KEN EL CHACAL I – En
el burdel Ken está en su habitación. Está fumándose un
cigarro y disfrutando de la paz de esta noche en la que el burdel está vacío
y él no tiene que ocuparse de la clientela. Alguien llama
a la puerta. Alguien que no sabe que hay feria y cree que va a encontrar allí
a las chicas. Martin bosteza y desde la planta superior le grita a Ken: -
¡Ken, ve a ver quién es! Ken baja las
escaleras y va a abrir, mientras nuevos golpes resuenan en la puerta. El
cliente está impaciente. Ken se huele la bronca, estos que vienen tan salidos
no están dispuestos a entrar en razón y largarse a otra parte donde buscar un
coño disponible. Pero además Madame está en Louisville, con todas las chicas:
se han ido a la feria, donde los servicios de las putas son muy solicitados,
y todo el burdel se ha trasladado allí. Se han quedado sólo Martin, que en
caso de peligro no serviría más que de estorbo, y Ken como vigilantes de la
casa. Ken sólo
tiene dieciocho años, pero está acostumbrado a afrontar cualquier tipo de
problemas, aquellos que se resuelven con la palabra y los que requieren la
pistola, y no es precisamente un cliente encoñado lo que le da miedo. Sin embargo,
cuando abre la puerta se encuentra con algo muy distinto a lo que se
esperaba. Son diez hombres al menos, a caballo. ¡Mierda! El que ha llamado y otros dos, los más
cercanos a la puerta, parecen mexicanos. Si vienen del otro lado de la frontera,
es normal que no sepan que hay feria. La cosa se pone fea. Ken es un
excelente tirador, pero de ninguna manera puede pensar en mantener a raya, él
solo, a diez hombres. El que habla
es un tipo que podría ser el jefe, un verdadero gigante, que sobresale un
palmo de estatura por encima de los otros: -
Ya era hora, muchacho.
Pensábamos que tendríamos que esperar toda la noche. Ken lo mira,
pero el tipo está un poco más atrás que los otros y a esta hora de la noche
la oscuridad es casi total, así que Ken no puede verle bien la cara. -
No hay nadie, las chicas están
todas en la feria de Louisville. Tormenta de
maldiciones e insultos, en inglés y en español. El gigante ha dado dos pasos
hacia delante y se ha colocado en la puerta. Es más alto que Ken – que ya de
por sí es muy alto – y extremadamente corpulento. Debe tener unos cuarenta
años, tal vez menos. Tiene una espesa barba negra y la tez oscura, pero no es
mexicano. Tampoco el tipo rubio que se ha acercado con él es mexicano, de eso
no hay duda. Pero México es un buen refugio para toda la hez de los Estados
Unidos y estos tipos tienen toda la pinta de ser una banda de forajidos, de
esas que causan estragos en los territorios fronterizos. -
Quiero hablar con Madame. -
Madame no está. -
¿Quién está, entonces, aparte
de ti? ¿Martin? ¿O Madame se está haciendo a uno más joven? El tipo
conoce a Martin, por lo que de alguna forma ha frecuentado ya el local en los
últimos cuatro años, si bien Ken no recuerda haberlo visto nunca. No
obstante, si bien vive en el burdel desde que nació, Ken no conoce a todos
los clientes: él sólo se deja ver cuando hay algún problema. Es probable que
este tipo sea forastero, por lo cual no debe venir a menudo. -
Sí, Martin está. -
Entonces llámalo, quiero hablar
con él. Sin esperar
respuesta, el tipo se da la vuelta y dice a los otros: -
Nada que hacer, muchachos. Iros
al saloon. Yo voy a saludar a mi amigo Martin. Nos vemos más tarde. Los hombres
refunfuñan, pero obedecen: es evidente que no están acostumbrados a discutir
las órdenes del jefe. Mejor así: el tipo se muestra razonable y la situación
se resuelve sin dificultad. El hombre
hace ademán de entrar y Ken se aparta para dejarlo pasar. Siente el olor del
sudor del hombre, un olor fuerte, penetrante. Sudor y suciedad. El hombre no
debe lavarse a menudo. Y si viene de México ha hecho mucho camino bajo el
sol. -
Voy a avisar a Martin. ¿Qué le
digo? -
Dile que ha llegado su viejo
amigo Bob, de México. Ken deja al
tipo en el vestíbulo y sube a la segunda planta. Martin está en
la habitación que comparte con Madame, tumbado en el sofá. -
Está ahí un tal Bob, de México.
