KEN EL CHACAL

 

X – El sheriff de Redstone

 

 

Sentado ante el Diablo Loco, Ken se pregunta qué coño quiere decirle este cabrón. Lo ha hecho llamar a través de uno de sus hombres, que no ha querido decirle el motivo. Si hubiera sido cualquier otro el que lo hubiera convocado, Ken ni se hubiera molestado en responder: si alguien quiere hablar con él, que levante el culo de la silla y venga hasta donde él está. Pero en Boca Caliente es el Diablo Loco el que manda y por tanto no tiene ningún sentido irritarlo.

-            Mira, Ken, sé que de vez en cuando aceptas hacer algún trabajito por cuenta ajena.

Ken asiente.

-            Sí, si me lo pagan bien.

El Diablo sonrie.

-            Sí, te lo pagaré bien, sin duda. Pago siempre bien a los que trabajan para mí.

Ken lo mira y sonríe él también.

-            Si lo pagas bien, eso quiere decir que es un trabajo de mierda.

La carcajada del Diablo es estruendosa.

-            ¡Veo que lo has entendido, muchacho!

A Ken el dinero le hace sentirse a gusto. Quiere, además, ganarse la confianza del Diablo, para poderlo joder cuando menos se lo espere y saldar así una vieja cuenta pendiente.

-            Dime qué coño quieres que haga.

La sonrisa del Diablo desaparece.

-            Un trabajo muy sencillo: dejar seco a un tipo.

-            ¿Y quién es ese tipo?

-            Se llama Ernest Malone. Vive en Colorado.

-            ¿En Colorado?  ¡Joder!  Para llegar a Colorado tengo que hacer un largo camino y en los Estados Unidos han puesto precio a mi cabeza.

-            Por supuesto, ¿qué cojones esperas si vas por ahí dejando secos a los sheriffs?

-            Eran ellos los que querían dejarme seco a mí.

 El Diablo sacude la cabeza. Este cabrón, piensa Ken, parece estar perfectamente informado.

-            No siempre, pero no tiene importancia. Ernest Malone es de esos tipos que no saben honrar los pactos. Si lo dejas seco te llevas dos mil dólares.  

-            Dos mil dólares no es mucho para que me arriesgue a terminar con una soga en el pescuezo.

-            Es todo lo que te ofrezco.

Ken asiente.

-            Tú me dirás …

El Diablo no sabe el lugar exacto en el que se esconde Malone, rodeado por las fuerzas del orden, porque es un forajido, y por otros bandidos, porque es un traidor: son muchos los que quieren cobrarse su piel. Para encontrarlo Ken debe introducirse en Arizona, en Redstone, y contactar con tres hombres que en el pasado han trabajado para el Diablo y que conocen el paradero de Ernest Malone. Los tres pueden decirle cómo llegar hasta ese cabrón, pero dejarlo seco es asunto de Ken.

 Ken acepta.

 Tras volver al hostal del saloon en el que se aloja, Ken le pregunta a Hugh si quiere acompañarlo: en una empresa que requerirá unos cuantos días y presenta diversos riesgos, es mejor estar acompañado, aunque esto signifique dividir las ganancias. Hugh no se hace de rogar: también él tiene necesidad de dinero. Si la empresa es exitosa, ganarán un poco de oro; si fracasa, se llevarán un poco de plomo en el cuerpo o una hermosa soga en el pescuezo.

 Parten al día siguiente. Atraviesan la frontera de noche y en Estados Unidos intentan evitar los caminos demasiado frecuentados y los pueblos. El segundo día llegan a Redstone y se ven obligados a entrar en la pequeña ciudad para encontrarse con los tres hombres del Diablo.

 Contactan con uno de ellos, un guarnicionero, y después se dirigen hacia la vieja mina, donde se encontrarán con los otros para tener toda la información necesaria. En la ciudad es mejor permanecer el menor tiempo posible.

