeño
valle, luego por la noche Ken se folla a Hugh y finalmente se echan a dormir.
Al día siguiente Silas regresa
con Nicolás y otro hombre. Es este último el que habla: -
Buenos días, Ken. Yo soy Zeke.
Cuando Silas me ha contado que estabas aquí, no me lo podía creer. Pensábamos
que eras un impostor, pero ahora que te veo, te reconozco: he visto tu cara
en los carteles con la recompensa por tu cabeza. Eres famoso, Ken. -
Renunciaría de buena gana a esa
fama. Si no fuese tan famoso, podría vivir y moverme con más tranquilidad. -
Me imagino. Los sheriffs
estarían más tranquilos también. Algunos de ellos seguirían vivos, tal vez. Zeke ríe y también Ken sonríe. El hombre prosigue: -
Silas dice que tú y tu amigo
queréis quedaros con nosotros. -
Sí, en estos tiempos hay mucha
gente que nos busca, y preferiríamos que no nos encontrasen. -
Bueno, ¿qué quieres? Has jodido a dos sheriffs viniendo hacia
aquí. Digamos que no es la mejor manera de pasar inadvertido, ¿no crees? -
Son ellos los que han venido a
buscarme. -
¡Y te han encontrado! Ken asiente, encogiéndose de hombros, con una sonrisa de niño travieso
que finge inocencia. Zeke ríe. -
No está mal. El mejor sheriff
es el sheriff muerto, el que se pudre en la fosa, ¿no te parece? … Volviendo
a lo que pedís, la verdad es que podríamos daros alojamiento, pero hay un
precio que pagar. -
Calculaste mal la jugada,
entonces. Tenemos muy poco. En esta última semana, bastante hemos tenido con
salvar el pellejo por arriesgarnos a asaltar un banco. Nos salió mal, por
poco nos dejan secos, esos cabrones. Zeke sonríe. -
No, no. No queremos dinero. -
¿Entonces? -
Queremos que nos traigas al
sheriff Mike O´Neill. -
¿Qué os traiga al sheriff
…?! ¡Con dos cojones! La cosa más fácil de este mundo … ¡Joder! -
Tú eres un experto en la
materia. Uno más, ¿qué trabajo te cuesta?
Nos lo traes vivo o muerto. Nos gustaría más vivo, pero si es
demasiado riesgo, nos viene bien el cadáver. Hemos tenido a ese cabrón detrás
de nosotros durante demasiado tiempo, hace años ya que intenta encontrar
nuestra guarida. A veces consigue reunir una partida y se pone a rastrear
como un sabueso todas estas montañas. En algún momento nos ha pasado muy
cerca, el muy cabrón. Es más terco que un buey. Así que pensamos que, ya que
tiene tanto empeño en encontrarnos, es mejor que nos encuentre, por fin. -
¿Pero cómo coño hacemos para
capturarlo? En cuanto me vea me
reconocerá. Y también han puesto una buena recompensa por la cabeza de Hugh. Hugh sonríe y dice: -
Bah, poca cosa. No soy tan
famoso como tú, cabrón. Zeke sacude la cabeza, divertido. -
Yo os puedo contar algunas
cosas sobre él, pero después tendréis que arreglároslas vosotros. -
¿Quieres decir que tenéis
información útil para que nos arriesguemos a capturarlo? -
Sí, son informaciones que
vosotros podéis utilizar, nosotros no, de momento no podemos salir de estas
montañas, porque por estos lugares todo el mundo se conoce. Se sientan y Zeke comienza a
contar lo que sabe del sheriff Mike O´Neill. Algunos detalles del cuento le
resultan familiares a Ken. Le hacen recordar viejos tiempos. El martes por la mañana, Mike
O´Neill se levanta tarde. Por la noche ha estado follando con Belle, su puta
preferida, que trabaja en el burdel de Madame Rose. Belle sabe hacer bien su
trabajo y Mike ha pasado varias horas con ella: a sus 47 años es un auténtico
semental y está magníficamente dotado. Belle sabe apreciar su gruesa verga y
sus cojones de toro, sabe cómo manejarlos para darle placer, y al sheriff la
muchacha la gusta un montón: desde que ha llegado al burdel, Mike va allí al
menos dos veces a la semana y se queda durante mucho tiempo. También antes
iba con bastante frecuencia, pero no se quedaba más tiempo del necesario para
vaciar los cojones. Ahora se pasa unas cuantas horas, no sólo por todo lo que
le gusta Belle, sino porque Madame no le hace pagar los servicios: es siempre
útil poder contar con un sheriff. Madame le ha pedido, eso sí, que llegue ya
bien entrada la noche, porque así Belle puede trabajar antes con otros
clientes. Mike se despereza con un bostezo
de oso, casi rugiendo, abriendo mucho los brazos y cerrando los puños. Va
hacia la ventana, mientras se rasca los cojones, la mano en sus calzoncillos
largos de algodón. Sus ojos, un poco legañosos todavía, recorren la silueta
de los Montes del Águila, bien visibles a lo lejos. Arruga la frente. Antes o
después, se dice, conseguirá atrapar a esos hijos de puta de los Doce
Apóstoles. Quiere verlos a todos colgando por los cuellos de doce horcas.
Quiere ahorcarlos, a todos, delante de todo el mundo. Dejará sus cadáveres
pudriéndose en las horcas durante varios días, de forma que todos puedan
verlos y comprender cómo terminan los bandidos. Quiere divertirse mientras
los cuervos les comen los ojos y la carne que empieza a pudrirse. El
pensamiento le hace afluir la sangre a la verga, que se le empalma, estirando
el algodón. Le gusta ahorcar a un bandido, observar sus contorsiones, la
mancha de orina que va extendiéndose por los pantalones. Le gusta sentir el
olor a mierda que emana del cadáver. Mike se acaricia la verga bajo el algodón.
Se ha corrido dos veces, con Belle, ayer por la noche, pero imaginar a los
Doce Apóstoles con la soga al cuello lo excita. Se aleja de la ventana, se acerca
al aguamanil, echa agua en la palangana,
y se lava un poco los sobacos y el torso, velludo y vigoroso, luego se viste.
