KEN EL CHACAL XI – Persecución No hay nadie
en la mina. Aún así, el sheriff Max Strain y su ayudante Dan vinieron aquí,
ayer, porque alguien les dijo que había visto a Ken el Chacal tomar el camino
de la mina. Max y Dan no han vuelto al pueblo. Si es cierto
que Ken el Chacal los ha jodido, seguramente se ha alejado del lugar lo más
deprisa posible, pero si es así ¿dónde están el sheriff y su ayudante? El sheriff
de Flagpole, Nathan Crowe, y sus hombres rastrean con intensidad toda la
zona. Hay huellas de dos caballos que van en dirección norte, a lo largo del
Río Perdido. Los bandidos deben haber tomado este camino. ¿Max y Dan los
están siguiendo? -
¡Sheriff! -
¿Qué pasa, Abraham? -
A la derecha del barracón, la
tierra ha sido movida recientemente. Podría ser una fosa. -
¡Joder! Venga, pongámonos a excavar. Los malos
presagios de Nathan se vuelven, rápidamente, evidencia. Bajo un estrato de
terreno poco profundo, aparece un cadáver desnudo. Continúan excavando y lo
sacan fuera. Es Dan. Lo han dejado como un colador, y no tiene verga ni
cojones. Está, literalmente, acribillado a balazos. Lo han liquidado con un
disparo en la nuca. ¡Este Chacal es verdaderamente un hijo de la gran
puta! Bajo el cuerpo de Dan está el de
Max, que aparece intacto, sin señales de heridas. A la distancia de algunos
pasos, para huir del hedor de la muerte, los hombres observan, visiblemente
turbados, los dos cadáveres, sobre todo el de Dan, horriblemente desfigurado.
-
Ya es suficiente, muchachos.
Devolvámoslos a la fosa y salgamos en persecución de esos hijos de puta. Uno de los hombres descubre la estrella de sheriff enfilada
en la tetilla derecha de Dan. Intenta desprendérsela. Nathan lo interrumpe: -
¡No, déjasela! Se la merece. Fue un gran ayudante de Max. Los hombres
del sheriff Crowe arrojan los cadáveres a la fosa y los recubren de tierra. -
Sheriff … -
Dime, Abraham. -
Deberíamos buscar más hombres.
El sheriff Strain era uno de los mejores tiradores del Oeste y su ayudante no
tenía nada que envidiarle. Tú mismo lo has dicho: se merecía la estrella.
Pero el Chacal los ha dejado secos, a los dos. -
¿Qué coño me estás
diciendo? Somos cuatro tíos con los
cojones bien puestos, ¿no es cierto?
¿O te vas a cagar en los pantalones por dos putos forajidos de mierda? -
Pero … el Chacal ya ha
liquidado a tres sheriffs y a un montón de cazadores de recompensas. Gente
que sabía hacer muy bien su trabajo. Nathan sabe que Abraham tiene
razón, pero no quiere mostrarse débil ante sus hombres, tampoco perder el
tiempo: no está dispuesto a que ese maldito Chacal les saque demasiada
ventaja. -
No podemos esperar. Si tanto
miedo tienes, te prometo que si durante el camino pasamos por algún lugar
habitado, intentaremos buscar más hombres, pero tiene que ser rápido. De otro
modo, lo haremos nosotros solos: no estoy dispuesto a dejarme sorprender por
esos malditos bastardos. Tienes que echarle más cojones, Abraham. Este no es
un trabajo para los que se cagan en los pantalones. Nathan está furioso: Max y Dan eran amigos suyos, y quiere vengarlos. El
riesgo no lo espanta, más bien al contrario: lo excita. Piensa en el cadáver
de Dan: es una manera horrible de acabar. No obstante, la idea de afrontar al
hombre que ha destrozado de esa manera a su amigo … hace que se le ponga
dura. Hacer de sheriff en estos lugares es un oficio peligroso: ya ha visto
morir a bastantes de sus colegas. Pero a Nathan le gusta el riesgo. Ken y Hugh han alcanzado el