Dice que quiere verte. Martin lo
mira por un instante, como si dudara y buscara una respuesta en el rostro de Ken,
después sonríe. Esa sonrisa de autosuficiencia, que Ken tanto detesta. Ken lo
detesta todo de Martin y sabe muy bien que su antipatía es recíproca. -
¡Mi viejo amigo Bob, qué gran
placer! ¿Está solo? -
Han venido otros con él, pero
los ha mandado al saloon. Martin asiente. -
Dile que entre. Ken va hacia
Bob y lo acompaña hasta la habitación de Martin. Después cierra la puerta y
desciende hasta su propia habitación. Ken mira a
través de la ventana. Es una noche hermosa, bastante fresca. Ese hombre viene
de México, donde está el Diablo Loco, su padre. El hijo de puta de su padre.
No, el único hijo de puta, aquí, es él. Ken ríe, una risa áspera. Su madre
era verdaderamente una puta, aunque antes de conocer al Diablo Loco era sólo
la hija de un ganadero de la región. Pero un tipo joven la violó y la dejó
preñada. Expulsada de su casa, no le quedó otra que meterse a puta. En el
burdel parió a Ken, que desde su nacimiento vivió en esta casa, ganándose el
pan primero como chico para todo, después como “gorila” o guardia de
seguridad. A su padre
nunca lo ha visto. Sabe sólo que está todavía en México, que lo llaman el
Diablo Loco, y que es el jefe de una banda, quizás como esta que rodea a este
tal Bob. Han pasado
diez minutos. Ken oye que Martin lo llama. Sube a la planta superior y
encuentra a los dos hombres sentados, conversando. Están bebiendo whisky, del
bueno, de la reserva de Martin: se ve que al tipo lo trata con atención
especial. Son tan diferentes, Martin y Bob, que Ken se pregunta qué pueden tener
en común. Martin, de cuerpo esbelto y armonioso, rubio y de tez clara, es el
clásico “dandy”, bien aseado, su ropa elegante siempre en perfecto orden, las
botas impecables, brillantes. Bob es un coloso, que podría despedazar a
Martin con un par de dedos, la piel oscura, los cabellos grasientos y en
desorden, la barba sin recortar, las manos grandes de destripaterrones, las
ropas desaliñadas y sucias, las botas gastadas y llenas de polvo, el olor
rancio a sudor. Para un tipo como Martin no debe ser agradable estar cerca de
Bob, pero Martin es de los que saben poner al mal tiempo buena cara. Y en la
habitación de Madame, Bob parece perfectamente a sus anchas: pero este es un
hombre que no se encontraría a disgusto en ninguna parte, ni siquiera en el
infierno. Que probablemente sea el lugar de donde procede, y donde
seguramente terminará. Martin
acepta su presencia sonriendo, Ken no consigue liberarse de la impresión de
la falsedad de esa sonrisa. -
Le he hablado de ti a Bob, le
he dicho que eres un tirador excelente. Quiere verte en acción. A Ken no
le agrada mucho la idea de exhibirse, como si estuviera en la feria, delante
de este tipo al que no conoce, pero no está en disposición de decir que no.