La jornada transcurre tranquila en su oficina. Los Doce Apóstoles en estos
últimos tiempos están bastante retraídos. Después del asalto a la granja de
los O´Hara no se han hecho ver apenas. Pero antes o después esos cabrones
saldrán de nuevo a hacer de las suyas, se dice nuestro sheriff. Mike O´Neill
nunca baja la guardia. Al menos, eso es lo que él cree. El jueves por la noche, Mike
vuelve al burdel. Esta vez Belle lo hace esperar: normalmente ya está libre
cuando llega el sheriff, porque Madame sabe que a Mike no le gusta esperar.
Esta vez, sin embargo, la cosa es diferente. Madame se excusa y ofrece una
botella a Mike, que gruñe un poco, su verga impaciente bajo los pantalones.
El whisky es de calidad, debe ser el que Madame reserva para clientes
importantes. Mike lo saborea, siente el calor en la garganta. A Mike no le
importa beber lo que sea, pero sin exagerar: no quiere, desde luego,
emborracharse, pero el licor es bueno de verdad y Belle se retrasa. Cuando
finalmente Madame viene a avisarlo, el sheriff no está ebrio, pero sí
bastante eufórico. El burdel, por otra parte, está ya casi vacío, por cuanto
el jueves no es un día de mucha afluencia. Mike entra en la habitación y
Belle lo recibe en camisón, sonriendo. Tal vez si no hubiera bebido, el
sheriff se hubiera dado cuenta de que la muchacha está un poco tensa, pero él
no lo advierte. Se desnuda con prisa, casi jadeando de excitación: la gruesa
verga está ya dura, preparada para la acción, el whisky no le impide, en
absoluto, empalmarse. Mike tiene un evidente sobrepeso, pero a sus 47 años,
por lo demás, se encuentra bastante en forma. Belle sólo tiene 19 y un cuerpo
precioso, que excita enormemente a Mike. El sheriff Mike O´Neill despoja a
la joven prostituta de su camisón, le aprieta las tetas con sus manos grandes
y peludas, luego las nalgas. Belle suspira, ronronea, pero está bastante
tensa, aunque Mike no lo aprecie. Mike la agarra por el pelo y la besa en la
boca, con impaciencia, con tosca torpeza. Ella se deja hacer, pero sus ojos
miran de soslayo, nerviosos, a su alrededor. Mike rompe el rudo beso: -
Ponte a cuatro patas. Hoy te
quiero follar así. La risotada de Belle es nerviosa,
pero Mike no se preocupa: está seguro de que no es la primera vez, desde
luego, que alguno se la folla como a una perra. La muchacha se coloca como le
ha pedido el sheriff, que se tiende sobre ella y comienza a follarla con gran
placer. Cuando, finalmente, Mike se corre, se tiende de espaldas sobre la
cama, panza arriba, jadeante: luego repetirán, como es habitual, pero ahora
el sheriff está un poco cansado y tiene necesidad de adormecerse un momento.
Cuando se despierta, mira a Belle, que le acaricia el vello del pecho vigoroso
y la gruesa barriga, deslizando sus dedos entre los rizos sudorosos. Mike le
dice, sonriendo: -
Chúpamela un poco. Belle se pone a la tarea. Mike
cierra los ojos, suspirando, satisfecho.
La verga recupera rápidamente volumen y consistencia. Mike está totalmente
concentrado en las sensaciones placenteras que le transmite la boca de Belle,
cuando una voz resuena en la estancia, fuerte: -
¡Levántate con las manos en
alto, cabrón! ¡Y no hagas ninguna
tontería! Mike abre los ojos, estupefacto.
No conoce al hombre que le está apuntando con la pistola. O tal vez … tal vez
sí. ¡Mierda! Debe ser Ken el Chacal.
Belle interrumpe su tarea, se limpia la boca con la mano y se aleja, a toda
prisa, del lecho. -
Te he dicho que te levantes. Si
no te mueves, te disparo a la barriga. Mike jadea, pero de otra manera ahora. El corazón le late
apresuradamente en el pecho jadeante. Sabe lo que significa un encuentro con
el Chacal. Ken nota enseguida el miedo de su presa al sentirse capturada.
Mike se incorpora para sentarse, y después se levanta. La pregunta suena estúpida en los
labios de un sheriff, pero Mike la hace, intentando contener el temblor en su
voz: -
¿Qué coño quieres? -
Quiero que me hagas compañía. Ken abre la puerta, sin dejar de apuntar a Mike con la pistola: -
Sal. Mike mira su ropa. Ken ríe. -
Así, desnudo como estás, con la
verga empalmada, cabrón. Y repito: ninguna tontería. Creo que ya sabes quién
soy, y cómo disparo, te dejo seco a la más mínima. Mike no tiene ninguna elección. Mientras desciende por las escaleras
mira a su alrededor: no hay nadie, ni siquiera Madame Rose. Es muy evidente
que la Gran Puta estaba al tanto de la trampa que se le estaba tendiendo, por
eso le ha ofrecido la bebida y lo ha mantenido ocupado, para asegurarse de
que los clientes se fueran quitando de en medio. A esta hora ya no queda
ninguno. Cuando salen al exterior, Ken le dice: -
Pon las manos detrás de la
espalda. Mike obedece. Está casi
paralizado, aturdido por el miedo y la sorpresa, pero piensa en revolverse y
lanzarse contra este bastardo, aprovechando que baja un poco la guardia
mientras le ata las manos. Pero mientras lo piensa, se da cuenta de que es
otro tipo el que le está pasando la cuerda alrededor de las muñecas.