 

*

 

 Max escucha las noticias que le trae Dan, su ayudante. Ken el Chacal está por estos lugares. No lo han visto nunca, pero saben quién es: ese hijo de puta ha liquidado a un sheriff y a su ayudante en Santa Teresa. Y formaba parte de la banda del Diablo cuando le dieron matarile a Douglas Storm, otro colega de Max. Dispara bien, este Chacal, dicen que es uno de los mejores tiradores del Oeste: no será una empresa fácil, ciertamente, capturarlo.

 Max no ve la hora de echarle el guante a ese maldito bastardo. Decían que estaba en México, pero lo han visto en la ciudad hace pocas horas. Uno de los vaqueros de Josseter lo ha reconocido y se lo ha comunicado a Dan.

-            Ted dice que se ha dirigido hacia la mina vieja.

-            Está bien, pues hacia allá vamos nosotros.

-            ¿Buscamos a los otros?

-            No, no tenemos tiempo. No podemos darle mucha ventaja. Si lo agarramos por sorpresa, lo podemos joder antes de que se dé cuenta.

 La mina está a una hora de Redstone. Cuando llegan a las cercanías, Max y Dan se salen del camino y guían a los caballos a lo largo de la ladera de la colina. Descienden finalmente de sus monturas y atan los animales a dos árboles. Se desplazan a pie, hasta que llegan a un lugar desde el que pueden divisar la entrada a la mina.

 Hay cinco caballos atados junto a los dos barracones.

-            ¡Mierda!  Cinco caballos. Ted me habló de dos hombres.

-            ¿De dónde coño han salido los otros?

-            Lo tenemos crudo, los dos solos.

Sí, no deberían haber venido ellos dos solos, pero ya es tarde para dar marcha atrás.

-            Vamos a explorar el terreno. Yo me voy por allí, tú por esa otra parte. Vamos a ver cómo está la situación, luego nos reencontramos aquí al cabo de veinte minutos y decidimos lo que hacemos. ¿De acuerdo?

 Dan y Max se separan. Dan se mueve con cautela, procurando permanecer siempre a cubierto. No hay señales de vida – aparte de los caballos – fuera de los dos barracones: ¿estarán, quizás, todos dentro?  ¿Y si, por el contrario, estuviesen fuera?  En este caso podría encontrárselos de frente de un momento a otro.

 Dan se desplaza casi hasta el borde del camino. Nadie a la vista. Sólo los caballos atados, junto a los barracones. Dan vuelve al punto de partida. Max todavía no ha llegado.

 Dan espera. Pasan los minutos. ¿Dónde coño está Max?

 Y mientras se lo pregunta de uno de los barracones sale el Chacal, con un brazo en torno al cuello de Max, la pistola apuntándole a la sien. El sheriff de Redstone tiene un corte en la frente y de un labio le fluye un poco de sangre.

 El Chacal grita, mirando hacia delante:

-            Suelta la pistola, cabrón, y ven hacia aquí, o dejo seco a tu amigo.

¡Han atrapado a Max!  Saben, también, que él se esconde en alguna parte. Imposible que Max les haya dicho que Dan venía con él. Posiblemente ha sido un hombre que estaba de guardia el que los ha visto llegar y han agarrado a Max por sorpresa. O tal vez hayan visto sus caballos.

 Dan sabe que no hay nada que hacer. Los bandidos no saben exactamente el lugar en que se encuentra: el Chacal no mira exactamente en su dirección, pero su mirada recorre toda la ladera de la colina. Saben, sin embargo, que está aquí, posiblemente en este momento hayan encontrado incluso sus caballos. Dan no puede volver al pueblo y pedir ayuda. Puede jugar al escondite: dejar que maten a Max y después esperar a que lo maten a él. Ellos son cinco y él está solo. Si al menos tuviera la posibilidad de vengar a Max, entonces tal vez merecería la pena no rendirse, pero no es posible. También podría dejarse matar junto a Max. Porque estos malditos verracos los van a matar a los dos, de eso no cabe la menor duda.

-            Está bien, cabrón, aquí tienes las pistolas.