Martin no deja de ser el patrón. Al menos mientras Madame no se canse de él y
entonces habrá que sacarlo de allí por las malas, de lo cual Ken se encargará
con mucho gusto. Bajan las
escaleras hasta la planta inferior. Martin les propone salir al exterior y
colocar delante de la casa una mesa pequeña, después les hace coger once
vasos de vidrio y una vela. Bob dispone los vasos sobre la mesa y enciende la
vela. A la luz de
la vela, Ken debe acertar en todos los vasos y después en la vela. Seis
disparos con la derecha y seis con la izquierda. La mesa está
colocada a una distancia apreciable y la luz de la vela es tenue: en la noche
que es ya cerrada, los once vasos son apenas visibles. Pero Ken tiene una
visión perfecta y está seguro de que no fallará un solo disparo. Y en efecto,
una rápida sucesión de disparos y los primeros seis vasos vuelan en pedazos,
uno tras otro. Ken devuelve la pistola a la funda y extrayendo la otra
comienza rápidamente a disparar. Con la izquierda Ken no es menos excelente
que con la derecha: los últimos cinco vasos estallan y el decimosegundo
disparo apaga la vela centrando la mecha. Se quedan en la oscuridad, pero
desde la puerta abierta llega un poco de la luz de la lámpara de petróleo que
han dejado en la entrada. Bob suelta
un sonoro silbido de admiración. Ken sonríe ligeramente. Sabía que iba a dar
en el blanco: Matt, el otro hombre que vive en el burdel y que estos días ha
acompañado a las chicas a Louisville, le ha enseñado a disparar y Ken se ha
revelado un alumno excelente. No hay nadie que sepa tirar como él en toda la
región y este es uno de los motivos por el cual es tan útil para mantener a
raya a los clientes problemáticos: saben todos que es mejor no tocarle los
cojones, porque si saca la pistola los deja secos. Martin ríe. -
¿Verdad que es excelente, el
muchacho? La risotada de Martin fastidia a Ken. Es algo que
no lo convence, es una risotada triunfante, como si dijese: “¡Lo hemos
conseguido!” -
Sí, sin ninguna duda. Y se
merece la recompensa. Ken no comprende. ¿Qué recompensa? En la mano de Bob aparece una pistola, que ahora le
apunta. ¿Qué coño significa esto? Las
pistolas de Ken están descargadas, no puede reaccionar. -
Pon las manos detrás de la
espalda, muchacho, y ni se te ocurra hacer ningún disparate, si no estás
harto de vivir. Ken no obedece.
Mira a Bob sin entender, después mira a Martin. Quiere una explicación. -
¡Haz lo que te dice, Ken! La voz de
Martin es áspera. Ni rastro de su hipócrita cordialidad. Ken no se mueve. Martin
insiste: -
¡Joder, Ken! ¿no has comprendido? ¡No es ninguna broma! Bob da un
paso adelante y le aprieta la pistola contra el estómago. Ken sabe que no
puede defenderse y que Bob está dispuesto a dispararle a sangre fría. Pone
las manos detrás de la espalda. Martin se coloca tras él y se las ata con una
cuerda. ¿Qué coño quieren hacer? Martin
aprieta bien con la cuerda. -
Ahora vamos a casa. Aquí
podrías coger frío. La voz de Martin es socarrona. Bob ha enfundado la
pistola. Entran en la primera planta. Bob empuja a Ken
dentro de una habitación. Martin se despide, diciendo: -
Adiós, Ken, ha sido un placer
haberte conocido. ¿Qué coño
quiere decir con esa frase de los cojones?
¿Qué coño significa todo esto?
Ken busca una respuesta a la pregunta, pero no consigue encontrarla. Se
la dará Bob dentro de poco, ciertamente, y Ken tiene la impresión de que la
respuesta no le va a gustar en absoluto. Están en la
habitación de Louise. Bob empuja a Ken hacia la cama cubierta de terciopelo
rojo. -
¿Qué coño quieres? ¿Porqué has hecho que me ate? Bob no
responde. Se limita a avanzar y Ken se ve obligado a retroceder hasta que sus
piernas dan contra el borde de la cama. Ahora Bob sonríe y lo golpea en el
estómago. Ken se dobla por la mitad, está a punto de vomitar. Cae sobre la
cama y Bob se alza sobre él. Con un par de movimientos rápidos, sin darle
tiempo a Ken para defenderse, le da la vuelta y le baja los pantalones. Ken emerge
lentamente del torbellino de dolor en que está sumergido. Intenta comprender.