¡Mierda! ¡El Chacal trae un
cómplice! ¡Está jodido! -
Camina hacia mi caballo. Mike obedece, y camina hacia el
caballo de Ken. Ken ayuda al sheriff, maniatado, a montar en su caballo y luego monta él
también, colocándose a su espalda. Hugh monta en su caballo y se alejan los tres,
llevándose también el caballo del sheriff. Mike intenta controlar el temblor
en su voz: -
¿Dónde me lleváis? -
Con unos amigos. -
¿Qué vais a hacer conmigo? -
Ya lo verás. ¿Tú qué crees? -
¡Me cago en la puta que te
parió, Chacal! Antes o después,
acabarás con una soga al cuello. -
Es posible. Mike no dice nada más. ¿Qué otra
cosa podría decir? Ha insultado
gravemente a Ken, pero sólo es efecto de su desesperación. No puede,
ciertamente, convencer a Ken para que lo deje en libertad, prometiéndole
algún tipo de atenuante por los delitos cometidos: uno que ha matado al menos
a cuatro sheriffs tiene un único destino, la horca. No puede amenazarlo con
otra cosa, porque en verdad Ken no
tiene nada más que perder. La noche está fresca, y ahora que
están desplazándose a lo largo de este sendero que atraviesa los Montes del
Águila, a Mike se le eriza el vello del torso, siente escalofríos. No es sólo
este viento ligero lo que le pone la piel de gallina: es la certeza de que va
al encuentro de la muerte. Y sabe que no será una muerte rápida. Ken, sentado
detrás de él, con su cuerpo muy pegado al de Mike, aprecia el temblor en el
cuerpo del sheriff. A la luz de la luna puede ver, incluso, que de la verga
aflojada de Mike O´Neill está saliendo un reguero de orina, que le fluye por
el muslo desnudo, y por una pierna le desciende hacia el flanco del caballo.
Sí: el sheriff se está orinando, muy despacito, a pequeños intervalos, como
si tuviera problemas de próstata, o es posible que Mike sea consciente de su
debilidad, e intente controlar sus esfínteres. Al apreciar el miedo del
hombre que ha capturado para los Apóstoles, a Ken se le pone la verga dura
bajo el pantalón. Ken sonríe y le pregunta: -
¿Tienes miedo, sheriff? Mike intenta pronunciar alguna
palabra, pero sólo consigue balbucear un poco. -
No debes tener tanto miedo. A
todos nos llega la hora. Así es la vida: hace unas horas estabas follándote a
esa muchacha, disfrutando de la vida, y dentro de un momento te vamos a
follar nosotros a ti, y después te vamos a matar. No hay que tomarse nada en
serio: ni la vida ni la muerte. ¿Has tomado alguna vez por el culo,
sheriff? Espero que sí: eso te hará
las cosas un poco menos difíciles, antes de cascar … Mike siente la verga del Chacal
apretada contra su culo desnudo, y se estremece: un pensamiento le atraviesa
la mente, ¡estos bastardos lo van a encular!
Sabe que los Apóstoles son una pandilla de bujarrones, que le han dado
por el culo a varios hombres de los alrededores, después de asaltar sus
granjas. Sabe, también, que el Chacal tiene las mismas inclinaciones, que ha
jodido a varios de sus colegas, en todos los sentidos. ¡Mierda! Mike se pregunta si no sería mejor intentar
saltar del caballo, aunque no conseguiría de ninguna manera escapar, porque
Ken lo alcanzaría al instante. ¡Mierda!
Mike piensa que debería haber reaccionado en el burdel, y que lo
hubiera matado allí. ¡Mierda! Mike
siente ganas de llorar, de desahogarse así, pero se contiene: no quiere darle
ese gusto a su captor. ¡Mierda! Mike
se siente furioso, consigo mismo también, pero la suya es una furia
impotente. Cabalgan durante toda la noche,
bajo la luz de una luna indiferente. Cuando el cielo comienza a aclararse
llegan al desfiladero del Cóndor. Allí se detienen, y esperan, hasta que
Silas sale de entre los árboles y hace una señal de saludo. Se aproxima a
Mike, sin hablar, y lo mira. Sonríe, y le dice: -
Bueno, cabrón, por fin vas a
saber dónde nos escondemos. Luego se vuelve hacia Ken con
estas palabras: -
Me parece muy bien que nos lo
hayas traído vivo. Y, como veo, ya preparado para la fiesta. Nos vamos a
divertir mucho, ya lo verás. Seguidme. Ken y Hugh siguen a Silas
llevando con ellos al sheriff Mike O´Neill. No dicen nada, procuran grabarse
bien en la memoria el camino que están siguiendo: cuando vuelvan de regreso
después de liquidar a Malone no van a llevar con ellos ningún guía. Se
introducen en un estrecho valle que parece no llevar a ninguna parte. En
cierto momento llegan a una pared rocosa. Silas baja de su caballo y Ken y Hugh
hacen lo propio. Luego Ken ayuda a descender, también, a Mike. Silas mira al
sheriff a la cara y se ríe: -
Tú camina detrás de mí, cabrón.
Vosotros, guiad a los caballos. Silas se introduce entre la espesa
vegetación que cubre la base de la pared. Mike lo sigue, obediente. Ken
camina detrás de Mike, bastante perplejo. Debe apartar las ramas de los
árboles con los brazos, y poner atención para que las que Mike mueve a su
paso no le den en la cara. Ken aprecia el culo desnudo del sheriff: es grueso
y peludo, de nalgas vigorosas, bien duras para su edad. La verga se le
empalma aún más pensando en la violación grupal, cada vez más cercana, del
sheriff Mike O´Neill, en la que él va a participar. Sí, también Ken tendrá su
pedazo de este pastelón. Se pregunta si el sheriff es virgen aunque, si así
fuera, no va a ser él quien lo va a desvirgar: ese privilegio corresponde a
William, el jefe de los Apóstoles. Llegados a la pared ven una
grieta en la roca, que la vegetación ocultaba completamente. La hendidura no
es muy ancha, pero sí lo suficiente para permitir el paso de un caballo. Ken
se dice que esta entrada es verdaderamente imposible de encontrar: he aquí
por qué hasta ahora nadie ha podido encontrar la guarida de estos cabrones.
La quebrada se convierte en una galería, que por uno de sus lados parece
haber sido excavada por la mano del hombre: alguien, en algún remoto pasado,
ha ensanchado este pasaje natural. El trayecto no es largo y pronto salen al
descubierto: un pequeño valle entre paredes empinadas. Aquí se encuentran con
algunas cabañas: el refugio de los Doce Apóstoles. La llegada del prisionero suscita
un gran entusiasmo: todos están muy contentos de tener a su disposición al
sheriff que quería capturarlos y ahorcarlos, y ahora van a vengarse de él.