Colorado. Hugh hubiera preferido volver atrás. Hay tantos que les siguen las
huellas, después de haber liquidado al sheriff de Redstone y a su ayudante,
que lo más prudente sería esconderse. Pero Ken quiere ganarse el sueldo que
el Diablo Loco le ha prometido y de esta manera ganarse, también, su
confianza. Es de noche. Han cabalgado
durante todo el día y ahora los caballos tienen necesidad de reposar: mañana
les espera otra jornada muy ajetreada. No obstante, con los movimientos de
distracción que han hecho en la zona del cañón seguramente despistarán a sus
perseguidores. No debería haber más problemas. Se meten entre las rocas y comen
lo que traen en las alforjas. No encienden ninguna hoguera: no es asunto de
atraer la atención de nadie. -
Joder, Ken, hace tres días que
no hacemos otra cosa que cabalgar. Tengo el culo hecho pedazos. Ken sonríe. -
¿Hecho pedazos? Qué lástima. Contaba con hacértelo pedazos
yo. Pero si ya lo tienes roto, no me la vas a sentir, ¿no crees? … Hugh estalla en una carcajada. -
¡Seguro que te la voy a sentir,
cabrón! Pero no me importa: al
contrario, es lo que quiero. Un dolor mayor quita un dolor más pequeño, ya
sabes … Es ahora Ken quien estalla en una carcajada. Hugh ha comenzado ya a desnudarse. Ken hace lo propio. Con un gesto de
la cabeza, Ken invita a Hugh a arrodillarse. Hugh se arrodilla. Mientras la
lengua y los labios de Hugh hacen su trabajo, Ken se dice que Hugh es un
verdadero maestro en el arte de chupar vergas. Cuando la verga de Ken está dura
como una piedra, Hugh se tiende sobre una manta y separa un poco las piernas.
Ken se inclina, le separa las nalgas con los dedos y le escupe en el agujero
del culo, después echa un poco de saliva en su mano y se humedece la cabeza
de la verga. La aproxima al agujero y empuja hacia dentro, despacio. Hugh
suelta un gemido de placer. ¡Joder, cómo necesitaba esto! Ken comienza a empujar y a retroceder, con
un movimiento continuo. Ken está follando a Hugh con gran
energía, entregándose por entero en la follada. Sólo cuando siente el cañón
de la pistola contra la nuca, Ken comprende que ha cometido un error de
cálculo. El sheriff Crowe y sus hombres han llegado sin que ninguno de los dos
se haya dado cuenta: no los han despistado, como creían que habían hecho.
¡Mierda! Ahora están jodidos. Uno de los hombres le agarra los
brazos y las esposas chasquean con un click. Luego otro lo agarra por los
cabellos y lo obliga a levantarse, tirando con fuerza. Ken retuerce la cara
de dolor. -
¡Hijo de puta! El puñetazo del hombre lo aturde. De la nariz le fluye un poco de
sangre. Ken tiene todavía la verga dura,
y los hombres sonríen. El sheriff dice: -
Es verdad lo que dicen de ti,
Chacal, que tienes una verga de caballo. Uno de los hombres mira a Hugh, que ahora tiene también las manos
esposadas detrás de la espalda. -
Y este tiene un culo muy
apetecible. ¿Lo probamos, muchachos?
¡Nos lo merecemos, después de todas las fatigas que hemos pasado para
encontrarlo! Otro de los hombres muestra su aprobación, con una risotada: -
¡Y que lo digas, Abraham! Todos estos cabrones tienen las vergas duras, y ríen. El sheriff asiente: -
Vale, muchachos. Llevadlo ahí
abajo, donde están los caballos. Pasadlo bien. Pero antes atadle bien los
pies, a este. Uno de los hombres le ata los pies a Ken. El sheriff añade: -
Pero al vuestro no lo atéis.
Quiero verlo bailar un poco mientras cuelga de una cuerda. Veremos si se le
pone dura. El sheriff ríe, y sus hombres lo imitan.