Está medio desnudo, aplastado por la mole que es el cuerpo de Bob. Bob ríe. -
No hay putas, ¿y quieres que me
vuelva a México con la polla dura? Y mientras
Bob dice esto, Ken siente contra el culo la presión de una masa caliente. Comprende en
un relámpago e intenta soltarse, desesperadamente. Pero Bob es mucho más
grueso que él y lo tiene bien sujeto. -
Es inútil que te agites tanto,
muchacho. Hoy te la meto en el culo. Ken no tiene
ninguna intención de dejarse encular. Nadie se lo ha hecho. De vez en cuando
folla con las chicas. No es que le dé un gran placer, pero con un hombre,
¡nunca! Ken se agita
y Bob pierde la paciencia. Se levanta de golpe, agarra a Ken por los cabellos
y lo fuerza a levantarse. Ahora están uno frente al otro y Ken puede ver la polla
enorme de Bob, tiesa como el cañón de un fusil. No le da tiempo a ver otra
cosa, porque los dos golpes que recibe en el estómago le cortan el aliento y
las piernas de Ken se aflojan, al tiempo que un velo cae ante sus ojos. Bob lo
recoloca en posición y poco después, al dolor infernal que le sale del
vientre, se añade un nuevo, violento dolor en el culo, que Bob enfila
lentamente, pero sin detenerse un instante. Ken gime. Querría gritar, pero ni
siquiera le queda aliento. Se dice que lo matará, que matará también a
Martin. El hombre empuja y el palo que ha entrado en el culo de Ken avanza
ahora. El dolor crece, es desgarrador. Ken nunca ha tomado por el culo y las
dimensiones de esta herramienta son excesivas, le parece que es un cuchillo
que le está abriendo las vísceras. -
¡Tienes un bonito culo,
muchacho! Bob ríe, al
tiempo que da un empujón decidido, que hace entrar la polla más a fondo. Ken
tiene la impresión de que las vísceras se le han desgarrado. Reprime, con
dificultad, un gemido, no quiere mostrar su sufrimiento delante de este hijo
de puta. Bob se
retrae y después empuja hacia delante. Con cada estocada, el dolor explota y
Ken se muerde el labio para no gritar. Cuando el
palo retrocede, Ken tiene un momento de respiro, pero es sólo un momento. El hombre
procede, incansable, y a Ken le parece que oscila en un mundo oscuro, en el
que ninguna sensación llega hasta él, si no es la del palo desgarrándole las
vísceras, el peso de este cuerpo que lo aplasta, el olor que le llena las
narices. El hombre le aprieta el culo con los dedos y continúa avanzando y
retrocediendo, a un ritmo constante. No tiene prisa y quiere hacer durar su
placer. Ahora a Ken
le parece que el sufrimiento se atenúa o quizás sea que el dolor lo está
atontando. Continúa repitiéndose que matará a este hijo de puta y a Martin. Y
después recuerda las últimas palabras de Martin y comprende que es él al que
van a matar. Este cabrón de Martin no es tan imbécil para dejarlo con vida
después de haberlo vendido a Bob, sabe que Ken se vengaría. Bob lo dejará
seco, después de haberlo enculado. Ahora el
hombre acelera el ritmo, avanzando hacia dentro más intensamente. Ken hunde
la cara en el terciopelo de la manta, para sofocar los gemidos. Ken ha
esperado que el hombre llegara hasta el fin, pero Bob prosigue moviendo el
culo velozmente y enfilándole la polla hasta el fondo con cada embestida. El
dolor vuelve a crecer. Ken cierra los ojos. El hombre
gruñe, finalmente, y después de otras embestidas vigorosas, se afloja encima
de él. Ken ha
sentido cómo el culo se le llenaba de calostro. Ahora que la polla de Bob
pierde volumen y consistencia, el dolor se atenúa. -
Muchacho, verdaderamente tienes
un bonito culo. Nadie hasta ahora te había hecho el servicio. Puedes decir