Will, el jefe de los Apóstoles, es un hombre hermoso y rubio de entre 35 y 40
años. Su padre era un piadoso predicador, pero Will, ya desde muchacho,
prefirió el camino del mal. Will le dice a sus hombres: -
Antes de ahorcarlo, nos lo
follamos, hasta quitarle las ganas de vivir. Le vamos a sacar la mierda, a
este cabrón. Mike se estremece. Temía que esto
iba a suceder, Ken el Chacal se lo anunció, por otro lado, y ahora el sheriff
Mike O´Neill comprende que no hay modo de sustraerse a su destino. Mike nunca
ha sido follado por el culo: él nunca se lo ha hecho a nadie, ni siquiera a
una puta, ni siquiera a Belle. Mike siempre ha pensado que los culos están
hechos para cagar. Nunca para ser envergados. Lo que a Mike le espera es algo
totalmente desconocido para él. A sus 47 años – nunca cumplirá sus 48 – el
sheriff Mike O´ Neill va a ser enculado por primera vez. Y no sólo una vez. Todos expresan su aprobación con
gritos de júbilo y una serie de bromas obscenas dirigidas al sheriff. Ken no
se asombra por esto: ha oído decir que muchas veces los Apóstoles se follan a
los hombres que luego van a matar. A él, por su parte, no le disgustará ver a
estos cabrones metiéndosela por el culo a este sheriff, todo lo contrario, la
idea lo excita – y no poco – y cuenta también con tener su parte en el
festín. Follarse a un sheriff es siempre una auténtica satisfacción. Arrastran a Mike hasta una cabaña
que es una especie de granero. No tienen necesidad de quitarle la ropa,
porque ya está desnudo, aunque a los Apóstoles les gusta desnudar ellos a sus
víctimas: forma parte de la diversión. Bueno, otra vez será. Lo empujan
contra unos sacos, forzándolo a apoyarse en ellos: Will se aproxima y le
recoloca un poco las piernas, para facilitar la penetración. Mike, aturdido,
no opone ninguna resistencia. Luego, los hombres se desnudan a toda prisa:
Ken observa a esta docena de hermosos machos en celo que se preparan para
vaciar sus cojones en el culo del sheriff. Mike sabe que no hay manera de
evitar lo inevitable, por lo tanto, cuando consigue sacudirse el
aturdimiento, se limita a maldecir, con desesperación, a sus violadores y
asesinos: -
¡Asquerosos pervertidos, hijos
de la gran puta, maricones! ¡Acabaréis
todos ahorcados, cabrones! ¡Acabaréis
…! Una patada en la cara le rompe dos dientes y un labio, del que fluye la
sangre. Mike no vuelve a decir nada. El primero en ensartarlo es Will, que le mete la
verga por el culo con una única y decidida embestida. Mike se estremece:
nunca antes ha sido enculado, y el dolor es intensísimo. Steve, otro de los
Apóstoles, se coloca delante y ve que Mike, aunque tiene los dientes
apretados, está un poco atontado: la verga de Will no es cualquier cosa y los
ojos del sheriff parecen desenfocados. Steve aproxima su verga a la boca de
Mike, que la mantiene cerrada. -
Abre la boca, cabrón, abre la
boca … -
Noo … nooo … Un puñetazo
decidido de Steve no convence a Mike para que abra la boca, y entonces Steve
le aprieta la nariz con fuerza, mientras otro de los Apóstoles agarra con una
mano a Mike por la garganta y aprieta fuertemente también. Para poder
respirar, Mike se ve obligado a abrir la boca de par en par, y en un instante
se encuentra con una verdadera verga metida hasta el fondo de su garganta. El
pánico asoma en los ojos muy abiertos de Mike: se asfixia, no consigue
respirar … -
Aaaaahhh … -
¡Traga cabrón, traga mi verga! Will,
mientras se lo folla, parece acariciar los cojones de Mike, pero Ken se da
cuenta de que, en realidad, se los está estrujando. Debe causarle un dolor
tremendo, porque Mike emite un sonido inarticulado, que la verga de Steve en
parte sofoca. Cuando Will
termina, llega el turno de Leroy, un negro colosal que posee una verga
gigantesca. Leroy ensarta a su vez a Mike como a un pollo al espetón,
clavándosela hasta el fondo, hasta que sus negros cojones contactan con los
cojones de Mike. Al sentir la negra serpiente dentro de él, el sheriff Mike
O´Neill abre los ojos de par en par, y sacude la cabeza, con desesperación.
Steve se ve obligado a emplear toda su fuerza para mantenérsela en posición …
-
Come verga, cabrón, come verga
… por delante y por detrás … -
Aggghhhh … gaaaaggghhh … gaaghh
… Leroy folla a
Mike durante largo tiempo, sin prisa, empleándose a placer. Cuando finaliza y
se retira, la cabeza de su verga negra – tampoco esta es cualquier cosa –
tiene un poco de calostro y de sangre, y también de mierda, de Mike. Steve, a
su vez, ha finalizado, tras obligar al sheriff a tragarse el calostro que ha
eyaculado. -
Todo, trágatelo todo, cabrón,
si lo escupes te saco los ojos con mi cuchillo. -
Aggghhh … gaaagghh … gahh …
glub … glub … La violación grupal del sheriff Mike O´Neill prosigue, y
así es obligado a tragar más calostro y acoger otras vergas. Entonces llega
el turno de Ken. Ken decide
comenzar por el culo del sheriff, aunque está ya bastante batido: el agujero,
enrojecido y pulsante, abierto de par en par, boquea al compás de los latidos
del corazón de Mike y por él fluye el calostro en abundancia. A pesar de que
Mike ya ha sido envergado por varios de estos machos en celo, la entrada de
la verga de Ken le arranca, por fin, un agudo y prolongado gemido … -
Aaaaaaaaiiiiiiiiiiiiiiiieeeeeeehhhhh
… Los hombres
contemplan, admirados y sorprendidos, el portento: ninguno de los que antes
se han follado a Mike han conseguido hacerlo gritar así, pero es que ninguno
de los anteriores está tan portentosamente dotado como Ken el Chacal. Ken folla
prolongadamente al sheriff Mike O´Neill, con inmenso placer. Mike sacude la
cabeza con desesperación, le gustaría golpeársela contra algo muy duro,
perder el conocimiento, escapar a este dolor … -
Aaaaaaaaiiiiieeeeehhh … aiiii …
eeeehhh … El sheriff
Mike O´Neill siempre ha tenido una voz bronca, de barítono, pero ahora canta
su dolor como una verdadera soprano. Los hombres ríen, divertidos. Cuando Ken
finaliza, llega el turno de Hugh. El agujero del culo de Mike está casi
insensible, ya, pero Hugh se folla al sheriff con gran placer. Mientras lo
hace, siente dos manos posándose en su culo y luego un dedo que le acaricia
la raja. Se deja hacer, al tiempo que con una rápida ojeada a su alrededor se
da cuenta de que son bastantes los que se apretujan entre ellos mientras el
sheriff Mike O´Neill sigue siendo violado. Cuando se corre dentro de Mike,
Hugh siente la cabeza de una verga que se le aprieta contra el agujero del
culo. Asiente, y deja que ese macho, al que ni siquiera conoce, lo ensarte
mientras su propia verga ensarta, a su vez, el agujero ya casi insensible del
sheriff. Ken observa
el espectáculo, sin decir nada. Hugh se deja encular como la ramera que es –
algo que los otros han intuido rápidamente – porque muchos se apretujan a su
alrededor. El que ahora lo está jodiendo debe ser Malone, porque los otros lo
llaman Ernest mientras le piden paso, impacientes. No sabe que pronto le llegará el momento de ser jodido a su
vez. Es alto, casi como Ken, fuerte, de hombros anchos y una pelambrera densa
en el torso y en el vientre. Se emplea con Hugh como un verdadero semental.