-
¿No los llevamos a la ciudad? -
No, los ahorcamos aquí, a estos
malditos bastardos. El Chacal es escurridizo como un lagarto, ya se escapó
una vez de prisión. Nathan Crowe ríe de nuevo, señalando con la cabeza a Ken: -
Por eso a este lo colgaremos ya
fiambre, para que se seque bien al sol. Ken mira al sheriff. Quiere matarlo, evidentemente. Le viene el impulso
de arrojarse sobre él, pero se contiene. En cualquier caso, ¿qué más da? Cascar esta noche o mañana al amanecer, no
hay demasiada diferencia. Dos hombres van arrastrando a Hugh hacia el lugar que Nathan les ha
indicado. Abraham les sigue detrás, a pocos pasos. Debe ser el ayudante del
sheriff. Vuelve la cabeza y mira a su jefe: -
Mucho cuidado, Nathan. Con este
tío no se puede jugar. Acuérdate: ya ha jodido a tres sheriffs. Nathan sonríe. Abraham lo conoce muy bien. Nathan tendrá mucho cuidado,
pero no por eso va a renunciar a un poco de diversión. Le atrae mucho el
riesgo y un hijo de puta como el Chacal es exactamente el tipo de macho que
lo vuelve loco de pasión. Al pensar que este hombre ha matado a tres
sheriffs, se le pone la piel de gallina, pero de emoción. Y no sólo los ha
dejado secos: también los ha enculado, al menos a algunos de ellos. A Joe
Squire y a Dan les destrozó la verga y los cojones a balazos. ¡Joder, qué
tío! A Nathan se le ha puesto dura. Responde a Abraham: -
Me lo joderé yo, a este. Voy a
joderle el culo, la boca y la vida, a este cabrón. Nathan mira al Chacal, que no baja los ojos. -
Sé que se la has metido por el
culo a mis colegas, hijo de puta. ¡Ahora te toca a ti sentir la verga de un
sheriff, pedazo de mierda! Lo golpea con un puñetazo en el vientre, luego un segundo, y un tercero,
hasta que el Chacal cae de rodillas. -
Maldito cabrón … mariconazo …
me cago en tus muer … Una violenta patada en el rostro rompe la última imprecación de Ken. La
sangre le fluye de la nariz y del labio partido. Nathan lo agarra por la nuca y presiona con fuerza, tumbándolo en
tierra. Después se desnuda, mientras observa el culo del Chacal. Quiere
follárselo hasta hacerlo gritar, a este pedazo de mierda. Quiere romperle el
culo. Luego vendrá todo lo demás. Este hijo de puta no verá la luz del día:
al sheriff Nathan Crowe no se le va a escapar. Ahora quiere divertirse con
él. Nathan se tiende sobre el cuerpo
de Ken, que tiene los tobillos fuertemente atados. Le agarra fuerte el culo
con las manos y le separa bien las nalgas. A continuación, con un empujón
decidido, le ensarta la verga por el agujero. Ken emite un gruñido sordo. Es la segunda vez que lo enculan.
La primera vez, aquel cabrón del Diablo Loco, su propio padre, ahora este
puto sheriff de mierda. El dolor es intenso y Ken siente que la rabia lo
invade. Querría matar a este bastardo, pero está esposado y con los pies
atados. ¿Qué coño puede hacer? Nathan folla vigorosamente,
empujando a fondo, intentando hacerle el mayor daño posible. Se impulsa hacia
dentro con energía y en poco tiempo está a punto de correrse, pero no quiere
hacerlo todavía, quiere divertirse un poco más. Retrocede, extrayendo su
verga del culo del Chacal. -
¿Te ha gustado, hijo de puta? El sheriff se levanta jadeando, un poco cansado, pero aún excitado. Ken
tiembla de rabia, pero no dice nada, no quiere darle satisfacción a este
maldito cerdo. Nathan le mete una patada en las costillas. A Ken se le
escapa, de nuevo, una especie de gruñido. -
Ahora vamos a jugar un poco, tú
y yo. Luego te haré lo que le has hecho tú a Dan. ¡Levántate, cabrón! Ken obedece, con un gran esfuerzo. Tiene la cara cubierta de sangre.