 Dan se saca las dos pistolas y las arroja sobre una roca. Ahora Ken mira en su dirección, aunque Dan está todavía escondido entre los peñascos.

-            Muy bien, hijo de puta, ahora sal de ahí con las manos bien levantadas.

Dan levanta los brazos y sale. Ken sonríe, sin apartar en ningún momento el cañón de la pistola de la sien de Max. Dos de sus hombres se aproximan a Dan:

-            Ahora baja los brazos, cabrón.

Dan obedece y los dos hombres lo agarran y le atan las manos detrás de la espalda.

 Dan se deja hacer, indiferente. Mira a Max y sonríe. Es una amplia sonrisa, que quiere decir mil cosas, como que sabe muy bien que están a punto de cascar los dos juntos y que a él le parece estupendo precisamente por eso: porque están juntos.

 Max le devuelve la sonrisa, como si leyera su pensamiento, asintiendo.

-            Llevadlos a la cantina, para que antes de darles a estos cabrones lo que se merecen, nos divirtamos un poco con ellos. Este de aquí tiene un culo muy hermoso.

Ken estalla en una carcajada estruendosa, y empuja a Max hacia sus hombres, dándole una sonora palmada en el culo. Los hombres de Ken agarran a Max por los brazos y lo arrastran hacia el granero. Abren una trampilla en el suelo, introducen una escalera de madera, y hacen una señal a Max para que vaya bajando, después de haberle desatado las manos. Dentro no se ve casi nada. Max va bajando. Mientras tanto, uno de los hombres le desata las manos a Dan, que baja también.

 Los bandidos retiran la escalera y cierran la trampilla. El lugar se sumerge en la oscuridad más absoluta.

 Están de pie en una estancia subterránea, en la que no pueden ver nada. Pero incluso si pudiesen ver, eso no cambiaría en nada su destino.

-            Lo siento, Dan, ha sido culpa mía. Estaban fuera y se me han echado encima antes de que pudiera darme cuenta de que estaban allí. Me he dejado sorprender como un imbécil.

-            No digas tonterías, Max. Simplemente, había llegado nuestra hora. Ahora una última follada, y después, a criar malvas.

Max agacha la cabeza.

-            Sí, tienes razón, aunque sólo de pensar que esos pedazos de mierda me van a dar por el culo …

Dan ríe:

-            Ya sabes lo que dicen del Chacal: que la tiene como la de un caballo. Igual hasta te lo pasas bien …

Max lo interrumpe, rabioso:

-            ¡Joder, Dan!  No me gustan esas bromas. ¿O me has tomado por una ramera?

-            Perdona, Max, no quise decir eso. Pero ya ves, no tenemos por dónde escapar, y ahora no tiene sentido hacerse mala sangre. Tú y yo sabíamos muy bien que haciendo nuestro trabajo, en estos lugares, antes o después nos dejaríamos la piel. A mí no me parece mal cascar a tu lado, es lo único que ahora me importa. Y si el Chacal quiere divertirse un poco con la pistola, como él suele hacer, no es algo que me espante, no es una manera tan horrible de morir. Mejor una bala por el culo que por la espalda: quiero sentir mi muerte, sentirla llegar.

-            Sí, pero la verga por el culo que me la meta a mí …

Hay un temblor de furor en la voz de Max. Sólo un leve temblor …

 En la oscuridad Dan busca la cara de Max con la mano y se la acaricia con sus dedos ásperos, encallecidos.

-            La verdad es que la idea de ver cómo te dan por el culo esos cabrones por un lado hace que me sonroje, pero por otra parte me excita. Me gusta mucho tu culo, Max, me gusta todo lo que haces con él, hasta verte cagar, y me gustará ver cómo el Chacal te lo rompe. ¿Te has cabreado?

-            No, no consigo entenderte, pero no me has cabreado.

-            ¿No te gustaría verme mientras estos cabrones me follan?