Hugh, la muy ramera, gime de placer. Los
Apóstoles son jóvenes y vigorosos, llenos de una energía desbordante: alguno
de ellos ensarta a Mike al menos dos veces, a menudo tres, por la boca y por
el culo. El sheriff Mike O´Neill está exhausto: no opone ninguna resistencia.
Cuando todos los hombres han terminado, lo dejan sobre los sacos, con el
agujero del culo completamente abierto y pulsante: la sangre y el calostro le
fluyen, abundantes, por las piernas.
El sheriff, no obstante, apenas siente nada ya: prácticamente ha perdido el
sentido, lo que atenúa el dolor que pulsa en sus entrañas. En la cara tiene
las señales de los golpes recibidos, y sus cojones están visiblemente
hinchados. Todos se
lavan, y luego se preparan para comer. Por la
tarde, algunos vuelven a follarse al sheriff, que a estas alturas está como
atontado, babeante, balbuceando incoherencias. El sheriff Mike O´Neill es,
ya, un hombre destruido. Mientras cenan, discuten cómo matarlo. La idea que
prevalece es la de ahorcarlo así, en pelotas, como han hecho recientemente
con un cazador de recompensas. -
Es un espectáculo, Ken, ver a
algunos de estos cabrones con la soga al cuello, bailando en el aire mientras
la verga se les empalma, hasta que espurrean … -
No se merece espurrear, este
cabrón … -
En cualquier caso, yo le
disparo a los huevos a este, como hice con Big Joe. Un coro de risotadas acompaña la
frase de Ernest. Ken sonríe: la idea le parece muy divertida. A la mañana siguiente desayunan,
luego se preparan para la ejecución del sheriff Mike O´Neill. Van todos
desnudos: sólo llevan sus cinturones con las pistolas alrededor de la
cintura. Ken mira a su alrededor y ve que más de uno ya tiene la verga medio
empalmada. Cuando lo obligan a levantarse
para ser ahorcado, Mike tiene grandes dificultades para ponerse en pie. Ken
observa que está como ido: su mente parece haber escapado a otro lugar para
evitar tanto sufrimiento. Will, entre las risotadas de sus hombres, le vacía
un cubo de agua encima de la cabeza, lo que sobresalta a Mike y parece
traerlo de vuelta a la realidad. Con las manos atadas a la espalda, lo sacan
del granero y lo obligan a caminar hacia un árbol. Mientras camina, las rodillas de Mike parece que van a doblarse en
cualquier momento, y cada paso acentúa el dolor en el culo, que vuelve con
violencia, pero Mike consigue controlar sus gemidos, apretándo los dientes y
mordiéndose el labio, ya partido por el golpe. Mira con cierta indiferencia
la cuerda que han pasado ya por encima de una gruesa rama, con el lazo
dispuesto en el extremo: sabe que está destinada a él, que le apretará el
cuello hasta cortarle la respiración, que le dará la muerte. Mike, sin
embargo, no quiere ya vivir. Sólo quiere terminar. Abraham le coloca la cuerda en
torno al cuello, apretando un poco el lazo. Lo han estrechado bastante, ya, y
pasa muy ajustado por encima de la cabeza del sheriff. Mike puede sentir el
paso de la cuerda por su cara, mientras tiran de ella hacia abajo, ciñéndole
el cuello justo por debajo del mentón. Cuando está colocado, Abraham lo
vuelve a apretar un poco más, luego se agacha, enlaza los muslos de Mike con
sus brazos, se incorpora y, alzándole las piernas, coloca al sheriff sobre un
taburete. Los hombres pasan la cuerda alrededor del tronco del árbol, y la
dejan allí, bien atada. Abraham mira a Mike, sonríe, y con un movimiento
brusco le da una patada al taburete. La caída es cortísima, apenas un
palmo. El lazo se aprieta por el peso del cuerpo de Mike, que intenta,
desesperadamente, respirar. Es posible que consiga inspirar todavía un poco
de aire: por un momento el torso, vigoroso, se dilata, el pecho de Mike se
abre en toda su amplitud. Pero en poco tiempo el aliento comienza a faltarle,
y Mike agita las piernas, dando comienzo a una danza frenética. Los hombres ríen. Los Apóstoles
están excitados. Algunos se acarician las vergas con verdadero gusto. Es un
auténtico espectáculo ver a este hombre, fuerte y vigoroso, patear
desesperadamente en el vacío. Las piernas de Mike son robustas, y se emplean
bien en su empeño. El sheriff continúa pateando en el vacío durante algún
tiempo. Las manos de Mike, atadas a su espalda, se aprietan en puños: las
abre y las cierra mientras el cuerpo se sacude en espasmos, y de la boca
comienza a fluirle un poco de saliva. El sheriff Mike O´Neill patea
durante largo tiempo mientras la cuerda se va apretando cada vez más
alrededor de su cuello, cortándole completamente la respiración. Ser un
hombre tan fuerte no es, en estos momentos, ninguna ventaja para él: su
agonía se prolonga bastante más de lo que él hubiera deseado. La verga se le
pone dura rápidamente y es un verdadero espectáculo ver a este hombre
vigoroso que baila su danza de la muerte en el aire, colgado por el cuello,
con la gruesa verga completamente empalmada y los cojones de toro bien a la
vista de todos. Ken no puede menos que mirar, hipnotizado, admirado.