Nathan está frente a él, con la verga todavía dura. Sonríe. Al Chacal la
verga se le ha desinflado, pero incluso en reposo aparece magnífica. Nathan agarra el cuchillo y apoya
la hoja en la base de la verga de Ken. -
Sé que disfrutas cortándole la
verga y los cojones a mis colegas, después de haberlos jodido. Pero esta vez
te toca a ti, cabrón. Ken le escupe a la cara. Nathan se limpia, y con una sonrisa diabólica aproxima
la punta del cuchillo a la mejilla derecha de Ken y, presionando, desliza la
hoja desde el pómulo hasta el mentón. Ahora fluye más sangre por el rostro de
Ken. Entonces el sheriff se coloca detrás del prisionero y, agachándose, le
corta la cuerda que le ata los pies. Se levanta, colocando su mano sobre las
esposas. Sabe que está haciendo una locura, pero quiere jugar un poco con
este macho magnífico, quiere sentir el escalofrío que le da el riesgo. Abre
las esposas. -
Bueno, ahora estás libre. Vamos
a ver si tienes cojones de quitarme el cuchillo, antes de que te los corte
con él. Ken no puede creerlo, pero sus manos están, efectivamente, libres. Se
las lleva delante, masajea un poco sus muñecas. Se dice que este sheriff no
está bien de la cabeza. Nathan se coloca frente a él.
Tiene el cuchillo en la mano y la verga dura como una piedra. Ken lo observa.
Se la va a cortar, esta verga que lo ha violado. Se la cortará y después se
la meterá por el culo. Ken ya se ha recuperado, pero
avanza hacia el sheriff tambaleándose un poco, como si aún no pudiera
sostenerse totalmente sobre sus piernas. No sabe si conseguirá engañar a este
pedazo de mierda, pero va a probar. Se detiene, cierra un instante los ojos y
luego vuelve a abrirlos, fingiendo estar todavía aturdido por los golpes
recibidos. El sheriff sonríe. -
Vamos, adelante, ¿a qué
esperas? ¡Échale cojones! Ken ha dado un paso adelante, dispuesto a saltar a un lado en el momento
en que Nathan se lance hacia él. Pero el sheriff no se mueve. Ken da un paso
más. Nathan no retrocede. Están a muy corta distancia ya. Ken mira la hoja
del cuchillo: es larga y afilada, dispuesta a destrozarle el corazón a un
hombre, y este cabrón no es un adversario que deba subestimar, eso Ken lo
sabe muy bien. Ken da dos pasos hacia atrás, siempre tambaleándose, como si
no se atreviera a afrontar a su adversario. El sheriff sonríe. -
¿Así que tú eres el famoso
Chacal? Lo que eres es un cobarde, un
maldito cobarde. Luego ríe y da un paso adelante. Ken reacciona retrocediendo aún dos
pasos más, mientras Nathan avanza. Ken siente una raíz contra el pie derecho,
y finge tropezar. Nathan lo ve caer y se lanza sobre él, pero Ken no ha
perdido el equilibrio y con la mano izquierda le bloquea la muñeca de la mano
que agarra el puñal, mientras con la derecha le lanza un violento puñetazo al
mentón. Nathan siente el dolor, fuerte,
que lo aturde. Rápidamente mueve el brazo libre y golpea a Ken en el vientre,
pero Ken le bloquea este brazo también, y lo golpea en los cojones con un
violento rodillazo que arranca un grito de Nathan. Ken vuelve a golpear, dos
veces más, el rostro de Nathan, que intenta lanzarse hacia atrás para escapar
de los puños de Ken, lanzando a su vez una patada a los cojones de su
adversario, pero alcanzándole en el vientre. El sheriff consigue liberar su
brazo izquierdo e intenta golpear a Ken en la cara, pero el bandido esquiva
el golpe y salta sobre Nathan, desequilibrándolo. Caen a tierra los dos. Sus
cuerpos se adhieren, la mano derecha de Ken atenazando en todo momento la
muñeca derecha de Nathan, bloqueando la mano que agarra el cuchillo. Ken está
encima del sheriff y consigue golpearlo tres veces en la cara con el puño,
mientras Nathan le aprieta una mano sobre el rostro, intentando alejarlo. El sheriff, con una sacudida
desesperada, consigue desprenderse de Ken, y se levanta, resoplando, pero Ken
se agarra a su mano derecha con ambas manos. Es una lucha confusa, en la cual
cada uno intenta hacer caer al otro, ahora a patadas. Jadean y gruñen, maldiciéndose, insultándose
entre dientes. Nathan no quiere llamar a sus
hombres: quiere vencer, él solo, a este adversario temible. A pesar de los
golpes encajados, está excitado, como nunca antes recuerda haberlo estado.