que has comenzado con el mejor. En el fondo, me lo debes. Ken no
comprende la última frase. Bob se levanta. -
Eras virgen, de verdad. Pero
ahora te he abierto bien el canal. Ken vuelve
la cara hacia él. Querría matarlo, allí mismo. Lo odia con todo su ser. Bob lee en
su cara lo que siente y ríe. Después levanta la manta y con un pico de la
sábana se limpia la polla, manchada de sangre y calostro. Ken lo mira, clava
los ojos en la polla, aún hinchada de sangre, que es verdaderamente algo
fuera de medida, mira la sábana machada de su sangre, del calostro de aquel
hombre, que ahora le llena el culo. Mientras
tanto Bob se sube los pantalones y se sacude el polvo. Ken sabe que en poco
tiempo lo matará. O quizás deje que sea Martin quien lo haga. Pero Bob sigue hablando:
-
He prometido a Martin que te
liquidaría, pero no veo por qué debería hacerlo. Me suda la polla si tú te
vengas de él. Por tanto te doy una posibilidad. Yo me voy. Si consigues
liberarte antes de que Martin venga a ver si he terminado, entonces puedes hacer
lo que te salga de los cojones. Bob sale. La situación está
clara. Martin ha dejado que Bob se folle a Ken, pero con la condición de
matarlo después, sabiendo muy bien que de no ser así su pellejo valdrá lo mismo
que el de un higo seco. Ken debe intentar liberarse a toda prisa, en caso
contrario está jodido: corre el riesgo de que Martin oiga que Bob cierra la
puerta y comprenda que se ha largado sin terminar la faena. El nudo es estrecho, pero ahora
que su cuerpo no está aplastado por el de Bob, Ken puede intentar
liberarse. Sale de la habitación,
caminando con dificultad, porque tiene los pantalones bajados. Un poco de
calostro le fluye a lo largo de una pierna. Ken maldice a Martin y a Bob. Se mete en la última habitación,
la de Lise. Si Martin baja a buscarlo, no lo encontrará al instante. De todas
formas tiene poco tiempo disponible, debe actuar rápidamente. Mueve los dedos
deprisa y consigue finalmente agarrar con la derecha la cuerda y aflojarla. Liberarse
es ahora fácil. Apenas ha soltado el nudo, Ken se
sube los pantalones. Después aguza el oído. Ningún ruido. Entonces se desliza
rápidamente por el pasillo y alcanza su habitación. Recarga las dos pistolas.
En poco tiempo Martin será un cadáver. Luego le viene la idea. Sí, es
una buena idea. Quiere vengarse. Ojo por ojo, diente por diente. Empuña la pistola y sube a la
planta superior. Abre la puerta de la habitación de Madame. Martin está
sentado en el sofá y fuma tranquilo. Martin lo siente entrar y habla mientras
vuelve la cabeza: -
¿Ya está, Diablo? Lo has dejado seco … Martin ve a Ken y se interrumpe, la boca abierta de par en par. Ken lo tiene a tiro. Es difícil
que Martin esté armado, pero no tiene intención de darle ninguna posibilidad
de reacción. Entretanto su cerebro ha registrado aquel “Diablo” y un
pensamiento perturbador se desliza en su cabeza. -
¡Levanta las manos y ponte en
pie, cabrón! Martin obedece, al instante, mientras le habla con voz temblorosa: -
Ken, no hagas un disparate. No
ha sido culpa mía. No podía decirle que no. El Diablo Loco le hubiera pegado
fuego a la casa. Tú no lo conoces, si lo llaman Diablo Loco no es por
capricho. No acepta una negativa. Nos hubiera matado a los dos. No tenía
elección, Ken, no tenía elección. Sí, así es. Bob es el Diablo Loco, el padre de Ken.
Ese cabrón es su padre. Y sabía muy bien que él era su hijo. Eso es lo que
significaba “en el fondo, me lo debes”. Ken asiente. -
Ahora escúchame bien, Martin.