-            Eso sí que me cabrearía, me llevarían los diablos. Pero es posible que se me pusiera dura también … sí, ya entiendo lo que quieres decir …

Dan sonríe, aunque en la oscuridad Max no puede verlo.

-            Yo propondría que mientras esperamos nuestra ración de plomo nos entretuviéramos un poco. ¿Qué me dices si te voy preparando un poco para esos cabrones. Yo la tengo ya dura.

Max asiente y dice:

-            Sí, yo la tengo también.

Se agacha y busca con la mano la verga de Dan. La tiene dura como el cañón de una pistola. Max se la mete en la boca y comienza a acariciarla con la lengua. ¡Cuántas veces lo ha hecho!  Esta será la última.

 Dan siente venir el placer, mientras la boca de Max le envuelve la verga en una caricia húmeda y cálida. ¡Joder!  ¡Qué hermoso es esto!

-            Déjalo ya, quiero correrme en tu culo, no en tu boca. Túmbate, pero cuidado, vamos primero a tocar el suelo, para ver cómo es …

El suelo es de tierra prensada y parece despejado de objetos. Se desnudan los dos y extienden sus camisas sobre el pavimento. Con cuidado Max se tiende sobre su barriga. Dan se coloca sobre él. Le agarra el culo con las manos, apretando bien fuerte, le separa las nalgas. Pasa la lengua por toda la raja, acariciando el agujero del culo, después le mete la lengua hasta el fondo. Lame la raja y el agujero durante largo tiempo y Max gime. Luego Dan se humedece la verga y la aproxima al agujero del culo de Max. Con cuidado se la va metiendo dentro, hasta que su arma formidable desaparece por completo en el culo del sheriff.

 Dan comienza a follar. Se folla a Max durante largo tiempo. Es la última vez que se folla a su amigo, la última vez que va a follar a alguien, Dan no tiene prisa en correrse, y así va prolongando el placer.

-            Dan …

Dan responde, sin interrumpir el movimiento.

-            ¿Sí?

Max duda un instante:

-            Hazlo tú, Dan.

Dan se detiene. Ha comprendido, pero quiere estar seguro.

-            Max, ¿tú quieres que yo …?

-            Antes de correrte, estrangúlame. Después te corres dentro. No quiero que me enculen esos cabrones, quiero morir con tu verga en el culo …

Dan asiente, en la oscuridad, tragando saliva. Intenta decir algo, pero no consigue hablar. Luego recupera la voz:

-            Vale, Max.

-            Dan, ¿no te importa, verdad?  Quiero decir … me parte el corazón dejarte solo, esos cabrones se vengarán de ti, te lo harán pagar.

-            Max, harán lo que les salga de los cojones, no porque se las chupe y después les coma los culos me van a tratar mejor.

-            ¿No te importa, Dan? ¿De verdad que no te importa?

-            Me parece bien. Sé que dentro de poco me van a matar también, por tanto si es lo que quieres, puedo matarte.

Dan prosigue la follada.

Max suelta un gemido, luego dice:

-            Entonces hazlo mientras me corro. Comienza a apretar nada más sientas que me estoy corriendo.

-            Está bien, Max. Mientras te corres. Lo haré deprisa. No sufrirás mucho.

Max vacila, extrañas ideas le bullen en la cabeza. Dan continúa follándoselo, clavándole la verga hasta el fondo, casi sacándola por completo después, volviéndosela a clavar, con su energía inagotable de siempre.

-            Dan, me gustaría …

Max se interrumpe.

-            Dime todo lo que desees. Quiero hacerlo como te guste a ti.

-            No hace falta que lo hagas deprisa … Comienza a apretar cuando yo empiece a correrme, pero aprieta a fondo sólo cuando te corras en mi culo. Quiero sentir tu calostro caliente en mi culo antes de cascar.

Dan se detiene de nuevo.

-            Pero Max … vas a sufrir muchísimo. Puedes pasar unos cuantos minutos axfisiándote.

-            Yo también quiero sentir mi propia muerte.

-            De acuerdo.