Sus cuerpos se aprietan, se adhieren, luego se separan, mientras cada uno de
ellos intenta golpear al otro, y parar sus golpes. Entonces Ken suelta una de
las manos que bloqueaban la mano derecha del sheriff y, con un giro de su
cuerpo, consigue deslizársele por atrás. De nuevo sus cuerpos se adhieren,
pero ahora Ken está pegado a la espalda de Nathan, y mientras le bloquea la
mano derecha con la suya, le pasa el brazo izquierdo en torno al cuello. Nathan,
sacudiéndose, intenta liberarse de esta tenaza que le corta la respiración.
Su fuerza no es inferior a la de Ken, y derrocha todas sus energías en
impedirle que apriete. Tal vez hubiera conseguido liberarse de él, pero
contra su culo siente ya la verga de Ken, que está de nuevo hinchada de
sangre: el estrecho contacto entre sus cuerpos desnudos y sudorosos, el
intenso olor que desprenden, ha encendido también el deseo del Chacal. Nathan se da cuenta de que le
faltan las fuerzas: no es sólo la presión del brazo contra el cuello, que le
hace muy difícil la respiración, es un aflojamiento general de todo su
cuerpo, que parece quererse rendir a este macho que lo envuelve, a la verga
que aprieta contra su culo. Pero ceder es una locura: significa la muerte. A
Nathan, sin embargo, cada vez le es más difícil resistir y luchar. Ken advierte que la resistencia
de Nathan se está volviendo cada vez más incierta. Aprieta cada vez con más
fuerza el brazo en torno al cuello del sheriff, y entonces Nathan comprende
que está a punto de morir. Con un destello desesperado, la fuerza parece
volver al cuerpo de Nathan, y con una violenta sacudida de toro apresado
consigue consigue aflojar la presa, pero Ken lo empuja a tierra. Caen de
rodillas, Ken siempre detrás de Nathan, su mano apretando la mano derecha del
sheriff, que aún empuña el cuchillo. Ken susurra, sibilante: -
Te lo meteré por el culo,
maricón. Y Nathan siente que las fuerzas lo abandonan: una parte de él desea lo
que está a punto de suceder y la presión de la verga de Ken contra su culo lo
aturde. Ken le está haciendo girar la mano derecha a Nathan, de modo que el
puñal apunte contra su propio vientre. El sheriff, hiperventilando, intenta
ahora resistir. Ken sabe que ha vencido. -
Te voy a encular, maricón, y
después te cortaré la verga y los huevos. Nathan asiente, de manera casi inconsciente, mientras toda su
resistencia va poco a poco cediendo. La verga de Ken le va entrando por el
culo, desgarrándole las entrañas, mientras la hoja le va abriendo el vientre.
Nathan ha jugado imprudentemente
con su propia vida, y ha perdido. Siente el dolor de la hoja que penetra a
fondo en su carne y el de la verga que penetra a fondo en su culo. Cede
completamente, y deja que Ken se apodere del cuchillo, mientras su mano cae
flácida a un costado. El Chacal extrae la hoja del vientre abierto del
sheriff, por donde asoman, palpitantes, sus vísceras. La aprieta, entonces,
contra la base de los cojones. -
Ahora estás disfrutando de mi
verga en tu culo, sheriff. Luego disfrutarás de la tuya también. Ken ríe, con una risotada áspera, mientras se folla al sheriff
metiéndole la verga bien hasta el fondo, al tiempo que con el cuchillo en su
mano derecha comienza a cortar la verga y los cojones de Nathan. El sheriff
grita y Ken le tapa la boca con la mano. El grito se transforma en un gemido,
que sólo se interrumpe cuando Ken le mete por la boca a Nathan los cojones
que le ha cortado, sin dejar de follárselo por atrás. Nathan siente que el frío lo
invade, mientras ondas de dolor le salen por el culo desgarrado, por el
vientre destripado, por la herida de la castración. Ken continúa follándoselo y sólo
los brazos de su asesino sostienen ya al sheriff Nathan Crowe, que se
abandona totalmente a él. Ken saborea su completo triunfo y
el placer que mana de una verga que excava en un culo que, verdaderamente, no
estaba preparado para acoger esta herramienta demoledora. Ken empuja y retrocede,