Totalmente, él también, envergado. A partir de un momento, el
movimiento de las piernas de Mike comienza a ralentizarse, luego una sacudida
violenta le recorre todo el cuerpo y la verga se le empalma un poco más, casi
a punto de reventar. Un chorro de calostro caliente silba en el aire, luego
cae a tierra. Los hombres lanzan un “¡HURRA!” estruendoso entre risotadas. -
¡Tu última corrida, cabrón,
sheriff de los cojones! Mike tiene la lengua sobresaliéndole por la boca ensangrentada, de la
nariz le fluye un poco de moco y del culo calostro, sangre y mierda. El
sheriff Mike O´Neill se ha cagado por las patas abajo. Está muriendo. Se está
meando, también, otra vez, pero ha perdido ya completamente el control de sus
esfínteres: de la verga empalmada le fluye la orina en un chorro abundante,
incesante, que riega la tierra formando un gran charco, bajo sus pies,
desnudos y pendulantes. El movimiento del cuerpo del
sheriff se va ralentizando. Mike O´Neill tiene el rostro amoratado, la lengua
le sobresale entre los labios, la saliva le fluye por el mentón, el moco le
desciende por la nariz, viscoso, verdoso. Los ojos parecen querer salírsele
de las órbitas. ¡Joder, qué espectáculo!
El sheriff Mike O´Neill quería joder a los Doce Apóstoles - ¡pecado! –
y al final han sido los Doce Apóstoles quienes le han jodido a él. La danza de la muerte del sheriff
llega a su final. Ernest Malone abraza el fusil, apoya los dos cañones en los
cojones de Mike O´Neill, cuyos movimientos son ya imperceptibles. Ken se
pregunta si está todavía consciente: casi seguramente no. Mejor para él.
Ernest, en cambio, espera que aún pueda verlo, que sepa lo que está a punto
de suceder. Ernest sonríe, y aprieta el
gatillo. Los cojones del sheriff explotan. El cuerpo se estremece, luego el
movimiento se va haciendo más lento hasta que se detiene. Pero los dedos de
sus manos atadas a la espalda todavía se contraen. -
Apártate a un lado, Ernest, que
vamos a practicar el tiro al cabrón. Ernest asiente, y se echa hacia atrás. Todos los hombres han sacado sus
pistolas. Comienzan a disparar al cuerpo exánime: al torso, al vientre, a la
verga, todavía medio empalmada – emasculando al sheriff por completo – y el
cuerpo se estremece cada vez que un proyectil penetra en su carne, pero
cuando los hombres dejan de disparar, permanece totalmente inmóvil. Tiene
setenta agujeros. Los Apóstoles lanzan gritos de
alegría, alguno se dirige con sarcasmo, burlón, hacia el cadáver: -
¡Querías ahorcarnos, cabrón,
pero te hemos ahorcado nosotros a ti! -
¡Has cascado con la verga dura,
maricón! ¡Seguro que te la han puesto
así todas las vergas que nosotros te hemos metido por el culo! -
¡Te has corrido, te has meado y
te has cagado por las patas abajo, sheriff de mierda! Un pequeño grupo de hombres entra en una de las cabañas para una
follada. Están todos muy contentos, eufóricos, en realidad. Acabar, de una
vez por todas – y cómo lo han hecho – con el sheriff Mike O´Neill no es
cualquier cosa. ¡Esto hay que celebrarlo, vaya que sí! Algunas horas después, Abraham
corta la cuerda y el cadáver del sheriff cae a tierra. Agarra entonces la
cuerda y lo arrastra hasta una fosa que alguien ya había cavado, y dándole
una patada lo coloca en su última morada. A lo largo del día, la fosa es
utilizada como letrina. A Ken le gusta la idea y hace su contribución. Sólo a
la mañana siguiente, cuando el cadáver está ya cubierto de mierda y de orina,
van llenando de tierra la fosa. Hugh ríe mirando la tierra que
desciende sobre el cadáver cubierto de excrementos. Se vuelve hacia Ken: -
Hemos hecho un buen trabajo,
¿no te parece? Ken asiente. Pero el trabajo no está del todo completo. Ahora deberán
completarlo. Pero hay tiempo para ello. De momento, en el refugio de los Doce
Apóstoles se encuentran seguros. A lo largo de los días
siguientes, Ken y Hugh comienzan a conocer a cada uno de los demás
componentes de la banda. Hugh se deja joder por alguno de ellos, sobre todo
por Ernest, que está casi siempre bien dispuesto, tiene una verdadera verga y
una gran energía. Ken hace intimidad con Silas y se lo folla varias veces.