Eres hombre muerto. Te voy a matar, pero antes de matarte, te voy a follar,
como ese cerdo ha hecho conmigo. Martin está blanco como la leche. Es un cobarde, no tiene cojones, pero
eso es algo que Ken siempre ha sabido. -
Muchacho, no hagas una locura.
Mira, yo no tenía elección. Pero te daré dinero, un montón de dinero, y
además … El disparo interrumpe las palabras. El proyectil entra en el cuerpo de
Martin un poco por encima del ombligo. Martin grita un “¡No!” desesperado, se
lleva las manos a la herida y cae de rodillas. Ken se acerca, lo agarra por los
cabellos y lo lanza violentamente contra la cama. Le baja los pantalones, de
un tirón, y mira el culo de Martin. Es un bonito culo rosado, velado apenas
por una pelusilla rubia. Es una vista agradable. Y Martin huele bien, a
limpio, no como el Diablo que apesta peor que un cabrón. Es la primera vez que Ken folla a
un hombre. Dos primeras veces, hoy. Martin grita piedad, le suplica
que llame al médico, no quiere morir, le promete dinero, pero Ken ni siquiera
oye lo que dice. Se le ha puesto ya dura y sólo desea vengarse. Le suda la
polla el dinero, que se llevará en cualquier caso, se pasa por los cojones
las súplicas de Martin. Sólo quiere su venganza. Y antes que nada quiere el
culo de Martin. Ken posa las manos sobre este culo
y le agrada la sensación que experimenta. Presiona contra la pelvis, observa
la apertura, aproxima el capullo y después empuja la verga contra el agujero,
entrando con un golpe seco, que hace gemir a Martin. Es verdaderamente hermoso meter
la polla hasta el fondo en un culo caliente y duro. Ken siente un placer
intenso. Se dice que está contento de poder vengarse, pero ciertamente no es
solo esto. Martin gime, dice su nombre, implora todavía, pero Ken no le hace
caso, las palabras de Martin son sólo un rosario que acompaña a la ceremonia
en curso. Ken empuja en profundidad y después retrocede, una y otra vez, y
siente que el placer aumenta, se
vuelve cada vez más fuerte, tan fuerte que ni siquiera piensa ya en Martin o
en su venganza, se deja llevar por el placer en una cabalgada cada vez más
desenfrenada. Y cuando finalmente el placer desborda los diques, llena el
culo de Martin de fluyente calostro. Ken cierra los ojos. Ha sido algo
muy hermoso, mucho más hermoso que con cualquier puta. Ha descubierto un
nuevo placer. Martin gime todavía, murmura
palabras inconexas. Ken ve que sobre la sábana se está extendiendo una gran
mancha roja. -
Te has … vengado … No me mates
… Llama al doctor … Ralston … Dile que venga … rápido. Te lo suplico … No
quiero morir … Ken, te lo suplico, te lo suplico … Ken no escucha. Piensa que es
hora de terminar con este maldito cabrón. Ken se levanta y se sube los
pantalones. Al hacerlo nota que los calzoncillos están manchados de sangre y
calostro. El regalo del Diablo Loco. Pero Martin pagará también por esto. Ken
se recoloca la ropa, después coge una pistola. Había pensado en dispararle entre
los ojos, pero ahora que lo ve así tendido boca abajo en la cama, el culo en
el aire, le viene otra idea. Ríe, una risotada violenta que lo sacude todo y
que después se apaga de golpe. Enfila el cañón de la pistola en
el culo de Martin. Martin comprende. Grita: -
¡No, Ken, no! ¡No! -
¡Es lo que te mereces, imbécil! Un disparo, dos, tres. Ken vacía el cargador, mientras un escalofrío de
placer le recorre la espina dorsal. El cuerpo de Martin se sobresalta
a cada disparo, pero tras el último hay solo un estremecimiento, después
permanece inmóvil. Ken lo mira y de nuevo una
risotada se apodera de él, sacudiéndolo. A continuación vuelve a su
habitación, recarga la pistola y se la mete en el cinturón. El Diablo Loco debe estar ya
lejos y aunque hubiera ido al saloon, Ken no intentaría matarlo, rodeado de
todos sus hombres. Ya le llegará su turno. Ken no tiene prisa, aunque estaría
contento de saldar cuanto antes las cuentas. Ken se prepara para marcharse.