Dan reanuda su movimiento. Max conoce la energía de Dan: puede estar follándoselo durante una hora.

 El placer va creciendo en Max y llega a un punto en que Dan lo oye gemir, un gemido de placer incontenible. Y entonces murmura:

-            Adiós, Max.

Entonces sus manos aprietan el cuello de su amigo. Instintivamente, Max mueve los brazos, para agarrar y detener las manos de Dan, pero después se contiene.

 Dan aprieta y el aire entra con dificultad. Por un instante para Max el placer, poderosísimo, de sentir el semen de su amigo desparramándose en su interior es más fuerte que el dolor en la garganta, pero luego el sufrimiento va creciendo y extendiéndose.

 Dan aprieta con fuerza, ahora, como nunca antes había apretado. Durante todos estos años Dan siempre ha procurado no hacerle  daño a Max: sabe que la tiene grande y gorda. Ahora, sin embargo, no tiene contemplaciones y la pica de hierro que cava en las vísceras de Max no es menos dolorosa que las manos que le aprietan fuertemente el cuello, sin bloquearle completamente la respiración.

 Dan emite un sonido, que es casi un gruñido, y Max siente cómo el calostro caliente de su amigo le va llenando el culo. Las manos que le aprietan el cuello se vuelven una prensa de acero, y todo es rápido entonces. Siente en ese momento la necesidad de despedirse de Dan, pero Max no puede ya hablar y se sumerge en la nada.

 Dan permanece dentro de Max. Siente un dolor atroz que le devora el corazón, pero sabe que pronto terminará. Ha hecho lo que Max le ha pedido y está contento de saber que ninguno podrá hacerle ya ningún mal. Ninguno de esos cabrones lo violará.

 

 

Más tarde la trampilla se abre. Introducen la escalera.

-            Venid arriba.

Dan se levanta, extrayendo la verga del culo de Max: ha permanecido dentro de él todo este tiempo.

-            Voy.

Le da la vuelta a Max, lo besa en la boca, después lo levanta y se lo carga sobre un hombro. Con un poco de fatiga, va subiendo por la escalera llevando el cadáver de Max.

 Cuando llega a la trampilla, sólo ve a Ken y a uno de sus hombres, que lo miran, estupefactos.

-            ¡Joder!  Lo has …

-            Sí, lo he jodido y lo he matado yo. Y tú no puedes hacerle ninguna de las dos cosas.

Ken lo mira, con el morro fruncido.

-            No, pero puedo joderte y matarte a ti. Echa esa basura en el suelo.

Dan aprieta los dientes al oír la afrenta a su amigo muerto, pero obedece. ¿Podría hacer otra cosa?

-            Tiéndete encima de él.

Dan hace lo que le dice el Chacal.

Apuntándole con la pistola, Ken se tiende sobre él, le abre las nalgas como él ha hecho con Max, y lo traspasa como se enfila un pollo asado al espetón. Dan se estremece. Siente un dolor atroz y cuando Ken comienza a embestir, Dan está a punto de soltar un grito. Sólo al cabo de un tiempo, cuando su culo se va amoldando a aquella presencia extraña, el dolor se atenúa y la sensación se vuelve placentera.

 Ken tiene una energía extraordinaria y permanece en su interior un buen rato. Luego se corre, llenándole el culo de calostro caliente, y sale de él.

 Hugh toma su puesto. También él entra sin contemplaciones, pero el canal ya está abierto, hay una gran cantidad de calostro lubrificante y el placer es mucho más fuerte que el dolor. A Dan se le pone dura y siente un gran placer al sentir que vuelve a empalmar, sentirla tan dura como estaba en el culo de Max.

 Cuando Hugh termina, a una orden de Ken, Dan se levanta. El culo le duele una barbaridad, pero se siente bien. Siente que un poco de calostro le sale del culo y le fluye por una pierna.

 Ken se vuelve hacia Hugh:

-            Átale la verga, Hugh. No quiero que se le afloje. Es una buena diana.