desgarrando cada vez más el agujero del culo del sheriff, mientras la sangre
de lo que parece un desvirgamiento le fluye, caliente, por los muslos temblorosos,
mientras el placer se va haciendo cada vez más fuerte. Sabe que ninguno
vendrá a molestarlos: los hombres del sheriff están ocupados follándose a
Hugh. También a ellos les llegará su turno, después. Nathan, finalmente, siente que
las embestidas se vuelven más vigorosas, más vertiginosas, y un gruñido de su
asesino le dice que Ken se está corriendo. El calostro caliente le inunda las
vísceras. El Chacal se lo ha follado y ahora lo matará. Nathan espera a que
la hoja vuelva a cortar. Ken, sin embargo, retrocede,
extrae su verga cubierta de sangre y, agarrando la verga extirpada del
sheriff, se la va metiendo por el culo mientras éste la recibe con un
estremecimiento. -
Saboréala, mariconazo. Ahora
voy a ocuparme de tus esbirros. Luego vendré a liquidarte. Ken tumba al sheriff sobre su vientre abierto por el cuchillo, mientras
un charco de sangre se va extendiendo bajo él. Ken se levanta, se pone los
pantalones y las botas. Toma dos pistolas y desciende, con cautela. Está muy oscuro ya, pero estos
tres cabrones han encendido una hoguera. Hugh está de pie, con el torso
adelantado, las manos atadas a la espalda. Uno de estos cerdos lo está
enculando y otro se la está haciendo mamar. A Hugh esto no le desagrada, en
absoluto: Ken puede ver que esta ramera tiene la verga bien dura. El tercer
tipo está mirando, también él tiene la verga bien dura. Espera su turno, o
tal vez ya ha follado y se prepara para repetir. Todavía no sabe que su hora
ha llegado. También la de los otros. El fuego de la hoguera los
ilumina, son una diana fácil. Para un tirador como Ken, esto es un juego de
niños. Los dos que se están follando a Hugh caen desplomados sin ni siquiera
darse cuenta. El tercero, Abraham, se echa a tierra, pero antes de que
consiga sacar la pistola del cinturón, Ken le mete una bala en el cuello, del
que le sale un chorro de sangre. Luego Ken se aproxima. Hugh se ha echado,
también, a tierra: -
¡Joder, Ken! ¿Cómo coño lo has hecho? Pensaba que el sheriff te había jodido. Ken rechina los dientes: el sheriff lo ha jodido, es verdad, pero lo ha
pagado bien caro. -
Lo he jodido yo. Ken mira los tres cuerpos. Abraham no está todavía muerto, y Ken le
dispara entre los ojos. Después mira a Hugh, que tiene las manos todavía
atadas a la espalda. -
¿Te estaba gustando, eh? Hugh se encoge de hombros. -
No ha estado mal. Pero ahora
desátame, por favor. Ken enfunda las pistolas y toma el cuchillo. Corta las cuerdas. Ken toma una rama encendida de la
hoguera. -
Ven conmigo. Llegan al lugar en el que Ken ha dejado al sheriff. A la luz de la rama
encendida, Ken observa sonriendo el cuerpo, que todavía se mueve. Ken se
arrodilla frente a Nathan, le mira la cara retorcida por el dolor. -
¿Te gusta tener una verga en el
culo, eh, puta asquerosa? Nathan mira fijamente a su asesino, con los ojos inyectados en sangre,
boqueando. Ken le pasa la rama encendida a Hugh. Luego se desabotona los
pantalones, se saca la verga, y mea sobre la cabeza del sheriff. Hugh hace
otro tanto: ya se le ha desinflado la verga. Entonces Ken acerca la rama
ardiendo al cuerpo de Nathan, quemándole la piel en diversos puntos,
haciéndolo estremecer. Hugh mira a su compañero: -
¿Te ha jodido, verdad? Ken se sacude con rabia, gruñendo. -
No estarías así de cabreado si
no te la hubiera metido por el culo. -
Ahora es él quien la tiene en
el culo. Ken coloca la punta de la rama ardiendo entre las nalgas de Nathan y se
la mete, también, por el culo. -
Ahora es mejor que nos vayamos.
Es posible que haya más cabrones como estos persiguiéndonos. Hugh asiente. Ken, entonces, se inclina, y con el cuchillo le corta el cuello al
sheriff Nathan Crowe. Autor original italiano: Ferdinando Traducción castellana-española: Carlos Hidalgo |