Sabe dónde tiene Madame el dinero. Coge todo lo que encuentra, incluso
algunas joyas que podrá siempre revender, y el reloj de oro de Martin.
Después llena una alforja de comida y en otra mete sus escasas pertenencias y
dos camisas de Martin. Finalmente baja al establo a preparar su caballo y el
de Martin, sobre el cual carga las alforjas. Todo preparado. ¿Y ahora? Puede marcharse, contando con el
hecho de que hasta mañana por la noche nadie descubrirá el cadáver: si cierra
la puerta, pensarán que él y Martin están fuera, tal vez que han salido a
recoger a las chicas, que volverán mañana por la noche. Esto le daría un buen margen de
tiempo para alejarse: en veinticuatro horas se puede llegar muy lejos. La alternativa es completar la
faena. Sí, Ken no quiere dejar las cosas
por la mitad. Entra en el almacén de leña y
comienza a llevar leña hasta formar una pila en la habitación de Madame. Mira
de nuevo el cadáver de Martin, el culo desnudo del que sigue fluyendo sangre,
la mancha roja en las sábanas, la sangre que le cubre la boca. Sonríe. En aquel momento llaman a la
puerta. ¡Mierda! Esto no lo esperaba.
¿Qué hacer? ¿No responder? La luz está encendida, saben que hay alguien
en el burdel, podrían sospechar. Ken baja las escaleras. Lleva las
pistolas: llegado el caso, las usará. En la puerta está Matt Allen.
¿Qué coño quiere? ¿No estaba en Colorado? -
Hola, Ken. Mira, no quiero que
nadie me vea, mi mujer no sabe que he vuelto. Echo un buen polvo, y a casita.
Ken está a punto de decirle que las chicas están en Louisville, cuando
una idea le pasa por la cabeza. -
Tu mujer te despelleja. Imagina
que alguien te ha visto llegar a la ciudad. -
¿Pero qué dices?! No he pasado por la ciudad, he dado un
rodeo por el rancho de los Greyson, para que nadie me viera. ¿Belle está
libre? Ken sonríe. Asiente. Perfecto. Extrae la pistola y dispara. Seis
disparos, el primero en la barriga y el último en el corazón. Es hermoso ver
en los ojos de Matt la incredulidad, observar su mueca de dolor, la sangre
que fluye. Mientras Matt muere, a Ken la polla se le pone dura. Ahora hay dos cadáveres en el
burdel. Y cuando los encuentren entre los escombros, pensarán que son Martin
y Ken. Nadie lo buscará en otro lugar. Ken ríe. Arrastra el cadáver
hasta la habitación de Madame. Después coge la lámpara de petróleo y prende
fuego a la pila de leña. Las llamas estallan y Ken baja las escaleras
rapidamente. Toma las riendas del caballo de Matt y las ata a la silla del
suyo, después sale. El culo le da unas punzadas terribles. No será fácil
cabalgar en estas condiciones, pero debe alejarse de allí lo antes posible,
antes de que llegue nadie. Espolea el caballo hacia las
colinas y sólo después de haber cabalgado un buen trecho, vuelve la cabeza
para mirar la casa. Toda la planta alta está envuelta en llamas. Ken ríe
ahora, satisfecho, y se lanza nuevamente al galope. Cuando esté ya muy lejos, soltará
el caballo de Matt. ¿Qué pensarán cuando encuentren
dos cadáveres agujereados a balazos y se den cuenta de que el incendio no ha
estallado por casualidad? ¿Y cuando
alguno encuentre el caballo de Matt?
¿Pondrán en relación todos estos hechos? Ken no lo sabe, ni le importa: antes de que
empiecen a buscarlo cuenta con estar ya muy lejos de allí. Autor original italiano: Ferdinando Traducción castellana-española: Carlos Hidalgo |