Mientras Hugh ejecuta la orden de Ken, Dan sonríe. No tiene miedo del horror que le aguarda.

 Ken le indica con un gesto una pala y le dice:

-            Cava la fosa para los dos.

Podría dejarlos allí, para los buitres, pero es posible que Ken no quiera que los encuentren tan pronto. O simplemente quiere divertirse viéndolo cavar su propia fosa bajo el sol ardiente. A Dan no le desagrada este trabajo. Cava la fosa en la que él y Max van a yacer juntos para siempre. ¿Qué puede haber de malo en ello?

 Cuando la fosa es lo suficientemente profunda, Dan está empapado: el sudor le corre a raudales, de la frente a la barba, del pecho al vientre, hasta la magnífica verga enhiesta. Ken le señala el cadáver de Max:

-            Échalo en la fosa.

Dan agarra el cuerpo de su amigo y lo arroja a la fosa.

-            Pon las manos detrás de la espalda.

Dan obedece. Hugh se coloca detrás de él, le ata las manos y aprieta la cuerda con fuerza, estrujándole la piel hasta que Dan se estremece. Ahora tiene los brazos totalmente inmovilizados.

 Ken ha arrancado de la camisa de Max la estrella del sheriff. Sonríe mientras se aproxima a Dan, pero éste no pestañea. Sabe muy bien lo que le espera.

 Ken coloca la punta de la aguja del distintivo sobre la tetilla derecha de Dan, pincha la carne y tira con decisión. La cara de Dan no cambia de expresión. La punta sale por el otro lado de la tetilla y Ken cierra el imperdible. Un hilillo de sangre fluye de cada una de las pequeñas incisiones.

-            Aquí tenemos, pues, al nuevo sheriff. Los sheriffs son mi especialidad. ¿Sabes que he liquidado ya a unos cuantos, verdad?

Dan mira el cuerpo de Max. Lo que Ken le dice parece importarle una mierda, al igual que la agonía que le aguarda.

 Ken observa a este hombre impasible. Tiene un arrebato de rabia: la indiferencia de Dan le enfurece. Le escupe a la cara. Observa el gargajo que se desliza viscoso por la mejilla de Dan. Luego se da la vuelta y se aparta cuatro pasos. Se vuelve de nuevo hacia Dan y extrae la pistola. Observa el cuerpo grueso y peludo que está a punto de destrozar a balazos, clava su mirada en la verga de toro, dura como una piedra. Sonríe.

-            ¡Véndale los ojos!

Hugh se quita el pañuelo que lleva alrededor del cuello y venda los ojos al prisionero. Dan no puede ver nada. Sólo esperar.

 Retrocede un paso, hasta que siente la pared del granero contra la espalda. Bien, ahora está preparado.

 No puede hacer otra cosa que esperar el primer proyectil, que será el principio de su muerte. Está a punto de cascar, pero está excitado. No ve nada. Siente que los hombres se mueven. Luego silencio. Un caballo golpea sus cascos contra el suelo. Otra vez silencio. Dan sonríe. Está sudando, como un cerdo. Nada de extraño, siempre ha sudado mucho, ha cavado la fosa y hace un calor espantoso. Siente las gotas de sudor que le fluyen en riachuelos por la barriga peluda, que se pierden en el vello frondoso que le corona la verga de toro empalmada. Dentro de poco otros riachuelos bajarán por su barriga agujereada: riachuelos de sangre, de su sangre. Ken no se mueve. Sabe lo que hace. Tal vez le divierte verlo así, chorreando sudor, con la verga empalmada, esperando sus balas. Dan desea esos balazos, los desea porque sabe que allí, muy cerca, está el cadáver de Max, y él quiere unirse con su amigo muerto. Por tanto lo único que ahora desea son esos disparos, esos balazos. Max tiene todavía su calostro en el culo. Sabe que lo arrojarán a la fosa con él, y estarán juntos, Max con su calostro en el culo y él con el calostro y las balas de estos cabrones dentro de su cuerpo, y a Dan también esto le parece perfecto.