Los Doce Apóstoles no son de los que se echan atrás o hacen remilgos cuando
llega el momento de follar, pero algunos, como Ernest o Zeke, no aceptan
dejarse encular. Otros, en cambio, están siempre disponibles. Ken consigue hacer “amistad” con
Ernest Malone: quiere ganarse su confianza para poderlo joder, en todos los
sentidos. Ernest es un hombre verdaderamente hermoso: de cabellos negros y
piel morena, con ojos verdes de felino salvaje, de alta estatura, fuerte y
vigoroso, bien proporcionado, de hombros anchos y un torso y un vientre
cubiertos por una densa pelambrera. Debe tener poco más de 30 años, sus
labios son carnosos, masculinamente sensuales, su mentón y sus mejillas
siempre cubiertos por una sombra de barba. A Ken le agrada además el carácter
de Ernest, que es jovial, casi siempre alegre. A veces, a Ken le parece que
Ernest tiene un entusiasmo de muchacho, una cierta inocencia que le hace
ganarse su confianza sin demasiada dificultad. Ken piensa que, si no tuviera
que matarlo por encargo de ese cabrón del Diablo, Ernest hubiera podido ser
un excelente compañero para él. Durante una semana los bandidos
permanecen en el refugio y sólo uno de ellos va periódicamente a controlar,
como centinela, la situación: los ayudantes del sheriff Mike O´Neill recorren
y rastrean los Montes del Águila en busca de su jefe, porque están
convencidos de que los responsables de su desaparición son los Doce
Apóstoles. Madame Rose les ha dicho que el sheriff salió del burdel durante
la madrugada y que, desde entonces, no ha vuelto para estar con Belle. Ella y
Belle son las únicas que saben la verdad, pero se guardarán muy bien de ir
contándola por ahí, y por supuesto no se la van a contar a los hombres del
sheriff. Cuando la situación parece estar
calmada, los Apóstoles tienen una reunión. -
Es necesario que algunos de
nosotros salgamos a patrullar: tenemos que ir hasta los confines de la
cordillera, para saber si algunos de esos bastardos están todavía por ahí. Ken está sentado al lado de Ernest. Le sonríe y le dice: -
¿Vamos nosotros? Ernest le devuelve la sonrisa: -
¿Por qué no? Ken, entonces, propone a los otros: -
Vamos Ernest, Hugh y yo. Ken está satisfecho: cuando estén
lejos del refugio, matará a Ernest, y él y Hugh dejarán el Colorado para
volver a México. Los tres hombres agarran sus
caballos, se introducen por el pasadizo secreto, y salen al exterior. Ernest
Malone es ya un hombre muerto, aunque él todavía no lo sepa. Ken no tiene
interés en matarlo rápidamente: primero quiere alejarse lo máximo posible del
refugio de los Apóstoles, para que ninguno de esos cabrones pueda oír los
disparos. Y debe asegurarse también de que ninguno de ellos los haya seguido,
y esté por los alrededores. Rastrean el área circundante, sin
encontrar a los ayudantes del sheriff o a otros hombres. Ya deben haber
renunciado a su búsqueda, sabiendo bien que, como máximo, lo que podrían
encontrar es su cadáver. No merece la pena afrontar ese riesgo. Han dado un gran rodeo y en estos
momentos se encuentran ya muy lejos del refugio. Ken podría sacar su pistola
y matar a Ernest, sin más, pero prefiere esperar: por lo que ha oído decir a
los otros, Ernest es rápido con el gatillo, así que mejor no correr riesgos
inútiles. Quiere, además, follarse a Ernest, antes de matarlo. La verdad es
que Ernest le gusta un montón, pero Ken sabe que, al igual que él, Ernest no
es de los que se dejan encular. Para Ernest, también, el culo – al menos, su culo – es sólo para cagar. Pero entonces, es el mismo Ernest
el que lanza una propuesta que parece seguir el juego de Ken: -
Eh, muchachos, este calor es
tan pegajoso, ¡joder, estoy sudando por todos lados! ¿Qué os parece si nos
damos un buen baño? Hay una charca muy
buena no lejos de aquí, con una bonita cascada. -
¡Me parece una idea estupenda,
Ernest! Se bañarán, entonces, y cuando Ernest Malone esté desnudo – y desarmado
– Ken lo matará. Con toda probabilidad, también, lo violará. Ernest los guía hasta la charca,
encajada en el fondo de una quebrada, entre paredes de roca roja. Dejan a los
caballos pastando en los alrededores. Ken se pone a mear contra un
peñasco, mientras Ernest y Hugh se desnudan. Ken puede observar que la muy
ramera de Hugh sonríe y le pone ojitos golosos a Ernest, y la verdad es que
no es para menos, porque Ernest Malone, como ya hemos dicho, es – era – un
hombre verdaderamente hermoso. Cuando
Ken comienza también a desnudarse, tres hombres aparecen de repente. Les
apuntan con sus pistolas, y uno de ellos dice: -
Hemos hecho bien en seguirlos y
esperarlos aquí. Gregory, mata a aquel cabrón de allí, al alto pelirrojo: ese
es el Chacal, y no podemos correr riesgos con él. A los otros dos nos los
llevamos con nosotros a la ciudad. Allí nos contarán a qué banda pertenecen y
quién es su jefe. Tal vez sean de los Apóstoles. Ken se dice, entonces, que todo
ha terminado. Hugh y Ernest están desnudos y él tiene los pantalones bajados.
Ninguno de ellos está en disposición de agarrar un arma. Gregory sonríe y extiende el
brazo con la pistola apuntando hacia Ken: saborea, por un instante, la
sensación de ser el hombre que mató al Chacal. En ese instante se oye un disparo, y en la camisa
de Gregory aparece un agujero. Luego dos disparos más, y también caen los
otros dos hombres. Uno tiene tiempo de disparar su revólver una vez, y la
bala pasa silbando sobre la cabeza de Ernest. Es Ernest quien ha disparado,
tres veces, el que ha matado a estos tres hombres: se ha lanzado a tierra, ha
agarrado su pistola, ha abierto fuego. Ken es rapidísimo en sacar la pistola,
y nunca falla un disparo, pero la velocidad y la precisión con la que Ernest
ha reaccionado le dejan estupefacto. -
¿Cómo coño lo has hecho?! -
Al quitarme los pantalones, he
sacado una de las pistolas. Siempre es mejor estar preparado, incluso con el
culo al aire. Ken sonríe. -
¡Joder, tío! Te debemos la piel. Ernest le devuelve la sonrisa. -
Hoy por ti, mañana por mí, ya
sabes. Los tres hombres comprueban
durante un tiempo que no hay ninguno más de esos cabrones por los alrededores
y después, más tranquilos, se bañan los tres juntos. Ken observa que la muy
ramera de Hugh está excitada, como una perra, por la presencia de Ernest.
Juguetea con él en el agua, salpicándole, ríe y lanza grititos cuando Ernest
lo salpica, jovial, a su vez, dando fuertes brazadas en el agua. Cuando salen del agua, Hugh
sonríe y le guiña el ojo a Ernest. -
¿Nos divertimos un poco? -
Me parece una buena idea. Los dos hombres se alejan de la orilla, buscando una sombra. Hugh se
pone a cuatro patas, Ernest lo ensarta, luego comienza a joderlo con gran energía.