 Esta espera es interminable, pero está bien así. No se oye nada, ahora, ningún ruido, no hay viento, no hay movimiento, el toro mientras tanto resopla, aspira el olor del sudor, intenso, que sale de su cuerpo. Estos dos cabrones no se mueven, pero saben lo que hacen. Una espera interminable, esperando los disparos, el destrozo, el dolor. Sudando allí, contra la pared, con la verga dura. El sudor que le fluye de la frente empapa el pañuelo que le cubre los ojos. Está bañado en sudor, ahora, en sudor y …

 El ruido y el disparo llegan al mismo tiempo. Un ruido que en el silencio de aquella hora suena muy fuerte, y un impacto violento en el bajo vientre, en la parte derecha, que le traspasa las vísceras y le hace abrir la boca de par en par, en busca de aire. Siente la sangre que le fluye por el vientre y por la pierna, siente el axfisiante dolor. Un disparo lateral, a conciencia, en la parte derecha de la barriga, un buen presagio de lo que seguirá. Se siente aún fuerte, las piernas aguantan, no necesita apoyarse.

 No esperaba, tan pronto, el segundo disparo. Llega deprisa, más deprisa de lo que había previsto. Mucho más alto, en el estómago, que se le llena de sangre. El dolor es más violento y Dan hace un gran esfuerzo por no gritar. Se contiene y cierra la boca, mordiéndose el labio inferior. Y entonces se pregunta por qué no debe gritar. ¿Para no dar satisfacción a estos dos cabrones?  Si siente la necesidad, puede gritar el dolor que ahora le quema en dos partes de su cuerpo, que le da punzadas cada vez más violentas, que parece agigantarse a cada segundo. ¿Por qué no gritar?  ¿Por dignidad?  Lo han enculado y ahora lo están destrozando. Estos mierdas. No reprimirá sus gritos, y este silencio absurdo, roto tan sólo por los disparos o por el relincho de un caballo, al que los disparos espantan, puede también quebrarse con sus gritos de dolor. Puede gritar, hasta su último aliento, gritará cuando …

 Grita, grita con todas sus fuerzas.

-            ¡Aaaaaaaaaaaaah!   ¡Ah!  ¡Ah!  ¡Ah!  ¡Ah!  ¡Ah!

El grito se rompe en una serie de gemidos sofocados, porque el disparo que le ha traspasado el ombligo ha multiplicado el dolor, uniendo las llamas que le arden en el vientre con las que le devoran el estómago. Ahora sus vísceras arden en un único fuego que las consume. Se da cuenta de que se ha doblado por el dolor y con un gran esfuerzo se yergue, para ofrecerse a los disparos todo entero. Boquea, pero luego consigue recuperar el aliento y entonces grita de nuevo:

-            ¡Aaaaaaaaah!  ¡Aaaaaaaaaah!

La sangre le fluye por la verga, la sangre le fluye por las piernas, la sangre llega a la tierra. No consigue sostenerse. Se apoya en la pared. Tiene que lograrlo. No quiere ceder.

-            ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!

Grita antes de darse cuenta de que está gritando por el dolor del cuarto disparo, que le ha alcanzado en la parte baja, al lado de la verga, y le debe haber perforado la vejiga. Sangre y orina fluyen unidas, empapándole la verga y las piernas. Siente que le faltan las fuerzas. Se apoya en la pared e intenta respirar profundamente. Sólo ahora se da cuenta de que el agujero del culo se contrae en una serie de espasmos y por él le sale un poco de mierda, mezclada con el calostro de sus asesinos.

 Los dos disparos siguientes llegan en inmediata sucesión y los dos le traspasan el intestino, a la derecha y a la izquierda del ombligo. No grita. No le queda más aliento para gritar. Abre la boca de par en par y luego la cierra, mientras el incendio le devasta las vísceras.