Es, en verdad, un magnífico semental. Ken sonríe, mirando la última follada
de Ernest Malone. Hugh jadea y grita de placer, como la perra salida que es.
Mientras jode a Hugh, Ernest ignora que, muy pronto, va a ser él el jodido,
en todos los sentidos. Cuando Ernest se corre en el culo
de Hugh, extrae su verga, y se incorpora. Siente, entonces, el cañón de la
pistola de Ken en su nuca. -
¿Qué coño haces, tío? Hay sorpresa, y un ligero temblor, en la voz de Ernest Malone. Ken sonríe, mientras la verga se le va empalmando. Mira la espalda
sudorosa y el culo magnífico, cubierto por un ligero vello oscuro, de Ernest.
La verga del Chacal está, ya, completamente empalmada. -
Hemos venido aquí a por ti,
Ernest. El Diablo Loco nos dará mil dólares por tu cabeza. Al oír nombrar al Diablo Loco, Ernest palidece. Un escalofrío recorre
todo su cuerpo. -
¡Mierda! Pero yo te he salvado el pellejo, tío. -
Ya sabes, Ernest, nada
personal: los negocios son los negocios. -
Eres un hijo de puta. -
Y tú eres un hombre muerto.
Pero antes, te voy a follar. Ken aparta el cañón de la pistola de la nuca de Ernest, y al instante lo
reemplaza por una tenaza fortísima de su mano izquierda en el cuello del
hombre que va a matar. Ernest, al sentir la presión, gime, abriendo mucho los
ojos y la boca. Nunca antes ha sentido una fuerza semejante aplicada sobre su
cuerpo. -
Arrodíllate. Ernest Malone no tiene otra opción, y se arrodilla. Entonces Ken,
inclinándose sobre él, le empuja el cuello hacia tierra, forzándolo a
levantar el culo en el aire. Con una embestida decidida, Ken
ensarta a Ernest. -
Aaaaaaaaaiiiiiiiiieeeeeeeehhhhhh
…! El joven bandido no ha sentido, nunca antes, algo semejante. Ser follado
– no digamos ya, ser desvirgado – por la verga de Ken el Chacal es algo para
lo que ningún hombre puede estar preparado. Ken se folla a Ernest, empleando
toda su energía, durante largo tiempo. Un tiempo que a Ernest se le hace,
verdaderamente, interminable. -
Aaaaaaaaaaiiiiiiiiieeeeehhh
…aaaaaaiiiiieeehhh … eehh … Cuando Ken el Chacal extrae su verga, cubierta de sangre y mierda, del
agujero del culo de Ernest Malone, este permanece abierto, pulsante,
boqueante … la sangre, la mierda y el calostro descienden por las piernas
temblorosas de Ernest Malone. Hugh, con fascinación, se agacha
delante de Ernest mientras Ken, agarrándolo por los cabellos, levanta la
cabeza del hombre que ha enculado: la cara del bandido está completamente
pálida, su boca está abierta, y la lengua le asoma entre los labios. Sus
hermosos ojos verdes, en cambio, parecen mirar, desenfocados, hacia ningún
lugar. -
¡Joder, Ken! Creo que ha perdido el sentido … -
Mejor para él. Entonces, Ken arrastra a Ernest por los cabellos hasta donde han dejado
la ropa, saca de la suya un cuchillo, y le corta el cuello. La sangre comienza
a manar en abundancia de la garganta abierta de Ernest Malone, formando un
gran charco en el suelo. Entonces Ken comienza a cortar la cabeza del joven
bandido. No es tarea fácil, aunque la hoja es larga y afilada. -
¿Por qué coño le cortas la
cabeza? -
Tengo que demostrarle al Diablo
que lo he matado. Si no le enseño su cabeza, no paga. -
¿No pensarás llevar la cabeza
hasta México? -
No, por supuesto que no. Se
pudriría por el camino. Se la entregaremos a los informantes del Diablo, aquí
en el Colorado, los que le han dicho que este estaba con los Doce Apóstoles.
Ya se encargarán ellos de decirle que hemos hecho lo que debíamos hacer. -
Lo has hecho tú casi todo, Ken.
Hugh mira, con cierta tristeza, la cara alucinada de Ernest Malone,
mientras Ken le va, poco a poco, con paciencia, cortando la cabeza. Ernest
Malone tiene, ya por poco tiempo, un cuello vigoroso, pero la carne se va
abriendo, cruda y roja, al paso del cuchillo del Chacal, que le ha cortado ya
la tráquea. No queda mucho, ya. -
Es una lástima. Era un chico
muy guapo. Y follaba de puta madre. Ken sonríe, y responde: -
Siempre estás pensando en lo
mismo. Eres una perra en celo. -
Ya lo sé, pero, ¿qué
quieres? Estaba empezando a
enamorarme. -
Sí, claro, ya sé que eres un
sentimental. Hugh suspira. Cuando ha terminado, Ken envuelve la cabeza en la camisa
de Ernest y la mete en una alforja. Luego vuelve al agua, y se lava las manos
y los brazos. Cuando sale, se viste y dice: -
Ahora, les entregamos la
cabeza. Luego, volvemos a México. -
Esperando no encontrarnos con
otros sheriffs. -
Preferiría que no. -
Ya has dejado secos a cinco. -
El último, no he sido yo el que
lo ha dejado seco. -
No, pero lo has capturado tú. -
También tú, ¿no? -
Yo me he quedado fuera para
asegurarme de que no llegara nadie. En realidad, lo haces casi todo tú, Ken. -
Tú has hecho más que suficiente
para que “doce hombres justos” te manden a la horca, cabrón. Ríen, los dos. Están contentos, Hugh ha empezado a olvidar a Ernest, que
ya no es más que una cabeza cortada, un cuerpo sin cabeza. La vida sigue,
joder. Salen en sus caballos y se
alejan. El cadáver de Ernest Malone,
desnudo y decapitado, yace tendido en la orilla de la charca, junto a los de
los tres hombres que él mató antes. Cuando Ken y Hugh ya se han alejado, los
primeros buitres descienden por el aire caliente para devorar los cuerpos,
que empiezan a enfriarse. Original italiano: Ferdinando Neri. Traducción- adaptación en español de
Carlos Hidalgo. |