 Ahora tiene seis agujeros en la barriga, dentro de muy poco se reunirá con Max. Intenta pensar, para mitigar un poco el dolor que se desborda, que inunda todo su cuerpo, que sube hacia los pulmones y la garganta, que desciende hacia las piernas, que le llena el culo, sacándole fuera la mierda y el calostro de sus asesinos. Es dolor puro.

 Advierte que uno de los dos se le ha aproximado, y su cuerpo se tensa. No sucede nada. El hombre está muy cerca, casi pegado a él, advierte su presencia, aunque no sabría decir cómo. No lo ve, no lo oye, apenas oye nada ya. Sólo la sensación de la sangre sobre la piel, de la mierda entre las piernas. Y el dolor, el dolor sin límites …

 El séptimo disparo suena cerquísimo, ensordeciéndolo, y le destripa el cojón derecho. Le enseña que el dolor puede, todavía, aumentar. Se dobla por la cintura y se lanza hacia delante, emitiendo un mugido de toro sacrificado, la boca abierta de par en par. Casi cae de bruces, pero con un esfuerzo de voluntad vuelve a erguirse, apoyado en el muro. ¿Cuánto tiempo aún conseguirá sostenerse?

 El octavo disparo llega casi al instante, pulverizando el otro cojón. No consigue gritar su dolor. Otra vez este bramido sofocado de animal sacrificado, otra vez la dificultad de sostenerse en pie, otra vez es sólo su vigorosa voluntad la que consigue sostenerlo.

 Siente ahora los cañones de las dos pistolas apuntándole en la verga: uno presiona contra la cabeza, el otro contra la base, en la raíz. Ahora, la espera. ¿Cuál de las dos disparará primero?  ¿Cuál de los dos disparos agigantará aún el dolor que crece en su interior, que se decuplica, se centuplica, se multiplica tras cada disparo, como si no hubiera límite alguno para el dolor?

 El disparo en la base de la verga llega un instante antes, pero sólo un instante. Es difícil distinguir los dos dolores inhumanos. Se deja caer de rodillas y apoya el culo sobre las piernas. Su cuerpo oscila con la cabeza hacia delante, hasta que toca el suelo.

-            ¡Joder, está lleno de mierda!

Las palabras le llegan desde lejos, mientras por la boca le va saliendo la sangre acumulada en el estómago.

 Siente cómo el cañón de una pistola le va entrando por el culo y luego un nuevo dolor estalla en sus vísceras. No siente el momento en que el cañón sale, porque el dolor que le sale por el culo anula cualquier otra sensación. Advierte el ingreso de un nuevo cañón y el segundo disparo. Le parece que la oscuridad se vuelve más densa y el dolor retrocede, dejándolo en un limbo en el que todo sufrimiento está presente, pero muy al fondo.

 Le están desatando las manos. Luego con una patada lo lanzan a tierra y con otra lo vuelcan sobre la espalda.

 Oye, muy lejos, a uno que habla:

-            ¡Joder, todavía respira!

-            Cascará en la fosa.

Una nueva patada lo vuelca sobre la barriga.

Cuando lo agarran por los tobillos y comienzan a arrastrarlo hacia la fosa, el dolor sale nuevamente por el vientre y por la verga, al rozar con el áspero terreno. Una nueva patada lo hace rodar. Todo se vuelve confuso, pero Dan sabe que está cascando sobre el cadáver de Max.

 Siente la tierra que sus asesinos le van echando encima. Le falta el aliento. Alza aún la cabeza para respirar, intentando levantarla sobre el estrato de tierra que se va acumulando, pero Ken toma la pistola y dispara. El proyectil penetra en la nuca de Dan, y su cabeza cae, inmóvil.

 

 Ken la tiene dura, como siempre. Y Hugh se la está mirando.

 Ken estalla en una carcajada.

-            Tranquilo, no tengas prisa. Ahora mismo me la vas a chupar.

Hugh se arrodilla ante él. Luego lo quiere sentir en el culo.

 

 

 

Autor original italiano: Ferdinando

Traducción castellana-española: Carlos Hidalgo

 

 

 

 

 

 

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